
En este sentido, se me vino a la cabeza las curiosidades que Luis Antonio de Villena relata en su libro Rebeldía, Clasicismo y Crisis -Luis Cernuda, asedios a un poeta príncipe, Valencia, Pre-textos, 2002. En este volumen (pags.11,12,13) se detallan una serie de anécdotas que el propio Alexandre o Martínez Nadal le han contado a Villena. Rescato las dos que intenté edificar a pesar de la desmemoria. La primera de ellas cuenta cómo Cernuda era una enamorado del ideal, del imposible. Esta postura frente al sentimiento le llevó a una encrucijada con Lorca. Según detalla Martínez Nadal, en una noche madrileña de 1931, en un bujío tabernario, apareció un muchacho gallego en busca de Lorca. Serafín Ferro, nombre del susodicho, no sólo recibió la negativa de Lorca sino también la de Alexandre, pero a cambio le fue concedida la posibilidad de conocer a Luis Cernuda. Para ello, Lorca le escribió en un billetito (que aún existe, Españoles en la Gran Bretaña: Luis Cernuda, 1983, Rafael Martínez Nadal):”Querido Luis. Tengo el gusto de presentarte a Serafín. Espero lo atenderás en su petición. Un abrazo de Federico”.
El chico recibió efectivamente los auspicios de Cernuda e incluso se fue a vivir con él ciertas temporadas. Sin embargo, el joven se sentía atraído igualmente por las mujeres. Esta circunstancia hacía que Cernuda cayera en cólera y en repetidas crisis de celos. Hasta que finalmente, después de poco más de un año, llegó la ruptura de la relación.
Lo sobrecogedor es que de esta historia de alcoba y cenicientas, de notas y tabernáculos, surgiera el prodigioso libro Donde habite el olvido (1934):
Voces al fin ahogadas con la voz de la vida,
por las heridas mismas,
igual que un río, escapando,
un triste río cuyo fluir se lleva
las antiguas caricias,
el antiguo candor, la fe puesta en un cuerpo.
El último caso de amorío que se le conoce a Cernuda (claro, luego está lo que nunca se dijo, lo que nunca existió más allá de su realidad, lo que deseó en silencio) y que provocara la aparición de libros de poemas, ocurrió en Méjico, durante el verano de 1951. Allí conoció a otro joven que le extravió las miras sobre lo cotidiano. De esta esporádica insinuación surgió la serie Poemas para un cuerpo (1957), publicado en Con las horas contadas ( 1950-1956):
XVI
" Un hombre con su amor"
[...]
En tregua con la vida,
no saber, querer nada,
ni esperar: tu presencia
y mi amor. Eso basta.
Tú y mi amor, mientras miro
dormir tu cuerpo cuando
amanece. Así mira
un dios lo que ha creado.
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