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sábado, 1 de noviembre de 2008

PASEO DE ALAMEDA POR LA LITERATURA DE ESTE TIEMPO.

No debería estar tan preocupado después de comprobar que los poetas jóvenes, lo nuevos poetas, están sumidos en un naufragio que toman como las aguas de la poesía. No debería tampoco malgastar mis lecturas en buscar una explicación que me saque del estupor que me posee, ni convertirme en un vate que enjuicie la vida de cada cual y los versos ajenos, porque nadie soy para tal tarea, "menos que nadie", como decía el filósofo. Más bien trato de no perder el rumbo, de mantenerme fijo en unas coordenadas que no marcan ritos ni jerarquías sino que solamente señalan e indican los caminos de la creación. Los poetas son esos mojones a lo largo de la escritura que marcan la ruta, el equívoco o la buena dirección. Sólo camino, trayecto, como un espejo en medio de nosotros mismos.
Ninguno de los escritores (jóvenes) –y ahora me extiendo a la narrativa- que ha asistido al X Congreso de la Fundación Caballero Bonald ha sido capaz de establecer una poética (entendida como una hoja de ruta) desde la que parten a la hora de la creación. Ni siquiera han señalado autores u obras que alberguen las cualidades que ellos aspiran a alcanzar. Nada, ni una frase brillante ni un libro destacado ni un autor como maestro. Siempre he pensado que el escritor es un lector con privilegios: el de leer una obra como no la lee nadie, el de encontrar en una obra lo que no encuentra nadie y además rehacerlo todo escribiendo algo nuevo.

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Intuyo que el teatro ha quedado, definitivamente, engullido por las series de televisión y por el cine. Ninguno de los ponentes, incluidos críticos y especialistas, poetas y narradores, ha hablado acerca del teatro. Será que el género dramático ha sido relegado a la representación de las obras capitales del Barroco y de un puñado de obras del XIX y del vanguardismo del XX. A lo sumo, algún festival juvenil de obras clásicas.
Vista la desaparición del teatro, me pregunto si la narrativa, la que se practica mayoritariamente, no caerá en las redes de los medios audiovisuales. En más de una ocasión, mi compañero Iván y el que escribe, hemos manifestado que las historias ya se cuentan muy bien en las series de televisión y en el cine. ¿A qué viene un escritor a contarme en trescientas páginas lo que puedo ver en dos horas? Claro, luego existe un componente que los diferencia. Se llama literatura.
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Para no ofuscarme y para terminar con el paladar repleto de transparencia, me paseo por la Alameda verde de Juan Ramón Jiménez –prodigiosa, esencial, -: “Nunca he vivido el presente; mi vida es toda de recuerdos y esperanzas”. Claramente optimista, la esperanza sustituye al futuro. Pero el futuro de la literatura, en manos de estos literatos inflados y bendecidos por los que dirigen las editoriales y los medios de comunicación, no tiene asidero actual. Así que en las palabras de J.R.Jiménez está la clave: la poesía es un recuerdo estancado en las aguas del futuro. Un presente que hilvana las esencias, un hilo que recorre los cronos y los sobrepasa.

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En un recital poético asiste uno a un espectáculo insólito. Primero aparece la figura deleznable de un presentador que hace las veces de egregio amigo; luego los poetas leen muchos versos y con torpeza diletante. En cualquier caso es cierto que la poesía no se escribe para ser leída, ¿o sí?, y que cualquier poema mal leído, sobre el papel, puede tener todas las virtudes de un pájaro solitario. Sin embargo, ¿No estamos en que la poesía es un chupito y la narrativa una jarra de cerveza? ¿No quedamos en que la poesía se sirve a cuentagotas y la narrativa a borbollones?

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Recurro de nuevo al paseo de eucalipto y menta que es la palabra de J. R. Jiménez: “En poesía la palabra debe ser tan justa que se olvide el lector de ella y solo quede la idea; algo así como un río que no hiciera pensar en que lleva agua, sino en que es corriente…”.

viernes, 31 de octubre de 2008

EN EL CONGRESO.

Ayer, en el X Congreso de la Fundación Caballero Bonald (Jerez de la Frontera), titulado “Las sílabas del futuro”, fue José María Merino quien mejor trazó, junto a Andrés Neuman, las palabras que deben silabearlo. Y destaco a Merino, porque venía en calidad de autor consagrado, alejado de los nuevos cantos literarios -un disparate en toda regla.
Hasta el momento ni Yolanda Castaño ni Elena Medel ni Juan Carlos Abril ni Carlos Pardo ni Marta Sanz ni Mercedes Castro ni Luis Artigues ni Luis Muñoz ni Isaac Rosa ni Eva Díaz -autores que debieran orientar las letras hispánicas, en teoría- consiguieron aportar nada al congreso. Mientras estos no dejaban de naufragar por los lodos del mercado editorial, reprochando los dimes y diretes de cada cual, poniendo en solfa las difilcutades a la hora de publicar un libro o haciendo la crónica de la vida de Ruiz Zafón...Neuman y Merino ejercieron como escritores: hablaron de literatura y leyeron literatura. Por lo tanto, si las sílabas del futuro están en manos de los que asistieron al Congreso como nuevos valores, deberíamos hacer acopio de un buen manual de supervivencia para que no terminemos ahogándonos en la pena. ¿No está el futuro en Cervantes, en Kafka, en Chéjov, en Proust, en Mann…? ¿No son acaso los autores que han llegado a una madurez narrativa y poética -porque el teatro parece inexistente- los que delimitan y orientan la literatura que ocupará el futuro: Muñoz Molina, Vila-Matas, Marías, Pere Gimferrer, Brines, Gelman? ¿Es la juventud una cualidad que en sí misma guarda los prodigios de la poética futura?

domingo, 21 de septiembre de 2008

UN AGRADECIMIENTO

No busca uno con la escritura nada más que la excitación sostenida y en silencio, la circulación de pensamientos e ideas que abriguen, de la mejor forma posible, ciertas aspiraciones literarias que se fraguan en el silencio caramelizado de las grafías. Pero también, mediante la amistad y el aprecio, se siente uno bajo el hechizo de una euforia momentánea, sobre todo cuando un amigo reconoce a la luz pública los logros que jamás vislumbré. Hoy publica ABC de Sevilla un artículo (pincha aquí) de Fernando Iwasaki en que se nombra esta bitácora. Quede aquí mi agradecimiento, mi emocionada gratitud.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

UNA CORRECCIÓN A LOS DÍAS

La única manera de proferir una corrección a los días es a través de la memoria. Todo intento que no se acople al recuerdo es en vano. Por eso no voy a pedir disculpas ni benevolencias al tiempo por no haber escrito durante casi un mes como venía haciéndolo diariamente. Mal que bien, la escritura es la única forma, para los que sentimos esa necesidad, de perpetuarnos en el tiempo, irresolutamente. Así lo creyó Shopenhauer en el prólogo a la segunda edición de su magna obra, El mundo como voluntad y representación: “ No a los contemporáneos ni a los compatriotas, sino a la humanidad entrego mi obra”.

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Después de una mudanza, la biblioteca termina por convertirse en la segunda piel que nos cubre, en el primer sucedáneo de la vida. Este verano he comprobado hasta qué punto los libros poseen un espacio (enorme, desmesurado) en este paso interino hacia la nada que es la vida. Porque nada nos pertenece, ni siquiera la escritura de un diario voluble o de unas lecciones cargadas de ilusión. Menos aún, ahí somos ilusos, los libros que amontonamos. Ni una sola página quedará entre nuestras manos, menos aún en la memoria de un muerto.

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Ordenando la biblioteca, ya Borges dijo que ordenar una biblioteca es ejercer de crítico literario, me he dado cuenta de la disparidad del universo. Juan Rulfo frente a Octavio Paz; Cervantes a la par que Proust; Juan Ramón Jiménez al unísono con Pérez Galdós y así hasta el infinito. Un puñado de páginas frente a un montículo de páginas, la síntesis frente al desarrollo inacabable; un aleph que dura cien años de soledad. Las grandes obras de la literatura pueden tener, como señalaba Aristóteles en cuanto a la verdad, todas las formas posibles.


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No he dejado de leer, aunque sí bajé el ritmo de lecturas. No en vano terminé con Jordi Gracia, con Renard, con Pessoa. También leí a Hölderlin y a Rilke. Nada más después de Rilke; cosa imposible.

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Haré una concesión a la nueva industria editorial (si cabe hablar de industria en estos tiempos de desboque económico), a sus aciertos. Compré una novela que ha resultado ser maravillosa, de las mejores que he leído en mucho tiempo; su propuesta narrativa, la estructura impresionante de la misma, la calidad en el uso del lenguaje (a pesar de alguna impropiedad semántica) y la fascinante propuesta temática. Lorenzo Bellini se va al sanatorio mental de St. Bonifaz, en el valle de Kremszell, en Baviera. Las setecientas páginas son una introspección virtuosa de la relación que existe entre el arte y la locura. Pablo d´ Ors orquesta cinco lecciones alrededor de un personaje, Bellini, que descubre las leyes silenciosas de la creación artística en un sanatorio en que cada enfermo representa a una mentalidad europea. Un acierto del editor, lo reconozco, aunque también he de reconocer que las setecientas páginas escogen a un perfil de lector, un lector que en todo caso quedará sustraído, bien alimentado por las referencias a Musil, Walser, Hölderlin o Beckett.


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De ninguna manera podía dejar sin leer a mi admirado Vila-Matas, Dietario voluble. Mientras, y ahora que ya tengo acceso a Internet, corrijo algunas entradas de esta bitácora. Las he leído como si no las hubiera escrito. Realmente, había mucho que corregir, no sólo aspectos gramaticales y de estilo, sino de concepción literaria. Y es que ningún escritor es bueno hasta que aprende a corregir. Pero atención, escribe Vila-Matas: “Tampoco corregir es tan fácil como a primera vista pueda pensarse. Recuerdo que el pintor Delacroix solía decir que hay dos cosas que la experiencia debe aprender: la primera es que hay que corregir mucho; la segunda es que no hay que corregir demasiado”. Para los entusiastas de las obras de Vila-Matas, entre los que me quiero colar, este Dietario supone una continuación en ese abismo inexplorable de la literatura.
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Con el verano llegó la película dedicada a Ernesto Guevara, Che, el argentino. La protagoniza Benicio del Toro. Su actuación me parece sobresaliente, no así algunas escenas rodadas con cierta parsimonia innecesaria. A pesar de todo, la película despertó en mí cierta brasa revolucionaria que sosegué con la lectura de un libro que me regalaron hace muchos años y que me sirve de manual de la revolución cubana, Los guerilleros en el poder, de K.S. Karol. Después de todo, de las repentinas vicisitudes que surgieron hasta que nos hemos instalado en Jerez de la Frontera (Cádiz), he de decir que es cuando escribo el momento en que comienzo a ver lo que quiero decir, lo que me persigue y aturde. En palabras de Vila-Matas: “ Uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir”

jueves, 10 de julio de 2008

TRAZOS DEL IMAGINARIO

Estaré sin escribir en esta bitácora unos días; me marcho al resguardo de la Sierra de Huelva movido por la invitación de unos amigos entrañables. Sin duda, en las charlas apasionadas que mantendremos surgirán entradas orales que bien merecerán un espacio, al menos, para compartirlo con otros interesados. Iván y M. José son unos buenos conversadores que comparten la imantación por la literatura y la visión poliédrica que ofrecen los libros. Para entonces llevaré conmigo el moleskine y registraré en él, como un notario de la desrutina los acontecimientos que acontezcan en las rúas oxigenadas de Cortegana.

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Anhelo tanto el silencio, que cuando Juan Antonio se refirió a él al mencionar su lugar de descanso, me estremecí. Hay pocas cosas que me estremezcan: el amor, el silencio y la música. El amor asociado al trasiego de la soledad, es un rescate y una tentación, intimidad y entrega al otro; el silencio como el amparo del lenguaje, de la literatura en sus extremos; la música como el devenir de lo inasible en la mente del hombre a pesar de su filtración por los sentidos.

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Siempre que acudo a la sierra me inclino por llevar conmigo algún libro de poesía, sin saber por qué motivo la narrativa o el ensayo no me apetecen. En cualquier caso a lo mejor estamos ante unas condiciones que el topos predispone para el alma, quizás el espacio determina la intervención del tiempo, o a la inversa. Bachelard intuyó algo parecido al calor del psicoanálisis y escribió La Poética del espacio. Sea cual sea la tentación, recuerdo a Claudio Rodríguez merodeando por el campo cuando era un zagal y recitando de memoria El don de la ebriedad; me acuerdo de Horacio, de fray Luis, de Garcilaso, de Neruda o Miguel Hernández, entre muchos. También espero encontrarme a Nabokov cazando mariposas o a Horacio Quiroga asentado a la intemperie dialogando con una anaconda gigante. Nada más lejos de la realidad, nada más cerca. Cosas del imaginario, posibilidades de la ficción. ¿Qué sería de mí sin estas disquisiciones?

martes, 1 de julio de 2008

VERANIEGAS

Hay estampas que son perpetuas en la memoria, que están abigarradas en un lugar de privilegio y que sostienen buena parte de nuestro recordatorio. Si no fuera por ellas, los recuerdos vendrían a ser olas fugitivas que restallan sobre la rocosidad del presente.
Ciertos olores enroscados en el olfato visionario de la ficción, la mano comprimida y enjuta de una abuela, los colores del prodigio sanluqueño de la Desembocadura. Sensaciones que de continuo percuten cada verano sobre mis entendederas para despertarme de un letargo demasiado arrimado a la mecánica alquitranada de los días.
De entre ellos, y cuando deje de escribir estas líneas, voy a fijar mi atención en uno de ellos y que coincide con la arena solitaria de la playa a una hora muy temprana; cuando levanta la muerte el vuelo, cuando madruga la madrugada. Sobre esa arena templada y fría de la mañana, corríamos los niños con la fuerza proteica de la infancia dejando huellas que se borraban al momento, por el paso de los otros. La llanura era interminable y nos pensábamos ligeros como el viento.
Esta mañana fui a la playa, temprano, cuando el Coto de Doñana despierta aún de su melancólica verdura de amanecida y comencé a correr como nunca. De repente me sentí acompañado por otros niños, por otros olores, por la mano enjuta de una abuela. Mis pasos perdidos seguían sobre la arena. Pude ver cómo el viento los borraba sin compasión. Ahora esos recuerdos necesitaba dejarlos por escrito como antes en la arena anónima de una playa. La escritura me ha dado, y ahora lo reconozco, el espacio reconocible de mi persona.

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J.M. Caballero Bonald dejó escrito en Tiempo de guerras perdidas (La novela de la memoria,I) “Las fronteras de la infancia suelen coincidir con las del verano”. En mi caso el tino es perfecto, los niños que han crecido con la playa a su vera la han engullido con sus días. Al final, somos pequeños seres marítimos con branquias de hormigón y placton urbano.
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Ahora las algas quieren despertar los instintos subalternos de estas semblanzas. Donarle a la memoria una encendida mecha verde para detonar los estados infantiles que rozaban con la épica. Poco a poco voy entendiéndolo. Los olvidos nos delimitan ante el mundo y ante nosotros mismos; los recuerdos nos arrojan a la miseria incapaz de suscitar nada más que acercamientos. Ah, quizás en el acercamiento resida el espacio para la escritura.

viernes, 27 de junio de 2008

¡VEN A MÍ, OH, LENTA MANERA!

Más allá de apreciaciones académicas y de juicios personales, hay citas que parecen surgidas para el grueso de los humanos. Llevo algún tiempo leyendo de forma aséptica, sin dejarme llevar por efusiones estilísticas. Cada vez creo más, con Kafka, en la obra literaria escrita con la sencillez de las ramas, pero con la profundidad del universo. Me empachan igualmente las tendencias grupales y contemporáneas, tan empecinadas en ofrecer lo moderno y lo nuevo, pero tan pelonas de lecturas. Al poco que uno lee cualquier obra clásica -la que nunca terminar de decir lo que tiene que decir- se da cuenta de que la novedad, en ocasiones, se asemeja a un chubasco pasajero; ni es agua ni nube, ni paisaje ni esencia, sino una encrucijada involuntaria de los elementos. La diferencia está en que los elementos en literatura han dejado de ser la palabra y el ingenio para convertirse en editoriales y mercado.

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A más de un poeta nonato y prosista pubertino, le conviene repensar estas palabras de Nietzsche en el prólogo de Aurora: “No en vano se es o se ha sido filólogo. Filólogo quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba por escribir también lentamente… Ese arte enseña a leer bien, es decir, despacio, con profundidad, con cuidado, con atención, y con intención, a puertas abiertas y con ojos y dedos delicados”.
Mis dedos son toscos aún; mis ojos, demasiado miopes. Si en la lentitud anida la lectura profunda, dejaré de leer por unos días para ver si calmo y sosiego esta necesidad fieramente cotidiana.

miércoles, 25 de junio de 2008

DESDE LA VENTANA, LAS PARALELAS.

Como un funambulista, me arrojo a escribir sin fines determinados. Escorando la mirada hacia los laterales, ausentes de red, me dispongo a cruzar la cuerda floja que sostiene buena parte de los días, buena parte de los entresijos que manifiestan su descontento con cada amanecida. Me acompañan las rarezas que la mirada desprende cuando se posa en lo circundante, cuando se desvencija la disposición del mundo. El mundo, entonces, es un claustro humedecido, rodeado de columnas, un trazado que equivale a sentirse en una membrana acuosa. El mundo, entonces, es una laguna poseída por la quietud de lo insólito.
Beso en los labios, y el mundo cambia.

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Esta mañana he abierto un libro en la estación, momentos antes de que llegara el tren. El caso es que me encontraba terminando un paŕrafo crucial para entender la obra de Baroja en la que estoy imbuido. Entonces decido lo que nunca antes había decidido, y sigo leyendo, con una sonrisa cruzándome los labios; y no sólo culmino el párrafo sino que termino el capítulo y casi el libro.
El tren ya se ha ido cargado de ruido y de vidas paralelas. Me ha dado igual que se marchara y que yo no fuera en él como es costumbre. Algunos me han mirado desde la ventana extrañados por la decisión y me invade un estupor de satisfacción y de tiempo perdido. Es esto lo que debiera hacer cada mañana.

jueves, 19 de junio de 2008

ESTA NOCHE, LA NOCHE.

No siempre está conforme uno con lo que escribe o reflexiona. La mayoría de las veces, cuando vuelvo sobre un tema ya recorrido o apenas tanteado, se me vienen a la cabeza miles de enmiendas, retoques, cambios. Es el caso de unas anotaciones que había escrito el 17 de junio de 2008. Creo que iba en el tren leyendo a Hölderlin y de repente escribí: “Si escribo `noche´, ¿recojo con esa palabra las cualidades de la`noche´ o sólo las de la noche concreta que miro aterido? Pero, ¿no posee, en efecto, la noche, esta noche, la misma que la noche? ¿Qué registro entonces con esa palabra?”. Al leerlo ahora, me digo que la verdad puede decirse de formas distintas y que por eso la noche es siempre la misma noche, al igual que nosotros somos los mismos y otros al tiempo de un yo. ¿Quién era Pessoa y quién Bernardo Soares o quién Ricardo Reis, etc.?

martes, 3 de junio de 2008

QUINTILIANOS DE HUMO

De vez en cuando, conviene revisar lo que se hacía en otros tiempos, sobre todo para no volver a caer en los mismos errores o, si se quiere, para repetirlos, pero de otra forma. Los griegos no dejarán nunca de sorprendernos por más que algunos eruditos de claustro profesoral, culturillas de salón o lectorzuelos de medio pelo, se quejen cada vez que alguien saca a la luz algún alcance de estos ciudadanos de la antigüedad. Sí, me pasó el otro día. Estaba revisando el Manual de retórica literaria, de H. Lausberg, cuando me asedió un compañero, leyó el título del libro e inmediatamente me recriminó en público que ya estaba bien eso de tener la mente en otros tiempos, “que estamos en el siglo XXI, hombre, en el siglo XXI”, fueron justamente sus palabras. Atónito y desconcertado, lo negué con la cabeza hasta tres veces, como Pedro. Cerré el libro, cambié de lugar de lectura y proseguí ensimismado con la clasificación de las artes liberales. Este es un vocero político que defiende todas las propuestas que vengan de la Consejería, sea cual sea su orientación y trato. Puede uno estar más o menos de acuerdo, encontrar desajustes entre lo que propone y lo que sucede en las aulas, pero jamás creer como impositivo ley, competencia o diversidad alguna. Subrayé unas líneas del Manual: “[…] el aprendizaje de las ars (esto es, el aprender de memoria las regulae que nos proporciona la doctrina y que aprendemos de memoria mediante la disciplina) conduce a la scientia “saber”. La scientia se transforma en facultas “poder” cuando el aprendiz posee la disposición natural y actúa en una ocupación práctica el saber aprendido”. No se me ocurrió decirle que todas las competencias pueden resumirse en este párrafo y que si no lo convencía, le leería el siguiente: “comienza la enseñanza de la lectura y escritura a base de oraciones de reconocido valor y a base también de frases y dichos célebres. […]Surge la necesidad de seleccionar la materia de la lectura, selección que se ha de hacer con criterios gramaticales, estilísticos, literarios y éticos. Lo decisivo es que esta lectura ofrezca exempla para la imitatio estilística y literaria.[…]La finalidad del discurso queda circunscrita al determinarse que el discurso tiene como fin el convencimiento, la persuasión del oyente”. No voy a establecer conexiones, por obvias, entre estas disposiciones de la enseñanza antigua y las nuestras. Otra vez el eterno debate entre antiguos y modernos, cuando más bien deberíamos ver la modernidad de los antiguos en la antigüedad de los modernos.
No se me ocurrió leer estas líneas al vocero de turno, eso jamás, sería trabajo imposible y suicida. Pero sí las dejo por aquí, con la intención de reflexionar sobre ellas a fin de que las nuevas teorías y teóricos se den cuenta de que muchas de las propuestas que arrojan de forma mesiánica fueron ya escritas y practicadas mucho mejor de lo que lo hacemos nosotros.

martes, 27 de mayo de 2008

HOY FUE NADA

IBA leyendo las últimas páginas del diario de Trapiello, camino de la estación de tren, cuando de repente empezó a desaparecer el mundo. Digo bien cuando escribo desaparecer: las calles, los coches, los primeros transeúntes de la mañana, el ruido, los semáforos… Me vi paseando por una alameda infinita, rodeado de reflejos que me suscitaban lo más remoto de mis pensamientos. El olor, recuerdo el olor a nada; los colores, los colores, deshechos en ambientes conjuntados como un cuarteto de cuerda. Mostré una mesura cervantina en todo esa confusión y continué con mi camino tradicional, el de todas las mañanas. No sabía hasta dónde me llevaría aquella anulación de la materia; desemboqué en unas ruinas antiguas que contenían la cifra del mundo y la arqueología de la vida. La mañana se había convertido en un haiku primoroso, en una deliciosa consecución de palabras y palabras.
Mantuve el libro en mis manos, abierto, como si en él estuviesen escondidas las palabras mágicas para deshacer el hechizo. Entonces arrojé la mirada sobre una de ellas, enfoqué mis retinas a los últimos renglones y leí en silencio, en un silencio que jamás volveré a escuchar, las palabras que dieron fin a aquel bucle finito en que comprendí que la literatura posee momentos mágicos, tantos como libros, tantos como vidas.
Tengo la imagen de mí mismo sentado en un banco gris, en el andén, mirando con una sonrisa a un lector que sostenía un libro de J.R.J. Su mirada perdida, sus andares pausados me indicaban que ahora era él quien estaba en la alameda.

miércoles, 7 de mayo de 2008

ANOTACIONES EN UNA PARADA DE TREN.

AGARRÉ el moleskine, en medio del ruido que los trenes lanzan a los que esperan su llegada como un pájaro, y escribí las siguientes notas como si al final valieran para algo, como si necesitara resguardarlas, entre tanto alboroto, con la templanza de la literatura.
García Márquez publicará una novela el próximo verano titulada En agosto nos vemos. Escuché a la “mamá blanca”, Carmen Balcells, confirmarlo. ¿Con que triste memoria nos sorprenderá ahora el genio de Aracataca? ¿Por qué el amor, siempre una virtud y una constante en su obra, se vuelve a retomar al final de su vida con dos novelas seguidas abordándolo?
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No siempre los premios me parecen dádivas políticas más o menos consensuadas por las siglas de turno. Celebré la publicación de la Poesía Completa (1940-2008), (Madrid, Visor, 2008) de García Baena y hoy mismo le han concedido el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Menos mal, por fin un premio merecedor de llamarse poético.
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Un compañero de trabajo me ha regalado un libro. Si no fuera por su título y por lo que en él se escribe no lo destacaría. Sin embargo, ¿Qué es la vida? (Barcelona, Cuadernos ínfimos-Tusquets editores, 1983), de Edwin Schrödinger, no ha dejado de sorprenderme desde las primeras líneas; fíjense que incitación: “¿Cómo pueden la Física y la Química dar cuenta de los fenómenos espacio-temporales que tienen lugar dentro de los límites espaciales de un organismo vivo? La respuesta preliminar que este librito intentará exponer y asentar puede resumirse así: “La evidente incapacidad de la Física y la Química actuales para tratar tales fenómenos no significa en absoluto que ello sea imposible”. Cada uno de los capítulos está alumbrado por citas de Descartes, Goethe o Spinoza. Leemos de Goethe: “ Und was in shwankender Erscheinung schwebt, Befestiget mit dauernden Gedanker. (Y lo que oscila en apariencia fluctuante fijadlo con ideas perdurables”). ¿Qué otra cosa si no postulaba Machado sobre la poesía como palabra en el tiempo?
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Hablando de palabra en el tiempo, la de Antonio Colinas es de indiscutible valor, al menos para que el suscribe esta referencia. Por este motivo, debemos alegrarnos siempre que Colinas publique un libro, ya sea de ensayo, como El sentido primero de la palabra poética (Madrid, Siruela, 2007)-una introspección por los poetas que lo han formado e influenciado-, como por su último poemario, Desiertos de la Luz (Barcelona, Tusquets, 2008).
Un libro de poesía magnífico con el que el autor de Sepulcro en Tarquinia penetra, precisamente, en el sentido primero de la palabra poética acompañado del instinto órfico de la musicalidad. Se divide el libro en dos partes, "Cuaderno de la vida" y "Cuaderno de la luz"; la confirmación de la evanescencia de la sustancia poética a lo largo de su búsqueda: “¿Conocéis el lugar donde van a morir/ las arias de Häendel?". Todo para concluir clamando a la luz, al negro de sus verdades: “En el instante de las ruinas,/ en el instante de las dudas, / la luz fermenta en el limo negro./ Esa luz que aún respira y nos respira".

jueves, 1 de mayo de 2008

FERIA DEL LIBRO

AHORA QUE se celebra la Feria del Libro en Sevilla, hasta el once de mayo, aprovecho para lanzar al aire algunas inquietudes y dudas que me surgen a la sombra de sus carpas. Vaya por delante que lo mejor de ella son el descuento, los bares y los conocidos con los que uno se encuentra. Los compradores de libros son siempre los mismos y forman una microsociedad en la que todos nos conocemos, aunque sea de vista.
¿De verdad en las ferias de libros se realiza una celebración de los libros, en sí, en ellos mismos? ¿No será que el mercado editorial ha copiado el modelo de otras ferias -qué sé yo- del turismo, del ganado, de coches, de la agricultura y quiere hacer lo mismo, es decir, vender productos y crear un mercado de consumidores fieles a esos productos? ¿Realmente una feria del libro celebra algo que conforme a la literatura? ¿Por qué son siempre los mismos poetas, los mismos narradores y los mismos "jóvenes escritores" los que fecundan con su verbo las actividades de las ferias, los encargados de instruir a la masa anhelante de discursos pseudointelectuales? ¿Qué hace una poetisa de mal verso y de peor condición oratoria junto a poetas del tamaño de García Baena? ¿Qué hace un cantante instruyéndonos sobre la poesía de Ángel González? ¿Por qué no se reeditan obras agotadas que forman parte de la historia de un país y se promocionan en estas ferias, cosa que tampoco ocurre en las de libro antiguo o de ocasión? ¿Hablan de literatura, de libros, quienes vienen a llamarse escritores? ¡Qué cosas, qué delirio, que fiesta!

sábado, 8 de marzo de 2008

UNA GRAMÁTICA DE 1926

AÚN no he confesado una de las aficiones que mejor soporto y que más desarrollo: comprar en librerías de viejo. Visitar una librería de lance es una aventura nonata. Nunca sabemos -a diferencia de una librería al uso donde todo está ordenado y clasificado al son del mercado editorial- con qué nuevo volumen vamos a encontrarnos. Todo comenzó hace años, cuando en la facultad nos avisaron de la imposibilidad de encontrar Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, y América en sus novelas, de Morales Padrón. Esa misma tarde fui a una librería de lance con la intención de husmear por sus anaqueles empolvados y repletos de firmas antiguas, jamás con la intención de encontrar esos ejemplares. Los encontré los dos y a un precio ridículo. Desde entonces no he dejado de comprar libros en ellas.
Son muchos los libros que agotados, fuera de colección o publicados en otros países he podido leer gracias a estos parajes de los olvidados. Hoy mismo he comprado una Gramática Española de 1926 por un euro. Es, concretamente, el “libro del maestro”. En su portada reza la siguiente presentación: “Gramática Española por Edelvives, Tercer Grado, obra conforme con la RAE, 1926”. A continuación, si pasamos la página, nos topamos con la siguiente información: “Nihil Obstat, el censor, Jaime Pons S.J, Barcelona, 19 de octubre de 1926”.
A partir de aquí podemos hablar de la historia social de un país a través del estudio de la gramática. El índice general de la obra es ya una curiosidad en sí: ejercicios preliminares, analogía, prosodia, ortografía, sintaxis, de la composición, trozos escogidos para dictado y paremiología.
Los ejercicios preliminares encierran ejercicios acerca de los conceptos que los jóvenes de entonces debían manejar con soltura. Tales son “Dios y mundo”, “trabajo y premio”, “pecado e infierno”, etc. En una suerte de breviario bíblico se suceden una y otra vez juicios del calibre de “el vicio merece castigo”, “la vida del hombre es breve y penosa” o “la muerte de justo es preciosa a los ojos del señor”.
El bloque de analogía se dedica al estudio de la morfología: el artículo, el nombre (se dice accidente del nombre para referirse al género y al número, como antaño), el adjetivo, el verbo, etc.
La parte segunda es la prosodia. En ella se atiende a cuestiones relacionadas con las grafías, las sílabas, el acento, la cantidad y la métrica. Ya en el tercer apartado, la ortografía, se detiene en el uso de las letras, los signos de puntuación, los homónimos y los parónimos. El cuarto apartado es el dedicado a la sintaxis. Comienza por los elementos esenciales de la oración, pasa por el complemento del nombre, los del verbo, la concordancia, la oración simple, las oraciones de relativo y culmina con las subordinadas de todo tipo.
Sin duda, la parte más jugosa y singular -a pesar de las antiguas teorías gramaticales que se enjuician en la obra y que forman parte de la historia de la lingüística en un suerte de palimpsesto para todo filólogo que se precie- se encuentra en el final, en el apartado que abre el apéndice y que parece intitulado como “De la composición”. En él se proponen unas claves para la buena elaboración de una “composición”. De la mano del más estricto sentido retórico, nos lleva desde la elaboración de esbozos y esquemas (recensio) hasta la elocución o estilo, la amplificación o la acción; todo ello poniendo mayor énfasis en la narración, la descripción, la carta y el diálogo.
Por último, cierra la obra una recopilación, “conforme al DRAE”, bajo el marbete de Paremiología, esto es, un tratado de refranes. En él se suceden un ramillete de refranes que tiene su explicación semántica y la indicación de su uso líneas más abajo.
Todos los ejercicios de orden gramatical están ejemplificados con fragmentos literarios, aunque bien es cierto que los fragmentos son de temática monocorde, centrados de lleno en el espíritu de quienes poseían la absoluta potestad sobre la educación…para la ciudadanía. Una golosina, al fin y al cabo.

miércoles, 5 de marzo de 2008

DEBATES ANTIGUOS

NO VOY a escribir nada sobre los debates de los candidatos políticos que se han celebrado en la televisión pública. Nada sobre la niña de Rajoy ni sobre la buena suerte de Zapatero; nada acerca del control inmigratorio ni de la ceguedad con la educación; nada sobre Irak ni sobre ETA, y absolutamente nada sobre las mentiras y las desviaciones interpretativas que los dos púgiles han presentado a un país de sesgo cada vez más ecléctico. Lo digo con Nietzsche: "no hay hechos, hay interpretaciones".
Así que voy a limitarme a las oraculares palabras de Azorín en La Voluntad (1902), ¡pareciera presente bajo la mesa del debate...un siglo antes!:
"Yo no lo sé; quizás en España está aún lejano el día, pero en otros países, en Francia, por ejemplo, ya se ha dado la voz de alarma... Un día - se ha dicho- el absentismo, la usura, las hipotecas, el exceso de tributos, pondrán la propiedad rústica en manos de los bancos de crédito, de los grandes financieros, de los grandes rentistas;...".

lunes, 3 de marzo de 2008

LOS BUDDENBROOK, T. MANN

LA EDITORIAL Edhasa está empeñando sus bienes para que los lectores devoren al novelista de la música, las montañas y los doctores: Thomas Mann. A las maravillosa ediciones conmemorativas y de lujo a las que nos tenía acostumbrados, se suma la reedición de la primera novela de Mann, -¡contaba con veinticinco años!-, Los Buddenbrook (1897), y con ello ha inaugurado el 2008 con una nueva traducción de la obra. Me parece estupendo que vayan revisando las traducciones de ciertas obras, ya que en ocasiones se encuentra uno con reminiscencias arcaicas que entorpecen y, en muchos casos, enlentecen la lectura. Me acuerdo de los “laísmos salinescos” (verdad, Iván) que don Pedro desperdigó en la obra de Proust. Elogiosa traducción, pero susceptible de revisión igualmente.
Volviendo a Thomas Mann, rescato un fragmento de una carta del autor dirigida a un colega y que se refiere a su editor de entonces. Es la época en que germinaban las ideas de Mann acerca de la novela que se disponía a escribir:
"La novedad más reciente es que estoy preparando una novela, una gran novela... Fischer, quien al parecer se promete hacer un pequeño negocio con mi producción, ha expresado reiteradamente en sus cartas el deseo de publicar una obra mayor mía en prosa; un libro así lo podría comercializar mejor que un volumen de cuentos. Yo mismo no había creído hasta ahora que llegase a tener el valor de emprender una empresa así. Pero, casi de repente, he descubierto una materia, he tomado una resolución y estoy pensando en comenzar con la escritura."

jueves, 28 de febrero de 2008

LA VOLUNTAD DEL OLVIDO

CUANDO uno lee literatura de otra época, de siglos pasados, parte de la convicción de que todas las interpretaciones posibles están fijadas. Incluso hay quienes, sin leer las obras, tienen la osadía de opinar sobre un libro en cuestión ya que conocen prolijamente “el contexto histórico”, “las características de la generación” (siempre hay una generación), “las peculiaridades de la obra del autor de marras”, etc. Nada más lejos de la realidad.
El otro día escuché a Jesús García Sánchez reivindicando la obra de Gabriel Miró. Habló de El obispo leproso (1926) y de Las cerezas del cementerio (1910). Argumentó su discurso refiriéndose, entre otras cosas, a la calidad de la escritura de Miró: el uso del adjetivo, la capacidad de recrear sensaciones, crear atmósferas, etc. ¡Toda una apología mironiana! Cuando todo terminó, salté como un animal de campo sobre la biblioteca a fin de olisquear por las páginas de Miró. Sin embargo, en mi búsqueda se cruzó un libro al que quiero referirme, La voluntad (1902).
Efectivamente, La voluntad (1902) es de José Martínez Ruiz, “Azorín”. La obra se cruzó en el cementerio porque los libros no caben ya en la biblioteca y tengo que ponerlos uno encima de otro. De esta forma, Azorín estaba situado justo encima de los libros de Miró. Abandoné mi cita con el obispo que comía cerezas en un cementerio y me tiré por el tobogán de la voluntad. ¡Nada más grato y gozoso!
De inmediato, me invadieron esas aureolas filológicas que sobrecogen a los lectores del ramo: “generación del 98, el grupo de los tres, novela que inicia junto a Valle, Baroja y Unamuno la nueva narrativa…”, pero supe abandonarlas a tiempo. Comencé la lectura de Azorín solo movido por mi voluntad.
En pocas novelas he aprendido el uso de la adjetivación tal y como se da en ésta; la justedad de párrafos y la puntuación es todo un manual de estilo; todo lo referente al sintagma nominal, pongo por caso, puede solucionarse con esta obra que consiente el análisis más exhaustivo desde la lengua (con permiso de Jakobson y los estructuralistas); las reflexiones de Yuste, Justina o Antonio Azorín valen por un monográfico crítico sobre los “regeneracionistas”; en ella se vuelcan todas las preocupaciones profundas que inquietaban a los intelectuales del momento; aparecen Shopenhauer, Lamarck, Darwin, Baroja o Clarín, etc. Muchos de sus pasajes serían firmados por autores modernos, me imagno a Vila-Matas subrayando el siguiente pasaje de la obra de Azorín: "Cuando yo muevo mi pluma para escribir una página, ¿puedo asegurar que esa página es mía y no de las generaciones y generaciones que han inventado el alfabeto, la gramática, la retórica, la dialéctica?[...]¡Admitir la propiedad como creación personal...!".
En definitiva, un hallazgo tardío pero sorprendente que confirma que sus páginas nos pertenecen ahora a nosotros; una perla olvidada que necesita el brillo, junto a Miró, de los lectores de la buena prosa que ha dado las letras hispánicas.

sábado, 26 de enero de 2008

DE PALUSTRES Y OTRAS TURBAS

LA DEBILIDAD por los diccionarios es una patología que aumenta en la medida en que más se consultan. Se extasía uno por los significados que se acumulan en las entradas, las acepciones varias que se suceden, y, sobre todo, por las sorpresas que nos tienen guardadas. El caso que me mueve en esta ocasión tiene su inicio en Madrid, en estas pasadas vacaciones de diciembre. Estábamos reunidos en eso que viene a llamarse (con ecos rayuelinos) “el club de la culebra”; hablábamos, bebíamos, descansábamos de las caminatas diurnas y, por supuesto, nos convertíamos en palabras y literatura. En una ocasión salió a la luz el vocablo “palaustre”, ese utensilio que utilizan los albañiles para esparcir la mezcla de cemento, arena y agua. No recuerdo si fue en la radio o en la televisión donde aclararon que el término preciso y correcto era “palustre”. Inmediatamente, agarramos un diccionario y comprobamos la afirmación (DRAE, 2001):
palustre. 1. (De pala). 1. m. Paleta de albañil.
Efectivamente, es “palustre” y no “palaustre”. Aunque dejamos sin atender a la segunda acepción:
palustre.2. (Del lat. paluster).1. adj. Perteneciente o relativo a una laguna o a un pantano.
Tiempo más tarde, se me ocurrió soliviantar esa falta de atención a la palabra, sobre todo por los significados tan diversos entre sí que nos encontramos. Investigué la historia del vocablo en El Tesoro de la Lengua (1611) de Sebastián de Covarrubias y en el Diccionario de Autoridades (1737), libros de consulta indispensable y obsesiva en mis propios asuntos. En Covarrubias no aparecía el vocablo; sin embargo, en Autoridades la única referencia que se recoge es la que se refiere, precisamente, a una laguna o a un pantano: “adj. De una term. Lo que pertenece o es propio de la laguna. Lat. Palustre, tris. LAG. Diosc. .lib. I.cap. II. Nace en las lagunas Índicas, y fin alguna raíz nada entre las aguas como la lenteja palustre". Según el uso de las abreviaturas en este diccionario, el ejemplo pertenece a la autoridad de Andrés de Laguna y a su obra Sobre Dioscórides. Aunque la sorpresa de más enjundia sobrevino más tarde, enredada en la segunda autoridad. Fíjense bien: “REBOLL. Ocios, Eglog.3. “Copiosas turbas de palustres aves”. ¡Copiosas turbas de palustres aves!
El verso pertenece al Conde de Rebolledo y a su obra Ocios, pero el verso le debe su arquitectura y resonancia a la famosísima aliteración que Góngora construyó en la quinta estrofa de La Fábula de Polifemo y Galatea (1612): “infame turba de nocturnas aves”.
El desconcierto fue doble, ¿por qué este verso, esta copia, este poeta? En efecto, el Conde de Rebolledo fue Jerónimo de Rebolledo, un militar que batalló en Mantua y en Flandes, y en las comisiones de la Guerra de los Treinta Años, donde, se ganó el título de Conde del Sacro Imperio Romano bajo la denominación de Conde de Rebolledo. Escribió un puñado de sonetos, notables traducciones bíblicas, piezas teatrales, obras didácticas, etc. Su figura se revalorizó durante el Neoclasicismo. El propio Leandro Fernández de Moratín lo recoge en La derrota de los pedantes.
Una vez más el diccionario demuestra que la palabra es ahondar en el infinito, arañar en las sombras, con Blas de Otero.
(Ilustración, facsímil del Polifemo, estrofa quinta comentada por Don García de Salzedo Coronel. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

martes, 22 de enero de 2008

NEZEDADES POLÍTICAS

HACE TIEMPO que quería escribir una glosa acerca de la “política lingüística” que se desarrolla en España. Y digo bien “política lingüística” porque no es otro el manejo que de las lenguas se hace en este país desde los estamentos políticos. Huelga decir que las lenguas están encontrando un lugar de privilegio en la amalgama nacionalista que bulle por el País Vasco, Galicia y, sobre todo, en Cataluña.
En lugar de expandir el conocimiento de otras lenguas romances que subsisten en el suelo peninsular -con menor o mayor número de hablantes- lo que se hace es provocar un enfrentamiento y, en definitiva, un uso político. De esta forma las lenguas son dagas asesinas que se utilizan para fines electorales y para el beneficio de unos pocos. De ahí el entrecomillado “política lingüística”.
Desde un enfoque filológico, el panorama es entristecedor. Juan Luis Cebrián tuvo que llamar al orden a Zapatero para que no desvirtuara la pronunciación de las sílabas en final de palabra tales como la –d, en lugar de –z. Piensa el lelo que pronunciar “Madriz” o “solidaridaz” puede conferir el rango de hablante culto. La respuesta del Presidente del Gobierno ante la recriminación de la RAE en boca de Cebrián no fue en ningún caso receptiva, sino totalmente ególatra. Y da la sensación que el asunto anda por esas latitudes del desprecio y la conmiseración. Se creen capaces los políticos todos de imponer las formas cutres de su habla en el idiolecto del resto de ciudadanos; se piensan con la potestad suficiente en otras zonas para exigir e imponer que se estudie una lengua con menor proyección que la española.
El asunto se llena de aristas cuando nos acercamos a los nacionalismos gallegos y catalanes, entre otros. Un antiguo compañero de trabajo, ahí te han dao, ha dejado un enlace en su bitácora para que podamos comprobar como la página web de la administración educativa gallega sólo está escrita en gallego: http://www.edu.xunta.es/portal/index.html. Asimismo, otro compañero, Jaime Galbarro, ha dedicado unas líneas que se centran en el caso catalán. Ha recogido un vídeo bastante ilustrativo del asunto.
En Cataluña resulta casi imposible poder recibir clases en español o castellano. Han relegado el español a una asignatura optativa y a un motivo de multa para aquellos que rotulen en el idioma de marras el nombre de su frutería, carnicería o mercería. Entonces, ¿qué ocurre con la Constitución vigente?
3.1. El castellano es la lengua oficial del estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.
3.2. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas CCAA de acuerdo con sus estatutos.
3.3. La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España, es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.
Obviamente, la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas no es un patrimonio cultural en esta España de sotanas, republicanos exacerbados y portavoces de la ignorancia. Nunca lo ha sido, ya renunció a ella desde antaño. Unos al perseguir vilmente a los hablantes catalanes en la época dictatorial, otros al querer devolver la moneda arrinconando al castellano por los pálpitos extremistas del nacionalismo.
Sigamos conversando y escribiendo en esta lengua maravillosa, la española, con la ilusión de que algún día estudiemos Catalán y Gallego y Portugués como optativas en lugar de educaciones malversadas y de que lo mismo ocurra, en poco tiempo, allí donde el nacionalismo es un mal endémico.
Post scriptum
¿Por qué no aparecen noticias sobre la situación del español en España en algunos medios de comunicación?

martes, 15 de enero de 2008

ESTATUAS

"Vi de reojo que Custardoy pedía al camarero, y retrocedí por la callejuela hasta la esquina con Mayor, pensando qué hacer, de momento quitarme de en medio. Desde allí no tenía visión de él, y desde casi cualquier otro punto él la tendría de mí, probablemente. Había allí una ridícula estatua ante la que Custardoy, con buen criterio, no se había detenido; era una de esas de `tipos anónimos´ que proliferan en nuestras ciudades (una contradicción en sí misma, la`democratización´de los monumentos), pero el tipo se parecía sospechosamente a Hemingway, patrono de los turistas".(Tu rostro mañana, J. Marías)
A veces, cuando deambulo por algunas ciudades y paseo por los lugares que han marcado las páginas de mis lecturas, pienso que el autor está en una esquina verificando que allí estoy, mirando el lugar, intentando buscar algún resto de la mirada que lanzó sobre el paraje, y que ya es eterna.