lunes, 23 de junio de 2008

UNA MANERA DE ENTENDER.

La bitácora me ha traído nuevas costumbres que me invaden a diario: la necesidad de escribir en unas dimensiones más o menos establecidas, los temas con los que puedo abordar una entrada, las imágenes que selecciono para cada una de ellas, las referencias a compañeros, amigos o comentaristas virtuales, etc., todo ello, además de los elementos que ni siquiera detecto, me reconforta cada vez más.
Una de las manías que se ha enquistado con más profundidad es abrir un libro al azar, por una página cualquiera, con la intención de glosarla y pensarla. Prefiero este mecanismo hermenéutico a la reseña de un volumen completo, porque con ello me demuestra la literatura (o la filosofía, la historia…) que cada página, cada línea, puede volver a pensarse, volver a escribirse de manera distinta. Por este motivo, ya no sólo recurro al comentario con el lápiz en los márgenes de la página o al subrayado con el bicolor de aquellos párrafos de arquitectura versallesca, sino que recojo en la memoria, precipito sobre el moleskine o resguardo con el separador de páginas las letras que van a sufrir una metamorfosis bajo mi atención, la de quien espera el milagro de encontrar el ritmo oculto de la literatura.

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Hay poetas que encierran el misterio en sí de la poesía, filósofos que auguraron la esencia de las ideas, escritores que dibujaron el mercado de las entrañas, como Cervantes. Hólderlin es, sin duda, uno de esos vates que al ser leídos insuflan una sobredosis de extrañeza que personalmente equiparo con la poesía como axioma liminar de los elementos. No en vano, podemos leer los Ensayos, de Hölderlin, (Hiperión, Madrid, 2008), traducidos, presentados y anotados por uno de los grandes filósofos de esta península, Felipe Martínez Marzoa. Lo recomiendo por entero para los que hayan catado sus versos previamente. En la página 171 dice Hölderlin: “Temor ante la verdad, a partir de ahí el placer en ella. En efecto, la primera captación viviente de ella en el sentido viviente está, expuesta a confusiones; de modo que uno no yerra por culpa propia, ni por una perturbación, sino por causa del objeto superior, para el cual, relativamente, el sentido es demasiado débil.” ¿Será esa verdad la de la poesía, ese turbamiento la excitación de escribir versos? ¿No es por ello el mezquino idioma, el círculo de hierro de la palabra esa debilidad del sentido?
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¿No se nos escapa en la mirada demasiada verdad?