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jueves, 10 de julio de 2008

TRAZOS DEL IMAGINARIO

Estaré sin escribir en esta bitácora unos días; me marcho al resguardo de la Sierra de Huelva movido por la invitación de unos amigos entrañables. Sin duda, en las charlas apasionadas que mantendremos surgirán entradas orales que bien merecerán un espacio, al menos, para compartirlo con otros interesados. Iván y M. José son unos buenos conversadores que comparten la imantación por la literatura y la visión poliédrica que ofrecen los libros. Para entonces llevaré conmigo el moleskine y registraré en él, como un notario de la desrutina los acontecimientos que acontezcan en las rúas oxigenadas de Cortegana.

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Anhelo tanto el silencio, que cuando Juan Antonio se refirió a él al mencionar su lugar de descanso, me estremecí. Hay pocas cosas que me estremezcan: el amor, el silencio y la música. El amor asociado al trasiego de la soledad, es un rescate y una tentación, intimidad y entrega al otro; el silencio como el amparo del lenguaje, de la literatura en sus extremos; la música como el devenir de lo inasible en la mente del hombre a pesar de su filtración por los sentidos.

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Siempre que acudo a la sierra me inclino por llevar conmigo algún libro de poesía, sin saber por qué motivo la narrativa o el ensayo no me apetecen. En cualquier caso a lo mejor estamos ante unas condiciones que el topos predispone para el alma, quizás el espacio determina la intervención del tiempo, o a la inversa. Bachelard intuyó algo parecido al calor del psicoanálisis y escribió La Poética del espacio. Sea cual sea la tentación, recuerdo a Claudio Rodríguez merodeando por el campo cuando era un zagal y recitando de memoria El don de la ebriedad; me acuerdo de Horacio, de fray Luis, de Garcilaso, de Neruda o Miguel Hernández, entre muchos. También espero encontrarme a Nabokov cazando mariposas o a Horacio Quiroga asentado a la intemperie dialogando con una anaconda gigante. Nada más lejos de la realidad, nada más cerca. Cosas del imaginario, posibilidades de la ficción. ¿Qué sería de mí sin estas disquisiciones?

miércoles, 7 de mayo de 2008

ANOTACIONES EN UNA PARADA DE TREN.

AGARRÉ el moleskine, en medio del ruido que los trenes lanzan a los que esperan su llegada como un pájaro, y escribí las siguientes notas como si al final valieran para algo, como si necesitara resguardarlas, entre tanto alboroto, con la templanza de la literatura.
García Márquez publicará una novela el próximo verano titulada En agosto nos vemos. Escuché a la “mamá blanca”, Carmen Balcells, confirmarlo. ¿Con que triste memoria nos sorprenderá ahora el genio de Aracataca? ¿Por qué el amor, siempre una virtud y una constante en su obra, se vuelve a retomar al final de su vida con dos novelas seguidas abordándolo?
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No siempre los premios me parecen dádivas políticas más o menos consensuadas por las siglas de turno. Celebré la publicación de la Poesía Completa (1940-2008), (Madrid, Visor, 2008) de García Baena y hoy mismo le han concedido el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Menos mal, por fin un premio merecedor de llamarse poético.
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Un compañero de trabajo me ha regalado un libro. Si no fuera por su título y por lo que en él se escribe no lo destacaría. Sin embargo, ¿Qué es la vida? (Barcelona, Cuadernos ínfimos-Tusquets editores, 1983), de Edwin Schrödinger, no ha dejado de sorprenderme desde las primeras líneas; fíjense que incitación: “¿Cómo pueden la Física y la Química dar cuenta de los fenómenos espacio-temporales que tienen lugar dentro de los límites espaciales de un organismo vivo? La respuesta preliminar que este librito intentará exponer y asentar puede resumirse así: “La evidente incapacidad de la Física y la Química actuales para tratar tales fenómenos no significa en absoluto que ello sea imposible”. Cada uno de los capítulos está alumbrado por citas de Descartes, Goethe o Spinoza. Leemos de Goethe: “ Und was in shwankender Erscheinung schwebt, Befestiget mit dauernden Gedanker. (Y lo que oscila en apariencia fluctuante fijadlo con ideas perdurables”). ¿Qué otra cosa si no postulaba Machado sobre la poesía como palabra en el tiempo?
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Hablando de palabra en el tiempo, la de Antonio Colinas es de indiscutible valor, al menos para que el suscribe esta referencia. Por este motivo, debemos alegrarnos siempre que Colinas publique un libro, ya sea de ensayo, como El sentido primero de la palabra poética (Madrid, Siruela, 2007)-una introspección por los poetas que lo han formado e influenciado-, como por su último poemario, Desiertos de la Luz (Barcelona, Tusquets, 2008).
Un libro de poesía magnífico con el que el autor de Sepulcro en Tarquinia penetra, precisamente, en el sentido primero de la palabra poética acompañado del instinto órfico de la musicalidad. Se divide el libro en dos partes, "Cuaderno de la vida" y "Cuaderno de la luz"; la confirmación de la evanescencia de la sustancia poética a lo largo de su búsqueda: “¿Conocéis el lugar donde van a morir/ las arias de Häendel?". Todo para concluir clamando a la luz, al negro de sus verdades: “En el instante de las ruinas,/ en el instante de las dudas, / la luz fermenta en el limo negro./ Esa luz que aún respira y nos respira".

viernes, 4 de abril de 2008

SUEÑOS DE SUEÑOS

TERMINAMOS embarrados de sílabas hasta las cejas con los autores que nos ofrecen una forma de hacer literatura que, sin saber explicarlo la mayoría de las veces, nos embauca desde la primera línea. No tiene por qué ser un solo escritor, pueden ser muchos y distintos. En esos días en que leemos con obsesión la nueva llanura que se presenta ante nosotros en forma de poética o narrativa, de verso o jugueteo ensayístico, se actúa bajo el hechizo de lo insólito. Luego, con el tiempo y la templanza de criterio, se suavizan las impresiones y se deja al escritor único e inimitable en el Parnaso de los buenos y los grandes, junto a otra ristra extensa de laureados que cada cual crea a su beneficio y gusto.
Algo similar me está ocurriendo con Antonio Tabucchi. Tabucchi me ha confirmado que los autores que me conmueven e interesan son aquellos que han escrito obras que yo firmaría sin titubeos. Y cuando digo firmaría no me refiero a estampar mi nombre en los lomos de un mamotreto, sino a la concepción y realización de la obra, al trasunto ficcional que ha tejido el autor en su mollera para que luego las palabras se dispongan con esa y no otra trabazón, la manera misma de aprehender el libro como tal de acunarlo en las ideas. Me imagino a Tabucchi concibiendo la creación de Sueños de sueños (Anagrama, 1996) y es eso, precisamente, lo que más aviva mi lectura; de la misma manera que cuando leemos a Borges, Kafka o Cervantes experimentamos el hálito de encontrarnos ante una creación que nos supera, que por momentos se ha situado, a través de los atajos de la ficción, en un tiempo que se nos antoja posterior y que se nos brinda inalcanzable junto a su mano.
Quizás ahora entiendo mejor que jamás daría a la estampa un libro de poesía o de narrativa que se sienta ahijado de la experiencia o de las otras sentimentalidades, entre otras cosas, porque me parecen productos mercantiles de las editoriales. Tampoco prestaría mi nombre (¡por descontado que nadie lo querría!) para la portada de una novela en la que lo importante fuese “contar una historia” y en que la escritura en sí, la lengua con que se escribió, fuese un mero instrumento de transmisión. En definitiva, no concibo la literatura como un mercadeo de vanidades que se venden a las mieles de las ediciones, a las subvenciones oficiales de las juntas y demás guirigay del cultureo, a los recitales inventados con la excusa del decaimiento de la poesía, de los que imitan a los guardianes de los posibles enchufes y editores para que la música les siga sonando tal y como tenían previsto los truhanaes del tema literario.
Sueños de sueños es una obra deslumbrante y de una originalidad sorprendente. Fíjense lo que dice Tabucchi en las palabras liminares a los sueños: “A menudo me ha saltado el deseo de conocer los sueños de los artistas a los que he admirado”. Tabucchi inventa los sueños de los artistas que le han fascinado, ya sean pintores o literaratos, quiere completar la parte opaca de sus creaciones con la intrusión en sus sueños, unos sueños puramente inventados. A partir de aquí suponemos que los artistas citados son a los que ha admirado el propio autor, a saber: Dédalo, Ovidio, Apuleyo, Cecco Angioleri, François Villon, Rabelais, Michelangelo, Caravaggio, Goya, Coleridge, García Lorca, Stevenson, Leopardi, Rimbaud, Chéjov, Debussy, Toulouse-Lautrec, Pessoa, Maiakovski y freíd.
Todos ellos son los protagonistas de los sueños que sueña y que inventa Tabucchi: “me doy cuenta de que estas narraciones vicarias, que un nostálgico de sueños ignotos ha intentado imaginar, son tan solo pobres suposiciones, pálidas ilusiones, inútiles prótesis”.
Estos sueños están hilvanados por una estructura narrativa que se aguanta por el uso de la anáfora al inicio de cada uno de las secuencias: “Una noche de hace miles de años, en un campo, "x" tuvo un sueño”. Con esta suerte de prolepsis, es decir, de anticipo, todo lo que viene después es el relato del sueño. El libro está escrito con la dulzura y el tacto de un artesano que ha libado en la miel de las palabras, de un prestidigitador que ha configurado una obra de corta extensión, pero de larga asimilación y resonancia. No exagero si digo que Borges hubiera aplaudido esta golosina para los lectores, porque sin duda, su querido Marcel Schowb sobrevuela por encima y por debajo de muchas de sus páginas. ¡Quizás esto último sea sueño que quiero creer como verdadero!

jueves, 27 de marzo de 2008

VARIACIONES SINTÁCTICAS

Los autores de cuento han estado sometidos al olvido sistemático. Esta afirmación contiene en sí una paradoja, siempre y cuando el olvido sea en algún momento y posea la capacidad de ser sistemático. De todas formas, y pasado el tiempo, son menos los novelistas que admiro y más los cuentistas.
"Cuento de horror:
La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones".

J.J. ARREOLA, "Doxografías", VARIACIONES SINTÁCTICAS

martes, 25 de marzo de 2008

EL VIENTO LIGERO EN PARMA

PARA los que nos sentimos lectores shandy los libros de Vila-Matas son un bálsamo cervantino que nos consuela y mejora. Y digo mejora, porque no hay un escritor actual que realice una exploración de la literatura con literatura en los fondos de la literatura como lo realiza el autor de Bartleby y compañía.
El libro que acabo de leer (releer será su futuro), El viento ligero en Parma, es una reedición de la misma obra, ya que estaba agotada. Desde el 2004 no pude hacerme con el volumen porque desapareció de las librerías de inmediato. Debido a su carácter híbrido y mestizo, en ocasiones se pudo encontrar en la sección de crítica literaria; en otras, entre las obras narrativas de su autor. No es baladí esta confusión de las librerías, yo mismo no sabría dónde colocarlo en mi biblioteca, ya que Vila-Matas ha llegado a convertirse en un rey Midas de lo literario: todo lo que toca se hace literatura y con ello, la idea de lo literario se ensancha.
El viento ligero en Parma (Sexto Piso, 2008) recopila treinta y tres artículos y conferencias del autor. En sus páginas desfila un verdadero cortejo de obsesiones y demonios de la obra vilamatiana. Para los que hemos seguido su trayectoria literaria, los escritores que se nombran y analizan nos son familiares. Tal es el caso del que inaugura la lectura, Gombrowicz. La finura con la que ahonda en sus Diarios o en Ferdydurke o en Transatlántico o en Pornografía es memorable. A continuación, y siempre ofreciendo una lectura innovadora, apunta al inicio de su carrera de escritor: el cine, Mastroianni, La notte. Seguidamente recopila el autor una serie de pequeñas estampas en que se mezclan la vida con la literatura, la literatura con la vida. De esta forma, “El paseo de Sant Joan en Rojo”, “Sobre la angustia de hablar en público”, La acera sonámbula y verdadera”, Impresiones de abstemia” o “En el sillón favorito”, por nombrar algunas, ahondan en el tema señalado.
Por otra parte están las dedicadas estrictamente a algunos escritores como el propio Gombrowicz, Bolaño, Sterne, Tabucchi, Beckett o Pitol. Todo ello salpicado con citas constantes e intertextuales de escritores de su gusto como Kafka, Proust, Musil, Balzac, Joyce, Cervantes y Robert Walser.
El libro está escrito con la prosa que caracteriza a Vila-Matas: desenvuelta y de fácil disposición sintáctica, arrimada en muchas ocasiones a la oralidad y el ámbito coloquial, pero, sobre todo, ajustada al pensamiento con que pretende arañar en las incertidumbres que la literatura ofrece cuando se diluye en la vida.
Nada en este libro está escrito sin un impulso literario y eso se traslada al lector que, hipnotizado y empachado de literatura, vomita sonriente ante el festín que tiene por delante. Es costumbre que en los libros de Vila-Matas apunte en su sobrecubierta, por la parte trasera, los títulos y los autores que se van citando. Para otro día dejaré este corpus que en no pocas ocasiones he seguido como criterio propio de lectura. Quizás con el tiempo esa lista termine en una historia de la literatura portátil, la que he escrito en las sobrecubiertas de sus libros. En fin, déjense acariciar por el viento ligero en Parma.

miércoles, 19 de marzo de 2008

JULIÁN RÍOS. LARVADO EN EL CORTEJO (I).

LO PRIMERO que leí de Julián Ríos (Vigo, 1941) no fueron sus novelas u obras dispersas, sino una crítica acerca de Larva. Babel de una noche de San Juan (1984) escrita por Juan Goytisolo en Contracorrientes (1985). Como me ha ocurrido en varias ocasiones, el árbol de la literatura que es Juan Goytisolo me ha regalado muchos frutos y buenos. Reproduzco las palabras que principian “Dos aproximaciones a Larva” en el libro indicado: “La escritura es o debería ser la exploración de territorios o parcelas desconocidos de la realidad: acto mediante el cual el productor del texto responde o debería responder a la exigencia no sólo moral, sino física de inaugurar ad libitum campos insospechados de desalienación, de inventar nuevas y más amplias libertades, de propiciar al fin la anhelada reapropiación del cuerpo humano, tradicionalmente abstraído o negado por credos, religiones, ideologías. Empresa titánica que le obliga a enzarzarse en duro forcejeo con el código lingüístico comunitario, y no precisamente para devolver a su pureza primera, como quería Mallarmè, las viejas palabras de la tribu”.
De esta forma saluda Goytisolo la escritura de Julián Ríos, situándola en la órbita de aquellas obras que han supuesto un abismo inexplorado para el lenguaje y una ruptura filosófica con la manera de aprehender la realidad. No puedo resistirme a traer de nuevo unas palabras del autor de Makbara (1980) que hacen referencia, precisamente, a esa dicotomía vacua e innecesaria que la crítica ha establecido entre obras inteligibles e ininteligibles: “La prosa de Julián Ríos muestra, con su rigor sin falla y su prodigiosa capacidad de invención lingüística, que los caminos de Sterne y Joyce, Rabelais y Cèline, Cabrera Infante y Sarduy resultan perfectamente transitables. Julián Ríos maltrata, manosea, violenta, sodomiza la normalidad lingüística […]”.
Creía oportuno construir esta antecámara a las palabras que pienso dedicarle a la novela que acaba de publicar J. Ríos, Cortejo de sombras (2007), y que tan gratos momentos me ha dispensado en estos días de atosigamiento religioso.

JULIÁN RÍOS. LARVADO EN EL CORTEJO (II).

DE TODAS FORMAS, el mayor juego que ha hecho Ríos con la literatura es dejar sin publicar un libro durante casi cuarenta años. Cortejo de sombras se redactó entre 1966 y 1968 y acaba de publicarse en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, editorial que se plantea editar las obras completas del autor gallego.
Escribo libro porque Cortejo de sombras no es propiamente una novela, tampoco un libro de relatos, ni tan siquiera una nouvelle. Es la descripción narrativa de un espacio, Tamoga, que funciona de "aleph" para todos los que habitan en él y para todo lo que sucede en él. Aunque no por ello estaríamos, a lo sumo, ante un ejemplo de “novela de espacio”, según las palabras del crítico W. Kayser: ni los ambientes sociales ni el marco histórico determinan el desarrollo de la trama. En cualquier caso, las descripciones, los personajes, sus diálogos y las acciones quedan determinadas en la templanza de un espacio; el espacio es el testigo de lo que sucede, en él se guardan los secretos de las genealogías que han vivido en él, es decir, el espacio se nutre de lo externo. En una interpretación fenomenológica, Bachelard aplicaría a la perfección su poética del espacio en Tamoga.
De esta forma, los límites entre lo real y lo fantástico quedan desdibujados en una suerte de mágico realismo. La obra de Juan Rulfo abriga muchas de las páginas de este magnífico libro, aunque no por ello deje de escucharse la personalísima voz del autor. Sin embargo, muchos de los personajes, como Palonzo, recuerdan con claridad a “Macario” del Llano en llamas (1953).
En este sentido, la sintaxis reducida, sintética, sencilla pero penetrante, concisa, de adjetivación brillante y justedad de párrafos rinde homenaje, igualmente, al tono rulfiano que posee. La novela tiene un tono de extrema adicción y un eficiente desarrollo de la trama. Por momentos recuerda al Benet de Volverás a Región (1969), pero la prolija prosa de Benet poco tiene que ver con la Ríos. Las dos son de extrema calidad, pero distintas. Una, la benetiana, profundiza en párrafos interminables y en descripciones estáticas. Ríos, por su parte, agiliza los procedimientos a favor de la sugerencia. Sin embargo, ambos ahondan hasta los recovecos de Región y de Tamoga hasta penetrar en sus catacumbas y hacerlas literatura.
No es éste un libro experimental, cercano a lo que el autor dejaría en las prensas a la postre. Es más, redunda en cada una de las secuencias un profundo corte clásico en que las claves de la narrativa se desarrollan fehacientemente. El narrador en primera persona se combina con la tercera persona, el testigo con el protagonista; se suceden los cambios de voces narrativas con habilidad y, en ocasiones, se ofrece un multiperspectivimso muy conseguido a través del etilo directo o indirecto libre. Algunas historias poseen estructuras circulares, otras se dejan llevar por finales abiertos que dejan en manos del lector la posible reconstrucción de lo sucedido. Sólo en "Palonzo" se evidencian algunos juegos de orden léxico como: “cuidamaba” p. 58, “gocespasmo” p. 62, “brincalegre” p. 63 y “blancamudez” p. 63. Larvas léxicas, posibles, de lo que después desarrollaría plenamente en otras obras.
Completan el libro nueve secuencias, a saber: "Historia de Mortes", "Las sombras", "Palonzo", "Cacería en Julio", "La casa dividida", "La segunda persona", "Dies Irae", "Polvo enamorado" y "El río sin orillas". Dos de ellas ofrecen la misma historia, pero desde puntos de vista distintos, "Cacería en Julio" y "Dies Irae". Es la historia del sastre de Tamoga, Celso Castillo, narrada en el presente del suceso y después de treinta años del mismo.
En todas las historias, los protagonistas son verdaderas sombras, larvas de lo que finalmente intentarán ser. El pueblo, testigo de lo que ocurre, actúa como un corifeo mudo y pintiparado que sólo atestigua lo que está aconteciendo. Es un reflejo de la Galicia de posguerra, donde el miedo a las confesiones sacudía la atmósfera de los pueblos. Así, los silencios, la potencia de la naturaleza gallega y los comentarios de alcoba son inherentes a la sociedad en que se sitúan las historias.
Los nombres alegóricos y las historias fantásticas de ciertos protagonistas y demás personajes llevan a identificar al libro con las leyendas mágicas de la galicia profunda, leyendas a las que Julio Caro Baroja o Lisón Tolosana entre otros, han dedicado buena parte de su quehacer antropológico. Tal es el caso de Mortes ("Historia de Mortes") que regresa para morir en Tamoga y a quien nadie recuerda haberlo visto; de la centenaria Sacramento Andreini, esposa de Salvador Peña ("Las sombras"); de la anciana retirada, Luzdivina, vendedora de estriércol y limpiadora de pozos negros ("Palonzo") y de la animalización del propio Palonzo, que bien podría ocupar alguna página de su posterior obra Monstruario (1999); de Horacio Arias y su hermana Delia ("La casa dividida"); de Eladio Robles Sanz, el notario de Tamoga ("La segunda persona"); del sobrecogedor Elías Racha y su mujer Magana y su sobrino Claudio ("Polvo enamorado"); de José Augusto-Iglesias, el colombiano de Barranquilla, que recuerda haber nacido en Tamoga y que cuando regresa lee su nombre en una lápida ("El río sin orillas"). A este cortejo cabe incluir a un personaje constante en casi todas las secuencias, el padre Cándido Lozano, una especie de salvaguarda de la posible demonización a que sucumbe el territorio "en que si es difícil vivir es mejor que ningún otro para ir a morir”.
Es esta una obra que desdice muchas de las acusaciones que se le ha lanzado a Julián Ríos desde antiguo (epígono de Joyce, vacuo registrador de juegos léxicos, etc.) y que hace que su autor merezca de una vez por todas que los lectores reconozcamos en su obra el compromiso rilkeano de la escritura. Escritores como Ríos merecen nuestra atención, demasiado anquilosada en productos mercantiles y en fantoches de las letras y los suplementos y las editoriales. Cortejo de sombras es, efectivamente, con Goytisolo, “la exploración de territorios o parcelas desconocidos de la realidad: acto mediante el cual el productor del texto responde o debería responder a la exigencia no sólo moral, sino física de inaugurar ad libitum campos insospechados de desalienación, de inventar nuevas y más amplias libertades”. Por eso su obra ha sido una larva (ya formada, madura) en el cortejo de sombras de las críticas que han sacudido este país de realismos injustificables.

sábado, 15 de marzo de 2008

CRÍTICA DE UN CRÍTICO

EXTRAIGO unas palabras referidas a la crítica literararia de uno de los grandes críticos de la literatura occidental, George Steiner. Sus libros son degustaciones del buen hacer del intelectual que se acerca al fenómeno literario, mas sin posicionarse, como es costumbre, en la absoluta certeza de sus palabras. Por el contrario, Steiner ha ido analizando la crítica de la literatura a la par de la propia obra literaria, poniendo en tela de juicio el propio concepto de "crítica". En Lenguaje y Silencio (1982), se puede leer lo siguiente:
"El lenguaje es el que arranca al hombre de los códigos de señales deterministas, de lo inarticulado, de los silencios que habitan la mayor parte del ser. Si el silencio hubiera de retornar a una civilización destruida, sería un doble silencio, clamoroso y desesperado por el recuerdo de la Palabra. [...] El crítico vive de segunda mano. Escribe acerca de. Ha de dársele el poema, la novela o el drama; la crítica existe gracias al genio de otros hombres. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura. Pero esto sucede sólo cuando el escritor hace de crítico de la propia obra o de corifeo de la propia poética, cuando la crítica de Coleridge es obra acumulativa o la de T.S. Eliot divulgación. Fuera de Sainte-Beuve, ¿hay alguien que pertenezca a la literatura permanente en calidad de crítico? No es la crítica lo que hace vivir al lenguaje".

martes, 11 de marzo de 2008

YO ERA UN TONTO Y LO QUE HE VISTO ME HA HECHO DOS TONTOS

EN MUCHAS ocasiones, desde antiguo, se ha discutido sobre la "claridad" y la "oscuridad" en la poesía. Los matices a los que pudieran ser sometidos los dos términos dan para escribir varias tesis doctorales, pero ése no es nuestro caso. Quiero, simplemente, arrimar a estas disquisiciones unos versos cristalinos de Rafael Alberti, quien me parece un poeta degradado por sus implicaciones políticas y a quien han querido, los críticos y otros secuaces, resumir con Marinero en Tierra (1925).
"Poeta, por ser claro no se es mejor poeta.
Por oscuro, poeta, -no lo olvides- tampoco."


Cármenes

miércoles, 5 de marzo de 2008

DEBATES ANTIGUOS

NO VOY a escribir nada sobre los debates de los candidatos políticos que se han celebrado en la televisión pública. Nada sobre la niña de Rajoy ni sobre la buena suerte de Zapatero; nada acerca del control inmigratorio ni de la ceguedad con la educación; nada sobre Irak ni sobre ETA, y absolutamente nada sobre las mentiras y las desviaciones interpretativas que los dos púgiles han presentado a un país de sesgo cada vez más ecléctico. Lo digo con Nietzsche: "no hay hechos, hay interpretaciones".
Así que voy a limitarme a las oraculares palabras de Azorín en La Voluntad (1902), ¡pareciera presente bajo la mesa del debate...un siglo antes!:
"Yo no lo sé; quizás en España está aún lejano el día, pero en otros países, en Francia, por ejemplo, ya se ha dado la voz de alarma... Un día - se ha dicho- el absentismo, la usura, las hipotecas, el exceso de tributos, pondrán la propiedad rústica en manos de los bancos de crédito, de los grandes financieros, de los grandes rentistas;...".

lunes, 3 de marzo de 2008

LOS BUDDENBROOK, T. MANN

LA EDITORIAL Edhasa está empeñando sus bienes para que los lectores devoren al novelista de la música, las montañas y los doctores: Thomas Mann. A las maravillosa ediciones conmemorativas y de lujo a las que nos tenía acostumbrados, se suma la reedición de la primera novela de Mann, -¡contaba con veinticinco años!-, Los Buddenbrook (1897), y con ello ha inaugurado el 2008 con una nueva traducción de la obra. Me parece estupendo que vayan revisando las traducciones de ciertas obras, ya que en ocasiones se encuentra uno con reminiscencias arcaicas que entorpecen y, en muchos casos, enlentecen la lectura. Me acuerdo de los “laísmos salinescos” (verdad, Iván) que don Pedro desperdigó en la obra de Proust. Elogiosa traducción, pero susceptible de revisión igualmente.
Volviendo a Thomas Mann, rescato un fragmento de una carta del autor dirigida a un colega y que se refiere a su editor de entonces. Es la época en que germinaban las ideas de Mann acerca de la novela que se disponía a escribir:
"La novedad más reciente es que estoy preparando una novela, una gran novela... Fischer, quien al parecer se promete hacer un pequeño negocio con mi producción, ha expresado reiteradamente en sus cartas el deseo de publicar una obra mayor mía en prosa; un libro así lo podría comercializar mejor que un volumen de cuentos. Yo mismo no había creído hasta ahora que llegase a tener el valor de emprender una empresa así. Pero, casi de repente, he descubierto una materia, he tomado una resolución y estoy pensando en comenzar con la escritura."

jueves, 28 de febrero de 2008

LA VOLUNTAD DEL OLVIDO

CUANDO uno lee literatura de otra época, de siglos pasados, parte de la convicción de que todas las interpretaciones posibles están fijadas. Incluso hay quienes, sin leer las obras, tienen la osadía de opinar sobre un libro en cuestión ya que conocen prolijamente “el contexto histórico”, “las características de la generación” (siempre hay una generación), “las peculiaridades de la obra del autor de marras”, etc. Nada más lejos de la realidad.
El otro día escuché a Jesús García Sánchez reivindicando la obra de Gabriel Miró. Habló de El obispo leproso (1926) y de Las cerezas del cementerio (1910). Argumentó su discurso refiriéndose, entre otras cosas, a la calidad de la escritura de Miró: el uso del adjetivo, la capacidad de recrear sensaciones, crear atmósferas, etc. ¡Toda una apología mironiana! Cuando todo terminó, salté como un animal de campo sobre la biblioteca a fin de olisquear por las páginas de Miró. Sin embargo, en mi búsqueda se cruzó un libro al que quiero referirme, La voluntad (1902).
Efectivamente, La voluntad (1902) es de José Martínez Ruiz, “Azorín”. La obra se cruzó en el cementerio porque los libros no caben ya en la biblioteca y tengo que ponerlos uno encima de otro. De esta forma, Azorín estaba situado justo encima de los libros de Miró. Abandoné mi cita con el obispo que comía cerezas en un cementerio y me tiré por el tobogán de la voluntad. ¡Nada más grato y gozoso!
De inmediato, me invadieron esas aureolas filológicas que sobrecogen a los lectores del ramo: “generación del 98, el grupo de los tres, novela que inicia junto a Valle, Baroja y Unamuno la nueva narrativa…”, pero supe abandonarlas a tiempo. Comencé la lectura de Azorín solo movido por mi voluntad.
En pocas novelas he aprendido el uso de la adjetivación tal y como se da en ésta; la justedad de párrafos y la puntuación es todo un manual de estilo; todo lo referente al sintagma nominal, pongo por caso, puede solucionarse con esta obra que consiente el análisis más exhaustivo desde la lengua (con permiso de Jakobson y los estructuralistas); las reflexiones de Yuste, Justina o Antonio Azorín valen por un monográfico crítico sobre los “regeneracionistas”; en ella se vuelcan todas las preocupaciones profundas que inquietaban a los intelectuales del momento; aparecen Shopenhauer, Lamarck, Darwin, Baroja o Clarín, etc. Muchos de sus pasajes serían firmados por autores modernos, me imagno a Vila-Matas subrayando el siguiente pasaje de la obra de Azorín: "Cuando yo muevo mi pluma para escribir una página, ¿puedo asegurar que esa página es mía y no de las generaciones y generaciones que han inventado el alfabeto, la gramática, la retórica, la dialéctica?[...]¡Admitir la propiedad como creación personal...!".
En definitiva, un hallazgo tardío pero sorprendente que confirma que sus páginas nos pertenecen ahora a nosotros; una perla olvidada que necesita el brillo, junto a Miró, de los lectores de la buena prosa que ha dado las letras hispánicas.

domingo, 24 de febrero de 2008

DEL ARTE DE LA EDICIÓN: CLÁSICOS NUEVOS

El año 2007 no quiso despedirse de nosotros (digo los lectores) sin regalarnos una última golosina: una magnífica edición de La Lozana Andaluza.
El Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, dirigido por Fransico Rico, junto a la editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y con la ayuda de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, está desarrollando un trabajo filológico de dimensiones ciclópeas. Con él, muchos de los textos de la Editorial Crítica -ya inmejorables para la filología- están siendo revisados y actualizados. De esta forma, podemos disfrutar de una edición renovada del Cantar de Mio Cid (Alberto Montaner) que establece novedades en la lectura del texto gracias a los últimos avances tecnológicos y que pone, además, en su lugar las posturas de Ian Michael, Menéndez Pidal o Colin Smith; una exquisita antología de la poesía de fray Luis de León, Poesía, (Antonio Ramajo Caño); lo propio ocurre con Fernández de Andrada y su Epístola Moral a Fabio y otros escritos, que tiene la suerte de ser editado por Dámaso Alonso y de contar con una elogiosa introducción al alimón de Juan F. Alcina y Francisco Rico; El Conde Lucanor, editado por Guillermo Serés, también se ve actualizado en un exquisito trabajo de erudición y mimo textual; incluso un texto como La Dama Duende, de Pedro Calderón de la Barca se nos antoja apetitoso y dulcificado gracias al trabajo de Fausta Antonucci; José María de Pereda, con todos los prejuicios críticos que ha sufrido, se muestra fresco y serrano (hasta donde puede ser fresco Pereda) en Peñas arriba, bajo la tutela filológica de Laureano Bonet; y, por último, una edición de las Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, editadas por Joan Estruch, y que posee un elocuente estudio preliminar (por cierto, de los últimos que hizo) de Russel P. Sebold.
La Lozana Andaluza se ha editado siguiendo los cánones actuales de la filología moderna y del propio Centro: variantes, recensio, aparatos de notas, lectio difficilior, collatio, grafías, etc. Los encargados de tal tarea han sido Jacques Joset y Folke Gernert. En la introducción puede uno deleitarse con estudios acerca de la vida de Delicado, del recorrido que hace el impreso desde la imprenta hasta su publicación, el espacio literario que adquirió el libro, la disputa sobre los aspectos realistas de la obra, los elementos metaficcionales de la misma y el olvido, injusto, que sufrió hasta el siglo XIX. Un lujo para navegantes en estos tiempos de descrédito de los clásicos y un ejemplo de trabajo filológico que se suma a la biblioteca que todo filólogo debiera poseer por su rigor y seriedad en el establecimiento de los textos.
Debo decir que uno de los escritores que han defendido siempre la modernidad y el logro literario de sus páginas ha sido Juan Goytisolo. Gracias a sus indicaciones pude leer la Lozana Andaluza, y releer El Libro de buen amor y La Celestina con ojos nuevos, tal y como se hace en las ediciones reseñadas.

lunes, 18 de febrero de 2008

PENSAMIENTO SALVAJE

Voy a utilizar las palabras que a continuación transcribo como bálsamo ante tanta desmesura dialogal en estos “prototiempos” electorales en que cada uno muestra sus inclinaciones ideológicas sin tomar en cuenta la posición del otro y su validez. Como mi asombro ante tanta inverosimilitud es continuo, no puedo más que decir con Lèvis-Strauss: “La actitud más antigua, y que descansa sin duda sobre fundamentos psicológicos sólidos en vista de que tiende a reaparecer en cada uno de nosotros cuando nos hallamos en una situación inesperada, consiste en repudiar pura y simplemente las formas culturales –morales, religiosas, sociales, estéticas- que están más alejadas de aquellas con las que nos identificamos. ‘Costumbres de salvajes’, ‘eso no es cosa nuestra’, ‘no debiera permitirse eso…’, etc., y otras tantas reacciones groseras que traducen este mismo estremecimiento, esta misma repulsión en presencia de maneras de vivir, de creer o de pensar que nos son ajenas. Así la Antigüedad confundía todo lo que no participaba de la cultura griega bajo el mismo nombre de ‘bárbaro’; la civilización occidental utilizó después el término ‘salvaje’. […] En los casos evoca un género de vida animal, por oposición a la cultura humana. En los dos casos no se quiere admitir el hecho de la diversidad cultural; se prefiere arrojar fuera de la cultura, a la naturaleza, todo aquello que no se conforma a la norma bajo la cual se vive”.

Claude Lèvi-Stauss, “Raza e historia”, Antropología estructural dos, Méjico, Siglo XXI, 1979.

sábado, 16 de febrero de 2008

PARÍS, JULIEN GREEN

"Muchas veces he soñado con escribir sobre París un libro que fuese como un largo paseo sin objetivo, uno de esos paseos en los que uno no encuentra nada de lo que busca, sino un buen número de cosas que no buscaba. De hecho, sólo de esta forma me siento capaz de abordar un tema que me desalienta y me atrae por igual. En efecto, la ciudad sonríe sólo a quienes se le arriman y curiosean por sus calles. A ellos les habla en un lenguaje tranquilizador y familiar. Sin embargo, el alma de París sólo se revela a distancia y desde lo alto, pues es en el silencio del cielo donde puede oírse el gran grito patético de orgullo y de fe que eleva hacia las nubes".
París, Julien Green, Valencia, Pre-textos, 2005. Traducción de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar.

martes, 15 de enero de 2008

ESTATUAS

"Vi de reojo que Custardoy pedía al camarero, y retrocedí por la callejuela hasta la esquina con Mayor, pensando qué hacer, de momento quitarme de en medio. Desde allí no tenía visión de él, y desde casi cualquier otro punto él la tendría de mí, probablemente. Había allí una ridícula estatua ante la que Custardoy, con buen criterio, no se había detenido; era una de esas de `tipos anónimos´ que proliferan en nuestras ciudades (una contradicción en sí misma, la`democratización´de los monumentos), pero el tipo se parecía sospechosamente a Hemingway, patrono de los turistas".(Tu rostro mañana, J. Marías)
A veces, cuando deambulo por algunas ciudades y paseo por los lugares que han marcado las páginas de mis lecturas, pienso que el autor está en una esquina verificando que allí estoy, mirando el lugar, intentando buscar algún resto de la mirada que lanzó sobre el paraje, y que ya es eterna.

jueves, 10 de enero de 2008

EMPECÉ UNOS DÍAS ANTES

Hace unos días tuve un sueño que aún perdura. Un sueño de algoritmos y tentaciones tañidas por la zozobra de mi trabajo. Aparecía en una estación desconocida con un libro de cuentos bajo el brazo y abrigado por la espesura de una niebla con caries. Allí mismo quise discernir lo que ocurría; para atravesar la vía tenía que tomar unas escaleras subterráneas que me llevaban hasta el otro lado del arcén. Oscuro, maltrecho, el pasadizo. Asomé la cabeza con cuidado, para entonces llevaba el libro bien sujeto en la mano derecha, apretado debido al desconocido suceso.
Estuve recordando los momentos previos en la estación, antes de que llegara el tren. Un solo rumor que atropellaba mis oídos, una pesadumbre de la estampa que se enroscaba en sí misma, una melodía con aristas que se vislumbraba interminable porque reptaba sobre las vías de los ferrocarriles y se hacía de metal eterno de destino sin fin, de melancolía alambicada. En mi trabajo, pensé, soy otro en otras situaciones, si no aprendo a convivir, en ellos nunca tendré cabida, terminarán por expulsarme, y entonces no volveré a reunirme con ellos, quedaré solo, decrépito y moribundo, leyendo las páginas de un cuento que relata mi desconcierto, el epitafio de mis babas volcadas, formando un vagón de tren repleto de sinrazones. Ellos esconden lo que soy. Soy muchos, pensé, luego puedo sentirme múltiple y delirante, viciado por la perpetuidad a otro orden que no es el que me lleva de continuo.
Enfrentado a la niebla, con el cuello del abrigo sobre las orejas, me dispuse a desentrañar las cualidades de aquella enigmática situación. “Llegaré al trabajo sin más, me veré de nuevo ejercitando mis desdobles, dando resolución a los conflictos que originan estos trámites del destino”. Se me vino a la cabeza Robert Walser paseando por la nieve la tarde misma en que murió, solo y arrumbado por sus pensamientos. No quise apartarme del camino que realizaba cada mañana, de la memoria rutinaria de mis pasos. Tuve que pararme. Abrí el libro y leí lo siguiente: “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresó en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes”. Lo leí en voz alta, apasionado por el hallazgo, como si acabara de encontrar un ángulo para el disfrute. Sin embargo, cuando levanté la mirada de las páginas, una clase de docenas de muchachos me esperaban para que les hablase de literatura.

miércoles, 9 de enero de 2008

MI ROSTRO HOY

A pesar de que me encuentro en la mitad de Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías, no puedo dejar de escribir y exhalar elogios por donde escribo o ululo. De todas formas, como las obras cimeras de la literatura, consiente el libro que uno lo espigue por donde mejor le plazca o por donde le venga en gana. Ocurre esto en los tres volúmenes que completan Tu rostro mañana, como con El Quijote, Kafka, Musil, Proust, Joyce, Borges... No necesita de antecedentes para que la lectura despliegue lo mejor de la prosa hispánica de este siglo y le dé a la caza alcance. Porque los rostros que va configurando Marías se sostienen en el trabajo minucioso que ha empleado en el lenguaje. Son solo dos o tres o cuatro situaciones las que aguantan el peso de la narración, pero vienen jalonadas por su personalísima forma de escribir, hipnótica y templada. Las reflexiones, los pensamientos, las figuraciones que proyecta el narrador sobre lo que acontece a su alrededor va tomando forma gracias al estilo con que Marías ha escrito estas páginas. Ya Corazón tan blanco propició el advenimiento de un prodigio; ahora el prodigio es una novela que añoro antes de terminar su lectura, Tu rostro mañana: “Es extraño e incongruente el proceso de las nostalgias, o del echar de menos, tanto si es por ausencia como por abandono o por muerte. Uno cree al principio que no puede vivir sin alguien o alejado de alguien, la pena inicial es tan afilada y constante que se siente como un hundimiento sin límite o como una lanza interminable que avanza, porque cada minuto de privación cuenta y pesa, se hace notar y se nos atraganta, y uno sólo espera que pasen las horas del día a sabiendas de que su paso no nos llevará nada nuevo sino a más espera de más espera".
(Ilustración, manuscrito de Tu rostro mañana, II. Baile y Sueño)

miércoles, 2 de enero de 2008

martes, 18 de diciembre de 2007

LECTURA Y LECTORES EN LAS ESPAÑAS

Para el hecho de la lectura caben muchos supuestos. Se lee por diversión, por entretenimiento, por necesidad para la vida. Se lee porque existe la necesidad de leer, porque algo nos imanta hasta la letra impresa o porque la magia del negro sobre blanco nos convoca. Se lee porque se escribe. Somos lo que leemos. Sin embargo, ¿qué leemos? ¿Hay lecturas por compasión? ¿Qué función vital poseen los libros en las vidas actuales?
Echando mano de cierta bibliografía sobre sociología de la literatura, es decir, sobre los estudios que analizan el hecho literario desde un punto de vista social, me he encontrado con algunas sorpresas. Entre las páginas del magnífico libro de Maxime Chevalier, Lectura y lectores en la España de los siglos XVI y XVII, -obligado paso para bibliómanos-, se pueden encontrar hallazgos sorprendentes y que encuentran parangón con la época actual: “el público de la literatura de entretenimiento es público reducido”. Esta sentencia, de halo juanramoniano, consiente varias interpretaciones, ya que las condiciones sociales en las que se encontraban los hombres del XVI o del XVII son distintas, en sustancia, a las actuales: precio del papel, condición económica, índices de analfabetismo muy elevados, etc. (Ya explicó Francisco Rico en El texto del Quijote cómo Cervantes era un tremendo buscador de papeluchos de toda índole para poder escribir su novela; no en vano no existe ni un solo punto y aparte en el manuscrito del Ingenioso Hidalgo, todo él es un continuo de oraciones seguidas). A continuación, se enuncia la siguiente sentencia del gran historiador Benassar en Valladolid en el siglo de oro: “la cultura que da, o que por lo menos afirma la práctica de los libros, sólo pertenece a una minoría […] las tres cuartas partes de los propietarios de libros son, pues, letrados, hidalgos o gente de Iglesia, son los únicos que tienen verdaderas bibliotecas”.
Cabría preguntarse varias cuestiones tras estas disquisiciones. Dejando a un lado los condicionantes que asolan sobre los siglos mencionados, ¿quién posee hoy una “verdadera biblioteca”, cuando justamente el problema económico para la adquisición de libros se ha salvado? ¿Por qué la lectura sigue perteneciendo a un grupo de lectores muy reducido si se tienen en cuenta la posibilidad económica y de alfabetización que mermaban a otras épocas?
El propio Chevalier hace acopio de la información que encierran las bibliotecas particulares más importantes como la de la reina Isabel (253 títulos), don Rodrigo de Mendoza (631), la del clérigo Joan Bonllavi (204), Fernando Colón, Fernando de Rojas (97), don Francisco de Zúñiga (251), don Fernando de Aragón (795), el obispo Juan Bernal Díaz de Luco, el arzobispo Carranza, Juan López Henríquez de Calatayud (76), Alonso de Santa Cruz, Juan de Mal Lara (75), Diego Hurtado de Mendoza (432), Alvar Gómez de Castro, el médico Barahona de Soto (425), Gonzalo Argote de Molina (49), pasando por la propia biblioteca del pintor Velázquez (154) o la del Inca Garcilaso de la Vega (188). Bibliotecas todas de eminencias (¿Isabel, Fernando?) en sus materias y disciplinas.
En referencia al acercamiento a los libros por medio de bibliotecas públicas o instituciones de labor parecida, dice Chevalier: “Existe otra limitación, de orden económico ésta, el precio de los libros. Recordemos que el Siglo de Oro es época en la cual no existen bibliotecas oficialmente abirtas al público, ni gabinetes de lectura ni novelas por entrega –realidades del siglo XIX en España, por lo menos”. Y me pregunto, ¿qué ocurre en estos tiempos en que las bibliotecas públicas proliferan por doquier, en que los Institutos y Centros de Enseñanza presentan libros gratuitamente a todos? ¿Cuáles son ahora los problemas, si el analfabetismo y la condición económica no son rémoras para el desarrollo de la lectura, si los jóvenes se encuentran matriculados obligatoriamente hasta los dieciséis años?
He querido traer a colación, quizás de forma sesgada, la trascendencia de la lectura y de los lectores de un país hace cuatro siglos. Las conclusiones son muy parecidas: la lectura sigue perteneciendo a una minoría. Antaño a la que profesaban el conocimiento, ahora a la estirpe en extinción de los que procuran alimento más allá de lo efímero. La condición de lector lleva implícito el marchamo inasible de la extrañeza, de la decoración de la vida por la letra. En esa extrañeza misma surge el rumor de la lectura como vida, de la vida lecturaria. Los que no leen quieren diluir la literatura en el sarcasmo de su maledicencia, quieren llevarla a otro terreno, pantanoso para que se ahogue. Cuando termine estas letras, si no antes, abriré un libro y seguiré leyendo. Quien lo probó lo sabe.