lunes, 7 de enero de 2019

Il cimento dell´armonia e dell´inventione, Vivaldi y todas las mañanas del mundo.

LA MAÑANA comienza con el engranaje de la Luz angosta y reticente del invierno.  Suena el concierto de Mandolina en do mayo RV 425 de Vivaldi. Esta música invade el salón y las habitaciones de la casa mientras E. Y F. Corretean entre juguetes, libros, y el espontáneo fervor de vernos la familia juntos en la mañana disfrutando de la mismo. 
La obra de Vivaldi siempre me ha fascinado sobre todo porque la popularidad de sus partituras había oscurecido y difuminado la capacidad artística de este músico extraordinario. Más allá de sus más de quinientos conciertos hubo dos detalles de su biografía que me resultaron muy interesantes. 
Desde que muere, en 1741, como sucede con otros grandes artistas, su obra permanece en el subterfugio de lo desconocido. A su muerte, en la catedral de Viena, acude el coro de niños de la misma en la que se encuentra, en un episodio digno de Zweig, un jovencísimo Joseph Haydn. 

Muere Il Prete Rosso y la inmensidad de su obra (sacra, vocal, concertística) comienza a subsistir solo en la consciencia de otros grandes músicos que habían advertido, en su tiempo, la belleza inconfundible de una obra que edificaba al ser humano. Fue, sobre todo, Bach el que había transcrito algunas de las obras de un cura, -que ofició poca misa, que había participado en el esplendor de la música veneciana, que supo acomodarse a la música programática sin par,- el que sin saberlo ayudó, ya en el XIX a que se recuperar las obras de un tal Antonio Lucio Vivaldi. 
Supuestamente asmático, a tenor de sus propias declaraciones, Vivaldi era un violinista sobresaliente, de gran capacidad interpretativa que rozaba el virtuosismo. Siempre me pareció  Il cimento dell'armonia e dell'inventione un título sugerente y perspicaz para una obra poética o un libro de ensayos. 


Corretean,  con risas y desencuentros infantiles, los niños por la casa y sigue de continuo la música de Vivaldi tomando su atmósfera y su confín.  A veces mueven sus cuerpos menudos al ritmo de la música, otras tantas se desentienden y siguen con sus juegos. Sea cual sea la relación, la semblanza que quede en su memoria de estos caítulos pasajeros nos quedarán la belleza palpable de la música en los ojos.