lunes, 24 de noviembre de 2008

YO, OTRO, IMRE KERTÉSZ

Hay libros demoledores, que en sí mismos guardan una profecía que se me antoja propia y extraña al mismo tiempo. Un cifrado ajeno, pero que revoca sobre nuestra especie. Hay libros que ocupan el espacio de una elipsis equiparable a la conmiseración del ser humano, del relato de sus desvelos y utopías. Libros que detienen el paso atropellado y deforme del tiempo, que supuran el humor con que deberíamos añadirnos a lo que nos ocurre diariamente y llamamos vida. A eso que nos recorre inmisericorde y que igualamos con la muerte.
Yo, otro -Crónica del cambio-, de Imre Kertész, es la historia personal de una elipsis, que es un yo, y que se identifica con dos momentos cruciales para el autor: su paso por Auschwitz y la muerte de su mujer. El título del libro consiente una lectura que visualiza la historia que se narra como la ocupación de una elipsis; la desaparición, por conocida, de la vida. En el título falta el elemento verbal que dote de vísceras a un yo que ha surgido de la negación profunda del yo, esto es, de un campo de concentración.
La crónica con la que avisa el subtítulo es una encrucijada que no queda resuelta. Es la crónica de un yo que se afirma en la negación de ese yo, precisamente en el cambio hacia el otro que es, de la misma manera, un desconocido que surge y florece al calor de la muerte.
Pessoa, Rimbaud y Montaigne abren la caja de citas que antecede al libro, el bajo continuo que las armoniza. Tres autores que han mordido en el corazón las más profundas entrañas de las que tenemos noticias, que conocieron el alma humana como Caronte la laguna Estigia. Dice Kertesz: “Anoche traté de imaginar largo tiempo, con gran esfuerzo, mi no existencia. La nada subjetiva. […] Pero, ¿qué partícula de esta vida fragmentada se refiere a sí misma con la palabra “yo”?”. Ahora, tras leer el libro de este autor que nació en Budapest, me pregunto, bajo el hechizo de la fragmentariedad del yo, qué pedazo de mis letras me pertenecen, cuál es el eterno sustento que me lleva a afirmarme?

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Escribió Wittgenstein en sus Aforismos, libro que estaba traduciendo Kertész cuando escribía el suyo: “Una cosa es sembrar pensamientos, otra, cosecharlos”. Así puedo afirmar que hasta ahora sólo he sembrado las partículas de un yo que jamás he cosechado. Escribir, acaso, sea una manera honrada y coherente de recoger la siembra de las lecturas, de la vida insospechada. Lo que ocurre es que la mayoría de las veces la cosecha está podrida.

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Nuestra tarea en el mundo no es entender el mundo. Nuestra tarea es la incomprensión. La tarea del escritor es escribir las secuelas de esa incomprensión; la del poeta, hurgar en las profundidades del incomprendido; la del músico, proferir un arañazo en la materia de la nada.

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Rescata I.K. unas palabras de Pessoa que traslucen buena parte de la escritura de su libro. Es una poética colocada en la mitad de la obra. Escribió Pessoa: “Estoy tan lúcido hoy, como si no existiera”. Por este motivo, entiende Kertész que su vida pasada pertenece a un espacio que fue devorado por los límites de su soledad. En ese estadio del alma, en que uno cree vislumbrar que ya no es, comienza la escritura. Entonces, bajo esa estirpe locuaz e irrazonable para los hombres, puede alguien, un genio, encontrar las palabras más exactas del universo para nombrar, siquiera, un pizca de nuestro deterioro. Cuando venga a darse cuenta, se habrá metamorfoseado en otro ser que deniegue su vida, que le entregue en las manos su muerte.

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En este libro existe una secuencia perfecta desde todos los puntos de vista. Un escritor debe aspirar a algo parecido, a unas líneas semejantes. El sujeto narrado de este libro se encuentra en una habitación a orillas del Balatón, en Szigliget, lo que él llama "la casa de los escritores". A continuación comienza una reflexión que viene motivada por la fuerza de antaño. Allí cree recordar toda su vida, todas las vidas de todos los hombres: Nietzsche escribiendo El nacimiento de la tragedia, un hombre llorando, el tacto de un pelo lacio, el color de las orquídeas, el sabor de la noche. Es el espíritu de la narración del mundo. Recuerdos que son como perros abandonados que nos rodean y nos miran, que aúllan y nos lamen la mano.

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El escritor piensa que su vida es inaudita, a pesar de que todos los indicios nieguen la mayor. Pero si no lo fuera, si yo no creyese que lo fuera, no escribiría. El escritor deja de ser hombre para vivir la vida de otro, para contar, a sabiendads, que en ese trance dejará de ser.

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Por tanto, al final de cuentas, poco importa qué hayamos vivido. ¿Quién sabe cuál es su vida, hacia dónde dirigirnos, a qué entregarnos? Hagamos lo que hagamos no seremos nosotros, será otro. Yo, otro, tú, otro…quien nos narre. Ni nosotros mismos sabremos si en esa necesidad de escribir estamos ejecutando los deseos de otro mismo que somos nosotros.