jueves, 13 de diciembre de 2007

DESTINOS

Hay trabajos en los que se modifica el destino en función del pueblo o la ciudad en la que trabajes. No quiero decir con esto que tienes mejor destino si terminas trabajando en una gran ciudad, no es el caso, ni siquiera hay una relación directa entre los dos parámetros. Sin embargo, cuenta la sociedad su felicidad en relación al número de posesiones y al destino laboral que poseas. En este sentido, si tu carrera como trabajador tiene visos de concluir en la esquina de tu casa, (ojo, realmente la casa de tus padres, aunque la terminología lleve a equívoco) o eres un fabuloso domador de las situaciones más complicadas o bien has vendido tu alma al bueno de Satán, que tantos y tan buenos regalos deja desperdigados por doquier. Así que después de pensar -no lo suficiente, nunca es suficiente el pensamiento, no se agota, no tiene principio y fin- en lo que parece que me va a deparar el destino, creía necesario dejarle clara a mi conciencia qué es el destino.
Todo parece indicar que “el destino”, esa entelequia, no es uno. Desde la infancia, el discurrir del tiempo se va encargando de provocar “un deshacer” el destino, es decir, que lo que parecía un todo, unitario y cerrado, termina en un “absoluto hacerse continuamente”. Esto lo constato ahora que esta palabra se cruza en mi vida como una aparición nocturna. “El destino, ¿has pedido el destino?, expelen algunos. En este juego al que me han sometido, lo primero es un cambalache de palabras que encuentran significados singulares y, en todo caso, unívocos. Así la confusión no es posible, ya que “el destino” está asociado al código de un centro de trabajo que nunca quisiste escribir y que no sabes siquiera si escribiste; solicitas tu propio destino a instancias de que un grupo de elegidos seleccionen los papeles que forman tu currículum a fin de que le otorguen una puntuación. Sobre ella, sobre su cumbre, recaen todos los agüeros. ¡Terrible destino éste, en manos de demiurgos!
Así las cosas, no paro de reflexionar y de darle vueltas a esta situación. El destino entendido como la adquisición imaginaria de un espacio geográfico en donde vas a desarrollar tu trabajo junto a unos compañeros que existen bajo la tutela de la negrura del tiempo, esto es, de lo que ocurre sin que ocurra en tu vida sensible. Un hospedaje que se supone pasajero, pero que puede convertirse en la morada constante de tus alegatos más remotos a favor o en contra de la vida. Aunque, es cierto y emocionante que el abismo y lo imprevisible terminen por convertirse en visión cotidiana, que lo nunca ocurrido y existente para tus días, rellenen el total de tu fugaz tránsito por el mundo, o por lo que creíste que fue el mundo.