domingo, 9 de noviembre de 2008

NOCTURNO A DOS VOCES.

“No me parece el sueño el mejor paradigma para que un personaje de novela revise las barbaridades que ha realizado en su vida; menos cuando se trata de un cura, de un cura chileno, y aun menos cuando hay una dictadura en una vida” -me desgarró el chileno, autor de la obra, apoyado sobre sus codos, como Sebastián Urrutia Lacroix, el cura protagonista de su Nocturno de Chile-, “pero no tuve más remedio que hacerlo llorar con las palabras bajo un estado febril y de insomnio y con los efectos de la muerte agarrándolo de los cojones”.
No supe transmitirle con mi rostro la emoción que sentía esa tarde, antes al contrario, quise seguir con mis inoportunas pesquisas. Fue entonces cuando me espetó, “No me vengas con huevadas”.
Había leído la obra con deleite. La historia del cura pinochetista que siente la pulsión de delatarse a sí mismo en una noche de fiebre a través de su conciencia. Los episodios que se engarzan unos tras otros, unos tras otros, sin más dilaciones ni capítulos ni secuencias introductorias, me parecieron virtuosos. El monólogo que conforma la reflexión de Sebastián y el juego de voces, en un acercamiento al teatro, no eran recursos nuevos, pero sí suficientes para que su ingenio trabajase rozando la perfección. Por descontado que Nocturno de Chile era un ajuste de cuentas que el propio Bolaño tenía con la dictadura de Pinochet, con toda la tormenta de mierda que despliega un estado poseído por el árbol de Judas y por las raíces pútridas de una tormenta de mierda que se dispara por unas calles solitarias, repletas de ausencias, colmadas de miedo. Y yo pensaba todo eso con Roberto delante de mí, sentado en aquella plaza donde las voces de los niños se entrecruzaban unas con otras, unas con otras, y en donde las nubes conocieron un gris ensordecedor, como quedaban las calles de Chile con el toque de queda.
“Acabas de releer a García Márquez, El otoño del Patriarca. El lector nota que la temática es muy parecida, que el acercamiento a la dictadura es similar. El mismo final de la novela contiene ecos de El Coronel… tormenta de mierda –quise entrar por esa fisura. Fíjate, Roberto, cuando estuve leyendo Nocturno de Chile, se me vino a la memoria un poema de Novalis, de sus Himnos a la noche: “Se funden los recuerdos en las aguas/oscuras, refrescantes de las sombras; la poesía cantó nuestra tristeza, mas el misterio de la eterna noche/seguía todavía inescrutando/ el grave signo de un poder lejano”. Eso me parece que hace Sebastián, un escrutinio del poder, de ese mal lejano".
Sólo al final entendí aquel silencio prolongado, no atendía a mis ilusas manías de lector, a mis requerimientos, a mis imprecaciones sobre su novela. Sólo al final entendí aquel silencio, aquella carcajada perpetua en su boca.
Tabucchi publicó una novela, después de la tuya, que se titula Se está haciendo cada vez más tarde, y que se asemeja en el uso de la finitud como remedio de la culpa. El hombre siente una culpa infinita sobre sus hombros finitos, viene a decirnos Tabucchi, y creo que, en el fondo, tu usas ese elemento de orden católico y religioso para hacérselo sobrellevar al personaje cual Sísifo”, dije.
El chileno me miraba sonriente, todavía apoyado sobre sus codos, sosteniendo en sus manos un cigarro. Callaba y fumaba bajo el signo de otros tiempos, compartía el estado febril del personaje, como si conociese de primera mano la luz que nos legará, antes o después, con la fuerza del infinito.
“El cura debió leer en algún momento algún pasaje de la obra de Quevedo, citar algún pasaje de sus Sueños. Aparece Neruda junto a un crítico, Farewell, que hacía las veces de vate y censor de las letras chilenas, un crítico afín al golpe de Pinochet, un crítico que, sin embargo, va al entierro del poeta comunista en una escena muy bien construida y memorable”, pensé meditabundo. ¿Por qué no escribiste el título de la obra de Quevedo, Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios, y engaños, en todos los vicios y estados del mundo?, pensé de nuevo en silencio.
Soltó una carcajada tremenda al verme tan exaltado y volvió al cigarro, al amparo de una calada intensa y tardía, que lo mantuvo mirándome de nuevo como se mira en el juicio final de una vida. Sus ojos contenían una música, acaso los Nocturnos de Chopin.
“Muy bueno, Quevedo, qué bueno, esas páginas, claro…”, dijo Roberto con unos ademanes disfrazados que lo ayudaron en la explicación. Para entonces decidí afiliarme al silencio, entendí que la lectura es colocar sílabas a la muerte, darle palabras a la memoria.
De repente comenzó a recitar de memoria los versos de Infinito, el poema de Leopardi, “Siempre cara…”, recitaba Roberto. Era el poema que había hecho recitar a su personaje junto a Pinochet, en las imaginarias y terribles clases que el cura impartió de marxismo a Pinochet, al alumno más aplicado en el conocimiento del materialismo histórico, del libro de Marta Harnecker, “me fue esta yerma loma…”, -seguía con su acento chileno-, a partir de ese momento, recordé las escenas en la casa de Marta Canales,“y esta maleza la que tanta parte…”, -seguía y seguía-, la pseudo escritora que cobijaba en el sotáno de su casa un cuarto de torturas que dirigía su marido, un espía norteamericano, “del último horizonte ver impide”, -sus palabras eran un rosario, un rosario impenitente sus palabras. Recordé los impulsos sexuales y homofóbicos del crítico literario con el cura, “Sentado aquí contempló…”,-sus palabras eran ya salvíficas-; la geometría del toque de queda, esto es, el desierto implantado en Chile por una dictadura y también de la potencia literaria de ese pasaje en que los personajes deambulan por la Colina de los héroes y que estoy seguro que es fruto de la criatura cervantina en la Cueva de Montesinos, “interminables espacios detrás de ella,…”, -una oración, Roberto, una oración parecía aquello-.
Recordé todo eso cuando Roberto ya se había levantado y con ello me había dejado sólo en aquella esquina triste y desalmada de París, con las mismas preguntas y con un gris distinto, confundido con la noche, al tiempo en que los sueños son de otra materia, “y sobrehumanos silencios, y una calma profundísima mi pensamiento finge…”, -sigue rebotando en la esquina, una calma, Roberto, un silencio sobrehumano, ya lo entendí-. Esa era la respuesta, "Ahora me muero, pero tengo muchas cosas que decir todavía", el mismo inicio de la novela.