jueves, 16 de octubre de 2008

ENTERRAR A LOS MUERTOS, IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN.

El libro me lo regaló Fernando Iwasaki en uno de nuestros encuentros cuando él trabajaba en la calle Fabiola, en Sevilla. Recuerdo bien que, en un arrebato espontáneo, se levantó de su pequeño sofá y sacó de una estantería el libro y me lo puso en las manos. Le pregunté si el volumen merecía la pena, “está bueno”, asintió como de costumbre. Hablo de la primavera de 2005. Hasta hace dos tardes no lo he leído, pero tengo la impresión de que la suerte de la obra de Ignacio Martínez de Pisón me esperaba para el momento en que la maduración sobre el tema, la guerra civil, me alcanzara en sazón, como la fruta.
Me ha parecido fascinante y de bella factura. Ignacio Martínez de Pisón desarrolla en estas páginas un encuentro con el destino de un personaje que sufrió el mal endémico de la guerra civil española, en esta ocasión, el que se perpetró en el bando republicano. El devenir de la vida de Pepe Robles Pazos y la consecutiva investigación de John Dos Passos sirven de vías ciegas para intervenir, con las pinzas del literato y las intuiciones del investigador, en las entrañas de las actitudes más mezquinas que una guerra siempre depara en cualquier bando que se precie. En este sentido, la obra posee un aliento de doble filo; por un lado la obsesiva tentativa de Dos Passos por averiguar quiénes y por qué se asesinó a Robles dentro de su mismo bando, el republicano; por otro, la investigación que desarrolla el propio Ignacio Martínez de Pisón, quien actúa de demiurgo poniéndole en claro a Dos Passos, ochenta años después, lo que le ocurrió al amigo que conoció en un viaje en tren y que fue su primer traductor a nuestra lengua.
Escribía hace poco que los libros llevan a los libros y que la vida, cuando se hace desde la literatura, también. Y es precisamente esto lo que le ocurrió al autor para comenzar a escribir este volumen titulado Enterrar a los muertos. Un libro, John Dos passos: Rocinante pierde el camino, supuso el disparadero para que estas páginas terminasen aunadas en este formato.
Las vidas de Robles y de Dos Passos se cruzan allá por 1937. Robles fue el primer traductor de la obra del americano en lengua española. Tenía, por lo demás, una sección, “Libros yankis”, en la revista de Giménez Caballero, La Gaceta Literaria, en la que ponía al día las últimas tendencias de la narrativa estadounidense. Las primeras obras que reseña son Manhattan Transfer, de Dos Passos, y Fiesta, de Hemingway, en lo que supone “las primeras noticias que en España se publicaron sobre la obra de ambos escritores”. No olvidemos, por ejemplo, que la filiación de La Colmena, de Cela, con la obra de Dos Passos es evidente.
La desgracia agarró la vida de Robles en 1937 cuando “Pepe se disponía a leer un libro de relatos de Edgar Allan Poe, llamaron a la puerta de la vivienda. Un grupo de hombres vestidos de paisanos entró en el salón. Sin dar más explicaciones ni atendiendo a sus ruegos, le ordenaron que se arreglara y les acompañara”. La suerte de Robles es la muerte, lo asesinaron. A partir del asesinato de Robles, Dos Passos sufre una evolución ideológica que lo lleva a desvincularse de la causa republicana ya que no comprende cómo su amigo pudo ser asesinado por los de su propio bando. Llega el estadounidense a enemistarse con Hemingway y con buena parte de la pléyade de poetas republicanos entre los que se encontraban Alberti o Bergamín. En unas declaraciones recogidas en el libro manifiesta Alberti, “decían que estaba probado que José Robles era un espía y lo fusilaron”. Unas palabras terribles a pesar de que nunca se demostró nada; el espionaje inventivo se configuró como una manera de justificar el asesinato cuando las fuerzas militares soviéticas llegan a España de la mano de Stalin. En cualquier caso, ningún espionaje justifica un fusilamiento. Las causas que más se aproximan al razonamiento de esta ejecución son las conclusiones a las que llega Ignacio Martínez de Pisón. No las defiende como definitivas, sólo las deja encima de la mesa.
Evidentemente, el caso se desarrolla en uno de los episodios más controvertidos de la historia de este país y eso lleva al autor a otras aguas enturbiadas como las que generó el enfrentamiento del POUM y el asesinato de Andreu Nin, la intervención soviética en las fuerzas militares republicanas, los campos de concentración franquistas, Gorev, los servicios secretos de espionaje, etc. Destaco el trato que se le ofrece a un episodio que se me viene cruzando en la bibliografía sobre la guerra civil que últimamente utilizo. Se trata del libro de Max Rieger (hombre de dudosa existencia) titulado Espionaje en España. El caso es que el prólogo lo escribe José Bergamín y todos los estudiosos que he consultado (Trapiello, Martínez de Pisón, Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo…) piensan, entre otras teorías que hablan de Georges Soria, que la autoría es de Wenceslao Roces, amigo de Robles y subsecretario del Ministerio de Instrucciones Públicas en el momento del asesinato de Robles Pazos. El mismo pájaro en aguas enfangadas.
Este libro, Espionaje en España, justifica en teoría las acusaciones que pesan sobre el POUM de espionaje y apoyo al bando franquista. En resumidas cuentas, la cruel venganza sobre un disidente llamado Andreu Nin.
Por último, vinculo este libro de Martínez de Pisón con Tu rostro mañana, de Javier Marías. Marías hace una introspección, durante los tres tomos de Tu rostro mañana, en la condición humana vista desde la lejanía temporal de los hechos. Uno de los episodios sobre el que más reflexiona es precisamente el de Nin, y una de las fuerzas que vehicula el progreso de las páginas de la novela es, igualmente, la fuerza proteica del espionaje durante la guerra civil y el miedo endémico que suponía sentirse en continua espiación. No en vano tanto Tupra como sir Peter Wheeler son dos antiguos hombres del espionaje internacional.
Dos obras que afrontan de forma distinta una misma encrucijada moral que devino de la inoportuna y desgraciada guerra que azotó y que dejó nuestro rostro enterrando a los muertos.