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jueves, 23 de mayo de 2013

LLEVO en la maleta del trabajo un libro. Divina Comedia, de Dante, se ha convertido en el texto analógo al texto que es el mundo, que leo en el mundo cada mañana. Imago mundi, este libro es un compendio de todas las escalas del ser, por eso su lectura debe realizarse con la claridad del espíritu y no de la mera erudición. Hay que poseer una predisposición para hacer de su lectura no un mero y frugal ejercicio, sino una verdadera creación. 
  
En ocasiones, cuando presiento que el día ha resquebrajado en demasía la vida, es decir, la esencia de la vida, lo abro. Necesito reconstiturme entonces, volver a edificar el ser. Con él brota de nuevo el deseo y la fraternidad.  Es un bálsamo inmediato, pues es un libro que transforma al individuo de la sombra a la luz. 

En el "Canto XXXIV", de Infierno,  puede leer uno el pasaje final teniendo en la memoria las páginas de La República, de Platón. Unos hermosos versos que dicen:

Mi guía y yo por esa ocualta senda
fuimos para volver al claro mundo;
y sin preocupación de descansar,

subimos, él primero y yo después,
hasta que nos dejó mirar el cielo
un agujero, por el cual salimos
a contemplar de nuevo las estrellas. 

No es casual que las tres partes en que se divide la Commedia concluyan con el mismo término: "estrellas". No son pocos los vocablos simbólicos y trascendentes que guarda este fragmento: "oculta", "senda", "volver", "claro", "mirar", "cielo", "contemplar", "estrellas". Conjugados todos forman una cabalística interpretación del espíritu humano y es por eso que, a poco que uno atisba dentro de sí la razón luminosa que se armoniza en las palabras, queda rendido y humildemente embelesado ante la belleza poética y la verdad revelada. 

Se produce una metamorfosis justa del alma, pues siempre queda la reminiscencia del centro indudable de la poesía. Un recuerdo fecundo que no posibilita para la creación, antes al contrario, sino que ayuda a discriminar la literatura de lo que no lo es. Es tal la claridad en este caso, tanta la naturalidad con que el juicio se configura... 

lunes, 12 de julio de 2010

Roma es el sueño mundano contenido en la piedra. No hay una ciudad más terrenal que Roma: ella es gredosa y de arcilla. Contiene la medida exacta del hombre, de sus sueños convertidos. Habrá otras bellezas en otros lugares, pero ninguna tan humana, real y mortal como la que atraviesa Roma.

***

Desde pequeño he jugado al fútbol continuamente y nunca he dejado de practicarlo. Incluso un equipo ilustre, como era el Cádiz, cuando estaba en épocas más brillantes, habló con mi padre para ficharme: decían que era bravo y que jugaba con rapidez y fuerza. Lo cierto es que todos mis amigos de la niñez, todos, han sido con el tiempo futbolistas profesionales. Algunos han debutado en primera división, otros se han quedado en segunda y los más numerosos lo hacen en tercera división. Siempre he sido, de ese grupo, el que tenía que marcharse, el que fue dejando, algunas tardes, el ir a jugar porque estaba preocupado por los estudios, la lectura o la música. Aun así, intentaba, cuando podía, imitar los regates de "Mágico" González, inigualable futbolista.
Sin embargo, en verano, nos reunimos para jugar algún partido que rememore aquellos años en que soltábamos la pelota de madrugada y en que el regalo de un Tango Adidas era un sueño.
Imaginé, por unos momentos, que éramos nosotros, los niños que jugábamos cuando bajaba la marea en la playa y nos hacíamos ampollas y rozaduras, los que levantábamos la copa de campeones del mundo.
Cuando abandonaba o no asistía a algunos partidos, sobre todo cuando me fui a estudiar a Sevilla, no fue porque mis padres me obligaran. Antes al contrario, mi padre es un futbolero enfervorizado, pero siempre me ha mantenido con cautela ante los logros efímeros y circunstanciales de los futbolistas.
Esta idea fue la primera que me rondó la cabeza cuando terminó el partido de ayer, mi padre atenuando los logros futbolísticos, los elogios de moda a pesar de ser el primero en cantar el gol. Es una lección de mortalidad que nunca olvido cuando estoy frente a una alegría momentánea. Como los héroes antiguos, como Héctor batallando con Aquiles a pesar de su insuficiente valía, me veo, en ocasiones, ofreciéndome al furor momentáneo de una victoria que no irá más allá del recuerdo impávido de un hombre.

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Tramontana, esta voz se debilita, como una estatua contenida en los ojos.


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Recoge Dante una leyenda sobre Florencia que me deja pensativo: “Yo soy de la ciudad que en el Bautista/ cambió el primer patrón…”. Exactamente, se refiere a la leyenda en la que se dice que Florencia estaba bajo el patronato de Marte. Aéste se le había dedicado un templo que fue, a la postre, transformado en el Baptisterio de San Juan. Por este desagravio, Marte no cesa de enviar a la ciudad castigos y desdichas, aunque sería la ira mayor si no se hubiese recogido del fondo del río los restos de una estatua en su honor. Aunque, como aclara el editor, en realidad, esa estatua estaba dedicada a Teodorico. Cuando pasee dentro de unos días por el por el Ponte Vecchio no tendré más remedio que imaginar todas estas líneas y releerlas. Acaso comprobaré la ficción que somos y los sueños que portamos a cada paso.

domingo, 11 de julio de 2010

En estas semanas de estío, en cuanto pongo un pie en el mármol templado que me aguarda, lo primero es leer un canto de la Comedia. Lo leo, sin lápiz en la mano, con los ojos entrecerrados y como acogido todavía por la vigilia, casi abstraído por el sueño. Cuando termino de hacerlo, la luz del día es otra, una implacable jerarquización de la materia. Bajo las escaleras para tomar un café pero ya, el descenso es otro, porque he sido invadido por la alegoría de Dante.
Releo algunos subrayados del Canto XI en que se cita explícitamente algunas obras de Aristóteles, Ética y Física. Tengo a esta última como la magna obra aristotélica. De esta suerte, agarro el volumen de Aristóteles y comienzo a leer las páginas del inicio. La física, la phisis es el principio por el que debemos entonar la melodía dantesca. Suena la cafetera, como un tren en marcha que quiere despedirse y salgo, por unos momentos, de este camino selvático.
El ingenio con que en estas décadas se conjugan las enseñanzas de los grandes filósofos con toda teocracia incipiente y en lucha con las monarquías me embelesa, pero más aún, cómo demuestra San Agustín que la lectura es un objeto de quien la lee y la entiende con su experiencia lectora.

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En el Canto XII nos encontramos ya en el séptimo círculo, el dedicado a los violentos. En este pasaje, en que se nombra a Jesús y al Minotauro, lo que más me sorprende es la referencia a Empédocles: “alguno cree que el mundo/ muchas veces en caos vuelve a trocarse”. La discordia de los elementos, para Empédocles, que gracias al amor volverían a convocarse en un caos primigenio. Y esa es la sensación de la lectura de la obra de Dante, todo lo anterior vuelve a establecerse como una anécdota caótica, insignificante, porque cada verso que se va escalando desaparece y cada estrofa desaparece. Y al final de los cantos sólo queda una sombra sin lumbre que la guíe y desconcertada. Y esa sombra es uno mismo sin saber qué pronunciar ni a dónde dirigirse. Cuando miro los pies veo que “remuevo lo que piso”, esto es, lo que “no suelen hacer los pies que han muerto”.

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M. en Perugia sigue estudiando no sólo la lengua sino la cultura italiana, incluida una buena dosis de literatura. Parece que se está haciendo poco a poco con la dinámica de la ciudad de la que siempre me habla entusiasmada y con fervor.
Dentro de unos días, volveré a Italia para reencontrarme con M., aunque antes tenga establecida una cita en Florencia con un poeta y virgiliano escritor. Florencia es ocre, casi lirio grisáceo, acumulación de la inteligencia humana, del alcance previsto para los ojos; Venecia, sin embargo, es mística y prístina, carece, ante todo, de la mano del hombre.
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En estos viajes de vuelta sucede lo que a Ulises, regresar es conmover la conciencia.

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Escribe Ramón Gaya en Tropiezo y contrariedad de la belleza (Tramontano romano): “Porque la belleza nos envuelve siempre en un abrazo demasiado apretado […] A una cierta profundidad de la belleza topamos, invariablemente, más que con un obstáculo suyo, con un impedimento nuestro, con una miseria nuestra; es como una incapacidad nuestra, casi física, de abarcar, de aprehender, de poseer su cuerpo entero presente”. Estas líneas trasladan de forma excelente las sensaciones que arrastra uno con ciertas obras literarias, con algunas ciudades, algunas personas cercanas y no pocas manías de la luz.
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En ocasiones, cuando observo una pintura de Tiziano, tengo la sensación de que interrumpo a los personajes; sin embargo, cuando me sitúo enfrente de una pintura de Velázquez, me siento mancha, trazo, fugaz presencia soñada y enmudecida. Realidad toda.

lunes, 5 de julio de 2010

Réquiem de Mozart.

Después de tantos años, con Dante, le he puesto un escenario al Réquiem de Mozart.


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A la lectura de la Comedia le sucede lo que a los frutos ciertos: hay que dejarlos madurar algún tiempo. Por eso, llevo varias horas sin leer ni una línea de Dante.
He de decir que ha sido tal la imantación que me abriga con esta lectura, tal la sorpresa, que no puedo reprimir la vista y llevarla, al menos, de pasada, al siguiente lance de Virgilio y Dante.
Sería imposible e inacabable este escribir la lectura si quisiera ir glosando cada elemento que a mi juicio resulta significativo en esta obra. Por este motivo, aligeraré las notas y las centraré en cuestiones más generales, en pasajes más gruesos. Pero es tal la profundidad y la inestabilidad que siente el lector, que uno siempre está tentado a escribirlo todo, a leerlo todo a pesar de que las páginas expelan el hedor del infierno dantesco.

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No sé el motivo, pero me he llevado todo el día recordando a Sándor Márai. Será porque llevo varios días sin M. y los hábitos han cambiado bruscamente hacia mí mismo. Decía Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas y ese aserto se está cumpliendo con demasiado esmero por mi parte.
Debo salir de la casa. Respirar en la calle. Observar el color que se muestra en el cielo y agudizar el oído para aprender de los pájaros. Quizás obtener la sedosa melancolía del viento sobre la piel. Y dejarme en la casa, desasirme y levantarme a lengüetazos.

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He vuelto del paseo. He comprado pan, cervezas y agua, pero no he podido quitarme a Márai de la cabeza: esos días de latrocinio internos. Me apropié de la vida última de Márai a través de sus diarios y todavía hay quien me reprocha que vuelque las energías en escribir estas notas. ¿Qué escribo entonces?, pregunto siempre. ¿Si escribiera una novela, qué ganaría?. Esta escritura diaria es cuestión de musculatura mental, de higiénica manía para un lector. No he encontrado un espacio en el que expresarme mejor que en estas letras, ya amontonadas, ya desarraigas de ellas mismas.
Si las leemos de un tirón, ¿a quién rinden cuentas? Si alguna vez escribiera una novela o un relato largo quisiera que fueran, al menos, tan vibrantes y necesarias como lo son estas líneas.
Ahora lo recudo nítidamente, insistía poco en su labor literaria Márai. Él ya no era Márai, era un alter ego, un holograma que habitaba en su presencia. Algo parecido me sucede estos días de reclutamiento. Abro un libro, lo dejo. Vuelvo a Dante y de repente se me ocurre escuchar a Mozart y comprobar que, desde la primera vez que escuché el Réquiem supe que algún escenario le pertenecía. Y sin saber tampoco la causa, rompo a llorar, con énfasis, sin contemplaciones. Cuando todo termina abro las alas.

domingo, 4 de julio de 2010


He imaginado que contemplo la Toscana desde una alta colina y que los árboles doblegaban el horizonte a la curvatura de sus ramas; que escuchado con la nitidez de una fuente peregrina, los pasajes interiores de mí mismo. He imaginado un paseo junto a M. a lo largo de la Villa Mèdici junto a la templanza de un albero en flor. He imaginado, quieto y moribundo de aliteraciones, el sonido de los versos sobre Florencia. Asomado a los senos de Venecia, he usurpado sus más candentes piedras y las he llevado a la memoria para fundirlas y poder contemplar, como un nuevo visitante, su belleza toda retenida y sin experiencias. Fui lobezno en Roma con garras de siglos.

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M. me escribe desde Perugia y noto en sus palabras la libérrima presencia que otorga una lengua nueva en el individuo. Una lengua es el mundo y descubrir un mundo que se levanta es un acontecimiento inefable.

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A veces tiene uno la sensación de haber llegado demasiado tarde a ciertas lecturas. No es el caso de La Divina Comedia, ni de El Quijote ni de La Odisea, por ejemplo. Son obras sin edades, que deben leerse más bien a una edad en la que uno haya adquirido algunas experiencias necesarias.
Escribo experiencia porque una de las cuestiones que sobrevuelan la obra de Dante, y que acabo de leer en el Canto IX, consiste en que Virgilio ya estuvo en el Infierno anteriormente y que se debe, a esa experiencia que Eritone provocó, su audacia y su condición de ilustre caminante de senderos escabrosos.
Virgilio es, por tanto, un guía experimentado al que Dante confía sus pasos por un lugar intransitable y del que asume toda la complejidad. “Verdad es que otra vez estuve aquí”, afirma Virgilio. De esta forma, cuando me estaba refiriendo a la lectura de ciertas obras capitales, me refería a la condición virgiliana del caminante experimentado.

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Creo que Virgilio encierra el mejor ejemplo de qué es ser un lector experimentado. Es aquel que, aun sabiendo del camino sus dificultades y trazos, elige lo trascendental, se ciñe a lo más importante. De esta forma, el discurso de Dante está plagado de elipsis: “Dijo algo más, pero no lo recuerdo”, sabe que, sean cuales sean las palabras del maestro, poco valen para la próxima estación si la memoria no es capaz de asumirlas como vida propia.

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De nuevo lo vivífico de Dante: “Vosotros que tenéis la mente sana,/observad la doctrina que se esconde/ bajo el velo de versos enigmáticos”. Estos son, sin lugar a dudas, los versos que mejor se adecuan a la lectura de este libro. Son una clave de bóveda, una cifra explícita que debe ser escrita por el lector.

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Han dejado a los herejes en el Canto IX y llegan al Sexto Círculo. En éste van a encontrarse con los heréticos. El primero que se señala es Epicuro y todos los que siguieron las enseñanzas epicúreas. Entre estos personajes, se encuentran algunos individuos florentinos. He ahí la sinuosa manera de Dante de advertir, en la corriente continua del hombre, los casos de sus contemporáneos. Esa habilidad es prodigiosa, envidiable hasta el exceso. Dante ve a Farinata degli Uberti, con quien dialoga por unos minutos. A esta escena se suma el padre de Cavalcanti, Cavalcante dei Cavalcanti, pertenecientes a los güelfos y epicúreo confeso. Por último, Federico II y sobre todo, Ottaviano degli Ubaldini, obispo de Bolonia y odiado por los güelfos. Todos, bajo la maestría de Dante, son uno, a pesar de su lejanía en el tiempo.
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Sobre la mesa los libros son mudas estatuas que ni siquiera puedan contemplarse. Meros objetos decaídos y líticos, que urgen de un lector que los reviva y reconduzca. En esa imposibilidad de atender a todos, me limito a airearlos, hojearlos, oxigenarlos. Con ese ejercicio, al menos, mantendrán sus musculaturas aliviadas. Lo siento, soy hombre.
*Ilustración, Dante y Virgilio en los infiernos, Delacroix.

sábado, 3 de julio de 2010

Dante nos hace Dante.


Hablo con M. desde Perugia una vez que se ha instalado allí y me quedo retraído y confuso a pesar de que me atraviese una alegría incontrolable. En Italia la luz que golpea en las piedras nos devuelven en limpio los siglos y esa apología del tiempo arrastra con la necesidad de volver allí continuamente.
Volveré pronto, aunque antes tenga concertada una visita con Virgilio que, dicho sea de paso, espero cargado de emoción. No siempre puede uno descender por las calles florentinas acompañado de un amigo excepcional y literato puro.
Sin embargo, hace poco presenté en Jerez de la Frontera, con la colaboración de la Fundación Caballero Bonald y la librería La luna nueva, El huerto deseado. A pesar de que M. ya estaba en Perugia y de que esa circunstancia me produjo una amnesia circunstancial, pude reconducirlo todo al frescor de los árboles que habitan en aquel jardín majestuoso. Además, de vez en cuando, se encuentra uno con un compañero, Juan Carlos Palma, que atina con sus palabras a describirnos como si estuviera utilizando un escarpelo. Entonces sucede que, por de dentro, las entrañas se revuelven y se convierten en estaciones del viento.
Esa edad de la luz que se transforma en Italia es la que habría que verter en los poemas, para que fueran uno y todo, para que fuesen tiempo acumulado en la palabra, destello sin pausa.

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Hace poco compre una edición excelente de Confesiones, de San Agustín, a cargo de Alfredo Encuentra Ortega (Gredos, 2010). Lo hice porque había leído que el único libro que acompañó a Petrarca durante toda su vida fue el escrito por San Agustín.
Petrarca nunca escondió la enorme influencia que ejercía en él los pasajes de aquel volumen que contiene la escalada y la profundización de un ser humano contada como pocas veces ha ocurrido. Sucedió que estando Petrarca en Mont Veroux, en 1336, maravillado por el paisaje que tenía enfrente, quiso recordar las palabras del de Hipona en el pasaje de X 8, 15 que reproduzco:
“Grande es este poder de la memoria, demasiado grande, Dios mío, un depósito interior amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? Y éste es el poder de mi espíritu y pertenece a mi naturaleza, y yo mismo no abraco todo lo que soy.” Estas palabras principian el pasaje y rinden cuenta de la importancia de la conciencia personal y de la memoria. Hay en ellas unas palabras memorables, (“Yo mismo no abarco lo que soy”), que, más allá de cualquier interpretación neoplatónica o de orden filosófica encierra un axioma insoslayable para todo aquel que convive con su yo en el mundo.

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Sin embargo, las palabras que tuvo en cuenta Petrarca fueron las siguientes: “Y va la gente a admirar las cumbres de los montes, y las olas enormes del mar, y los cauces amplísimos de los ríos, y el rodeo del Océano, y los giros de las estrellas, y se olvidan de sí mismos”. Tras leer el último aserto, que tan presente tuvo Petrarca, yo quisiera dejar escrita unas palabras que aúnen los deseos del santo con el mundo actual. ¿Qué sucede, me pregunto, cuando uno no se olvida de sí mismo y tanto se esculca que aprende a rodear los paisajes de la tierra como si fueran su alma toda, sin las que no pudiera contemplarse profundamente?

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En el canto VIII de la Comedia todo es palidez y miedo y fango. El rostro de Dante empalidece
cuando se aproximan a Dite (el Hades). Desde allí observan unas mezquitas prendidas como fraguas. El río enfangado que acaban de atravesar estaba repleto de perros, puercos y cieno, devolviendo, otra vez, la animalización a los malhechores.
Otro personaje florentino aparece en la obra: Filipo Argenti dei Adimari. Estos Adimari fueron los que se hospedaron en la casa de Dante tras su exilio. Y tampoco podemos perder de vista que los siete primeros cantos fueron escritos en Florencia, antes de su exilio, ya mencionado.
Cuando están próximos a la entrada, los allí presentes increpan a los nuevos visitantes: “¿Quién es este que sin muerte/ va por el reino de la gente muerta?”. Después de este pasaje se produce el prodigio: “Piensa, lector, el miedo que me entró/ al escuchar palabras tan malditas/que pensé que ya nunca volvería”. A Virgilio le dicen esos seres de ultratumba que no puede pasar quien no haya muerto, es decir, debe dejar sólo a Dante. En la conciencia del escritor siempre están presentes sus lectores, Dante nos hace Dante, como Cervantes nos hizo cervantinos. Siempre la conducta moral y ejemplar que transmite en su escrito: “Piensa, lector…”, increpa al lector que se convierta en ficción, en alegoría, materia propia del visitante del Infierno.

viernes, 2 de julio de 2010

En la Estigia se proclamó la única noche.




Avisado quedo, pero largo y escabroso es el camino que comienza en su medianía. Largas sombras las manos que escriben sobre palabras que escapan al entendimiento recto. No confíes en las palabras que se muestran como verdaderas, que los humanos arrullan como ciertas. Ninguna palabra contiene el mundo.

Escribí sobre las primeras líneas de esas obras, entre las que está, indiscutiblemente, La Divina Comedia, refiriéndome al prodigioso hallazgo que encontramos en ellas. Señalé la naturalidad, la verosimilitud enrevesada entre los artificios y la preponderancia de la plurisignificación.
Hoy, leyendo un texto de Borges, observo que el argentino lo explicó en Siete noches, en el texto que lleva por título "La Divina Comedia" (1980): “En el caso de Dante, todo es tan vivido que llegamos a suponer que creyó en su otro mundo”. Esa percuciente presencia del autor diluido en cada palabra, en las posibles interpretaciones, es la misma que me sacude cuando leo a Homero o a Cervantes.
Para reforzar esta teoría, voy a utilizar unas palabras de Paul Groussac que utiliza Borges. Groussac viene a decirnos que uno de los mayores aciertos de la obra es la narración en primera persona. A este motivo, Borges matiza con que la retórica de Dante no supone ningún impedimento para la lectura y el disfrute de su obra.
Es obvio que me refiero, desde principio, a esta circunstancia. La Divina Comedia es la transparencia más turbadora y neblinosa que se ha escrito hasta ahora.

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En puridad, Dante persiguió aprehender el conocimiento total. Para esa empresa, se valió del lenguaje cuya semántica se ramifica. El propio Borges recuerda los cuatro tipos de lectura que Dante distinguió en el segundo tratado del Convivio, a saber, una lectura en el sentido literal (que proviene de la letra); en el sentido alegórico (escondida tras la narración); en el sentido moral (por lo que habría de estudiar otros textos de Dante de calado político y ético) y en el sentido anagórgico, es decir, en el supra sentido, en el espacio espiritual orientado a la vida eterna.
¿Cómo interpretar, por tanto, el comienzo del canto VII: “Papé Satán, Papé Satán aleppe”? Señala el editor de la obra que manejo que han sido muchas las interpretaciones que se han volcado acerca de esas palabras de Pluto. Yo me decanto por un adelanto de la jitanjáfora, he ahí el primer ejemplo del recurso en una obra clásica.

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A la pregunta de Dante por los personajes condenados, el maestro le explica que se encuentra frente a los derrochadores y avaros. En esa explicación, hay una delicada palabra que animaliza todo el texto y lo convierte en una pintura surrealista, típica del Bosco: “Bastante claro ládranlo sus voces”.
Los versos que van del 46 al 48 me han recordado la acidez de los versos de Juan Ruiz en Libro de buen amor. Los avaros frente a los derrochadores, la eterna disputa del poder intrínseco y social. Y, por supuesto, laten los versos de Manrique en cuanto la Fortuna toma presencia en las palabras de Virgilio: v. 88. “No tienen tregua sus mudanzas”.
Mudanza sin tregua, tiempo que se es ido, igualado círculo el de la muerte. Al poco de desplegar una teoría sobre la concepción de la Fortuna y de cómo estos individuos la han vejado, no puedo más que ir a las baldas y rescatar el Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena. Quedo, con un verso de la comedia revoloteando en la cabeza (v.96 “mueve su esfera y alegre goza”) voy terminando el descenso por este Canto VII con la sensación de haber dado demasiados pasos en falso y de haber errado en la comprensión de las palabras leídas.

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En este Canto VII se produce el descenso al quinto círculo: los iracundos, los acidiosos, los soberbios, los envidiosos. Todos están sumergidos en las aguas enfangadas de la Estigia. Cuando Virgilio inquiere a su pupilo que bajen, lo hace porque como anota el editor, en el Infierno no se puede estar más que una noche. De esta forma, sigue la animalización de los allí recluidos: “No sólo con las manos se pegaban,[…]/trozo a trozo arrancando con los dientes”. Hasta que llegan al pie de una torre cercana a la Estigia, que media entre el mundo de los vivos y de los muertos, es uno de los lugares más escabrosos y tétricos: “mirando a quien del fango se atraganta”.
Si quisieres seguir el commento
del texto en que Virgilio guía a Dante,
son muchos los que dicen que han leído,
pocos con luces de este caminante.
*Ilustración, El paso de la laguna Estigia, Patinir.

jueves, 1 de julio de 2010

Ciacco, el guloso que cayó ciego.


En el Canto VI del Infierno aparece, por fin, la primera referencia a la ciudad que provocó no pocos disgustos a Dante. Hablamos de Florencia, ciudad que visitaré en breve y en donde encontraré, si los astros son propicios, un guía a la altura del mismo Virgilio. Ese guía, que expurga los versos de Dante al mismo tiempo que lo hago yo, me tiene deparado un descenso literario a los círculos de la estética dantesca. Así que quiero ir como ese personaje que ya ha adquirido la experiencia de la galería de círculos que nos depararán el resto de los años. No quisiera ser yo un leo que desembarca en la ciudad sin ninguna lectura de Dante o un zote que pretende entender la belleza petrea de Florencia sin atender a las profundas y fislosóficas cuetiones que la atravesaron.
Pasearemos los libros de Dante junto a las interpretaciones que vayamos extrayendo de las lecturas confrontadas. Intentaremos atisbar qué se esconde en esa sintaxis protoitaliana, enrevesada y nada fácil para la traducción, y que señala y sugiere un mundo completo y alegórico.

Estoy aprendiendo que el pacto ficcional de una obra literaria con el lector comienza desde las primeras sílabas. Si en esa propuesta, -como sucede en El Quijote, La metamorfosis, En busca del tiempo perdido o La Odisea, por ejemplo-, la obra ofrece la magnitud y las virtudes necesarias, se habrá convertido en un terreno circular, sobre el que se puede leer interminablemente. Si eso no sucede y la obra necesita de todo un corpus de líneas, capítulos y fragmentos para su construcción, la obra será mediocre en su sentido estricto.

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El ciudadano florentino es Ciacco (según la edición hay quien lo identifica con el poeta Ciacco dell´Anguilliaia) y está condenado por la gula que lo recorre. Dice Dante: “Ciacco, tu tormento/ tanto me pesa que a llorar me invita,”.
Por unos momentos, el propio Dante siente compasión por el condenado, ya que siente que su ciudad está sufriendo los hechos mal avenidos de los blancos y los negros. Estas guerras que acontecen en la ciudad florentina, y que terminan en 1302 con la victoria de los blancos gracias a la ayuda de Bonifacio VIII, provocaron el exilio de Dante.
Al hablar de exilio siempre recuerdo a Ovidio, el poeta exiliado por antonomasia de la antigüedad. El poeta que conminó al emperador a que no le quitara, como cita Guillén, el sol de los desterrados. El caso es que, si para Ovidio, el sol, la luz del cielo eran el paisanaje natural de su vida, Dante irá encontrando en el mundo de las sombras y de los hedores, la gracia de la suya en el mundo terreno. Es el mismo círculo, pero recorrido en dirección inversa.

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Cuando andan despidiéndose Dante y Ciacco, en un pasaje en que Virgilio parece mudo ciertamente y en que toma la iniciativa el alter ego de Dante, Ciacco le arroja un deseo: “te pido que a otras mentes me recuerdes”. Podríamos decir que, incluso en la tierra de las sombras y de la espera infinita al juicio, los hombres contienen deseos. Estos son los que hacen que se levante a tientas y que puedan articular las palabras con un sentido completo. El deseo, de nuevo, es el estado natural de las palabras.
La importancia de la memoria es uno de los temas fundamentales de esta obra que comienza, precisamente, advirtiendo de que se están preparando para entrar en un mundo en que no existe la memoria. La memoria, por tanto, para Dante y Virgilio es la plena conciencia de la mortalidad, la escansión que realizan los humanos del tiempo que los envuelve y perturba. No en vano, escribe Dante al inicio del Canto II: “Memoria que escribiste lo que vi/ aquí se advertirá tu gran nobleza!”, por lo que la memoria es el cedazo por el que recupera la experiencia.

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Borges fue un apasionado de Dante y de ahí sobrevinieron sus Nueve ensayos dantescos. Creo que Borges era un privilegiado para contemplar el universo dantesco, ese vasto imperio de las sombras. Por ese motivo, no me resisto a citar a quí una continua manía de Dante, enigmática pero sobrecogedora, y especialmente literaria. Al final del Canto VI, con Ciacco devuelto al fango, al hedor y a la ceguera, vuelve a decir Dante: “[…]seguimos nuestra ruta/ hablando de otras cosas que no cuento”. ¿Qué daríamos por conocer esas palabras innombradas?
*Ilustración, Dante y Bonifacio VIII.

martes, 29 de junio de 2010

Leíamos por deleite, Francesca y Paolo.

El canto V del Infierno de Dante merece varias relecturas. Así lo hago, detenidamente, pausando las retinas en cada verso, en cada concepto alegórico que muestra esta magna obra literaria. En este Canto ya ha descendido al segundo círculo, lugar en el que se encuentran los lujuriosos. Desde el principio, Dante quiere dar la impresión al lector de que los círculos van achicándose, por ello dice: “al segundo que menos lugar ciñe”.
Ese lugar que ciñe menos espacio está custodiado por Minos. Virgilio le pregunta por qué ha gritado tanto al nuevo visitante y, tras las imprecaciones del guardián, exhorta Virgilio: “así se quiso allí donde se puede/ lo que se quiere”. En esta contestación llevo varias horas enfrascado, meditando su alcance. Virgilio está confiriendo a la voluntad, al deseo, el volumen de las actuaciones. En definitiva, el lugar en el que se realizan los actos es el mismo en el que se pueden realizar esos actos. Porque, desde luego, en los círculos infernales, todo está acogido a la voluntad suprema y a la que nada puede hacer cambiar.

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Toda vez que abandonan las inclemencias de este guardián, comienzan a penetrar en el círculo. ¿Cuál es la descripción a la que se agarra Dante? Sorprende que la “mudez” sea siempre la primera impresión que tiene el visitante: “Llegué a un lugar de todas luces mudo”. Un lugar mudo sacudido, sin embargo, por personajes que gritan, blasfeman y maldicen su situación en ese espacio infernal e interminable al que seguirán ligados.
Mudo era Virgilio, casi sombra, mudos son los círculos en sí mismos. La palabra en ellos se diluye y transmuta en esencia, en acción. Porque siempre fue la palabra la acción primera, la que ejerce y transmite esa voluntad de la que comencé escribiendo.

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Por último, al final del canto, se reseña la historia famosísima de dos personajes conocidos por Dante. Anteriormente, se ha nombrado a Elena, Cleopatra, Paris o Semíramis junto a leyendas como Tristán. De todos estos personajes, Aquiles es el que menos comprendo que esté situado en este círculo de la lujuria. Dice Dante: “al gran Aquiles/ que por Amor al cabo combatiera”. Es decir, considera el autor de la Comedia que la cusa última del destino de Aquiles es el Amor. ¿El amor por Polixena, su amante?¿Por Patroclo, Briseida? ¿El amor por su propio destino inmortal? No llego a comprender esta cita de Aquiles en este lugar. Es del todo enigmática.

Antes de terminar con su descripción, se ciñe Dante a dos personajes conocidos: Francesca y Paolo Malatesta. Estos dos personajes, asesinados por el marido de ella, relatan a Dante sus acciones. En un pasaje, en el que cuentan cómo estaban leyendo una novela famosa del siglo XII, dicen lo siguiente: “Leíamos un día por deleite”.
La lectura como ejercicio deleitoso, en pareja, en ayuntamiento que desata las pasiones toda vez que están leyendo un pasaje de amor del caballero Lanzarote. La lectura, en la obra de Dante, como un impulso a la lujuria, como un terreno potencial para las fisuras de aquellos que deleitan sus días con letras y sueños de otros tiempos.

viernes, 25 de junio de 2010

Nunca antes fuimos tan serviles a la inutilidad en todo. Esa tendencia de la sociedad actual que ilustra la cadencia hacia la utilidad práctica es una consecuencia de la hipertecnologización del momento.
Italo Calvino lo ilustra adecuadamente cuando habla de Leopardi, de su biblioteca y de su culto inalterable a la antigüedad griega y romana. Dice Calvino que Leopardi sólo leía a los autores clásicos como Lucrecio, Ovidio o Virgilio y que los novísimos de su época, las novedades editoriales quedaban al margen.
Utilizo este ejemplo porque nos encontramos en un estadio opuesto al que propugnaban autores como Leopardi. En la actualidad, hay escritores que sólo conocen a los escritores de ahora y profesores de universidad que, sin haber leído ni a Lucrecio ni a Ovidio ni a Virgilio ni a Leopardi viene a llamarse catedráticos de Literatura, cuando lo que han estudiado son las migajas de un puñado de escritores de medio pelo de no se sabe qué región o que han ganado algún premio literario.
Cuando un poeta le pregunta a otro sobre la utilidad de la poesía, siempre recuerdo unas palabras de Ciorán que no necesitan más glosas: “Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. `¿De qué te va a servir?´, le preguntaron. `Para saberla antes de morir`”.

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Como un arcano voy tocando los lomos de los libros que posan en la biblioteca. Lo hago como si estuviera manipulando un muro compuesto de desvencijadas palabras.
Llevo pensando varios días sobre la pregunta que me dirigió J.S.M hace unos días acerca de la dirección que están tomando estas notas del trópico y sigo sin respuesta clara. No sé si a estas alturas aún sigo descendiendo con Dante y junto a Virgilio hacia un círculo del que no tengo siquiera la medida de su circunferencia.


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He comenzado a escribir dejando sobre la página en blanco tres o cuatro palabras. He querido hacer un ejercicio de metamorfosis. A partir de esas cuatro palabras, he comenzado a urdir un texto más extenso, hasta el punto de que ya no recuerdo ninguna de las palabras primigenias. ¿No será ese el destino de la poesía, agarrarse a una verdad que fue evidente pero que, con las palabras, resulta emboscada?
Pienso en los poemas que hace unos años me deleitaban y no encuentro más que vaguedades y juegos de artificio que no conducen a ninguna aseveración necesaria. Sólo vacuos recursos que se terminan en sí mismos; sólo serpentinas al aire, al aire ligero de la ingravidez. ¿Significa que existe la superación? Nunca un término fue tan inapropiado en literatura.


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En el canto IV de Divina Comedia, cuando Dante ha detallado el nombre de algunos personajes heroicos como Héctor, Eneas o Bruto, comienza con algunos filósofos. De todas las menciones, me llama la atención lo que dice de Demócrito: “[…] que el mundo pone en duda”. Será esta negación la leyenda que Diógenes Laercio recoge en su Vidas de Filósofos ilustres y que insiste en que Demócrito se arrancó los ojos para poder contemplar el mundo sin resquicios sensitivos.

jueves, 24 de junio de 2010

Dentro de pocos días, M. se marchará a Perugia. Antes de llegar a la ciudad de marras, lo hará a Roma. Allí, donde el amor es angulosa piedra y mudez de siglos, volveremos al final de la estancia en Italia. Mientras tanto, la lectura y la escritura ocuparán los primeros días de julio con toda intensidad, pues un nuevo libro de poemas ha brotado de todo este trasiego primaveral. He comprendido que el trabajo artesanal del poema requiere templanza, musicalidad y decisión. Sin embargo, aún no he sabido conducir estas líneas diarias, este diario que escribe alguien que se siente yo.
Volver a Italia es como una renovada peregrinación, pues en esas tierras encontré, junto a M., la topografía de la palabra en sucesión. La lengua italiana ha ido inundando con su sonora presencia las tardes de esta casa. Con ella, un profuso deseo de encontrar la verdad nombrada con las palabras nuevas. Aunque, a pesar de todo este universo lingüístico, cae uno en la cuenta de que sobre el papel el hombre sólo muestra lo indecible una y otra vez, de una y otra forma.


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La lectura de los cuadernos de Valéry revela algunas cuestiones que se me antojan deslumbrantes. Por un lado, la incesante escritura del autor francés durante décadas sin desfallecer en un punto. Por otro, la calidad y la profundidad de sus textos: “El despertar comienza como otro sueño”.
Como otro sueño comienza el despertar en los meses de julio, porque las noches son inalterables y convierten la luz en la plenitud de las estatuas. En julio, en Italia, el despertar será como un sueño que comience desvaído, anhelante de lecturas y complicidades. Sobre el puente de piedra recogeré los atardeceres.

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Al final de la redacción de un libro tiene uno la sensación de haber aclarado lo que hasta el momento era oscuro, imperceptible. Dice Valéry: “Si una obra es clara, y si además es maravillosa, es oscura en la medida de que es maravillosa. Lo admirable es inexplicable”. Con el paso de los días y con la música viciada, comienza a desconfiar del trabajo y lo que parecía claridad en la espesura se torna oscura presencia calamitosa.
Quisiera para mí los girasoles que amanecen de repente entre las lomas, como címbalos nocturnos y pétreos que muestran sus orígenes y su muerte. Cada palabra como el amarillo tornasolado de su planta. Su tallo, la conciencia entera y toda. Erección de la inteligencia. Los girasoles son címbalos prófugos de la tierra.

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Al fin todo es sueño, como los versos de Dante en el canto II de la Divina Comedia: “Memoria que escribiste lo que vi”. Dante otorga el privilegio de la mirada a la memoria y ésta, la plenitud del tiempo a que aspiramos, ofrece la palabra verdadera.
Pero Dante no se conforma con invocar a las musas y al alto ingenio para que sostengan su travesía del horizonte. Pocos versos más adelante, toda recuerda a Virgilio las aventuras y las acciones de Eneas, como fundador de Roma, escribe un verso hipnótico: “eres sabio; ya entiendes lo que callo”. El conocimiento y la sabiduría en la época de Dante viene a convertirse en sinónimos de la gracia y del silencio. La contemplación, de raigambre religiosa, se hace fértil y dota al sabio de las virtudes del pájaro solitario. No sólo comprende el silencio de Dante ante algunos episodios famosos sino que entiende los silbos del silencio pronunciado.

martes, 22 de junio de 2010


La mortalidad no es algo connatural al hombre. El hombre debe aprender, por tanto, a apropiarse de ella. Cabalmente. La mortalidad es una cuestión individual, del sujeto, pero, igualmente, social, plural. Como afirma Javier Gomá Lanzón, consiste en conjugar Emilio, de Rousseau con Ser y Tiempo, de Heidegger.
Ese aprendizaje no deja nunca de brotar en los ojos de quien atisba, desde joven, qué es ser. En esa pregunta se encierra un aserto continuo, indescifrable e inefable. En cualquier caso, incognoscible. Es un proceso sin origen que deviene de la inteligencia y la razón y que se tiene que ejecutar cada día, sin dilaciones, sin concesiones, porque uno comienza en esa estancia sin saber a dónde ni cómo ni al fin.

La mitología es la plegaría a la disolución de la mortalidad. Por ejemplo, Aquiles. Este héroe está poseído por la trascendencia y deja su estado, su ser mortal, por la permanente presencia en la memoria humana. Fíjense que digo memoria humana, ya que la memoria es un ejercicio especular: es una y es múltiple. Con que un solo hombre recuerde el hecho de otro, trascenderá la mortalidad. En este sentido, el poema de Borges es paradigmático, al final del poema de los dones leemos: “¿Cuál de los dos escribe este poema/ de un yo plural y de una sola sombra?”.
Desde esta perspectiva, la palabra, como medio de comunicación que aúna la condición biológica y cultural, es el soporte de estas disquisiciones. El lenguaje entendido como un sistema de comunicaciones proteico.
Ahora bien, la palabra poética, la literatura, posee recursos de la música, derivaciones de la música, espectros que comparte con la música. Porque la palabra supo de su mortalidad y se abrigó en la trascendencia de la música, como el hombre aprendió su condición. La música es la aritmética de la mortalidad, porque ella, mejor que ninguna otro elemento de la tierra, comparte la materia del mortal y su condición plural.
Hoy, por unos momentos, mientras escuchaba en el trabajo un cuarteto de cuerda de Beethoven, mientras rugía el foro y las palabras se diluían en el cliché, anoté estas palabras en mi cuaderno, en esas hojas que, una vez terminada la jornada, me advierten, de forma preclara, sobre la condición que jamás debemos dejar en el olvido.

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Lo más sorprendente son los colores y el plácido rictus de San Jerónimo en la pintura de Jan Van Eyck. Aparece con el capelo o galero cardenalicio y acompañado en la composición de muchos de sus símbolos: un león manso, unos libros, materiales para la escritura, etc., La pose delicada y ensimismada del personaje se complementa con la sublime mano que empuja unas páginas del libro que descansa sobre el atril. En ese mundo del hombre se encierran muchas lecturas y la disposición de la obra puede mostrarnos rasgos del hombre que las protagoniza. Bien es cierto que desde una idealización, la lectura es el fenómeno capital de este tipo de secuencias pictóricas. La lectura como fundamento del conocimiento. La lectura como un ejercicio individual que termina siendo compartido con el resto de la sociedad. De nuevo lo uno y lo diverso.
Hay una nobleza y una humanidad que traspasan las connotaciones religiosas. Es un hombre, un hombre solo apoltronado y atendiendo al dictado profundo de un libro. El ejercicio más rotundo en estos tiempos de mareas y modas pasajeras, de tanta rotundidad en los criterios y tantos sabiondos de tristes guerras personales.

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En el canto I de la Divina Comedia, realiza Dante algunas descripciones que merecen una atención más pausada. Justo cuando vislumbra la figura de Virgilio dice lo siguiente: “Apiádate de mí –yo le grité-/ seas quien seas, sombra y hombre vivo”.
Qué magnífica forma de comenzar una apreciación sobre un poeta: sombra u hombre vivo, ¿equivalentes, acaso, en su concepto? Por último, y no poe llo menos importante, escribe: “se me mostró delante de los ojos/alguien que, en su silencio, creí mudo”. Por tanto, Virgilio es para Dante un ser del silencio, un holograma, una sombra que fue hombre y que convive en ese terreno intermedio en que la palabra se achica y enmudece.