miércoles, 29 de octubre de 2008

CARTA A PAUL PAGE.

Querido Paul:

He de decirte que te escribo tarde porque nunca pensé que fuera a escribirte. He leído con entusiasmo tus notas, tus reflexiones diarias, tus comentarios en los bares y, de la misma manera, he ido de tu mano hasta los confines de la vida. Paul, allí me he sentido bien, he llegado a comprender territorios de la vida humana que jamás vislumbré; gracias a tu Diario he podido escribir como un animalillo revolcándose en los lodos de la inocencia, trazar las vidas imaginarias de los personajes que supuse vírgenes de trato.
Ahora que los estoy terminando, que apuro las últimas páginas de tu escritura, me siento al final de un trayecto que culmina en la nada, si entendemos la palabra como “la más exacta, la más llena de sentido”.
No he dejado ni un solo día de escalar tu árbol. Se me han afilado las garras, Paul, de tanto leerte, de tanto imitarte, de querer escribirte una carta, por ejemplo, a sabiendas de que tu pelo de zanahoria no lo conoceré jamás. Una vez leí en tus Diarios, Paul, “la punta de la rama acompaña un poco al pájaro que se va”, y es así como quiero que me acompañen estas páginas en el vuelo de la literatura, a mi lado, sin que me abandonen las ramas de tus ojos.
Porque hablo de la felicidad emboscada, lo hago como un susurro, con la discreción que proviene de la evidencia en la batalla de construir una oración, una historia, un conjunto de signos negros que garbean por el tramo escocido de la vida. Me permito terminar con una cita tuya, Paul, “cuando uno habla de su felicidad debe ser discreto, y confesarla como si confesase un robo”. Te he robado palabras e ideas y te las devuelvo en forma de homenaje y de carta a tus entrañas.

Un saludo afectuoso,

Marcel Schwob
París, 1900.


Post Scriptum. Te dejo un retrato reciente, Paul, me lo regaló Marguerite Moreno.