miércoles, 22 de octubre de 2008

LOR GIRASOLES CIEGOS, ALBERTO MÉNDEZ.

El libro es la alucinación razonada de los hombres durante una guerra. La reflexión viene desde el interior de cada uno de los personajes que puebla este maravilloso campo de girasoles ciegos. Los cuatro relatos que configuran el volumen se comparan con cuatro derrotas, a saber, Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir; Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido; Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos y Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos. Es una ascensión cronológica de la derrota que aspira a convertirse, sin embargo, en una concepción amplia de la misma en situaciones de extrema debilidad física y psíquica.
¿Qué es la derrota para el Capitán Alegría? Un capitán del bando sublevado, semanas antes de confirmar la invasión y la toma de Madrid, siente el impulso interior de “rendirse”. Después de muchos días de reflexión y de ser víctima de la sinrazón y el absurdo, decide entregarse entre las trincheras, “con las manos medio levantadas”. Se entrega preso a su propio bando y es llevado a Capitanía General, donde conocerá la suerte del fusilamiento y de las comisiones de guerra.
La historia quedaría truncada si el final de la misma fuera el fusilamiento. Sin embargo, es en ese punto cuando comienza el prodigio de la narración de Alberto Méndez y la verdadera épica en la vida de un militar que conocerá en su fusilamiento las oscuras y tremendas virtudes de la muerte.
¿Qué es la derrota para un poeta comunista que decide cruzar la frontera en Portugal? El manuscrito encontrado en el olvido narra las vicisitudes de un joven comunista y poeta que había alentado en las trincheras con sus versos a los soldados republicanos. Su novia, una joven llamada Elena, está embarazada y a punto de parir. A pesar de esta circunstancia, deciden intentar cruzar por el bosque la frontera hasta Portugal. El planteamiento de la historia no es más que una excusa para que Méndez desarrolle un relato jalonado por una ambición lírica que consigue llevar al lector al terreno del personaje que lo escribe, Miguel. El manuscrito es un puñado de anotaciones en un cuaderno que se encuentra en el Archivo General de la Guardia Civil, en un sobre amarillo clasificado como D.D. (difunto desconocido). La narración está atravesada por referencias literarias (Garcilaso, Lorca, Góngora, Neruda,…) y sobre todo por la descripción que hace Miguel de su propio estado cuando ocurre, en aquella casita abandonada del bosque, lo que sí entendemos como derrota.
¿Qué es la derrota para Juan Senra, un violonchelista que finge conocer al hijo del Coronel Eymar, presidente de su tribunal de guerra? A Juan Senra lo llevan de la cheka de Chambery, en 1938, a Capitanía General. El coronel Eymar, momentos antes de firmar su sentencia de muerte, le pregunta si conoció a Miguel Eymar, “Sí. Sí, mi coronel”. El músico ve una salida a su derrota con el relato benévolo, pero falso, de las actuaciones del hijo del coronel. De este forma, cada cinco o seis días es llamado al tribunal para que siga relatando, delante de la mujer del coronel, lo que Miguel Eymar hizo antes de ser fusilado por los republicanos. Pero Senra conoce en la prisión a un compañero repleto de liendres y piojos llamado Eugenio Paz. Eugenio es fusilado a los pocos días de estar allí y esta circunstancia lleva al músico, al violonchelista que había trazado la melodía perfecta para los oídos del coronel, a la desafinada verdad que nunca fue capaz de contar por el miedo a la derrota.
¿Qué es la derrota para Salvador, un diácono lascivo y morboso que persigue a la madre de un alumno y ante su rechazo provoca la muerte de un hombre? Este relato, adaptado magníficamente al cine por José Luis Cuerda, cierra prodigiosamente, la derrotas de unos personajes que parecen macerados a fuerza de sufrimientos que pertenecen a otro orden del tiempo. Un profesor que se esconde en su casa, porque había participado en el Congreso de Escritores Antifascistas y que decide recluirse en una habitación secreta y tapada por un armario. La mujer y su hijo, Lorenzo, mantienen las formas de la viudez y del hijo sin padre.
En este sentido, Méndez cambia de técnica narrativa para afrontar el desarrollo de esta historia. Por una parte, la carta de Salvador a su superior explicándole todo lo sucedido. Por otra, las palabras de Lorenzo, ya mayor y maduro, proyectando la memoria sobre su infancia. Por último, el relato en tercera persona de los hechos. Una triple visión de una misma acción que ayuda a entender las confusiones y las distintas perspectivas que se mantuvieron en esos tiempos de himnos en los colegios y sotanas en las aulas.
Salvador se obsesiona con la madre de su alumno, Elena, y quiere convertirse en el padre de familia a pesar de estar en el diaconato. La derrota última, la que culmina el libro como una bala que se ha disparado de la nada y que proviene de tiempos remotos, es como una piedra lanzada al agua; nosotros, los lectores, debemos determinar hasta dónde y cómo llega su onda expansiva.
Los girasoles ciegos está, además, muy bien escrito, con un pulso lírico e íntimo bien templado por el léxico y los periodos sintácticos (sólo una estructura galicada afea una página: “problema a resolver); una trama bien dosificada con excelente criterio y tino y con la habilidad de incluir a los mismos personajes en otros relatos, como el capitán Alegría en la cárcel con Juan Senra. La versión cinematográfica, repito y con ello culmino, es merecedora de los mismos elogios que resultan tras la lectura, plácida y emotiva, de la primera y única obra del difunto Alberto Méndez.