martes, 28 de octubre de 2008

UN ÁNGEL CAÍDO.

El joven lector comenzó a imaginar su muerte. La muerte sin fin. “La muerte tiene forma de vaso, de transparencia mantenida en la ecuación de la forma. La muerte así vista, paseando por estas calles repletas de seres humanos, es sorda y taciturna, débilmente imaginable”.
El joven lector asomó sus brazos por la baranda del puente que atravesaba todas las tardes y que lo llevaba al pequeño cafetín, al otro lado de la ciudad, donde la literatura era una página mojada y lítica, terriblemente libre, como ocurre en París con los sueños. Llevaba en las manos un libro del escritor del silencio, Jules Renard. Leyó unas páginas y lo cerró.
Imagino que leyó lo que Renard dejó escrito días después de la muerte de Marcel Schwob, un 27 de febrero de 1905, “¿Por qué los hombres de letras no escriben sus propios discursos fúnebres cuando aún están vivos?”. Algo así debió leer porque la nota que dejó sobre el puente justo antes de tirarse al río, arrumbada y maltrecha, contenía un verso de José Gorostiza, “un desplome de ángeles caídos/ a la delicia intacta de su peso”. El discurso sobre la muerte tenía forma de vaso; era redonda y transparente, tallado con el sol de la inocencia.