sábado, 1 de noviembre de 2008

PASEO DE ALAMEDA POR LA LITERATURA DE ESTE TIEMPO.

No debería estar tan preocupado después de comprobar que los poetas jóvenes, lo nuevos poetas, están sumidos en un naufragio que toman como las aguas de la poesía. No debería tampoco malgastar mis lecturas en buscar una explicación que me saque del estupor que me posee, ni convertirme en un vate que enjuicie la vida de cada cual y los versos ajenos, porque nadie soy para tal tarea, "menos que nadie", como decía el filósofo. Más bien trato de no perder el rumbo, de mantenerme fijo en unas coordenadas que no marcan ritos ni jerarquías sino que solamente señalan e indican los caminos de la creación. Los poetas son esos mojones a lo largo de la escritura que marcan la ruta, el equívoco o la buena dirección. Sólo camino, trayecto, como un espejo en medio de nosotros mismos.
Ninguno de los escritores (jóvenes) –y ahora me extiendo a la narrativa- que ha asistido al X Congreso de la Fundación Caballero Bonald ha sido capaz de establecer una poética (entendida como una hoja de ruta) desde la que parten a la hora de la creación. Ni siquiera han señalado autores u obras que alberguen las cualidades que ellos aspiran a alcanzar. Nada, ni una frase brillante ni un libro destacado ni un autor como maestro. Siempre he pensado que el escritor es un lector con privilegios: el de leer una obra como no la lee nadie, el de encontrar en una obra lo que no encuentra nadie y además rehacerlo todo escribiendo algo nuevo.

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Intuyo que el teatro ha quedado, definitivamente, engullido por las series de televisión y por el cine. Ninguno de los ponentes, incluidos críticos y especialistas, poetas y narradores, ha hablado acerca del teatro. Será que el género dramático ha sido relegado a la representación de las obras capitales del Barroco y de un puñado de obras del XIX y del vanguardismo del XX. A lo sumo, algún festival juvenil de obras clásicas.
Vista la desaparición del teatro, me pregunto si la narrativa, la que se practica mayoritariamente, no caerá en las redes de los medios audiovisuales. En más de una ocasión, mi compañero Iván y el que escribe, hemos manifestado que las historias ya se cuentan muy bien en las series de televisión y en el cine. ¿A qué viene un escritor a contarme en trescientas páginas lo que puedo ver en dos horas? Claro, luego existe un componente que los diferencia. Se llama literatura.
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Para no ofuscarme y para terminar con el paladar repleto de transparencia, me paseo por la Alameda verde de Juan Ramón Jiménez –prodigiosa, esencial, -: “Nunca he vivido el presente; mi vida es toda de recuerdos y esperanzas”. Claramente optimista, la esperanza sustituye al futuro. Pero el futuro de la literatura, en manos de estos literatos inflados y bendecidos por los que dirigen las editoriales y los medios de comunicación, no tiene asidero actual. Así que en las palabras de J.R.Jiménez está la clave: la poesía es un recuerdo estancado en las aguas del futuro. Un presente que hilvana las esencias, un hilo que recorre los cronos y los sobrepasa.

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En un recital poético asiste uno a un espectáculo insólito. Primero aparece la figura deleznable de un presentador que hace las veces de egregio amigo; luego los poetas leen muchos versos y con torpeza diletante. En cualquier caso es cierto que la poesía no se escribe para ser leída, ¿o sí?, y que cualquier poema mal leído, sobre el papel, puede tener todas las virtudes de un pájaro solitario. Sin embargo, ¿No estamos en que la poesía es un chupito y la narrativa una jarra de cerveza? ¿No quedamos en que la poesía se sirve a cuentagotas y la narrativa a borbollones?

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Recurro de nuevo al paseo de eucalipto y menta que es la palabra de J. R. Jiménez: “En poesía la palabra debe ser tan justa que se olvide el lector de ella y solo quede la idea; algo así como un río que no hiciera pensar en que lleva agua, sino en que es corriente…”.