lunes, 23 de enero de 2012


HOY, al abrir el correo del día, me he llevado una sorpresa. La carta venía desde Mondion, Francia. Escritas a mano, en tinta negra, unas palabras. Un rubor desconocido azuzando mi rostro perplejo mientras leía y una emoción rotunda  por la contrariedad y la admiración.
***
ESOS libros desatados de cualquier amarre genérico, en que el escritor edifica con las palabras sin más prejuicios que la propia literatura. Esos volúmenes que condicionan al lector, pues los obliga a que su lectura sea espigada, circular, sostenida por los breves trancos de la palabra, solo ella y toda. La miscelánea, la conjunción de diversos géneros bien ensamblados. El divertimento de la libertad aparente y, sobre todo, de la vida que armoniza el libro, con su verdad de piedra y su aire de luz declamada.

***
NO hay principio ni fin en la palabra poética. No hay un antes y un después en ella, como no hay lugares ni recuerdos. Ella es totalidad, siempre.