
Nada más terminar el café, decidimos ir al cine con la intención de cobijarnos en una sala en la que la crisis y otras piruetas bursátiles quedaran a un lado. Teníamos en la cabeza ir a ver la película de José Luis Cuerda, Los girasoles ciegos. La película tiene como base el texto de Alberto Méndez. Lo cierto es que salimos de la casa con poco tiempo de margen, con toda la prisa de dos desesperados, como si la película se fuera a terminar con nuestra ausencia. Cierto es que Kafka decía que el cine no terminaba de gustarle porque el cine es una mirada obligada sobre la realidad, el cine escoge la mirada sobre esa realidad por nosotros. Kafka, el cine, la desesperación.
Ya en la taquilla, se nos colaron dos jóvenes que querían entradas para Sangre de Mayo, la película de Garci. Para colmo de males, la joven era conocida de la cajera, y eso agudizó nuestros nervios. Le pedimos dos entradas para Los girasoles ciegos para las 18.40; la cajera nos preguntó si queríamos a la 18.45. De inmediato pensamos que el horario estaba equivocado, pero ya estábamos entrando.
Sentados, prácticamente solos en la sala, los compases de Bocherinni comenzaron a brotar con la fuerza de la época dieciochesca. Se iniciaba Sangre de mayo.
La cajera nos había dado las entradas equivocadas y M.C. me miró con la sonrisa de saberse presa, deliciosamente presa, del azar, de las redes invisibles y delicuescentes que traza en nuestros pasos esa palabra que en una suerte de palímdromo viene a decir raza. La raza del azar.
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