jueves, 28 de julio de 2011

Frente al mar, a su inmensidad en lucha, a su perpetuo ciclo de oleajes, a su encrespado sortilegio de algas, a su naturaleza de noches y figuras de luz, coral destilado del origen. El aire parece mineral y los ojos, hartos de tanto prodigio, ensueñan las auroras y se bañan en su vaivenes edificando la memoria de los tiempos remotos. Corre parejo con el viento, hipogrifo violento que descabalga la inteligencia y la escama de verbos y paladares. Qué luz, qué esperanza, qué vida más allá puede ofrecerse en sus islotes de trigo, en sus senos de caoba.

Busca uno esa apoyatura natural de la pupila para contemplar las virtudes que la bruma y el vuelo de las gaviotas desfiguran, y encuentra la otredad, una disposición diferente de la naturaleza, pero con una portentosa cadencia milenaria que, a cada paso que me lleva a sus fueros, me diluye entre sus arrumacos, como un sarmiento de salitre esperando a ser vencido por la inmensidad toda de la belleza para ser en ella, dejando de ser, ser en ella sin mí.

miércoles, 27 de julio de 2011

Se han vuelto locos los poetas. Leo en una entrevista a P.S. que el mejor poeta de todos los tiempos es J.M.

Después de una conversación demasiado larga y redundante, compruebo cómo la literatura es un discurso que no entiende de bullicios, como afirmó Octavio Paz. Es toda ella silencio y meditación, una palabra edificada lentamente, con mesura, con cadencia. Si es poesía no deberá caer en el amaneramiento porque entonces se situará demasiado cerca del bullicio y el sinsentido de las palabras al aire. Escasean las argumentaciones en las conversaciones, todo se ha relegado a meras afirmaciones que se han escuchado o leído de paso y que se repiten machaconamente sin saber qué quiere decirse. Pienso que un hombre, a fin de cuentas, dispone de tres o cuatro argumentaciones rotundas y que esas mismas son las que lo guían en su pensamiento durante toda su vida. Así que los que vociferan sin más perspectivas que las ideas consabidas Eso no tiene ningún parecido con la palabra poética, antes al contrario, es el envés en que ninguna creación quisiera reflejarse ni de donde quisiera proceder. Es el origen de un pensamiento trascendente, que elimina los límites y establece otros aun siendo estos indefinidos.

Todas las obras que han pretendido alzarse como reflejo de la realidad han fracasado en el dictado del tiempo, pues la realidad no puede trasvasarse a la literatura sin tener en cuenta la naturaleza misma del lenguaje poético. Así sucederá con poetas como L.G.M, F.B.R.y adláteres, hojas volanderas, pliegos sueltos de la literatura Por este motivo, algunos creadores se han confundido de género literario y así, algunos deberían dedicarse a la crónica social, a la redacción de ensayos sesudos que analicen la sociedad o de realizar reportajes fotográficos de los acontecimientos que suceden en la rúa. Otros podrán coger su obra como panfleto.

La poesía posee otra naturaleza, le pese a quien le pese, y solo la reducen a denuncia y a mera palabra social quienes no podrán conocerla nunca en lo profundo de su esencia.

lunes, 25 de julio de 2011

Tengo enfrente la inmensidad del mar, en ella estoy, en ti, todo, sin mí. Enfrente, las aguas del mediterráneo, las aguas que han presenciado trances de la humanidad fundamentales. Lo observo quedo, con la llanura de la plata quieta. Entre sus aguas, los matices son más elevados que entre los hombres. Y al fondo parece que lucha por mantenerse entre su inmensidad, por mantenerse entre la acechanza ingenua de la noche.

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A veces escribe uno unas notas en el diario sin que nunca antes lo hubiera tenido planeado, quiero decir que, en la mayoría de las veces, llega uno a estas páginas solo para mantener una relación delicuescente con la literatura.

Ocurre casi siempre. Como suceden los días que, aunque estén estructurados y planeados, siempre pueden ofrecer una declinación o un matiz necesario para seguir alimentando lo mortal que nos atraviesa hasta los tuétanos. Por ejemplo, nunca observé el verde esmeralda ni conocía las virtudes de la buganvilla roja.

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La poesía, como la roca rodada por el mar, como los aires que provienen de donde es imposible decir dónde, es el misterio de lo que presenciamos con los ojos vivos de los cuerpos muertos.

domingo, 24 de julio de 2011

Si Homero o Cervantes no hubieran existido no estaríamos hablando hoy de la literatura tal y como lo hacemos. Si Dante o Virgilio, Shakespeare o Rilke no hubieran sido engendrados, probablemente el curso del teatro y de la poesía hubiera sido bien distinto. Es por ello por lo que me pregunto que cuando Valéry, -y en buena medida Benedetto Croce-, opinaba sobre la historia de la literatura, nos estaba marcando un problema futuro. Una historia de la literatura es la historia de un puñado de escritores y sus obras, sus obras sobre todo, pero de escritores que han aportado una nueva manera de leer y de escribir a la humanidad.

Estos vericuetos del discurso literario podrían llevar a la escritura de una obra conjunta, ingente, poliédrica en que cada escritor ofrecería un universo distinto del otro y en el que las influencias serían tomadas, no como la piedra de toque o el detonante de la aparición de una nueva estética, sino como una circunstancia fluctuante, asimilada por el espíritu de un individuo que continúa por las insinuaciones no escritas. Es decir, podría escribirse una obra enciclopédica, como de botánica, en que cada autor y sus obras fueran comentadas. No ha sucedido así, hasta el momento en el acervo hispánico.

Es tradición analizar las obras literarias con demasiados membretes y con el amparo de criterios más académicos que estrictamente literarios. Las Universidades deberían ceñir su trabajo a la elaboración de un trabajo hercúleo, desmesurado para un solo hombre, que consiste en la escritura de las líneas maestras por las que se han conducido las obras literarias. Es evidente que un hombre solo no podría realizar dicha tarea, pero sí una Facultad compuesta, en teoría, por eminentes estudiosos y lectores muy capacitados no solo para leer sino para transmitir lo leído, pero, ¿está la Universidad llena de lectores magníficos, óptimos, para dicha tarea?

No ocurre así, sin embargo, ya que los estudios literarios están muy apegados a la supuesta originalidad de los planteamientos y a la necesidad de escribir sobre un escritor o una obra de la que nadie tiene noticias. ¿Qué aportan esos estudios a los estudios literarios o a la Teoría de la Literatura? En este sentido, los nuevos estudiosos que realizan sus tesis están mirando únicamente por su futuro individual y no por el devenir de los estudios literarios en general. Existe, de esta forma, un problema ético que inunda una buena franja de los que sientan cátedra, supuestamente, desde las Universidades, pues ninguno defiende el hecho literario en sí, sino sus más miserables pretensiones personales. Es así como un estudioso vuelca diez o quince años de su vida en estudiar a un escritor peregrino sin haber leído jamás la obra de Petrarca o la de JRJ, porque ninguno de los autores mencionados le interesa para sus estudios. ¿Cómo es posible que la mayoría de los profesores universitarios no hayan leído a Marcel Proust o a Tólstoi, a Platón o a Pessoa y puedan enseñar qué es la literatura? Ya lo ha escrito Bayard, se ha desarrollado la técnica que habla de los libros que nunca se han leído.

Las obras que muestran claras influencias, intertextualidades evidentes o que rubattean con los temas o las propuestas formales de los autores precedentes no marcan, en conclusión, la pauta de interpretación más adecuada. Están, los lectores modernos, demasiado apegados a la deconstrucción del texto y olvidan su dimensión como discurso, esto es, como discurso literario que comunica más allá de su construcción formal y su entramado de hipertextos. Desde ellos, pero trascendiéndolos.

Un autor transmite una cosmovisión gracias a la palabra, es cierto, pero no solo gracias a ella. Hay que acercarse a la literatura como un hecho estético, de una época, como una disciplina más y no como la única.

Es innegable que si Garcilaso no hubiera actuado de aquella forma o si Rubén Darío no hubiera hecho lo propio, quizás la literatura española no sería la que es, pero es igualmente innegable que hubiera sido otra, no con menos cualidades o menos certera, sino otra, distinta, singular en la misma medida.

Por tanto, no puedo dejar de escribir en esta mañana de domingo que los estudios de literatura deberían replegarse y replantear de nuevo sus finalidades, así como los nuevos estudiosos, profesores y críticos deberían comenzar a leer en serio las grandes obras que han hecho posible que la literatura siga viva, la literatura en cualquier idioma, porque si solo tuviéramos las obras de las últimas décadas, la literatura andaría muerta, yerma, difunta total. Y un estudio sobre una obra inane resulta igualmente mediocre.

sábado, 23 de julio de 2011

Las buganvillas rojas arrojan arrogantes una sombra fresca y plácida. Le entra a uno ganas de morderlas, de darles un bocado y masticarlas. Así, la hoja del níspero, color esmeralda, parece que llama desde lo alto. Son sus mensajes archipiélagos repletos de sentencias que debe uno descifrar.

Me encuentro enfrente de un cerro yermo, colmado de espesura, como en el último tramo de un horizonte solo intuido. Espacios, extremos, silencios hondísimos. Solo oigo crujir un ramaje y, de entre el ramaje, un susurro, un susurro lento y armonioso. Pienso. Todo parece de otra edad, de una inmensidad que me anega. Naufragar en ella es dulce y atrevido, pero es solo la respuesta que puedo ofrecer.

viernes, 22 de julio de 2011

Yo soy la locura. Dice Schiller: “¡Ay, ¿por qué no podrá el alma hablar al alma directamente?”

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El poeta encuentra un sentido profundo a la realidad y lo convierte en un fenómeno estético que, al mismo tiempo, aspira a ser intuición y misterio, transformación y permanencia.

jueves, 21 de julio de 2011

Quizás la poesía es una alabanza infinita que eleva su lira para expresar vislumbrando; o una expresión en que se tornan las voces eternas y suaves; o una tensión de estatuas mudas.




miércoles, 20 de julio de 2011

la mañana, -con su cara de sapo-, ha perpetrado la transparencia. Ella sucede sin más mediaciones. Es sin permanencia. Es sin que la luz sea notada, sin que la noche la trastoque. Extática y viuda. Meditabunda y solemne.

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Después de leer un buen rato algunos poemas, pienso que deberíamos diferenciar la poesía y el poema como asuntos de un mismo fenómeno. La poesía entendida como una entelequia, un sueño, una premonición, una idea, una sustancia, un continuo. El poema, el lugar de sus apariciones.

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¿Podemos exigirle al poema el ser de la poesía?

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En el desarrollo de un arte por parte del artista hay un punto crítico, un punto de paso. En él aparece el momento del imperativo supremo e irrenunciable: no hacer lo que ya ha sido hecho.

Podemos entender que una obra está acabada cuando se ha completado una fase humana. Con su conclusión también se pierde por siempre el estado de la obra de arte. Solo los genios, por tanto, mantienen perenne, durante toda su vida, un estado exclusivo, único, singular. La mayoría solo optan por estaciones caducas de lo humano.

Llegados a este punto es habitual que el creador consigne una obra incomprensible y que, en principio, solo responda a unas ansias inexplicables. La poesía es el género que mejor refleja estas palabras, pues ni el poeta mismo es consciente de su creación hasta que no pasan unos años y hasta que no se produce la transformación necesaria en el ser. si esto no ocurriera, ni él mismo sería capaz de tener consciencia de la creación. Los ejemplos de esta consciencia liminar los tenemos en Beethoven, Miguel Ángel, Bach, Velázquez, Rilke o San Juan.

La poesía hace que la realidad sea deseada, que lo que veamos nos exalte, que lo sensible se haga más sensible. Es una intensificación del estado mortal al que pertenecemos. Como dice Paul Valèry: “Toda obra bella es un estado cerrado. Resplandece muda”. En esa mudez debemos conformarnos, pues en ella podremos escuchar la música más inhumana posible.

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Caemos en el error si pensamos que el arte contemporáneo supone el arte primitivo. En cualquier caso, en el primitivo ya está insinuando el contemporáneo. Depende del artista convertir la insinuación en realidad artística.

martes, 19 de julio de 2011

La luz carece de relato.

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La vanidad es el mayor ripio de los poetas.

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No la busquéis ya más, no digáis cuál es su supuesta hechura, no le dediquéis más elogios ni más intransigentes palabras. Dejadla en paz, azucenos melancólicos, coro de tenores huecos, grillos enlatados de asfalto, dejadla, pues, en descanso, porque puede ser que nunca os pertenezca y que nunca la reconozcáis en soledad.

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Nunca la poesía poseerá la naturaleza de la música. Ni el poeta tendrá la evidencia de la composición polifónica, quizás la única que combate al tiempo y al espacio de la palabra. Jamás la poesía será tan absoluta como la música, ni el poeta sentirá, con la mirada de un pentagrama, la ausencia de lenguaje y de materia sobrantes, porque para el poeta la palabra es soporte limitado con origen y sueño de permanencia. La música es ya permanencia dada sin sueños ni principios.

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Por supuesto, la muerte oculta es siempre superior a cualquier muerte, a cualquier intento de palabra poética, por encima incluso de la música de los violines mojados.. De todos es el más verdadero, el menos impostado y artificioso. Si alguna vez armonizó la palabra con la idea, ocurre ahí, sin duda. Y hay en él una realidad que no aparece en ningún otro: la belleza cantada desde la impotencia, es decir, la creencia y la fidelidad hacia una belleza que, aun sin comprenderse ni asirse, se canta desde el silencio sentido. Es esto mismo a lo máximo que puede aspirar un bardo moderno. Y, por supuesto, después de esa muerte llegó el silencio, cosa inevitable y natural.

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Inesperadamente, prosigo con el poema poco a poco. Lo único que existe, de momento, es el magma y todo en él es confuso, naciente.

lunes, 18 de julio de 2011

Después de todo, iremos a Escocia. Lo hemos decidido porque pensábamos que nos faltaba el concepto del viaje sin preámbulos, sin que antes hubiera existido en la memoria. Es así por lo que queríamos hacer un viaje a la naturaleza, a la estación total del agua, de los ciclos en quietud. M.C. propuso pasar unos días en Escocia y así lo haremos dentro de poco, ¿o ya estamos aquí y todo esto es una reminiscencia de lo que nunca fue?
La preparación supone un ritual, una danza que va embaucándome lentamente. Leo algunas páginas sobre la zona, luego indago sobre sus escritores; de la misma forma, busco noticias sobre la gastronomía de la zona. Sin embargo, lo que imanta este viaje es la contemplación de las aguas y los montes, de la verdura permeada de silencio.

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Desde ayer por la mañana, unas páginas que tenía escritas con algunos versos y ciertos conatos de poemas, se han ido configurando en otra materia, poética, pero de calado distinto. Los versos, que nacieron por cauces diferentes, se han ido trenzando unos con otros, como si siempre hubiera sido así la palabra y como si uno nunca hubiera tenido nada que ver con ellos.
Ha resultado todo de una extrañeza portentosa. Nunca antes había tenido esta sensación de estar en medio de la edificación de un poema, a pesar de que la factura final sea pésima. Iba escribiendo que, a poco que iba uniendo un verso antiguo con alguna ocurrencia moderna, a poco que iba constatando las sílabas de este o aquel verso, me sentía alrededor de todo, extraño, ajeno, parasitario de la obra.
Esta mañana retomé el trabajo con recelo, pues necesito más lecturas para afrontar este proyecto, quizás más vida o más voluntad por querer expandir la palabra por donde nunca antes había pensado hacerlo.
Un poema, eso sí, un poema total, demoledor, unitario, polifónico, polirrítmico, que provenga de la estridencia pero que suene a Armonía. La música bella y verdadera siempre es Armonía.

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Aunque ya dejé escrito que Italia es la poesía y el amor, es la geografía del amor. Esta semana volveremos a las tierras candentes de Emilia Romagna para terminar de explorar la zona. Sabemos que allí las tardes son cenáculos de la belleza y que la piedra retumba todavía en el arsenal del pensamiento. La ciudad es un complejo de insinuaciones,
de verdaderas catas de lo eterno y lo perenne. Las cúpulas pronuncian las estaciones del aire.
El viaje a Italia es bien distinto. Supone una verticalidad profunda, insólita en cada contacto. Viajar a Italia es como viajar por de dentro, por uno mismo, por sus propias galerías y catacumbas, pero por los pasadizos por los que nunca antes había transitado. después de Italia siempre se prende una antorcha en la mano y en el alma.

domingo, 17 de julio de 2011

Ayer se rompieron las gafas. Cayeron al suelo tras un golpe con el brazo. En su caída iba un perfil de la realidad que tardaré tres días en recuperar: la figura contorneada de los objetos. Recordé el poema de Muñoz Rojas en que reivindica el poder luminario de las gafas tras haberlas perdido. Yo las rompí con mi torpeza y, desde ayer, la realidad es más neblinosa que nunca, fragmentaria, yuxtapuesta, cubista, magritteana.
Quizás sea esta la mirada más real que he tenido nunca, la mirada neblinosa, desfigurada que solo traza intuiciones en tu cerebro. Vivir así es vivir en el tanteo, en la suposición, ¿qué es el mundo para el hombre?
Esa pérdida provoca que tenga que acercarme el libro mucho más a la cara, a los ojos para poder leer las letras con nitidez, casi estampármelo contra el rostro. Las palabras, en la distancia, son aún más neblinosas que los objetos, son obsoletas marcas en un blanco perpetuo. Se igualan, por tanto, las palabras y los objetos en la distancia, sobre todo cuando tu vista es deficiente o está mermada o necesita de un artefacto visual para verlas con precisión. Las gafas han sido un objeto de culto desde que se inventaron, un símbolo de erudición en el Medievo, un soporte que amplía y matiza las imprecisiones de los ojos. Solo verán tus ojos.
Joyce, Borges, Homero conocieron el derrumbe de las retinas, unos por completo, otros en un gran porcentaje. En cualquier caso, esta pérdida de los sentidos puede paliarse con algunas soluciones eficientes. Pero no es el caso de la sordera en la música: la sordera es la pérdida del universo. Así, cuando uno supo que Bach era ciego no tuvo problemas en comprender cómo siguió componiendo, pues prescinde la música de toda visión infalible y material. Sin embargo, Beethoven, ay, Ludwig…acariciando la divinidad con los cuartetos que procedían de su sordera celestial, ay, la sinfónica manera de entender el mundo sin oírlo, apenas escuchándolo. Cuando el poeta llegue a contemplar con la mirada ese estado musical, de creación luminosa, podrá empezar a pensar que brota la poesía porque jamás sabrá cómo suenan sus palabras.

viernes, 15 de julio de 2011

Sé tú mismo, multitud en soledad, nos dijo Tibulo, IV, XIII, 12.

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Me levanto repentinamente y desalojo de las baldas los libros de Platón, Cervantes, Dante, Virgilio, Borges, Flaubert y Rilke sin saber el porqué. Los abro uno a uno, con voracidad canina: quiero comprobar en sus márgenes que algún día fui lector de estos libros.

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Quiero vivir deshumanizadamente.

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Soy cuando menos aparezco entre los demás.

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Cuando me suponen nace otro hombre.

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Leer es dar vida; escribir acaso perderla.

jueves, 14 de julio de 2011

miércoles, 13 de julio de 2011

Como una sinfonía que vuelve a una coda con variaciones, el diario es la vida en sí. De esta forma, a pesar de que vaya ofreciendo variantes y modulaciones bien distintas a lo largo de los años, vuelven a aparecer las mismas inquietudes, las mismas pretensiones con que fue inaugurado. En el periplo en que se metamorfosea, el autor deberá ir seleccionando las posturas más adecuadas del alma, insuflar en el ánimo solo lo verdaderamente necesario y pertinente.

No sucede así con ningún otro género o convención, pues la poesía es fruto de la ausencia y la novela la ambición del ego que quiso ser demiurgo. Ni una ni otra sostienen lo que el diario: las variaciones embemoladas de una vida ajena.


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Me advierten de que acaban de verme por un lugar en que nunca estuve, que me mostraba triste, meditabundo, dubitativo. Incluso me dejan muy trastocado unas palabras acerca de los últimos textos que uno va urdiendo, pues parecen que flojean y que no poseen lo vigoroso de entonces. Todo eso me deja en un limbo momentáneo, justo en la frontera para dejar de escribir por siempre y dedicarme a leer, únicamente a leer, pues probablemente es el acto ético más rotundo que jamás realicemos en la vida.

Sigo pensando en el doble, en el oscuro hermano gemelo, en el otro que transita con mis palabras, mis obsesiones, probablemente percuta la música de piedra en sus retinas. Ese juego me fascina y recuerdo, cómo no, a Borges, sentado en un banco en que estaba el propio Borges. También recuerdo el poema de Coleridge y sus flores y sus sueños. Una mezcolanza errática que no logra redimirme de mi extravagancia.

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La vida va cargándose de atracciones y, sin duda, la más potente es la música. Ya Berkeley se preguntó cómo es posible que nos sintamos atraídos por algo que niega las palabras y cualquier atisbo discursivo o gramatical. El filósofo estaba conjeturando algo más profundo: ¿cómo es posible que concibamos algo inconcebible? Recuerda este episodio Steiner en Errata y dice al final del mismo: “Ante la música, los prodigios del lenguaje son también sus frustraciones”.

Pocas situaciones se han aclarado en el estudio de qué es la música. Ciertamente, los filósofos que se han atrevido con ella, -pocos, muy pocos- solo han llegado a la misma conclusión, la que Shopenhauer determinaba con el alfa y el omega del ser. La música es anterior a las palabras y las traspasa igualmente, las sobrevive y reconfigura. Las palabras parecen derivaciones imperfectas de la música y toda la aspiración de la poesía, todos sus recursos aspiran a ser musicales. Parece que Orfeo meguó de músico a poeta cuando no cejó en su empeño de volver la vista atrás. La música, la fe, la invisibilidad, lo permanente, lo intuitivo. La palabra lo visible, la vuelta atrás, la confirmación de que e amor fue a los infiernos.

La palabra está sujeta a la segmentación espacio-temporal. Su sintaxis solo puede ofrecer fragmentos más o menos lógicos, una interpretación monocorde, absolutamente monocorde. La percepción de tiempo solo puede darse en segmentos, en trancos ordenados por coordenadas que no pueden llegar a contagiarse, por mucho que los escritores lo hayan intentado, entre sí. El discurso de la palabra es lineal.

La música es todo lo contrario: es polifónica, armónica, conglomerada, sin principio ni fin, sin anclajes en un antes o un después. Ni siquiera existe el ahora. No hay deícticos en la música. No hay verdad o mentira en la música, ya que ella no se encarga de discernirla. Está, como supo Nietzsche, más allá del bien y del mal. Y eso es un imposible para nuestras palabras, las nuestras, lo que somos.

martes, 12 de julio de 2011

Antes de comenzar a escribir, repaso algunas páginas antiguas del diario como si fueran antiguallas repletas de polvo que necesitan que alguien las haga relucir, si es que en algún momento relucieron. Este engolarse no es nada bueno, pues advierte uno que la diversidad no es precisamente la virtud de las mismas. Leo incluso algunos textos de hace dos o tres o cuatro años, pues este mes de julio se cumplen cuatro años desde que comencé a llevar estas anotaciones sueltas. Todo comenzó en París, que no se acaba nunca, que sigue siendo una fiesta para la escritura y para el recuerdo de lo literario.
Cuatro años no son nada cuando uno lee los Diarios de Kafka, por ejemplo, o los Diarios de otros escritores que supieron mantenerlos a escondidas por lustros. El caso de Trapiello, en España, que los mantiene desde hace décadas sin hacer concesiones en un ápice; y de otros tantos escritores desconocidos, que no forman parte de esos cánones tan pronunciados y que tanto gustan a los que se creen entendidos.
Nunca el diario, como la poesía, tendrá el reconocimiento público de la novela. Nunca un crítico –si es que hoy existe esa categoría- saldrá a defender un diario por encima de cualquiera de las novelas mediocres que se publican.
He descubierto que el diario es junto a la poesía el género de la intimidad, pero también el de la más solemne universalidad y libertad. Porque en ellos puede uno hacer lo que quiera, caso contrario de la novela, porque cuando una novela quiere poseer todos los matices de lo interno, sin atender a los cauces de la narrativa, se acerca demasiado al diario o a la poesía. Es decir, ni la verosimilitud, ni la ficcionalización ni ninguno de los criterios con que se intenta esclarecer qué es lo literario puede vislumbrarse con nitidez en lo diarístico. Es todo, una vida narrada, y es nada, pues la vida de un hombre no vale más que la de otro hombre.
Es por ello por lo que, de un tiempo a esta parte, no puedo leer artefactos puramente narrativos y sí puedo releer Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, o a Unamuno o a Cervantes o a Kafka o a Musil sintiéndome en la más absoluta libertad como lector, ya que estos autores actuaron desde la pureza de la palabra que no se cercena por convención alguna. Si sus obras hubieran querido acomodarse a los parámetros de un género literario de la tradición tal y como les legaron, no tendríamos las maravillosas páginas de K. o los pasajes del Ingenioso Hidalgo, sino pasajes amordazados que cumplen solo con lo establecido.

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Son habituales las serendipias. La última me ha hecho vincular a George Steiner con la “Historia troyana polimétrica”. Dejé escritas mis impresiones sobre las lecturas tempranas de la Ilíada y la Odisea que realizó Steiner junto a su padre. Destaca el autor la importancia del pasaje en que Aquiles entra en cólera, -oh, musas- después de conocer la muerte de Patroclo. Así la parte conservada de la Historia troyana polimétrica comienza justo con el llanto de Aquiles por la muerte de Patroclo. Es decir, la "errata" de Steiner es una elipsis de la literatura medieval continuada en el siglo XX, con la figura de un lector moderno. O pudiera interpretarse como una metalepsis absoluta y Steiner puede entenderse como el lector-escuchante medieval que se ha transformado con los tiempos.

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Cuando Unamuno se refiere a la lengua, insiste en que no se habla una lengua sino que se vive en ella y por ella. De este modo entiendo con más profundidad el siguiente pasaje de San Manuel Bueno, mártir: “Todos le queríamos, pero sobre todo los niños. ¡Qué cosas nos decía! Eran cosas, no palabras.” En otras consideraciones, llega a afirmar Unamuno que “una lengua no solo lleva consigo una manera especial de concebir la realidad sino hasta de sentirla”.
Leyendo estos pasajes de la novela, Unamuno me conduce a Platón y a toda una teoría de la palabra que pretende ser la cosa misma, como quería JRJ desde siempre. No dejan de embaucarme estos escritores de principio de siglo que, cada vez, me parecen los mejores del siglo XX español con mucho. Y de la misma forma que unos se agrandan con el tiempo, otros se achican con el tiempo.Son cosas, no palabras.

lunes, 11 de julio de 2011

Esta tarde ha realizado una visita a sus padres y a su abuela Mercedes quien, en unas condiciones físicas precarias, todavía mantiene el tacto verbal con su nieto. Ha paseado por la playa y por el centro del pueblo. En esas caminatas, no pocas sensaciones y vibraciones pasadas se le han venido por delante, como mojones vetustos que se remozaban y orillan al paso del individuo.
Más tarde, cuando se recogieron de los azotes del sol y de cierto siroco trasnochado, decidieron almorzar un guiso marinero, esto es, unos fideos con langostinos acompañados con el maridaje inexpugnable de manzanilla en rama. Cuando todo esto hubo sucedido y las charlas pletóricas con el padre fueron sosegándose y entrando en calma, la madre le dijo que tenía unos papeles guardados desde hace años que necesitaba que los viese: eran los cuadernos y libros desde su etapa en la EGB hasta el final del zagaleo.
El personaje de marras, embargado por una secuencia remota y turbadora, comenzó a espigar en los papeles, pues allí estaban escritas, con una caligrafía irreconocible, sus primeras sílabas, sus primeras líneas, sus primeras palabras.
Como un acto de alquimia o un supuesto de cábala, como si estuviera leyendo la realidad como el Kafka que se empeño en traducir la Biblia siguiendo los ritos de la cábala judía, el personaje enmudeció y solo pudo seguir pasando los papeles amarillentos por sus manos de ahora. Una a una acarició las páginas, una a una analizó las sílabas que comenzó a escribir, se divirtió con los dibujos y no dejó de leer ni un solo dictado que completaba las pequeñas libretas. Fue como apreciar el mundo de nuevo, como revivir un hecho nunca vivido, como si de pronto estuviésemos silabeando con un bolígrafo sobre una página sin conocer los rudimentos de ninguna gramática. Hoy, puede afirmarse sin remiendos, pudo contemplar al otro que fue desde el más absoluto desconocimiento, como nunca antes lo había hecho hasta ese momento.

domingo, 10 de julio de 2011

Ha expresado el poeta su impotencia y lo ha hecho, normalmente, otorgando la escasez de fuerzas a su intelecto y a su sensibilidad. Lleva meses sin escribir un poema que a él le parezca digno para seguir en construcción. Esa incapacidad en los poetas es circunstancial y, diría yo, necesaria. Cumple un ciclo que se completa con la producción, con la creación que, al final, termina siendo otra incapacidad tal que la agrafía. ¿Qué diferencia hay para el poeta entre escribir un poema y no escribirlo; hay satisfacción plena acaso en uno de los dos procesos?

Según esta interpretación, el poeta deberá aprender a edificar en la agrafía y a silenciar en la creación. Como fuerzas centrífugas y centrípetas, en el equilibrio de ambas podrá hallar acaso algún fruto incierto en su vida. Mientras tanto, todo es un fervor de continuo paso, de meditado estar, de imposible definición. Sabe la fidelidad del poeta que en el algún momento recobrará el ímpetu necesario para volver a escribir, pero, igualmente, debe aprender que, si ese momento no llegase más, solo la espera será suficiente.

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Transcribo unas notas escritas en un cuaderno comprado en Roma, con las tapas en marrón, de piel. La caligrafía refleja la impaciencia en que fueron escritas en Italia. No recuerdo bien si están ejecutadas con el bolígrafo que me regaló M.C. hace ya más de un año. Esas letras intentan explicar torpemente lo inexplicable, por eso todos los intentos son fallidos de antemano y las leo con estupor, decididamente turbado.

El proceso de creación en el poeta. El proceso que incluye la agrafía y la desmesura verbal. El ciclo en que uno escribe sin saber qué está realizando esos meses, pero que incluye un periplo de silencios, renuncias, solo tanteo y deseo. No desistir en ninguno de ellos, mas no otorgarle supremacía tampoco.

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Así pensado, el proceso puede que se distribuya en tres fases: escritura, barbecho sensible y estado de fervor. El primero se identifica con los tramos en que el poeta escribe, borra, prueba, explora sin saber a dónde se dirige con ello. La segunda coincide con el estado de la lectura, del acercamiento silencioso a lo que otros llamaron el daimon y, por último, el estado de fervor que coincide con una mixtura de los procesos anteriores: lectura, escritura, pero únicamente como un paso de depuración, como un rito de paso al estado de equilibrio que se produce al comienzo.

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Si alguien llegara a leer estas imprecisiones podría pensar que estas palabras son demasiado endebles y que soslayan diferentes cuestiones de la creación. Las fases que había escrito en Arezzo creo que se dan al mismo tiempo, como una armonía completa. Solo si falta una de ellas el poeta deja de serlo, pero solo por unos compases de espera. En ese tiempo, el pentagrama de su vida solo soporta las marcas del silencio, solitariamente establecidos en la clave armónica de toda una vida.

viernes, 8 de julio de 2011

Intento leer algunos cuentos de Alice Munro ya que algunos escritores recomiendan su lectura enfervorizadamente. Compré Secretos a voces y comencé con “Entusiasmo”. Lo abandoné a los diez minutos. Después de ese abandono, recordé las palabras de Kafka en las que recomienda la lectura de libros que ejerzan un hachazo y destemplen el contorno helado que nos acoraza. Es lo que me sucede con Errata. El examen de una vida, de George Steiner. Todos los libros de Steiner son estimulantes, hachazos dulces, demoledoras complacencias.

Steiner recuerda, al comienzo del libro, cómo su padre, un afamado gestor de la banca, lo llevaba de museo en museo y lo obligaba a memorizar pasajes de la Ilíada y la Odisea que antes habían traducido juntos. Es así como Steiner comienza a vincular, por ejemplo, el pasaje en que Aquiles tiene noticas de la muerte de Patroclo y decide matar a Licaón. Tras este pasaje, que Steiner tradujo con seis años junto al padre, recibe un regalo que no lo abandonó nunca, un volumen con textos de Homero. Puede, piensa el autor, que el resto de su vida no haya sido más que una apostilla de aquellos días, de aquellas lecturas.

Poco después, cuando alcanzó la juventud, Steiner comenzó a leer a Tólstoi, sobre todo, La muerte de Iván Ilich, teniendo presente los momentos infantes de Aquiles, Licaón y otros pasajes homéricos. Obviamente, Tólstoi se declaraba un ferviente lector de Homero, con lo que Steiner estaba rastreando la estela de esos creadores que han ido tejiendo, para la posteridad, un cauce, un estarse vivo en la literatura que poco a poco va perdiéndose. Quisiera, algún día, vislumbrar el cauce para solo señalarlo.

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Después de Steiner no he podido hacer otra cosa que leer a Tólstoi. Agarré el tomo de las estanterías del sótano. Toda la tarde Tólstoi.

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Algunos pasajes de Dios, la muerte y el tiempo, de Emmanuel Levinas, me dejan una grata sensación de lucidez. Hay páginas prodigiosas, de envergadura intelectual y otras que se apegan demasiado a las escuelas filosóficas de la época. Sin embargo, en algunos pasajes, se ofrece más clarividencia que en algunos libros recientes que he leído y que no hacen más que desmerecer su publicación.

Hay que optar por la posición radical de Kafka: no escriba ni lea si no va a morir con ello, quiero decir, deshacerse, renovarse, desdecirse, acomplejarse tras el acto, manifestarse como un insecto o reducirse a una simple letra absurda cacofónica, quizás a una errata en una página en blanco.


jueves, 7 de julio de 2011

Definitivamente, música y palabra. El salón de casa está vertebrado por un puñado de libros y por un equipo para reproducir música. No hay más necesidad que eso, es sobrante, inabarcable, suficiente. Todo eso y el amor, que es amparo.

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Por diversas razones, releo algunas novelas de Unamuno y de Baroja y otras páginas de Gabriel Miró, Azorín y López de Ayala. Con todos, en sus virtudes, me deleito y confirmo que la prosa española ha obviado a algunos escritores sobresalientes que solo pueden devolver la sombra de lo que fueron.

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Desde esta mañana noto un rubor extraño, una sensación de amanecida insólita y una manera de observar cadenciosa. Ha transcurrido la mañana sin desasosiego lo cual no puede traducirse en complacencia. Hemos preparado nuestra excursión anual a Cabo Trafalgar y eso me tiene expectante, pues aquel lugar resulta pleno de sensaciones y ensueños. Las playas, los episodios históricos, los libros que han recreado tal acontecimiento y que percuten la memoria con solo recordarlos. Será una vista enigmática, como todos los años, y allí podré traducir las cadencias del sol bramando en la tierra, la usura del viento tajante sobre el mar, los equinoccios eclipsados del labio en salitre.

miércoles, 6 de julio de 2011

Recorrer las baldas de una librería se ha convertido en un ritual chamánico, porque antes, durante y después de ello se realiza una danza de la que no se conoce su origen y fin. Ya dijo Eliade que los chamanes, -que ayudan a los espíritus transitorios-, necesitaban el éxtasis y el trance para dejar de ser en su consciencia y para poder, así, acompañar a las almas extraviadas a otros mundos.

No hay que remitirse a las palabras de Borges para decir que una biblioteca o una librería inmensa posee la estructura del universo. Igualmente, es una obviedad que nos expresamos como incapaces de asumir la lectura de todos los libros. Sin embargo, ante esta metáfora de la condición humana (un ser finito que se atreve a desafiar su finitud en una realidad que no le pertenece en principio), de un tiempo a esta parte creo en que el lector está muy cerca de la condición de los chamanes antiguos. La lectura se ha convertido en el éxtasis con el que uno deja de ser o, al menos, percibe que está dejando todo lo que edifica su ser, para transformarse en otro.

En este sentido, recorrer las baldas de una biblioteca (porque una librería es una biblioteca) debe de poseer algo mágico. En esos recorridos que hacemos, el proceso de selección se ajusta a no pocos prejuicios que determinan la adquisición última. Por ejemplo, un señor se dirige a la zona en que están colocados los libros de poemas. Allí, observa que los que están realzados o fuera de las baldas son todos libros de paso, del momento. No le interesa ninguno hasta que abre las páginas, por interés antropológico, de uno de ellos; lo hojea, primero, lee algún poema, segundo, y decide, por último, llevárselo a casa, como el oso que prefiere degustar su caza en la tranquilidad de su cueva. En ese momento, casi sin caer en la cuenta, el lector ha dejado en el mismo sitio, los libros de Hölderlin que tenía pensado comprar y que lo habían desplazado hasta allí, hasta un universo paralelo. Puede que nunca más vuelva a tener la necesidad de comprarlos y de leerlos como en esos momentos, quizás nunca más. ¿Habrá pensado el lector en esa circunstancia que lo ha abandonado, en la trascendencia de la renuncia?

Por otro lado, están los lectores de oficio. Eso son los que necesitan de lecturas que le faciliten su actuación en público. En toda reunión existe la figura del que conoce las últimas publicaciones y los autores noveles más recónditos. Ellos juegan a conocerlos, a ofrecer datos e incluso a lanzar su opinión prematura a sabiendas de que están iniciando todo un horizonte de expectativas para los demás. Normalmente, estos lectores van a la librería sólo para encontrar las rarezas en lo nuevo y, en ocasiones, en autores peregrinos, rescatados por centenarios o provechos comerciales. Sin duda, son los ególatras, los que leen los libros que otros dejan para que su palabra pueda ser escuchada en el bullicio. Nutren su egotismo y dejan de lado la lectura chamánica, metamórfica, transformadora. Les parece que, leer en estos tiempos a Rilke o a JRJ o a Dante no les va a reportar ningún beneficio, porque ya se han dicho demasiadas cosas sobre sus obras. Lo que no entienden estos insólitos cazadores de crías es que la lectura debe emborronar lo que eres y lo que pretendías ser. La lectura no comienza donde otros la dejaron, como la ciencia, es un renovarse siempre y singular. Nunca puede ejercerse la supremacía del lector sobre el escritor; si eso ocurre, deberás cambiar de libro.

Asimismo, otros lectores van a las librerías sin expectativas, atravesando la frondosa arboleda o mostrándose deseantes de que algún volumen nunca soñado o imaginado se aparezca para reponer su ser en la multitud. Estos lectores han conocido la experiencia plena de la lectura, de la que se imbrica entre las arterias hasta desgarrarnos. Intuyen, con claridad, que la danza libresca está expuesta a lo imprevisto y que sus pasos no están configurados de antemano.

Escribo estas notas porque eso mismo me sucedió con un libro de Hannah Arendt y con otros tantos) que leo en esta mañana, La condición humana. Su lectura es un desvelo de tu propia condición, de tu condición en solitario, porque como recuerda la autora, Platón quiso que el hombre pudiera salir de la caverna solo, es decir, nunca acompañado por una multitud, por un grupo. Si la experiencia del filósofo para Platón era indecible, la vuelta después del ritual, sentado, con los ojos clavados, también lo es. Por este motivo, Arendt principia el libro distinguiendo entre las respuestas que podemos ofrecer a dos cuestiones capitales: “¿quién soy?” y “¿Qué soy?” y por eso mismo estoy escribiendo sin rumbo, con la intención de establecer algún indicio que me anule para comenzar a ser.


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Cosa parecida sucede con un pasaje de un libro del que creíamos haberlo leído todo. Hoy, por ejemplo, abrí El Quijote y no pude más que subrayar con la rabia del olvido: “[...] todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe”.

lunes, 4 de julio de 2011

Siempre el mismo libro para los viajes en tren, Una historia de la lectura, de Alberto Manguel. Hoy lo haré a Sevilla y, como el trayecto es relativamente breve, podré leer cómodamente algunas páginas del libro o releer aquellas páginas que ya están perpetuas en la memoria pero que necesitan del abrillantamiento.

El viaje en tren siempre me ha resultado una metáfora perfecta del proceso de la lectura, de la transformación que produce la literatura en el lector. En lo externo, fuera del vagón, el paisaje es cambiante: puede aparecer la lluvia, de pronto los girasoles, nieve, una llanura, un rebaño de ovejas, molinos, una aldea, por ejemplo. Todos ellos son como los libros, pequeños, acertados, deleitables. El caso es que quien viaja en lo interno, quiero decir, el pasajero, es el que debe ser cambiante en el proceso de la lectura. Y, si eso no sucede, deberá comenzar el trayecto o cambiar de destino o encontrar las páginas que detonen, en su interioridad, la experiencia de la lectura.

Por este motivo, cuando encontré el libro más adecuado para leerlo en el tren, es lo primero que arrojo en mi bolso. Lo intenté con otros volúmenes, con algunos diarios, con libros de poemas, pero ninguno satisface más que éste. En cualquier caso, el binomio se renueva en cada trayectoria, como lo hace la ambición de leer lo que leyeron los demás.

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Hay quien no se conforma con lo suyo y necesita estar hurgando en la vida de los demás. Suelen ser personajes inteligentes y con capacidades demostradas, pero que no han ejercitado la prudencia de la valoración interna. No se conforman estos individuos con analizarse por de dentro y con asumirse como uno más entre tanto guirigay.

Movidos por la avaricia o la envidia o la ambición son capaces de dejarse ir, de dejar su vida de lado para ocuparse de la vida de los otros por el mero hecho de sentirse mencionados o protagonistas.

Ni en sus gozos ni en sus sombras, ni en sus logros o virtudes alcanzarán nunca el verdadero refulgir de la felicidad, porque si todo lo que sucede es efímero y especular, no hay otra fórmula para sentirse vivido que la contemplación del silencio y el agua.

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Alguien me dice que no debe uno estar leyendo siempre a Dante o a Flaubert, sino que, de vez en cuando, tendría que desengrasar y tomar un respiro. Ante esas palabras, no puedo pronunciar otra cosa que no sea algo parecido a lo siguiente: si respiro leyendo es cuando Dante me hace el boca a boca.

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Imaginé un paseo por el parque, en Nueva York. Ciudades como esta nunca dejan de ser soporíferas ni de albergar el gentío y el bullicio. No conocen sus calles y avenidas el descanso de los bosques, ni la gracia marítima del mar golpeando a sus puertas. Estas ciudades, escondidas y repletas de humanos, solo pueden traducir lo que el hombre moderno desea: la acumulación de lo mismo. Son tan distintos estos planos a la coquetería pétrea de una ciudad italiana o a la elegancia perfumada de cafés de París o a la parsimonia neblinosa de Londres. Ciudades todas de lo actual, pero distintas en sus sustancias, en sus adentros, donde los paseantes encuentran el ritmo para sus pasos. En Arezzo, por ejemplo, he caminado por todas las avenidas del Averno y he podido comprobar contrastar mi vida más que todas las que se amontona en Nueva York y luego he volcado mi canto en sus verdes prados y en sus soles relamidos de claridad y cadencia. En Lisboa he soñado con la tilde de un centauro y además desnudé quien soy para desasirme por siempre. Ni la música en los bares, ni las avenidas, ni la opulenta vida contemporánea me atraen, mas soy consciente de mi condición y reclutamiento.

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Algunos creen que en la anécdota debe encontrarse lo permanente y así lo manifiestan cuando elogian un libro de poesía que cree alcanzarla. Estoy cansado de esa aseveración que contiene una paradoja, porque el dictado inmanente de la palabra pasajera desaparecerá como lo haremos nosotros si no encontramos lo permanente y eterno en lo permanente y eterno.

domingo, 3 de julio de 2011

Bien temprano, en la mañana, aprovechando el fresco del día, me siento en el nuevo sillón a leer a Baudelaire. Antes de releer algunos de los poemas más rotundos de su obra, me detengo en el retrato que le hizo Courbet cuando el poeta contaba treinta años. Intento imitar la postura en que aparece: la mano izquierda descansando en la rodilla izquierda con una tímida tensión, el tronco levemente curvado y, sobre todo, la mirada y el busto fijos sobre las páginas de un libro que se abre encima de un atril. Imagino, además, que sostengo con los labios prietos una pipa que humea con disimulo.

Al cabo de un tiempo, me detengo a observar una fotografía de Baudelaire con cuarenta años. En su pose aprende uno a contemplar los hechizos hundidos en la sima. Para leer poesía se requieren edades y universos enteros y no estaciones frugales ni lecturas de paso. La poesía muda la semántica y hace entender el lenguaje de las cosas mudas. Sobrevuela y precipita en el hombre una correspondencia.

Desde el centro del bosque, los artistas envían señales, ya sean éstas colores, luces, notas, piedras. Lo dice el poeta: “Un appel de chasseurs perdus dans les grands bois!”, una señal que lanza quien se perdió en el bosque. El poema se remata con una imagen prodigiosa que coloca al artista muerto, exhausto, llorando al borde mismo de la eternidad.

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Lo recordé con J.S.M. hace unas semanas. Esos versos de Neruda ejercieron una fuerza, una imantación fundamental en aquellos de lecturas y tanteos: “hundí la mano turbulenta y duce/ en lo más genital de lo terrestre”. Estos dos versos pertenecen a “Alturas de Macchu Picchu”, de Canto general, libro en que Neruda fue más poeta que nunca, aunque fuese solo en tramos concretos. Al inicio de esta sección, el poeta roza lo que Homero escribió en Ilíada. El poeta como aeda, como un aeda moderno que transita lo inexpugnable de la conciencia y se eleva como un titán, como un evocador del tiempo del hombre en la tierra.

Arrancarle lo genital a la tierra, desposeerla de lo telúrico y lo fértil es, sin duda, edificar una palabra nonata. La misma que Homero nos legó como muestra de lo inalcanzable.

El hombre tuvo una edad para lo épico. Hoy, el poeta, acaso arrinconado por el propio hombre, deberá conformarse con su canto en plenitud en las raíces negras y profundas de su sustancia.


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Leo Muerte sin fin, de José Gorostiza y, de nuevo, Baudelaire: “mis alas rotas en esquirlas de aire/ mi torpe andar a tientas por el lodo”. Después de este comienzo, el poeta mejicano fue derivando con el poema hacia la exaltación del silencio y de la lengua contenida en una inteligencia insonora, que lucha por la creación desde la transparencia juanramoniana: “ ¡Oh, inteligencia, soledad en llamas, / que todo lo concibe sin crearlo!”. Esa es la inteligencia más elevada, la comprensión que no emite creación, sino que se contenta con contemplar desde lo estático.


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Las palabras que culminan (si es que alguna vez se culminó) Museo de la novela de la eterna, de Macedonio Fernández, pueden interpretarse como una instrucción para alcanzar la literatura: “El imaginador no conocerá nunca el no-ser”. El imaginador es el lector que, en puridad, es la primera condición del escritor. Así lo entendió Borges, pero se nos olvida que Cervantes lo declaró expresamente más allá de Borges, porque Cervantes fue un lector inventor siglos antes, cualidad que Emerson definió como indispensable.

De esta forma, cuando Macedonio escribe: “El hombre que fingía vivir”, leo estas palabras como una estancia suprema a la que aspiro sin remiendos y a la que solo puedo llegar a través de la literatura y del arte acaso. Sobre todo en las mañanas en que imito la pose de Baudelaire, leo en alto los poemas de los aedas modernos y recito, en silencio, la trama de una inteligencia que no logro comprender a pesar de mí mismo y de la vida fingida.

sábado, 2 de julio de 2011

Preparo un spritz con todo el ritual posible. Por supuesto, siempre que lo comienzo a preparar, me imagino que Mauricio Wiesenthal está observando cómo lo preparo y que nos encontramos en Trieste, delante de la casa en que vivió Joyce.

El spritz en Trieste es distinto, le añaden anguria y eso le confiere una cadencia especial en relación al que puedas tomarte en Venecia, por ejemplo. Así que lo preparo recordando la estancia en la tierra de Svevo, Joyce y Magris.

Cuando preparo el segundo, me traslado a Venecia. La Plaza de San Marcos recogida por las melodías de Vivaldi. Allí, sentado junto a M.C., degustamos un spritz de la casa, en el café Florian. El camarero acaba de atendernos con un señorío atractivo y con italiano susurrante. Nos recomienda el spritz Florian porque dice que lleva albahaca molida que casi no puede percibirse en el trago, pero que se degusta en el paladar. La historia de la palabra basilico (albahaca) nos tiene ensimismados y por eso, siempre que podemos, añadimos basilico a cualquier ensalada o cóctel o pizza que elaboramos.

El verano es ya irremediablemente Italia. Lo es porque la luz allí convoca la eternidad y porque si el amor posee una geografía, la nuestra es el canto de las cúpulas y el desiderio de los puentes.

Sin embargo, escribo todo esto desde Bologna y después de haber estado unos días en Ravenna. Quizás la emoción transfigure la esencia en deseo y ejecute, en las palabras de un hombre, la mayor de sus ficciones.

viernes, 1 de julio de 2011

Todos los veranos los comienzo escuchando Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla. Esas piezas escritas para piano han sido, desde mi infancia, como un bálsamo. Es una obviedad que hasta que no escuché a Falla no pude leer a Lorca, quiero decir, entenderlo y realizar una lectura cabal y certera. Fue entonces cuando los poemas del granadino adquirieron en mi conciencia la pasión que hasta ahora les profeso.

En este sentido, es cierto que me sucedió lo mismo con Góngora y con Antonio Machado, dador verdadero de mi conciencia poética. A pesar de las divergencias y las propuestas estéticas tan dispares de estos tres autores, gracias a Falla pude desentrañar lo que de común había en ellas.

No sé si se trata de una materia oculta o de un sustrato cultural que los creadores adquieren debido a la geografía en la que vivían. No seré quien defienda los localismos ni por supuestos los provincianismos que Ortega tanto enjuició, pero sí diré, al rescoldo de estas páginas peregrinas, que hay una luz, un aire, una naturaleza y una cosmovisión en el sur de este país que no encuentro similar a ninguna otra sociedad que conozco.

Es por eso por lo que en la música, en la forma más elevada y pura de creación y de recepción del arte, hallé un subsuelo oculto de decires y nostalgias que, cada verano, regresa con la silueta de una noche que se transfigura en jardín, en limonero, en aurora volcánica o en columna de záfiros.

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Los veranos eran tiempos de poemas. Recuerdo que el colegio era una extensión de las playas que tan cerca teníamos. Desde el colegio podíamos ver el Coto de Doñana, apreciar la llegada de los barcos, vislumbrar a lo lejos el esqueleto informe del barco del arroz, percibir la fragancia del salitre y del yodo o confiar en el anuncio del siroco o del levante o del poniente. En esas circunstancias leíamos los romances recopilados por Menéndez Pidal, Flor nueva de romances viejos. Fue en ese entorno cuando comencé a estudiar música y a interpretar con la flauta dulce las pequeñas partituras que se añadían en la edición de marras.

Fue igualmente cuando cayó en mis manos el primer libro de poemas de Antonio Machado y cuando la maestra, Manuela Escobar, trajo anuncios para mi vida de la obra de su hermano Manuel. Tendríamos doce o trece años si mal no recuerdo y desde entonces pertenezco a la raza mora. A esas lecturas con fruición de los poemas de Machado se añadían no pocas reflexiones sobre pintura y, en ocasiones, la maestra nos preparaba para escuchar una ópera de Verdi. A estas manías que tanto le debo, he de sumar en la memoria, las tribulaciones de un maestro de matemáticas, -Alfonso Perales, creo recordar-, un melómano sofisticado que nos hacía escuchar Réquiem, de Mozart, mientras completábamos un examen de matemáticas.

A estas prácticas se sumó la aparición de un músico llamado José Antonio López quien, con un entusiasmo límpido y verdadero, insufló para siempre en mi persona la pasión por la música.

Jamás podré devolverles a ellos todo lo que me han dado y siguen dando, porque gracias a estos resortes puede uno llegar a ser lo que es y lo que está siendo. Apenas nada, es cierto, pero apenas también la evidencia de que cuando un hombre concentra su vida en una pasión, en un fuego de entendimiento y lo transmite de la misma forma que lo siente, traslada la llama de amor viva más allá de su prole y genealogía.

Así que, con el paso del tiempo, cuando en mi vida se atraviesa alguien de la que me provienen remembranzas antiguas, no puedo dejar de advertirle con mi agradecimiento, porque a los nombrados anteriormente nunca pude decirles lo que tanto los quería, ni lo que tanto agradezco ahora y siempre.