
He comenzado hablando del problema del río porque llevo varias semanas resistiéndome a abordar la chocolatería que desemboca en el Guadalquivir. No en vano, no es la primera catástrofe que sufre el río de las conquistas americanas. Si mantuviésemos y se les diera el espacio que se merecen a los ecologistas, estos nos explicarían con pelos y señales las miles de tretas e irregularidades que se proyectan en él. Pero la desinformación es absoluta, tal y como acostumbran cuando no conviene que el problema salga a flote y se convierta en “vox populi”.
Sólo hacen referencia a los análisis que se realizan en el río y de la salubridad del agua. Pero el hábito hace al monje, valiéndome de un refrán manipulado, y las aguas no se muestran con la claridad que cualquier bañanista requiere. Esta circunstancia hace que muchos veraneantes, ya atosigados por la maldita subida del petróleo, hayan decidido cambiar de lugar de vacaciones. Esto para el sector de la hostelería y del comercio es una catástrofe que deviene de otra. No me imagino, miren por dónde, que estas cosas ocurran en otras comunidades, y pongo por caso a Cataluña. Sería impensable que el río mayor de esa comunidad sufriera los desmanes y los vertidos y el maltrato que aquí recibe el Guadalquivir. Si eso llegara a ocurrir, en el Congreso ya estarían buscando una partida de presupuestos.
El río es un bien natural que convive con el hombre y debe éste saber respetarlo y aprovecharse de sus cualidades. Sin embargo, se está convirtiendo en un fiel reflejo del devenir de las políticas locales de este país, esto es, un curso repleto de fangos que viene de no se sabe dónde, aunque todos lo imaginemos.
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