lunes, 27 de octubre de 2008

ROER EL TIEMPO.

El jueves noche en la ópera. Turandot, de Puccini. Esperé el In questa reggia ansioso de comprobar que el prodigio de la voz seguía siendo posible bajo el signo de la emoción y lo dramático; una nota tenida mientras la implacable Turandot explica su comportamiento mezquino y pérfido. Todavía la ópera concentra lo mejor de la condición humana: la voz, las aspiraciones enmascaradas, las historias inventadas, la música. Nessum Dorma...pertenece a ese tiempo la educación sentimental, de la huella imborrable.

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A pesar de todo,-cavilo- un hombre vale más que su expresión. Un hombre es un dédalo indescifrable, sus palabras un pequeño reguero de símbolos y reflejos. Entonces recuerdo a Juan de Mairena, un hombre nunca tendrá el valor más alto que el de ser hombre. Un escritor es recoleto por naturaleza, aunque Renard escriba el cuatro de octubre de 1904 “todo hombre vale más que su forma de expresarse”; por eso un diario es la forma mayestática de la escritura. Ella no es más ni menos que un hombre. Es el hombre.

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Y entonces morimos. Y dejamos que la escritura hable por nosotros. Al menos Marco Aurelio dejó escrito en sus meditaciones: “como hombre que ha muerto ya y que no ha vivido hasta hoy, debes pasar el resto de tu vida de acuerdo con la naturaleza”; y si debemos pasar el resto de la vida como quien ya la ha vivido, como quien vive en la piel de la muerte y en la desinfección vívida de lo difunto, entonces debemos entregarnos a la escritura. Una oportunidad es tomar una cita literaria: es vivir la expresión de otro, de un muerto que dejó constancia de la vida. Habitar en ella, verterle calor de unas sílabas. Lamerla a lengüetazos, disfrazar nuestra miseria con sus logros. Una cita, es decir, las palabras colocadas en el tiempo por otro, es un bisbiseo con la nada. O Con el todo. Al mismo tiempo, con la fusión que es el presente.