martes, 9 de diciembre de 2008

SI HAY CAMINO HAY FIN: UN RODEO AL YO.

¿Qué clase de palabra es la palabra poética? ¿Qué camino procura la poesía al habla? Dijo Martin Heidegger que el habla es “la casa del ser”, pero también dejó esbozada una teoría que me permito rescatar a pesar de mi torpeza interpretativa. Las palabras de Heidegger desprenden que si el habla de los mortales nombra, aproxima realidad o la crea, el poema es el habla puro, dador de desnudez, en cualquier caso, la pureza de invocar del ser humano. Pero a continuación dejó escrito: “Lo contrario a lo hablado puro, es decir, al poema, no es la prosa. La prosa pura no es jamás `prosaica´. Es tan poética y por ello tan escasa como la poesía".
En pocas ocasiones me he topado con unas palabras tan certeras para aproximarme al fenómeno literario. En mi búsqueda, en ese raudo devenir de la lectura, me doy cuenta de que la prosa y la poesía, un verso de Juan Ramón Jiménez o Rilke, un capítulo de una novela de Proust o Mann, un pasaje de Dickens o Kafka, una elocuente página de Ortega y Gasset o de Schopenhauer, pueden procurarme el hábitat necesario para adentrarme en esa casa verbaloide e inasible del ser.

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En cualquier caso, debemos suponer que el yo es una ficción. A pesar de lo que muchos autores
-entre ellos mis predilectos- hayan querido desvirtuar en las novelas. Disculpen el perogrullo, pero yo no lo tenía tan claro. Porque en poesía el atajo del yo es permutable, insustancial y felizmente reconocido, entre los lectores, identificado con el "sujeto poético". ¿Por qué no así en las novelas? ¿No procura la prosa la misma sustancia que la poesía? Abro un libro de Montaigne y lo primero que me encuentro es una ironía que presenta los volúmenes de sus Ensayos. El humor de Montaigne, no lo entiendo de otra forma, es paralelo al de Cervantes. Y escribo humor, y escribo ironía, el haz y el envés de la genialidad.
Montaigne: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano”. Frívolo y vano el yo de Montaigne, a sabiendas de la profundidad de sus escritos en 1580.
Chateaubriand, en el "Prefacio" a sus Memorias de Ultratumba: “Como me es imposible prever el momento de mi fin, y a mis años los días concedidos a un hombre no son sino días de gracia, o más bien de rigor, voy a explicarme”. Esto lo escribió un señor a punto de cumplir setenta y ocho años. ¡Voy a explicarme!...y para ello escribe cuatro volúmenes de más de seiscientas páginas cada uno. La ironía de este vejete católico y perspicaz llegó al paroxismo cuando declaró a continuación en el mismo "Prefacio": “es hora ya de que abandone un mundo que me abandona a mí y que no echo de menos”. Así las cosas las memorias venían a contar l que nunca le sucedió al francés, lo que pudo conar el ángel caído del paraíso, el proscrito de la vida. Los escritores son demonios desobedientes de los colmillos celestiales de la vida eterna. No se la cren y por eso escribe desde el arco iris, allí donde la vida significa que ya no es.

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Estoy convencido de que a Cervantes -“yo sé quién soy”- le ocurrió algo parecido. La vida lo abandonó, terminó por expulsarlo de sus límites y fue entonces cuando adquirió esa propiedad inaudita de los mortales que los dota para escribir más allá de su tiempo. Montaigne quiso escribirse a sí mismo, desgranarse en letras; Chateubriand, “explicar” su vida a la manera de unas memorias póstumas, Cervantes, desgajar de su visión tremebunda y vitalicia la otredad de su ser.
Imre Kerstész escribió Yo, otro para proferir un exorcismo a su yo, a sus días, para evacuar de sus recuerdos la vida del otro que habitó en él. Y por eso mismo el camino al habla, como casa del ser, prefigura en estos escritores una teleológica fascinación.

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Escribir, dador de vida; escribir, escindir un abismo para habitarlo con la ficción. Esa escisión es la vida. ¿Tu tiempo? En un recuerdo acumulado. Sólo la palabra lo recupera, por eso es órfica y salvífica, recupera y sustrae de los adentros (de sí mismos) el tiempo perdido al ahora. Roba lo que fue y le otorga la sustancia del ahora, perenne, obviamente.

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Como escribió Gracián en su Oráculo manual y arte de prudencia:” No se nace hecho: vase de cada día perficionando en la persona, en el empleo, hasta llegar al punto del consumado ser, al complemento de prendas, de eminencias”. Describen estas palabras de Gracián la manera de estos letrados que se han apoderado de esa aspiración como forma del ser.
De la misma manera que, en otro pasaje de Gracián, he querido ver a Don Quijote leyendo a carcajadas lo que Baltasar disponía.
Esto supongo que leyó el bueno y benigno de la Mancha: “El varón consumado, sabio en dichos, cuerdo en hechos, es admitido…[…]Algunos nunca llegan a ser cabales, fáltales siempre un algo; tardan otros en hacerse”.

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También soñé con Don Quijote recitándome a los pies de la cama varios pasajes del Tractatus... de Wittgenstein. Como un rosario, no cesaba de repetirme: “El mundo es la totalidad de los hechos…”, una y otra vez, para terminar con la voz en grito: “fazañas, fazañas…”. Luego, sosegado, me decía: “Si una pregunta puede siquiera formularse también puede responderse”, y yo me escondía debajo de las sábanas como si quisiera encontrar entre ellas las migajas de mi entendimiento, el oráculo de mis fascinaciones, las memorias de ultratumba, las posesiones del yo, otro, el camino del ser...