sábado, 14 de junio de 2008

NADIE NOS NECESITA

Va y me dice, ¿ves cómo se posa el sol sobre las nubes, cómo enarbolan los pájaros sus alas al viento?, con eso me conformaría en la vida. Veníamos de hablar horas y horas sobre las catástrofes que azotan a este mundo hipermoderno. Contesté diciendo que la modernidad consistía en estar delante de una televisión la mitad de una vida, oyendo -escuchar es un prodigio- palabrerías hueras y comiendo una comida que remeda la misma basura que se inocula; que ahora los escritores se dedicaban a ganar premios y enseñarlos por las radios y los suplementos culturales; que los padres de familia regalaban a sus hijos un teléfono y un ordenador y que con ello decían haberle otorgado el fuego de los dioses; que la carrera política era una carrera de conveniencia personal en que jamás se atiende a los intereses de los conciudadanos del Estado; que los periodistas vivían de las historias amorosas de los ricos, que se habían convertido en carroñeros; que las huelgas terminaban incendiando a los compañeros y sus camiones; que los miembros se habían transformado en “miembras” y que la lengua era cosa de ministras púberes e incultas más preocupadas del maquillaje que de la cosa en sí, etc. Es decir, si el hombre moderno ha terminado por consumir el humo de los coches, la basura norteamericana triturada e hipnotizado por la chabacanería que se despliega en la televisión, es que estamos en vías del suicidio colectivo; si el hombre moderno ha terminado por rodearse de mierda por todos los lados, es que no ha sabido conducir los logros, si los ha habido, que alguna mente que otra ha sido capaz de regalarnos.
El compañero, F. Ossorio, seguía ensimismado con el vuelo de los pájaros y con la cadencia del sol sobre las aguas. Yo preferí quedarme en silencio y dejar hablar al viento, como decía Onetti. Por un momento, el vuelo de una gaviota nos rozó la frente y no tuvimos más remedio que agachar el cuerpo, flexionar las rodillas. Quizás es esto lo que nos queda, flexionar el espíritu. ¿No es libre el espíritu?, pregunté cargando la situación de enigmas. ¿Libre? ¿Es libre el vuelo de esa gaviota?, me respondió seriamente. Creo que la gaviota vuela a su merced siempre que el viento no se lo impida, el viento para nosotros es la masa, compañero, la mole humana rodeada de excremento. No supe si asentar con la cabeza aquella afirmación o si seguir rebatiéndole aquellas bagatelas de domingo.
Preferí el silencio, de nuevo, aunque en mi cabeza seguía buscando y arañando alguna otra virtud para el hombre, al fin al cabo, no nos queda más que eso.
Fíjate aquí en Sanlúcar nos queda un río embarrado al que no se le presta atención alguna. ¿Piensas tú que le importa a alguien, a quién debiera importarle? Entonces fui quien miro de nuevo a los pájaros; la nube ya se había marchado enroscada con mis ilusiones.