sábado, 7 de junio de 2008

LA GRACIA DEL PRIVILEGIO

Alguna vez me han dicho, ¿qué interés tiene eso que escribes en el periódico, a quién le interesa esos paseos por el Barrio Alto, ese lenguaje remilgado y suntuoso con el que rellenas columnas y columnas sin sentido? Ante estas posturas suelo contestar con un largo silencio, un silencio que enjuague las palabras del compañero. Es cierto, pienso para mis adentros, a quién puede interesarle esto que uno escribe todas las semanas, son ejercicios de conciencia que surgen por el compromiso de la rutina. Sin embargo, para atentar contra la solidez del compañero, le contesto con seriedad: “Yo creo que esto no le lee nadie, sinceramente, por eso me siento más desinhibido. A lo mejor algún amigo, por curiosidad, algún familiar, por vergüenza, algún curioso, por despistado. Tengo clarísimo que estas letras no van a herir a nadie, porque mueren en el mismo acto de su publicación. Nadie las lee, no existen”.
“Yo las leo”, me dice con premura. “Lo que ocurre es que en una columna de opinión debe existir una opinión, y en las tuyas no aparece ninguna”. Evidentemente, el interlocutor estaba buscándome las cosquillas y sabía que en más de una ocasión este mismo tema había sufrido el análisis entre cervezas. Sin querer, porque no quería hacerlo, le dije que la opinión, la mía, valía menos que las letras que escribía, “y por eso vacío de opinión la columna y dejo que sea la palabra la que traduzca esa ausencia”. “No”, contestó de nuevo como un arcabuzazo. “No tienes opinión sobre nada, eso es lo que te pasa, hay temas de los que no tienes ni idea…”. “Tienes toda la razón, de la gran mayoría de temas que ocupan un periódico no tengo una idea formada. Sólo escribo de lo que tanteo, de lo que me parece que no va a aparecer en un periódico, y menos en un semanario local”. “Claro, tú vienes a decirnos al pueblo que siempre hablamos de lo mismo”, continuó con sus imprecaciones. “No estoy diciendo eso, quiero referirme al hecho de que los provincianismos son dogmáticos”. Esta respuesta que di no era mía, se la leí en una ocasión a Ortega y Gasset y desde entonces, en estas situaciones, la suelto como quien deja correr una liebre por el campo, con la esperanza de que una sentencia tan bien expuesta con tan pocas palabras zanjase de forma definitiva el diálogo que manteníamos. “No sé, no todos lo provinciano es dogmático…”, siguió inconforme el amigo.
Tras la charla durante horas, llegaba la tarde en la que suelo escribir la columna. De nuevo no tenía tema, de nuevo no sabía cómo aterrizar en el trópico. Pensé en los lectores, y sólo se me vino a la cabeza el amigo de marras. Ese es el tema, la opinión: la belleza de ese pueblo al que vuelvo con la gracia de los privilegiados.