domingo, 21 de junio de 2020

Con el verano incipiente, Unamuno, Han, Simenon y Vuong.

CON el verano llegaban las tardes interminables: los niños no salíamos a jugar a la calle hasta que el sol dejara de implantar su justicia con ferocidad; uno, por aquellos tiempos,  podía entretenerse, jugar o divertirse con cualquier elemento. Leer, escuchar música, construir, jugar con un vecino, ir a la playa...ya de mayor, estudiar. Recuerdo, por esa época, escuchar en un formato innovador, -CD-, las sinfonías de Mozart o los conciertos de Bach mientras otros amigos acudían a "Héroes del silencio" o a "Nirvana". Uno convivía con ellos, no había discriminación alguna en las preferencias de cada cual con la música o la actividades que cada uno realizaba; ni palabras que depreciaran las preferencias de uno ni nada parecido. Tampoco al contrario. El respeto venía de suyo, no había que alabarlo ni invocarlo. Es más, a veces, debatíamos, como juegos de infantes, sobre los gustos personales.
  
Y hoy se me ha venido a la mollera una de esas tardes en que iba y venía al cuarto y agarraba un libro de los que mis padres, aun sin ser lectores ni con formación académica, me iban comprando con una dedicación flamenca. Aquí está uno, con su volumen de Niebla, de Unamuno, del año 95, con el nombre escrito con la caligrafía de entonces; y lo abro y aparece aquella luz blanca del sol en los edificios, aquella brisa marina que penetraba por las ventanas de la vivienda, aquella quietud y dilatada sensación de que todo seguiría eternamente en esa tarde, en esa escena, en aquel individuo del que solo voy teniendo ya recuerdos y añoranzas. 

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Termino el libro de Han, La desaparición de los rituales (Herder, 2020). Me han gustado algunos pasajes, ciertos capítulos en los que ofrece una visión punzante y certera de la realidad actual. En otros, se deja llevar por su excesiva visión contraria a la confabulación neoliberal que tanto señala a cada párrafo. Me quedo, sobre todo, con el estilo de escritura y con la bibliografía, en general, que ha utilizado para escribir el libro, pues no pocos autores y volúmenes que nombra los tiene uno en sus estantes y forman parte de la biblioteca desde hace tiempo. Libro menudo pero sagaz, que ofrece reflexiones sobre los rituales en la época moderna que bien pudieran llevarse a otras esferas de lo individual. 

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Y ahora acudo a Simenon...trataré de terminar La nieve estaba sucia (Acantilado), un libro excepcional, con el que se aprende a escribir, en el que la carpintería de la escritura deja muchas virutas para poder usarlas en los escritos de uno.

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Un descubrimiento reciente, Ocean Vuong, En la Tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama, 2020). He leído, tan solo, el primer párrafo del libro: la forma epistolar, el estilo, el tono, los temas me han levantado una emoción y una atención inusuales. En cuanto termine con Simenon trataré de leerlo. 




 

sábado, 13 de junio de 2020

En tanto que fugaces

ÚLTIMAMENTE leo y escribo basta en la cocina. Hoy, por ejemplo, estaba terminando una extraordinaria novela de G. Simenon, La nieve estaba sucia (Acantilado, 2019). El olor a fruta lo envuelve todo, el melón se convierte en un perfume envolvente y comienzo a recordar ya el verano próximo, el que no haya, el que siempre es el mismo de la memoria de niño. 
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No todo es brillante en Byung-Chul Han, La desaparición de los rituales. Cuando en el capítulo "Imperio de los signos" reflexiona sobre la poesía percibe, el lector avezado, que el autor aborda el asunto desde una visión erróneamente política: no hay mercancías ni lenguaje trabajador, ni lujos o excesos, ni pobreza ni excedentes en la poesía. Entender así la poesía es referirse a la no-poesía.
 
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Para ejercer en lo público debes desgajarte de lo íntimo; para pensar en público has de dejar de ser en vivo; para escribir de sangre y púrpura no existe más allá que la concordia de tu corazón.

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Solo la música anida en la consciencia sin idiomas.

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En tanto que somos fugaces pervertimos los días en bullicio.

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Tiene la humedad en sus surcos el aroma profundo del mar en el vacío.

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Están los pájaros revueltos con la levedad de la mañana y mi corazón concorde a la claridad del sur.

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En el hospedaje de la soledad el trino es de los dioses.

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Está el arrogante, que termina onanista; el intrépido, que vive de los aledaños; el narcisista, todo fue su yo; el holograma de Bartleby, el que copia de los demás... Sucedáneos y versiones humanamente tristes de ser escritor...porque los poetas suenan en el silencio de su obra.



viernes, 5 de junio de 2020

Singladuras de luz

"LA escucha en silencio une a los hombres y genera una comunidad sin comunicación", afirma Byung-Chul Han. Nada más alejado de la realidad de estos días: bullicio, desaforadas opiniones, juicios de valor sin fundamento. El silencio hace estar a la escucha, entregar la atención más profunda hacia lo que el otro va a manifestar con su palabra. Cuando alguien habla edifica un mundo pasajero; cuando un poeta verdadero escribe, se construye un templo perpetuo de vida. 

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El silencio puede darse en monólogo y escucharse a uno mismo; es la liturgia de la soledad nutricia, la armonía de un solo individuo que se arroja al canto polifónico de lo diverso.

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Volvemos a escribir con más asiduidad, a leer y a escribir la lectura. Camino ya de trece años de diario, de lecturas escritas, de glosas y márgenes que han ido trazando una vida. Vuelve uno a sus pasos para ver el camino y no hay huellas, solo evocaciones; ninguna señal cierta solo singladuras de luz en la memoria.  

 


jueves, 4 de junio de 2020

Rituales y vida

VOY acabando el libro de Byung-Chul Han La desaparición de los rituales. A pesar de su brevedad es un volumen cargado de sugerentes párrafos, hilvanado con ideas que, a cada paso, despiertan un subrayado, una escritura en los márgenes. Cada vez pienso que el rastro de lo que voy siendo están en los márgenes de todo. 
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Llega el tiempo en que uno solo piensa en vivir para uno, en edificar la belleza del vivir en cada momento solo para sí. Como leemos en La lámpara maravillosa de Valle-Inclán: "La belleza es la posibilidad que tienen todas las cosas para crear y ser amadas". 
  
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"El poeta debe buscar en sí la impresión de ser mudo, de no poder decir lo que guarda en su arcana y luchar por decirlo y no satisfacer nunca", volvemos a leer, mientras la lluvia convoca al mar en un diminuto idilio, en La Lámpara maravillosa


sábado, 30 de mayo de 2020

Con Apuleyo en transformación

HAY libros a los que orilla uno en el momento idóneo, pasados los años; libros por los que pasó de soslayo, de los que ha leído un fragmento e, incluso, se conoce la trama o las acciones capitales. Hay libros que quedan a la espera de los hombres, que se cruzan en la vida de un lector ya novicio ya avejentado y que lo revuelve todo y le hace ver de forma diáfana que muchos fueron los itinerarios por los que no recorrimos nuestros días y muchas fueron las opciones que nos condujeron por un sentido y no por el otro de la vida. Hay libros cuyos textos jamás leeremos, también es cierto, y otros que leeremos en varias ocasiones, pero tanto en la acción de leer como en la ausencia de la lectura hay una renuncia y una convicción que provienen de lo que vamos siendo. 
Hay libros como este de Apuleyo, El asno de oro o Metamorfosis, según se quiera en la historia de la Filología, que nos hubiera hecho afirmar otras certeza sobre qué es la literatura o qué pensamos sobre la modernidad o la antigüedad incluso; llevado más allá, nos hubiera hecho desembocar en escribir de otra forma, acaso con otros recursos y otra entereza. 
Como dice Zweig en El mundo de ayer: "Los días memorables de la vida tienen una luminosidad más intensa que los normales" y hoy es uno de esos días luminosos en que, entregado al volumen de Apuleyo se descubre uno mismo, por entero, edificante, que late y piensa y siente.







       

sábado, 23 de mayo de 2020

Eres una pequeña alma que sustenta un cadáver

LA sentencia que funciona de título pertenece a Epicteto aunque proviene ya de Platón. Esa perspectiva es idónea para entendernos, para entenderse en este mundo que nos ha tocado y en cualquier otro. 

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En muchas ocasiones, acudo a un fragmento de Marco Aurelio que, con la templanza que manifiesta de costumbre, nos ayuda a situarnos allá de donde nunca debemos salirnos: el camino de uno mismo. 

"NO consumas la parte de la vida que te resta en hacer conjeturas sobre otras personas, de no ser que tu objetivo apunte a un bien común; porque ciertamente te privas de otra tarea; a saber, al imaginar qué hace fulano y por qué, y qué piensa y qué rama y tantas cosas semejantes que provocan tu aturdimiento, te apartas de la observación de tu guía interior", nos expone Marco Aurelio en en Libro III  de Meditaciones.


Y, de vez en cuando, surge un poema, un incipiente brote que, normalmente, no acaba más que en piedra indeterminada, en figura sin rostro...pero entiendo que ya es suficiente, a veces, dejar sin más una idea, unos versos sueltos de todo sin pertenecer a nada. 


EN lo definitivo de mis días
nada encuentra su cuerpo y su figura:
ni el pasado revive sus razones
ni existe un porvenir, -el falso sueño-,
que transforme el presente en un olvido.

Todo es ya un nuevo día permanente
en el que debes ir a por los bienes
verdaderos y bellos de la vida;
rehúsa de los falsos elementos
que desvían la llama silenciosa
prendida en el interno sol naciente.

En las Meditaciones, Libro octavo,
nos dice Marco Aurelio:
"procura sostenerte con agrado
en el confín diario de tus días";
y guarda en equilibrio tus palabras
sobre el mundo, para los hombres,
porque ellos también serán mortales.

Solo hallarás en ti aquel desvelo
que reina sobre el orden de belleza
y que te hace tan vivo pero fugaz
tan fugazmente vivo en la certeza. 

miércoles, 20 de mayo de 2020

El vacío de ideas en el semillero de la memoria provoca autómatas.

"NO hay orden establecido y duradero
más que el que une su principio con su fin
y lo convierte en un círculo inmutable"

Libro 3, III, de La consolación de la Filosofía de Boecio. Y pienso en esos versos como una cruceta de ideas en que uno puede advertir que la memoria y la experiencia de vida de cada cual forma ese círculo concéntrico que nunca abandonaremos más allá de nuestros días. 
Volver sobre los pasos pero siendo otro, sobre los mismos elementos del pasado que serán presente de continuo. De ahí la importancia de asentar con firmeza y decisión, con fidelidad, los ideales y lo valores para una vida; así podremos seguirlos o transformarlos, revivirlos  o renegar de ellos, pero siempre con ellos. El vacío de ideas en el semillero de la memoria provoca autómatas. 

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"Todas las cosas vuelven a encontrar su curso", escribe Boecio. Ese curso es la armonía de vida que cada cual conduce en el eco de su voz y su memoria. 

   

sábado, 16 de mayo de 2020

Una tarde con Montaigne y Zweig a la acuden Torres Villarroel, Marco Aurelio, Schiller mientras Tolstói sube el volumen de la musica de Wager.

LEE uno de nuevo el capítulo de S. Zweig sobre Montaigne en El legado de Europa
"En épocas así, cuando los valores nobles de la vida, cuando nuestra paz, nuestra independencia, nuestro derecho innato y todo cuanto hace nuestra existencia más pura, más hermosa y más justa, han sido sacrificados a la locura de una docena de fanáticos e ideólogos, para el hombre que no quiere perder su humanidad en el tiempo, todos los problemas desembocan en uno solo: "¿Cómo puedo permanecer libre? [...] ¿Cómo puedo preservar la incorruptible lucidez de espíritu? ¿Cómo mantener incólume la humanidad de corazón en medio de la bestialidad? ¿Cómo preservar lo más esencial de mi alma y su materia, que solo a mí me pertenece, mi cuerpo, mi salud, mis ideas y mis sentimientos, del peligro de verme sacrificado a la locura ajena y a los intereses extraños?". 

Cuántas disyuntivas, cuántas preguntas tan ajustadas a la realidad de cualquier tiempo, a la pura existencia humana. Montaigne es un hombre preclaro, contemporáneo, nunca más actual para una época como esta; la pugna que se dio en su vida por salvaguardar de forma consciente su libertad interior debería ser un territorio fértil para los hombres de ahora. 

De puro contento, acudo a los Ensayos de Montaigne, abro sus páginas, respiro la naturalidad que hallo en sus ideas, la cercanía de sus palabras, la elocuencia con que me va susurrando a cada párrafo quién soy. Y, de un libro a otro, de Zweig a Montaigne, la tarde va cayendo con sus contornos plúmbeos y turnerianos. Un individuo en una habitación, llena de libros, con papeles que contienen trazos, ideas, poemas incipientes, aforismos lee y calla, escucha el diálogo de otros hombres que dijeron en otro tiempo, y de forma inmejorable, qué sucede ahora en mí.

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 Continúo con un aforismo de Diego de Torrres Villarroel que parece haber estado obsrvándome en la escritura y el diálogo con los otros autores y libros, nos dice: "Lo contenido en todos se reconoce en cada uno". 


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Y, alzo la mirada hacia las baldas.... como un faro en la lejanía, una luz, un pájaro en la rama, destaca el libro de Marco Aurelio. Me levanto y acudo a sus páginas. Mientras, suena la música de Wagner,  "El anillo de los Nibelungos", que desde hace semanas, no he dejado de escuchar y estudiar. Suena la música y me dirijo, a su ritmo, hacia el volumen azul de Meditaciones. Al abrirlo, advierto que tenía un lápiz entre sus páginas, con unas marcas que e ayudaban a recordar, como un hilo secreto, en el Libro VI, las siguientes palabras:

"Siempre que te veas obligado por las circunstancias como a sentirte confuso, retorna a ti mismo rápidamente y no te desvíes fuera de tu ritmo más de lo necesario. Pues serás bastante más dueño de la armonía gracias a tu continuo retornar a la misma".  

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Palabras arcanas las de Tolstói en El camino de la vida: "El alma y el cuerpo, eso es lo que el hombre considera como suyo, de lo que se ocupa constantemente". 

Qué párrafo el de Schiller en su Carta XVIII de Cartas sobre la educación estética de la humanidad, mientras prosigue la música de Wagner: "La belleza conduce al hombre sensible a la forma y al pensamiento; mediante la belleza el hombre espiritual regresa a la materia y al mundo sensible". 
Cierro los libros y los vuelvo abrir y a leer pos las mismas páginas; un olvidarse armónico de uno mismo para ser. 











domingo, 10 de mayo de 2020

Hoy el mar, con ríos, con la raíz de luz.

HOY, el mar. El mar es mi infancia más pura, la luz unívoca, pulquérrima; es ahora el territorio que más anhelo. El mar no vale solo en la memoria porque el mar es vida transformada, es trazo de la vida que nos hace ser plenamente. El mar es un estado eventual pero permanente, una idea fugitiva pero constante, un sentir de paso que se sucede sin fin.  Recuerdo unos versos De ríos que se van de J.R.J:

"Cuando esté en las raíces llámame tú con tu voz
Me parecerá que entra temblando la luz del sol".

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Hay ahora una búsqueda panorámica de la vida, una inflexión hacia el tiempo que fuimos como verdadero estigma de vida. En ese melifluo meditar aparecen personas, compañeros, maestros que hacinaron lo que hoy es uno. Leer, la música, el amor, la fidelidad a uno mismo, la permanencia en valores de cultura, acaso la forma misma de educar y enseñar. Hay un principio que lo unifica todo, que lo revuelve todo en una suerte de crisol minúsculo e insonoro: lo denominamos "ser".  

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Comenzar el día leyendo, ese ha sido el hábito durante el confinamiento; leer como el primer impulso para encontrar el tono de la vida, el equilibrio necesario en la desbordante y hueca realidad que nos acoge. Leer como un batir de alas hacia el desvelo, hacia lo incierto, como quería Hölderlin, hacia el incierto camino del verdadero ser. 
Un centro enorme, sin ambages, de círculos concéntricos, de senderos que se diluyen en la falta de consciencia, un centro donde la palabra ya no existe, ya solo es eco del eco; en que la música es soledad del silencio, en que nada sucede y nadie es, en que la sinestesia es pura y todo es un haz y un envés al tiempo. 

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Leo que Deleuze, en Spinoza y el problema de la expresión, llamaba a la búsqueda panorámica de la voluntad en los artistas del XVII: "inflexión, oposición cartesiana, acontecimiento de la línea, virtualidad e ideal".

R.Andrés en J.S.Bach cuando aborda el perfil de lector del músico: "La lectura supone asimilación de conceptos, pero también implica, en su sentido último, la aplicación y la transformación de estos en los diversos lenguajes que una mente es capaz de elaborar".

Y con Bach sucede lo que con Pascal, la dimensión del vivir se bifurca, qué sucede en el universo y qué en el corazón humano; qué en la naturaleza y qué en mi mente...al fin, la génesis del sentido: "¿Dónde está la eternidad de mi tiempo?".

jueves, 7 de mayo de 2020

Leyendo a Schiller, que es como leernos ahora. Tolstói con Marco Aurelio.

[...]" LA voz de nuestro tiempo no parece en modo alguno elevarse a favor del arte, al menos no del arte del que me ocuparé". Estas palabras las escribe el filósofo alemán Schiller en su Carta II en Cartas sobre la educación estética de la humanidad y las lee uno como un salmo, acaso como una profecía antigua en esta tarde de levante primaveral.

Seguimos recluidos en casa, más de cincuenta días llevamos confinados por un coronavirus que azota a mundo. En casa, haciendo del hogar un mercado persa de trabajo y familia, hemos aprendido todos a sopesar lo positivo: nunca antes habíamos estado juntos tanto tiempo, con tanta efusión, con tanta vida compartida. Eso mismo es ya un aviso de los días venideros pues no quiero ahora despegarme ni de E., ni de F. ni dejar de leer con ellos, dormir con ellos, hacer la vida con ellos a cada paso.

Llegué a Schiller cuando estaba leyendo el libro sobre Wagner; me apetecía releer algunas páginas de un pensador de otro tiempo, sin embargo, me han arrojado satisfacción y placidez cuando lee uno pasajes como estos: 

"La utilidad es el gran ídolo de nuestra época, y a él deben complacer todos los poderes y rendir homenaje todos los talentos". 

Un soneto, de duda atribución a Calderón de la Barca, comienza con un cuarteto armonioso y justo para esta tarde. El poema se titula "Mi canto quiero levantar del suelo"

"Mi canto quiero levantar del suelo
y quiérole subir a las alturas
mas porque sin tu luz van muy obscuras
espíritu sagrado, ven del cielo". 
[...]

Y en eso consiste el vuelo de la gracia de vivir, levantar el espíritu del suelo, convertirlo en un confín sin límites, en paradoja viva. Y existen lecturas, ejercicios diarios que conllevan ese apreciado vuelo de pájaro solitario.  Con Tolstói la lectura es diaria, el encuentro es inevitable aunque tengamos ya el plomizo peso de la noche encima; estamos con El camino de la vida (Acantilado) y, en este volumen, a cada página, puede uno detenerse como por un campo bello, botánico. Tolstói cita a Marco Aurelio:
" Acuérdate de esto, eleva el alma por encima de la carne, protégela de cualquier inmundicia cotidiana, no permitas que tu carne la asfixie".     



       

lunes, 4 de mayo de 2020

Designios y besanas

Y TODO comienza en un tiempo extinto en la memoria pero permanente en el vivir. Porque la memoria es un trazado, una besana ininterrumpida, que no tiene principio en nuestros días ni de la que conocemos su territorio. Nos mantenemos siempre en el equilibro de ese surco, como línea cristal o música incendiada. Una geometría de la alucinación. Sabemos de su existencia porque somos en ella pero no intuimos su existencia por no somos nada más que fugacidad.  

Voy encontrado, en estos días, a pesar de todo, un atisbo de feliz comunión con la lectura y la escritura y, mientras, sigo leyendo El anillo de la verdad de R. Scruton (Acantilado). Necesito volver sobre los libros caninamente, como decía el doctor James Boswell. 

Wagner necesitó de la lectura (de los Grimm, de Hegel, de Eliade, de Winckelmann, etc.) para llegar a una consciencia: el arte penetra en el misterioso núcleo de la existencia humana. En esa bruma primera, ese arcano, el artista verdadero no escucha el fondo de lo cotidiano, ha logrado ya evadir toda tentativa de estar. Su deseo de plenitud reside en el itinerario de un es permanente, en el afán de encontrar la objetiva esencia primera, quizás una gramática de lo insondable. 

...puede que como afirma Tolstói en El camino de la vida (Acantilado) "[...] ¿Qué es la consciencia? La consciencia es la voz del ser único y espiritual que habita en todos nosotros". 

Esa voz única me llama, cada día, a volver a la senda de escribir y leer, de leer y escribir, de escribir las lecturas. Además, pienso que cuando un hombre se entrega al principio nítido de su vida, el que lo empuja y precipita a ser "vividamente" está cumpliendo con la armonía general que le designa la existencia.  


     


sábado, 2 de mayo de 2020

Nada puede tener como destino lo que no tiene como origen.

LA composición del Nibelungo de Wagner propone otro ejemplo de consciencia creativa y de la necesidad de leer con inteligencia para poder continuar en el mundo de las artes. No en pocas ocasiones hemos opinado que el fundamento de toda institución humana reside en la tradición y la transformación, mucho más en las artes cuando estas desean apropiarse de la condición humana o relatar su sustancia o narrar su nihilismo o aglutinar acaso su paso por el mundo.   
Cuando Wagner leía a Grimm evidentemente estaba conociendo una realidad que nunca antes había experimentado pero, ayudado por sus lecturas, su propia experiencia cultural, lo que se produjo en él fue una inspiración hacia la libertad creadora que se alzó por encima del momento, con el fin de conseguir, de acercarse, a lo permanente, universal en la experiencia alemana. 
Como es sabido, esto culminó en la composición de símbolos y dilemas humanos perdurables más allá de la Alemania de su época hasta tal punto que hoy, aun recluidos por un virus en este mundo contemporáneo, cuando escuchamos la música nos hace prever nuestra propia identidad y búsqueda.

Porque nada puede tener como destino lo que no tiene como origen, escribía mi admirada Simone Weil en las notas de América en 1942. En esa visión circular de la existencia creo cada vez más. 
La necesidad de leer y escribir durante estos días me han ido girando haca el origen de todo; en ese viraje se va despojando lo superfluo, lo que no forma parte natural de uno mismo. Y comprende la lucha por la vida y la necesidad de vivir entroncando siempre con el camino hacia el origen. Porque el origen no deja de ser más que camino y confin sin límites.

Como decía Steiner en Presencias reales las mejores lectura del arte son arte. Y la vida apegada a una ocultación que nos presenta como el enigma de nuestras vidas.  Esa ocultación nos la describió María Zambrano en El hombre y lo divino: "La forma primaria en que la realidad se presenta al hombre es de una completa ocultación, ocultación radical; pues la primera realidad que al hombre se le oculta es él mismo".   

Y ya con la mañana acogida por el amanecer acudo a las páginas de El luthier de Delft (Acantilado) de Ramón Andrés para concluir con la extraordinaria confluencia de pensadores, músicos, ópticos e individuos que hacían de la anamorfosis, de la lucha por la ruptura con lo aparentemente natural   una geometría de la alucinación.










 

viernes, 1 de mayo de 2020

María Zambrano escribe a lo Wagner mientras Hegel compone el anillo.

AFIRMA María Zambrano en Los sueños y el tiempo que, en sueños, se nos da la imposibilidad de vivir y de ser, de actualizar enteramente lo que somos [...] bajo algo absoluto. Y absoluto es el carácter atribuido desde el primer momento al Ser desde Parménides. 
Añado a las palabras de la autora que para dirimir entre vivir y ser, en la actualidad, el primer ejercicio quizás esté en poseer la consciencia de esas condiciones en uno mismo. Me parece que la cultura, las artes son los conductores idóneos para alcanzar un atisbo; pues una cuestión es sentir la belleza y otra cuestión es vivir la belleza. Puede que una cuestión resida en Ser y otra en pensar el Ser; una en describir lo bueno y otra en ser lo bueno; una en buscar la verdad y otra en llevar la verdad a la palabra, la música humanas.      

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Agarra uno el volumen de Tolstói El camino de la vida (Acantilado) y lee lo siguiente: <<La ley de la vida no puede cambiar, pero las personas pueden comprenderla cada vez más claramente y aprender cómo cumplirla en la vida>>. Palabras que me ayudan, precisamente, a seguir ahondando en la reflexión a la que nos referíamos anteriormente desde la palabra de un individuo fascinante.  

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Y, mientras tanto,  la mañana sucede; leo que Wagner estaba leyendo las Lecciones de Hegel cuando componía el poema El anillo del Nibelungo y que, cuando llegó a la Universidad de Leipzig en 1831, respiró los ambientes profundos de los seguidores del filósofo del Geist, de la sustancia fundamental del mundo, el espíritu. 
Así, el joven Richard comenzaba a entender el mundo como una individualización de ese espíritu en cada uno de nosotros pero con la consciencia de que es más grande que todos nosotros. Existe una condición fundamental en ese pensamiento hegeliano, el Selbstbestimmung, esto es, el proceso por el cual un individuo emerge de su condición natural gracias a la libertad en él. Esta transformación hacia la libertad conduce hacia una dialéctica, una confrontación en un conflicto necesario. De ese encuentro, del autoconocimiento, que conlleva a una voluntad, un destino propio que respeta y se dirime en función de aceptar la de los otros. 
Más allá de cualquier disquisición hegeliana, lo que nos importa observar es cómo un músico necesita de la lectura para entender otorgarle sentido a su creación como propuesta estética que posee una ética, un modo de comportamiento en el mundo. 

Cae uno en la cuenta de que María Zambrano estaba en la misma tonalidad que Wagner, en la comprensión de que el individuo que viviendo intenta comprender que no posee nada de esta vida más que su propia y leve ausencia.      

miércoles, 29 de abril de 2020

La existencia en tu existencia.

TRAS cerrar el libro de Simmel, Roma, Florencia, Venecia, queda uno meditabundo y pensativo, quizás abrumado por la sucesión de recuerdos que se agolpan en la memoria al recuerdo de los paseos por esas ciudades. Ando últimamente en el deseo de volver a encontrarme conmigo mismo y eso me provoca un desasosiego que nunca antes había sentido. 
Hacía tiempo que no venía al cuaderno, el tiempo ahora es química y sucesión. Leer hasta que los ojos dejan de estar en uno mismo y seguir leyendo hasta que termina uno de cabalgar la noche. En la mesa una pila de libros monta una suerte de paisaje sobre el salón de casa: Tolstói, Góngora, Gabriel Miró y Stoner de Williams que, aunque la acabé hace semanas, la tengo fija en el montón de libros que me acompaña como cabalgata de valkirias. 
Precisamente, anoche comencé con las páginas de un volumen fascinante sobre Richard Wagner, El anillo de la verdad, de Roger Scruton (Acantilado). El peso de la noche, acumulado de astros en el pecho, se hacía ancho y ajeno con la música del autor alemán mientras leía sobre "El anillo de los Nibelungos". 

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Estar en confinamiento es estar en uno mismo pero no volcado al bullicio de la levedad sino a la  música de lo permanente. A veces sucede un poema que no acaba de revelarse; otras tantas, la mera idea ya es, en sí,  nutricia. Y, poco a poco, va teniendo uno el convencimiento de que atender al dictado del corazón es la tarea más noble y benefactora que uno puede hacer en este mundo. 
Llevo unos días, semanas, que percibo una inquietud profunda, que me desestabiliza demasiado, que tan solo se calma cuando comienza la música de Chopin o de Brahms, como cuando tenía catorce años y tras largas horas con el clarinete terminaba escuchando, en la radio de casa de mis padres, aquella versión de "Egmont" de Beethoven. A veces le pregunto a ese niño qué hubiera hecho en estas circunstancias, en él contemplo un suceder que sigue siendo. 

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Si todo era relativo hasta ahora, intento o condición, el tiempo va conformando una idea de uno mismo, no el ser ni la composición, sino una idea de quien uno fue. Ese espacio se convierte en un anhelo y, poco a poco, en una necesidad. En esa búsqueda me encuentro pero no quiero provocar la impresión tan común de que alguien piense que es mera vanagloria o egotismo, antes al contrario. 

Pareciera que el tiempo va hacinando una unidad o centro indudable del que jamás debes apartarte pero del que es necesario apartarte para comprenderlo mejor, acaso para intuir su existencia en tu existencia. 

sábado, 11 de abril de 2020

El paso sinuoso del ruido al canto del yo.

MARAVILLOSO el libro de Tolstói, El camino de la vida (Acantilado, 2020). Las reflexiones del escritor, extraídas de aquí y de allí, más las que son de propia creación, van dibujando un rostro, una figura del hombre que vive con un sentido de vida. Un sentido que se arropa del bien, de la belleza de vivir en armonía con uno, que es lo mismo que vivir en armonía con los demás. 
"Toda fe no es sino la respuesta a cómo debo vivir en este mundo no a los ojos de los hombres, sino de Quien me envió a este mundo". 

De Tolstói paso a releer a Steiner, Presencias reales. Lo hago porque el volumen adquiere, en estas circunstancias, nuevos sentidos que antes no poseía para uno: "cuando se trata del significado y la valoración en las artes, nuestros mejores informadores son los artistas [...] Aprender de memoria es proporcionar al texto o a la música una claridad y una fuerza vital que habitan en ellos mismos [...] El recuerdo, a su vez, se convierte en reconocimiento y descubrimiento.    

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Una cosa es el consumo literario y otra es la vivencia lectora. 
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En estos días de confinamiento nadie señala el ejercicio de leer como un acto capital en la vida de los individuos. Y no lo hacen porque esa es la evidencia social del parámetro con que se tiene la lectura en el ámbito político y social, incluso en el ámbito educativo no se marcan preferencias relativas al ejercicio de leer. 
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Lo perenne no es lo futuro, lo eterno en el hombre no es el porvenir; el hombre busca hacerse él mismo eterno cuando convoca en su palabra y su acción la invisible comunión de vida y muerte, ser y no ser, de ser algo en nada. La música, solo la música alberga esperanzas.
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Comienzo el día leyendo y lo acabo leyendo, de sol en sol y de claro en claro; entre tanto, sucede la vida.
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Es cíclico, la rutina,-no esta, todas-, me conduce al desasosiego más espantoso. Solo la música perenne en el día redime el empobrecimiento de estar en sociedad.
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libertad sigue siendo el itinerario interno de la búsqueda del ser.
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Releyendo a Montaigne y leyendo el magnífico "El camino de la vida" de Tolstói. Decía mi admirado Michel: "Ningún viaje nos libera de nosotros mismos pues nos llevamos con nosotros". Y, en este viaje interior, debemos escuchar la concordia nítida e interna del ser.
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Nada de lo que pensamos tiene más atisbo de verdad que lo que no conocemos.

domingo, 29 de marzo de 2020

La vida al día

Verdad benevolente, epíteto de luz.
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Está la belleza acumulada en el quieto recinto de tu cuerpo.
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La levedad consiste en sostener el peso de la infinito en la consciencia finita.

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La vanidad en esencia no es más que saberse minúsculo e incapaz.
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En la mansedumbre prevalece el yo interno que somos siempre.
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No es soledad ni mucho menos recogimiento interior. La soledad es una reclusión voluntaria del espíritu, necesaria estancia para dejar de ser y volver al origen y centro.
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A más lecturas más deseo y afán de recogimiento y simpleza en todo. Leer es un itinerario que recoge lo que vamos dejando de ser en el ruido incierto de la vida social. El intento de ser se manifiesta en la voluntad de leer. Las lecturas forman el mapa ético y estético de uno.
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Estar rodeado de libros, como talla de altar en casa, volver a los subrayados de hace años, a los libros que fueron como hitos oceánicos, como señales cruzadas del azar...; libros que con apenas sentir su fulgor cerca me hacen ya sentir en el equilibrio necesario para la vida.
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El cielo nazarí de Granada, la templanza latina de Málaga, la luz atlántica y vetusta de Cádiz, de Huelva el verde sempiterno en la marisma, atardecer en Córdoba romana y morisca, cerros untuosos de Jaén aritmética, de Almería el suelo astral de su tierra, Sevilla, azahar y dios.
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Para ser uno hay que vivir la ética en el pormenor de la vida, en esa vida de celestes horizontes al corazón.
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En el recorrido sinuoso de los días siempre la sombra del tiempo proviene del ser.

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Con la muerte de George Steiner se me agolpan los recuerdos de algunos de los momentos de lecturas más lúcidos e inteligentes de los últimos tiempos.
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Con Unamuno, al paseo de tarde por Sanlúcar, junto a M., recuerdo:"Hay que buscar la verdad y no la razón de las cosas y la verdad se busca con la humildad". Cada vez siento más anhelo de reclusión y soledad, de seguir el canto interno del corazón en silencio y música.
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Todo sucede a pesar de su relato.
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Es un bello misterio suceder en la vida
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Cuanto tiempo en lecturas se desperdicia en confrontación y vanidades. Lean, escuchen a Bach, contemplen los astros, amen y déjense amar, tengan deleite con la pintura de Caravaggio y escuchen la concordia de su corazón a cada paso en esta finita y extraordinaria existencia.
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Todo suceso arrastra un relato de los hechos, una narración,por eso la poesía nació del individuo para hilar lo permanente en todo, esa ausencia.

lunes, 6 de enero de 2020

Cátedra de los muertos, con Quevedo y Marco Aurelio.

SEGUIMOS el itinerario de lecturas en este La vida al día (2020) para el año con la relectura de Marco Aurelio, Meditaciones,-(en traducción de Ramón Bach Pellicer para Gredos)-,  pues no encuentro otro texto mejor para comenzar estos meses que el del filósofo que te propone la mayor templanza y el mayor equilibrio ante los vaivenes de la vida. Leemos lo siguiente en el Libro VI, 11: 

"Siempre que te veas obligado por las circunstancias como a sentirte confuso, retorna a ti mismo rápidamente y no te desvíes fuera de tu ritmo más de lo necesario. Pues serás bastante más dueño de la armonía gracias a tu continuo retornar a la misma".

Y así he actuado de un tiempo a esta parte,  quizás desde siempre, acudo al centro en el que nunca he sentido confusión, al centro indudable, puede que al centro de uno mismo o a la búsqueda de ese centro. Porque siempre he concebido que es inane el que un hombre no responda, a cada momento, al fulgor de su espíritu. Esto mismo lo clarifica el propio Marco Aurelio cuando afirma en Libro Vi, 29:

"Es vergonzoso que, en el transcurso de una vida en la que tu cuerpo no desfallece, en este desfallezca primeramente tu alma".

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La poesía es el discurso del tiempo en la memoria de los hombres.

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Puede que el perfil de lo humano no se halle en mejor forma que en la literatura.

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Así lo escribe Quevedo en el romance "Funeral a los huesos de una fortaleza que gritan mudos desengaños". Prodigioso es ya que en el formato de un romance aborde temas de honda reflexión, que ajuste la sencillez sintáctica a la reflexión profunda que plantea. sin embargo, nos embelesa, cada vez más, los poemas que Quevedo dedicó a las ruinas, ya humanas ya de construcción. El tópico no es nuevo en el mundo poético, ni en el suyo ni en el actual, pero sí el estilo de vincularlo, además, con el diálogo fructífero con los muertos, ora en forma de libros ora en forma de semblanzas. La lectura, los libros, para este autor, como estigmas de su paso por la vida.   



 

domingo, 5 de enero de 2020

Marco Aurelio, Tolstói, Quevedo ante la falacia y la estulticia política de hoy.

COMO afirmaba Antonio Machado, -sobre los poetas "del día", de su ahora-, los poetas actuales han quedado ya sumergidos en la incultura. Como leer es un fenómeno cultural, cultural en cuanto que es aprendido de forma artificial y no es connatural al hombre, que implica esfuerzo, dedicación, inteligencia, trabajo, escritura, reflexión, pensamiento, relectura y vuelta a empezar, ya se escribe sin leer, esto es, como se hace la política "del día", sin principios, ni bagajes culturales, ni poderío intelectual, ni rastro de todo ello. 
Ante este panorama la lectura se ofrece todavía como un reducto en que habita uno entre los ecos del pasado haciéndolos nuevos a cada momento. Solo hace falta leer un poco a Marco Aurelio: "Ninguna acción debe emprenderse al azar ni de modo divergente a la norma consagrada por el arte".

Hete aquí que el arte actual ha quedado relegado a ocurrencia, no digamos ya la literatura y la poesía sobre todo. Llevaba un tiempo sin escribir nada acerca de la poesía actual pero el caso no es para menos. Están los aprendices de poetas, los poetas que nacen desde el útero, los que se hacen a fuerza de leer e imitar, los que tienen destellos y y se apagan, los que tienen dotes y se amuerman por el murmullo de la vanidad, los que poseen el genio pero lo desperdician por otras bagatelas y luego están los que no son nada de nada y se empeñan en serlo. 

Muy similar a lo que sucede en política, algunos pretenden alzar su mediocridad a la categoría de histórico, de mítico, de singular; y se añaden los infortunios que detona el ansia de poder. El poder como llamada y ceguera, el poder como lastre para la ética del individuo en sociedad, el poder como controversia para trazar un paradigma común de actuaciones.  

Marco Aurelio nos azuza a que no heredemos como hijos de los padres, sin más juicio ni acción de análisis. La posición del individuo en su relación social debiera tener presentes las siguientes palabras del filósofo:
   
"Recuerda la totalidad de la sustancia, de la que participas mínimamente y la totalidad del tiempo, del que te ha sido asignado un intervalo breve e insignificante y del que destino, del cual, ¿qué parte ocupas".

Y siempre encuentro en Quevedo, que se hace más grande y auténtico a cada paso, los siguientes versos:
[...]
"Y es más fácil, oh España, en muchos modos
que lo que a todos les quitaste sola
te puedan a ti sola quitar todos".
[...]

Y la triada estoica que reivindica Marco Aurelio (Libro III, 16): "Cuerpo, alma, inteligencia" me conduce de nuevo al Diarios (1895-1910) de Tolstói.

El 11 de marzo de 1903, en Yásnaia Poliana, Leon escribe lo siguiente: "Algo que no está claro es que con frecuencia [...] la satisfacción o insatisfacción que la vida nos produce y las impresiones que tenemos de los acontecimientos no provienen de los acontecimientos en sí sino de nuestro estado de ánímico... 

viernes, 3 de enero de 2020

En Moscú, Yasnáia Poliana y Gaspra con Tolstói leyendo a Quevedo con los ojos de Marco Aurelio.

CUANDO no escribe o se ha llevado mucho tiempo sin escribir, Leon siempre afirma que estaba leyendo. De los libros que va leyendo y que considera de calado va tomando notas, hace síntesis de sus ideas, expresa contradicciones, opina sobre algunos planteamientos, en definitiva, escribe la lectura. Sin embargo, con los libros desustanciados es igualmente veraz y honesto, éticamente lector puro: "No tengo ninguna nota en mi cuaderno", escribe el 11 de febrero de 1901, en Moscú, sobre Ciencia y Religión de Chicherin. 

A veces, el autor de Guerra y Paz discurre por reflexiones más o menos aventuradas sobre conceptos categóricos o de larga tradición en la historia del pensamiento. Por ejemplo, escribe disquisiciones sobre el Tiempo y lo emparenta con la expansión de los límites desde la infancia a la vejez: 
"La medida de su rapidez está en la conciencia de esa expansión". 
Ya que, unos párrafos antes, había afirmado: "El Tiempo está basado en el movimiento de la vida, en ese proceso de expansión de los límites que innecesariamente se produce en el hombre". 

Hoy escribo en la cocina, mientras tomó café con unas tostadas cargadas de aceite que proviene del molino de un amigo. Me fascina el aceite puro, sin más, jugo al natural. Para poder escribir mientras leo, para poder desarrollar esta acción primera en el día, tengo que colocar un limón y un manzana para que el volumen de Tolstói no se cierre. A poco que miro, caigo en la cuenta de que estoy frente a un bodegón del tiempo: granadas, manzanas, limones, peras, plátanos, aguacates que muestran el paso de la expansión del tiempo en sus pieles, en su apariencia de madurez y en el tacto melifluo a las manos. 

El año de 1901 es demasiado duro para Leon, la salud lo debilita a cada momento, le impide escribir de continuo en su diario y apenas deja un puñado de reflexiones en sus páginas. La última entrada es del 26 de diciembre de 1901 y la escribe en Gaspra. De ese lugar la edición ofrece una foto con Chéjov y otra familiar con la mujer y sus hijos. Me fijo en las dos, con detenimiento y pausa, y vuelvo mi mirada al horizonte. Transcribo la última idea de 1901: 
"Veo claramente la tarea más inmediata de la vida. Consiste en sustituir una vida basada en la lucha y en la violencia por una vida basada en el amor y el acuerdo razonable". 

Así las cosas, en un juego de reminiscencias al amor cortés, de índole platónico, escribía Quevedo los siguientes tercetos en un soneto: 

[...]
"Amo y no espero, porque adoro amando;
ni mancha al amor puro mi deseo
que cortés vive y muere idolatrando.

Lo que conozco y no lo que poseo
sigo, sin presumir méritos, cuando
prefiero a lo que miro lo que creo".

Encerradas en el último verso quedan las ideas de Quevedo, de larga tradición, revoloteando sobre las páginas del Diario de Tolstói, la creencia, la fidelidad, la ambición sin posesiones.  

Y, en esto de la expansión de los límites de la vida, del discurrir del tiempo como decía Tolstói, siempre recuerdo este pasaje de Meditaciones, de Marco Aurelio en el Libro II, 17. 

"El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable. En pocas palabras; todo lo que pertenece al cuerpo, un río; sueño y vapor, lo que es propio del alma: la vida, guerra y estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido.