lunes, 29 de septiembre de 2008

EL RÍO Y EL PASEO.

En una sobremesa, mientras defiendía con vehemencia que la literatura pertenece a unos pocos -escritores y lectores estos- pensaba en silencio en unas palabras que había leído en El ocaso del pensamiento, de E.M. Cioran: “Uno puede decir con toda la tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará”. Quise añadir a las palabras de Cioran que de la misma manera que el universo al completo carece de sentido, el hombre mismo vive sin él. Y fue entonces cuando regresé con nuevo brío para introducir en la conversación algo parecido a lo siguiente: “La literatura es un enigma del universo y por lo tanto carece de sentido que intentemos definirla. La literatura es una porción del infinito en letra impresa. Un infinito cuya materia es el hombre”. Cerré la boca, miré con qué desprecio aceptaron algunos que de repente saltara con esas divagaciones que no eran adecuadas mientras se habla de los libros que se han vendido, los autores más leídos y las próximas novedades. Me levanté de la mesa y fui a encenderme un cigarro; el humo desapareció con la corriente de frío que indicaba que una ventana o una puerta estaban próximas. En busca de esa ventana continué con las palabras de Cioran en la cabeza. "También dijo Cioran que debíamos hablarle al mundo como él nos habla a nosotros, con todos los sinsentidos posibles", pensé.
Al reincorporarme a la mesa, la discusión seguía en vilo. Los gritos y las disputas aumentaban porque alguien había dicho que Walser era, como suele decirse, “un escritor menor”. Pensé que Hölderlin, se pasaba horas y horas contemplando el Neckar sin abrir la boca en busca del universo. Allí en Tubinga, mientras hacía poco por vivir.
Siempre que termino una conversación me quedo meditativo y frustado por todas las barbaridades que termino diciendo. Aquel día decidí imitar a Hölderlin y a Walser; paseé como si fuera un enfermo mental en el sanatorio de San Bonifacio, un enfermo ficticio, como Walser, de arriba a abajo, sin trazar trayectoria alguna. Me quedé en la ventana buscando un río, un río que no existía, pero que aquella noche se hizo presente en cada una de las sílabas que pronuncié. Un río interminable, de corriente poderosa, de cristalina solidez que se llama literatura. Tan clara y, a veces, tan enturbiada por los hombres.
*Tubinga a orillas del Neckar.