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Tal es la tarea, interminable. Por eso Heidegger aviva a pensar: “El hombre puede pensar en tanto en cuanto tiene la posibilidad de ello. Ahora bien, esta posibilidad aún no nos garantiza que seamos capaces de tal cosa". Qué prudencia poseen estas palabras, qué clemencia para con el hombre. Aun esperanzado, Heidegger tiene una fe enorme puesta en el hombre. Llega a decir: “Porque el hombre es el ser viviente racional. Pero la razón, la ratio, se despliega en el pensar. Como ser viviente racional, el hombre tiene que poder pensar cuando quiera. Pero tal vez el hombre quiere pensar y no puede. En última instancia, con este quieres pensar el hombre quiere demasiado y por ello puede demasiado poco”.
Está en lo cierto Heidegger si apuesta por la insuficiencia del pensar del hombre como el único instrumento capaz de escudriñar la realidad, pero también es cierto que para el hombre es lo único posible. Así que si queremos demasiado, si sólo poseemos la capacidad de intuir que somos incapaces, gocemos de esa incapacidad, de esa imposibilidad. En ella reside la naturaleza racional del hombre, con ella debemos morirnos después de haberla usado hasta límites nunca imaginados. ¿No es un diario una impresión cuarteada de todo lo que nos determinó por entonces?¿No lo gozamos acaso? En la consciencia de la insuficiencia está la virtud de los hombres. Por eso la literatura debe perseguir siempre la tangente de los entes infinitos, precisamente los que nos configura como hombres y nos acerca a esa sensación de insensatos. Hermosura no usada es el pensamiento.
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Entonces la escritura es una huella en el tiempo que traza el espacio de una verdad personal, el encuentro fortuito con lo indecible.
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