sábado, 15 de noviembre de 2008

GONZÁLEZ VIAÑA NARRA "LA MAYORÍA INVÁLIDA DE HOMBRE" DE C. VALLEJO.

Siempre he leído Trilce, de César Vallejo, teniendo muy presente su paso por la cárcel. Es más, cabe una lectura en clave que se puede interpretar como si Trilce fuera las pintadas que Vallejo hubiera dejado en los muros de esa prisión y, por lo tanto, en los muros de su vacío existencial, “en los muros de su patria suya”. Todo esto sin perder de vista que la madre y una amada habían muerto meses antes. Fue en el viaje para ver la tumba de la madre en el que se vio envuelto en los acontecimientos que lo conducen a la cárcel.
Siempre he leído Trilce, además, teniendo en cuenta que durante más de dos meses vivió clandestinamente en la casa de Antenor Orrego, en Mansiche y que, después de la cárcel, su vida siguió apegada a la transhumancia y la clandestinidad hasta que murió en París.
Un poco más tarde, al leer su narrativa completa, comprobé que Escalas melografiadas pertenece a este periplo carcelario o estancia en los infiernos. “Cuneiforme” se divide precisamente en "Muro noroeste", "Muro antártico", "Muro este" y "Muro dobleancho", "Alféizar" y "Muro occidental", una disposición que coincide con el espacio de la cárcel. Tampoco es casualidad que Coro de vientos comience con un cuento titulado “Más allá de la vida y de la muerte”.
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Pensaba todo esto en la presentación de Vallejo en los infiernos (Alfaqueque ediciones, 2008), de Eduardo González Viaña, mientras el profesor José Manuel Camacho y el autor de la obra disertaban, con encendida verbalidad, sobre las virtudes de la obra y sobre el caso singular de este excelso poeta. No en vano, la obra de González Viaña toma la vida de Vallejo como el espacio por el que discurre el discurso narrativo; un paseo por las galerías internas de la vida de Vallejo, un ajuste de cuentas que efectúa un peruano para con la figura de su paisano C. Vallejo.
Gonzáez Viaña se centró en el caso que le ocurrió a Vallejo con un crítico que venía a ser el vate incontestable de la literatura peruana, Clemente Palma. Vallejo le había enviado un poema, “Amada”, y el crítico vino a decirle que se dedicara a otra tarea distinta a la poesía, que aquello no tenía virtud ninguna.
Entonces comencé a recordar el caso del crítico chileno Hernán Díaz Arrieta, que aparece en Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, una figura enquistada en el poder que dirigía las letras a su antojo. También quiso acompañar a mi memoria el caso actual de Fernández Retamar en Cuba, dueño absoluto de las tribulaciones poéticas de la isla; la trifulca verbal que mantuvieron Ángel Rama y Vargas Llosa y, por abandonar las letras hispanoamericanas, las recientes incursiones de críticos literarios en episodios de novelas como las de Javier Marías, en las que el profesor Rico aparece fantasmagóricamente para sentenciar con alguna boutade debidamente erudita. Relaciones, todas ellas, con distinta suerte, pero que comparten la presencia de un crítico que fustiga verbalmente la creación literaria de los escritores.
Incluso recordé, con cierto humor, el espisodio que narra Andrés Trapiello en La manía en el que mantiene una discusión con un escritor en Barcelona que roza la persecución y la esquizofrenia.

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Todo ello me condujo a la estantería para rescatar una obra que acabo de comprar, Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana, de Marcel Proust. Toda una novela dedicada a desdecir las teorías de un crítico y a poner por escrito, en forma de poética, lo que significa la literatura para el autor del tiempo recobrado.
Por último, no puedo dejar de señalar el caso de Borges. En “Segunda mano”, que pertence a El factor Borges, Alan Pauls rinde cuenta de las palabras que le dedicó Ramón Doll a J.L. Borges. Doll le críticó su postura de "parásito de la literatura", esto es, de escritor que se vale de las letras de otros escritores para construir la suya. Borges vio una virtud en esas manifestaciones y escribió “Los traductores de las 1001 noches” para salir en defensa del parasitismo literario.
Una defensa de la libertad es lo que hace González Viaña en Vallejo en los infiernos, el trazo de las trílcicas desgracias de un poeta, el encargo de narrar los círculos que atraparon una vida y la dejaron en el olvido al calor de los heraldos negros, mas nunca estuvo más viva la poesía que en los versos de César Vallejo, en el cáliz apartado de la razón. Una novela que narra, con el verso, "la mayoría inválida de hombre" de un poeta maltratado por la vida que escibía versos humanos, demasiado humanos.