sábado, 22 de noviembre de 2008

FRANCO Y LOS JÓVENES.

Los juegos con el pasado son peligrosos, máxime cuando se utiliza una época desastrosa y cruel como acicate para desvirtuar la presencia de la democracia y la tolerancia. Esta semana han retransmitido en televisión una película sobre los últimos días de Franco en que lo único que importaba era la salud patética de un dictador que terminaba sus días en la miseria física. La película, que cinematográficamente no posee virtud alguna, es un delirio insostenible de los últimos días de Franco ya medio moribundo entre llantos y dolores de toda ralea.
Mis alumnos, en el instituto, estaban avisados de antemano porque suelo hacer muchas referencias a nuestro siglo pasado, ya que el desconocimiento de lo que ocurrió en este país durante tanto tiempo es absoluto por estos jóvenes que se suponen el futuro de la patria. Hasta hace unos meses no sabían quién era Franco, no conocían nada de la guerra civil que se libró entre 1936 y 1939, desconocían que la dictadura diezmaba la libertad de expresión, pero tampoco sabían nada acerca del POUM y de la muerte de Andreu Nin; por supuesto, ni hablar de Paracuellos. En definitiva, no tenían ninguna noción de los males que nos azotaron en tiempos pasados, de la inquina con que se ensañaban los hombres por unos ideales ficticios que sólo eran coartada y pasto de las llamas, traiciones y juramentos en falso.
Estos jóvenes vieron la película con entusiasmo, movidos por mis palabras de aliento, pero acabo de arrepentirme porque han obtenido una imagen borrosa y desvirtuada, la pintura de un abuelo que siente venir la muerte, el ahogo de la finitud. Un abuelo preocupado por las cuestiones papales y por las nimiedades del fútbol. Pero nada se detalló de los fusilamientos que se firmaba en 1975, meses antes de su muerte; de las condenas que siguió firmando a pesar de sus enfermedades, de las posturas xenófobas contra los marroquíes, contra los homosexuales, contra los comunistas, contra viento y marea, contra todo lo que no llevara el marchamo de una España imperial que, gracias a nuestra naturaleza finita, se terminó un veinte de noviembre de 1975.
Por eso escribo ahora y les leo esto a mis alumnos con la carga ética de sentirme responsable de la transmisión de un pedazo de historia que, al morderla, transmite los hongos y las bacterias de la putrefacción. Si esta es la capacidad de análisis de nuestros medios de comunicación y las formas que poseemos para adecentar nuestra interpretación de los hechos, es evidente que todavía marchamos a ritmo de españas invertidas, vertebradas y químicamente pútridas. Porque la noción de Historia en este caso funciona como un elemento químico usado cuando venga en gana al historiador.