miércoles, 17 de septiembre de 2008

UNA CORRECCIÓN A LOS DÍAS

La única manera de proferir una corrección a los días es a través de la memoria. Todo intento que no se acople al recuerdo es en vano. Por eso no voy a pedir disculpas ni benevolencias al tiempo por no haber escrito durante casi un mes como venía haciéndolo diariamente. Mal que bien, la escritura es la única forma, para los que sentimos esa necesidad, de perpetuarnos en el tiempo, irresolutamente. Así lo creyó Shopenhauer en el prólogo a la segunda edición de su magna obra, El mundo como voluntad y representación: “ No a los contemporáneos ni a los compatriotas, sino a la humanidad entrego mi obra”.

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Después de una mudanza, la biblioteca termina por convertirse en la segunda piel que nos cubre, en el primer sucedáneo de la vida. Este verano he comprobado hasta qué punto los libros poseen un espacio (enorme, desmesurado) en este paso interino hacia la nada que es la vida. Porque nada nos pertenece, ni siquiera la escritura de un diario voluble o de unas lecciones cargadas de ilusión. Menos aún, ahí somos ilusos, los libros que amontonamos. Ni una sola página quedará entre nuestras manos, menos aún en la memoria de un muerto.

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Ordenando la biblioteca, ya Borges dijo que ordenar una biblioteca es ejercer de crítico literario, me he dado cuenta de la disparidad del universo. Juan Rulfo frente a Octavio Paz; Cervantes a la par que Proust; Juan Ramón Jiménez al unísono con Pérez Galdós y así hasta el infinito. Un puñado de páginas frente a un montículo de páginas, la síntesis frente al desarrollo inacabable; un aleph que dura cien años de soledad. Las grandes obras de la literatura pueden tener, como señalaba Aristóteles en cuanto a la verdad, todas las formas posibles.


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No he dejado de leer, aunque sí bajé el ritmo de lecturas. No en vano terminé con Jordi Gracia, con Renard, con Pessoa. También leí a Hölderlin y a Rilke. Nada más después de Rilke; cosa imposible.

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Haré una concesión a la nueva industria editorial (si cabe hablar de industria en estos tiempos de desboque económico), a sus aciertos. Compré una novela que ha resultado ser maravillosa, de las mejores que he leído en mucho tiempo; su propuesta narrativa, la estructura impresionante de la misma, la calidad en el uso del lenguaje (a pesar de alguna impropiedad semántica) y la fascinante propuesta temática. Lorenzo Bellini se va al sanatorio mental de St. Bonifaz, en el valle de Kremszell, en Baviera. Las setecientas páginas son una introspección virtuosa de la relación que existe entre el arte y la locura. Pablo d´ Ors orquesta cinco lecciones alrededor de un personaje, Bellini, que descubre las leyes silenciosas de la creación artística en un sanatorio en que cada enfermo representa a una mentalidad europea. Un acierto del editor, lo reconozco, aunque también he de reconocer que las setecientas páginas escogen a un perfil de lector, un lector que en todo caso quedará sustraído, bien alimentado por las referencias a Musil, Walser, Hölderlin o Beckett.


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De ninguna manera podía dejar sin leer a mi admirado Vila-Matas, Dietario voluble. Mientras, y ahora que ya tengo acceso a Internet, corrijo algunas entradas de esta bitácora. Las he leído como si no las hubiera escrito. Realmente, había mucho que corregir, no sólo aspectos gramaticales y de estilo, sino de concepción literaria. Y es que ningún escritor es bueno hasta que aprende a corregir. Pero atención, escribe Vila-Matas: “Tampoco corregir es tan fácil como a primera vista pueda pensarse. Recuerdo que el pintor Delacroix solía decir que hay dos cosas que la experiencia debe aprender: la primera es que hay que corregir mucho; la segunda es que no hay que corregir demasiado”. Para los entusiastas de las obras de Vila-Matas, entre los que me quiero colar, este Dietario supone una continuación en ese abismo inexplorable de la literatura.
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Con el verano llegó la película dedicada a Ernesto Guevara, Che, el argentino. La protagoniza Benicio del Toro. Su actuación me parece sobresaliente, no así algunas escenas rodadas con cierta parsimonia innecesaria. A pesar de todo, la película despertó en mí cierta brasa revolucionaria que sosegué con la lectura de un libro que me regalaron hace muchos años y que me sirve de manual de la revolución cubana, Los guerilleros en el poder, de K.S. Karol. Después de todo, de las repentinas vicisitudes que surgieron hasta que nos hemos instalado en Jerez de la Frontera (Cádiz), he de decir que es cuando escribo el momento en que comienzo a ver lo que quiero decir, lo que me persigue y aturde. En palabras de Vila-Matas: “ Uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir”