viernes, 21 de septiembre de 2007

IMPERSONATION

HABÍA dejado la calle Tartaneros a mi espalda. Pensaba enfilar mis pasos hacia la recua de mesas que Balbino acomoda a su entrada. Allí mismo pude verlo: pelo cano, de bigote como un inciso a su rostro, con gafas y el pelo echado hacia atrás con la fuerza del agua. Justo cuando pasaba por enfrente de él, lo observé detenidamente sin ningún miramiento. Sostenía el señor un libro con las manos dispuestas como si mantuvieran la simetría de un atril. Obviamente, la esquina estaba repleta de personas que degustaban entre risas, algunos gritos, confidencias y quién sabe qué cosas más. El señor leía en medio de ese bullicio con cierta parsimonia. Gracias a que tenía el libro levantado hasta la altura de su cabeza, pude leer el título. Los mejores cuentos, de Sergio Pitol. Claro, me dije ciego.
Cuando evidencié que eran los cuentos de Pitol, no pude más que recordar el maravilloso relato, “El oscuro hermano gemelo”, en que se alude al escritor Justo Navarro (en la foto) y a su definición de la figura del escritor como un caso de “impersonation”. Las palabras que Justo Navarro destinó al prólogo de El Cuaderno Rojo, de Paul Auster, vienen a decir que escribir es un caso de suplantación de personalidad, de hacerse pasar por otro. El oscuro hermano gemelo de Justo Navarro es Vila-Matas, mira por dónde, y entonces comprendí que el señor lo que estaba haciendo era invitándome a su juego de ficciones. “Hola, me llamo Enrique Vila-Matas, ¿ha visto usted por aquí al mejicano Sergio Pitol o a Justo Navarro?”- no se me ocurrió otra cosa. “Pero Enrique, ¿no me reconoces? Soy Sergio, Pitol, carajo, ¡debe ser la edad, cuánto tiempo!”- emocionado, el viejo añadió a su farsa un abrazo potente. Para entonces los comensales de Balbino cayeron en el asombro ante los saludos que nos proferimos. Nosotros, Pitol y yo, quiero decir, iniciamos una conversación acompañados de vinos y mariscos. Estuvimos toda la noche haciendo referencias literarias que nos han acompañado toda la vida, versos, ideas, filósofos. Ya en mi retirada, una vez que las palabras comenzaban a resonar en la cabeza como siempre que termino una conversación, no pude más que llamar por teléfono a Justo Navarro. “¡Eh, acabo de estar con el maestro, con Pitol!”- rayando en la exasperación. “Qué bueno, Enrique, porque Pitol está aquí en Roma, revisándome Finalmusik, ¿quieres hablar con él?”.
INFORMACIÓN SANLÚCAR (semanario), 22/9/2007