jueves, 13 de septiembre de 2007

DOGMÁTICOS

No paro de darle vueltas a unas palabras de Ortega y Gasset (en la foto)que me explican ahora muchas cosas que suceden en este y en otros pueblos: “Los provincianismos son dogmáticos”. Hace una ristra de años que Ortega escribió este aforismo con la intención de lograr más alcance del que pretendo utilizar en este rincón sabatino. Pero, amoldaré la afirmación para darle un raciocinio al comportamiento de ciertos grupúsculos, uniones grupales y demás fauna de los pueblos de esta península.
En muchas ocasiones he tenido que escribir sobre la importancia de tomar distancia sobre las cosas para intentar obtener una visión más completa y organizada del asunto. Por esto mismo, cuando un ciudadano sale de su pueblo, las conclusiones suelen oscilar entre quienes creen que su pueblo es “lo mejor del mundo” (sin conocer el mundo) y quienes opinan que su pueblo es uno más del mundo, que forma parte de él. Los primeros desparraman por sus vacuas argumentaciones que no hay un lugar en toda la geografía terráquea como su pueblo y llevan, además, a este terreno su comportamiento en general. Afirmaciones de este tipo encierran unos silogismos que vienen a decirnos hasta qué punto la jerarquía tribal y las tradiciones sin el sometimiento de la razón desembocan en los hechos “porque sí”, sin más, dogmáticamente. Para ser más claros, ¿cuántos no van a la feria, a misa, al Rocío, a la Semana Santa, el domingo a casa de la suegra, el sábado a la discoteca, porque hay que hacerlo? ¿Cuántos no terminan casados, con coche e hipoteca porque tocaba? En todos estos casos (y en muchos otros que me dejo en la mollera) las acciones se hacen sin pasarlo por el diapasón de la conveniencia, de la inteligencia propia, de la decisión unipersonal.
Por otra parte, están los que sopesan esas decisiones bajo el cedazo de la razón y del criterio propio, y no de los impuestos sociales que se tratan de imponer simplemente por el peso de una tradición que se perpetúa por generaciones. Para colmo, los que creen que su pueblo y las cosas que ocurren en él y con sí mismo no son las mejores, sino otras distintas y diferentes, son tildados de extraños y raros. El extraño en este caso es alguien que es capaz de sopesar todas las posibilidades que como hombre se presentan ante él y elegir o seleccionar -aun a riesgo de equívoco- la que considera en armonía con su yo, con su pensamiento, con sus inquietudes.
En este caso prefiero ser un extraño al dogmatismo, al provincianismo y cuestionarme qué es esto que tengo por delante. Ah, y, por supuesto, mi pueblo no es lo mejor del mundo.
INFORMACIÓN SANLÚCAR (semanario), XV/IX/2007.