sábado, 6 de diciembre de 2008

PATENTE EN BLANCO DE PÉREZ REVERTE QUE FUE VILA-MATAS.

Con patente de corso he leído en una entrevista a Arturo Pérez Reverte en El País, una afirmación vilamatiana, de esas que se clasifican inmediatamente como metaliterarias o metafictivas y que tanto irrita a los que buscan en el libro un meneo aventurero o un tobogán de espadas o malandrines. "El libro que no te lleva a otro es estéril, fallido", eso ha dicho Pérez Reverte, y por unos momentos, me he quedado cavilando sobre la posibilidad remota de que en literatura exista un territorio de encuentro, una especie de aleph, en que por un camino o por otro, la literatura sea un jardín de senderos que se bifurcan, pero que terminen enjugados por la misma sustancia.
En ese sistema de la literatura, cada libro viene a ser una delicada parte: una letra, un sonido, una sílaba de un lenguaje singular y propio. Hay libros que sólo alcanzan el nivel fonético y no pueden trascender más allá de las pretensiones epidérmicas del ser. Otros se instalan en el nivel semántico y producen nuevas significaciones a la vida humana, maneras insospechadas de dotar de significado a la vida. Sin embargo, hay libros que son la literatura misma, que de ellos emanan otros libros porque lo contienen todo, participan de todos los niveles y los reinauguran, se inoculan en el espíritu. Cervantes, Shakespeare, Montaigne, Platón, Aristóteles... son algunos autores que engendraron el seno de ese aleph.
Por todo esto, me alegro sobremanera de que, de vez en cuando, alguien que practica una literatura que no es de mi total agrado, confirme que ésta es simple y compleja, única y universal, un útero edificante que procrea a pesar de los bastardos que le salen alrededor.
Un libro que no te conduce a otros libros es un libro estéril, y hace poco hablé de la fecundidad del lector como el disparadero de las lecturas que se esconden, como marcas de agua, tras las líneas de un libro.