lunes, 10 de diciembre de 2007

ÍNDICES

Como componente del ramo, no me resisto a pronunciarme sobre los informes que todos los años se publican como índices de la situación de la educación en nuestro país. El panorama es triste y remotamente subsanable. Normalmente, en los informes se suele hacer hincapié en las “competencias básicas” que un ciudadano de la Unión Europea debiera poseer para no convertirse en un “analfabeto funcional”, como nominan a los que no las poseen. Pero quiero trasladar las siguientes reflexiones a un ámbito de mayor calado y de dimensiones más notables. Los problemas que se amontonan en un Instituto de Educación Secundaria no son más que la formación de un microcosmos que refleja, en buena medida, muchas de las costumbres que ocurren en la sociedad. Pongo por caso que la incapacidad para la ejecución de una operación matemática básica es fruto de la invasión de las tecnologías, que todo lo solucionan excepto hacer funcionar las mentes; el desconocimiento de la geografía española, europea y mundial es el resultado de métodos pedagógicos que ahondan en la negación de la “memorieta”; la falta de lectura, la incompetencia para elaborar un resumen o escribir una carta es la desembocadura del desprecio social hacia la cultura y las humanidades, etc. Sin embargo, ¿saben a quiénes culpan de que todo el sistema fracase y de que todos los males que circundan a la educación andaluza nos deje en evidencia? Ciertamente, los profesores. ¿Y piensan ustedes que esta reducción al absurdo es beneficiosa para alguien, para la sociedad?
¿De verdad creen que a los políticos les importa la formación de los jóvenes? ¿Piensan que pretenden un país formado en una sólida base científica y académica, capaz de competir con cualquier país de su calibre?
Pienso que todo esto es un buen índice, pero para medir los valores y la ética que mueve a un país. Un Estado que invierte en Educación, Sanidad y demás necesidades sociales es un buen índice para futuros gobernantes y ciudadanos. Pero en España no ocurre eso. No se lee porque nadie lee -ni los padres de los alumnos, ni los dirigentes políticos y, en muchos casos, ni los mismos profesores-. No vale como tal lo que no tiene una respuesta inmediata y material, lo que no reporta ganancia monetaria. Y evidentemente, la educación se termina diluyendo en el paso de los años; es un trabajo y una apuesta de largo aliento, de alcance que no podemos verificar con las manos. Pero el espíritu queda en las entrañas de la genética social. Así que aquí no se salva ni Dios (lo asesinaron) y todos estamos metidos en los índices, incluidos los primeros, los políticos. Aunque parezca que nada de esto tiene que ver con ellos. ¿Cuántos trabajadores van a su trabajo con el miedo en el cuerpo porque a un niño le puede dar por pegarte? ¿Cuántos van a trabajar con el inspector en la puerta? ¿Cuántos trabajan bajo las peores condiciones posibles y faltos de todo respaldo por las instituciones?
¿Cuántos ven a los padres, con cara amenazante, obligándote a que apruebes al hijo, que tiene un BMW en la puerta?