domingo, 19 de febrero de 2012


QUÉ complejidad el proceso de la escritura. Suma una letra en una sílaba que se prende juntamente con otras y forman una palabra, un significado que necesita hilvanarse de inmediato con otra palabra que hemos tenido que rescatar de todas las posibles apariciones. Después de esta hilera, establecemos su unidad y damos la oración o el enunciado y le damos punto y seguido para seguir zurciendo, con el ritmo que nos permita la inteligencia, una palabra de nuevo que enlace con otra en forma y significación. Un conjunto de enunciados que amarramos en un haz y le damos entidad de párrafo que, por supuesto, puede vincularse con la posible aparición de otro párrafo que comenzará, como el primero, en una letra escogida por no se sabe qué decisión no se sabe qué mecanismo de la conciencia. Cuando cree uno que ha concluido de macerar una forma, vuelve a leerlo todo como si sus partes fueran una familia, como si sus partes hubieran estado ahí, esperando a que alguien las colocase en esa suerte de cábala o conjuro. Un retoque, varios, cientos y damos por terminado el proceso y lo dejamos quieto, arrumbado en el papel, desgajado de nosotros mismos, independiente, semánticamente autónomo. Creo que, todavía, la maravilla del proceso de la escritura encierra una interpretación simbólica que jamás, a pesar de los formatos y los avances, será desentrañado. Es el misterio, el voltaje.

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LA escena de Bucólicas, de Virgilio, en que Menalcas le dice a Mopso:
"¿Por qué, Mopso, hábiles los dos, tú para tañer el tenue caramillo y yo para decir versos, no nos sentamos aquí en medio de estos olmos mezclados con avellanos?". Los olmos, los avellanos, tomados por el caramillo y la palabra,...¿qué encerraba esta insostenible tendencia a cantar en la naturaleza; qué nos dijo Virgilio en este pasaje, como aguas del subsuelo, y que solo intuyo?