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martes, 8 de enero de 2013


PABLO d´Ors apunta a una cuestión fundamental para el ejercicio literario, a pesar de que su libro, Biografía del silencio, reflexione sobre la meditación sin más, a saber: "es maravilloso constatar cómo conseguimos grandes cambios en la quietud más absoluta". Es precisamente la indagación del silencio y de la soledad sonora la que confiere a la estancia la sensación de movimiento, el álgebra del movimiento de los astros en uno mismo. No podemos obviar que el universo es un movimiento perpetuo que no notamos en noostros más que cuando ejercitamos la contemplación: que es hacerse paisaje, dejarse uno mismo olvidado. Sólo basta leer a fray Luis de León para caer en la cuenta de la belleza de sus poemas. 
En esa ciscunstancia, el propio Pablo atisba que: "hay más bien una suerte de instalación en un no-lugar. Ese no-lugar es el ahora, el instante es la instancia".

Ocurre con la creación literaria como con la meditación. De pronto, observa uno la existencia voluminosa que se agazapaba dentro de uno mismo. Para edificarla y sacarla a la luz es necesario, en principio, tener consciencia de ello únicamente en el silencio y en la soledad. De esta manera, el escritor tendrá establecido un sendero, que se difumina al instante, en que poder traer el canto a los hombres. Como Orfeo, la experiencia interna, vivida solo por él y jamás comunicable por extenso, será la materia de la vida. Escribe Pablo d´Ors: "La virtud del escritor radica únicamente en estar ahí cuando el libro se escribe, eso es todo". Todo y demasiado, "estar ahí" supone una estación preclara del ser para el escritor. 


Me agradan mucho los pasajes del libro en que se propone un abandono de toda rémora para interpretar abiertamente la realidad: "a la vida no hay que añadirle nada para que sea vida y, todavía más, que todo lo que le añadimos la desvitaliza". Eso es lo que ocurre cuando el poeta vuelca su vida en reuniones y cenáculos, la desvitaliza. Para colmo, luego trata de llevarla a lo poético creyendo que su vida, la añadida circunstancia superfical, es el centro de la poesía. 

Una de las claves del libro, Biografía del silencio, está en esta sentencia: "Mirar algo no lo camba, pero nos cambia a nosotros". La mirada que ausculta la quietud; el ser que se moviliza ante la dimensión inaprensible; la posterior transformación. Hace unos años esciribí, en este diario, que la literatura es la manifestación de la transformación y de la permanencia. Hoy sigo creyéndoo abiertamente.

 Es una confirmación a la que me aferro de un tiempo a esta parte. El arte cohabita con la espritualidad y estas dos dimensiones parecen hermandas por el Amor. El Amor, al mismo tiempo, está transido de Belleza y de Verdad. Así, estos términos y las posteriores consecuencias en la vida de uno, terminan por tornarse en realidades concretas con las que debe trabajar el poeta para trascenderlas. En cualquier caso, estamos ante la cuestión ancestral del yo que, com anuncia Pablo: "Ser lo que uno es ha pasado a convertirse en el máximo desafío".

En esa búsqueda de lo que soy medito, escribo, vivo lo que creo vida, escribo lo que creo literatura, medito lo profundo y necesario siempre alejandome de las tentativas, de los subterfugios que aparentemente son más beneficios. Todo ello en silencio, en soledad, desplegando un yo que me abandona. 

Entendidos estos parámetros como lo que afirma d´Ors: "no se trata de egoísmo o de indiferencia, sino de simple responsabilidad. Hay que responder de lo propio. En el tribunal de nuestra consciencia, tenemos que dar cuenta de lo que hemos recibido. De lo que vamos a dejar en el mundo antes de morir y abandonarlo".

martes, 6 de abril de 2010

Nada que temer, ni a la escritura.

Escribir para pasarlo bien no me parece un argumento que solucione ni diagnostique esta manía con ninguna certeza ni exactitud. Porque las palabras nos sustancian con demasiada determinación y nos tercia y nos alumbra la realidad. Por eso no estoy con esos escritores que dicen escribir para pasarlo bien, como el que juega un partido de fútbol o prefiere un paseo en bicicleta. En absoluto.
Por otro lado, soy incapaz de dar en claro un argumento para rebatirlo. Por eso creo que esto de la escritura es cuestión de fe, de fidelidad. ¿A qué? Precisamente al qué, precisamente a la misma curiosidad que poseen los científicos que hurgan una y otra vez en la materia para intentar comprenderla y comprender qué es el mundo. Como ellos somos todavía incapaces de llegar a un juicio completo y total, como ellos nos movemos por la curiosidad, por la empatía con el mundo. Como ellos nos deslumbramos por la luz, el agua, la tierra...la materia. Y en ella estamos y somos. ¿Deja de ser bella la música si encontramos su principio?

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Me refiero a esta intransigencia con los días. No puedo remediar que, llegada la tarde, tenga que escribir en este diario. Las palabras son la sangre que brota, aunque sea sangre putrefacta e inservible. No puedo remediar trasladar la experiencia lectora a estas páginas escondidas. Las prefiero porque son únicas en la mayoría de los casos, a diferencia de lo cotidiano. ¿Cuántas veces leeremos En busca del tiempo perdido, de Proust, en nuestra vida? ¿No merece ser contada esa experiencia única de un individuo frente a un texto?
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Es evidente que ellas forman parte de mi vida y que deben formar parte de mi memoria y de las palabras que hollaran mi sepulcro. Por ejemplo, llevo dos días leyendo un maravilloso libro de Julian Barnes titulado Nada que temer. En él se aborda, entre otros asuntos, la muerte, Dios, la tentativa del escritor. Sin embargo, entre tanto talento, este libro ofrece un homenaje a un escritor querido, Jules Renard, de quien también escribí su lectura. Somos ahora, Barnes, Renard y el susodicho una pequeña comunidad unida por este diario. Y a ella invito a Vila-Matas quien ha dejado entre líneas la misma inquietud que Barnes. Estos libros últimos, Dublinesca y Nada que temer tienen demasiados parecidos. Será mejor que comience a tomarme en serio el reino del azar en que vivimos. Quizás allí resida el principio que ansiamos.

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No leo a los poetas de ahora, como no leo a los poetas de hace años o siglos que no me interesan o que provocaron mi rechazo en cuanto comencé a leerlos. En poesía, las lecturas quedan cada vez más reducidas. Hay en ellas una liturgia circular que va sacudiendo la impostura y la ingravidez. Esa impostura, que no deja de ser afección personal, me hace terriblemente misántropo con los poetas. No me gustan los comprometidos socialmente, los husmeadores de imágenes vacuas, los sencillos sin esencia, los políticos, los religiosos acérrimos o los narradores versificadores, entre otros. Creo que el cauce de la poesía se ha ensuciado demasiado y que la ceguera de los que escriben poesía cuando quieren escribir otra cosa, los delata demasiado rápido y con demasiada transparencia. El compromiso anda en otro lado en la poesía.

sábado, 3 de abril de 2010

¿Fin de Dublinesca?, -VIII-.

Habíamos decidido que cada uno terminaría la lectura por separado, pero Salvador me dejó una nota entremetida en el libro de Joyce. Era un mensaje cifrado. Eso me asustó, porque me vi inserto en un juego cuyas reglas desconocía. Decía la nota: “Leer desde la nada”.
¿Qué es leer desde la nada? Nada que temer se titula el libro de Julian Barnes que leo, precisamente, después de terminar con Dublinesca. Leer desde la nada…mientras leía la nota escrita a mano, en una hoja suelta, llamaron a la puerta. Golpearon varias veces con mucha energía. Alguien gritó su nombre antes de que me pudiera levantar. Alguien gritó su nombre y a mí se me congleó la capacidad de reacción, porque era imposible entablar una relación entre lo que sucedía y y lo que podría pasar, es decir, era un acto improbable: Samuel Riba, gritó la voz. Al escuchar el grito me quedé paralizado. Quieto. Mudo trágico. Sin embargo, lo único que fui capaz de mantener con fuerza fue el papel entre mis dedos, el papel que me había dejado Salvador. Contesté aún más fuerte: “Leer desde la nada”.
Cuando me levanté y abrí la puerta, sólo la lluvia se mantenía impenitente azotando los cristales, la transparencia y los sueños. Tenía la impresión de que faltaba la última pieza de aquella acción cargada de absurdo, fruto de la ligazón entre vida y ficción. Leí: “Tratar de ir en busca del arte de mi propio ser”. Creo que fui yo mismo quien golpeó la puerta.

***


Hora: Al mediodía, después de almorzar con una botella de tinto de la tierra de Cádiz, pescado frito, salpicón de marisco, queso viejo.
Lugar: En el salón de mi casa, en Jerez de la Frontera. Aunque ese salón sea lo más parecido a ninguna parte, al fin de los límites; aunque ese lugar sea para mí el territorio donde todo es posible.
Personajes: Salvador, Rafael, M.C y el que narra estas letras. Salvador terminó de leer el libro en dos días. Al término del mismo, hizo una serie de anotaciones musicales que nos la fue interpretando con la tranquilidad que le caracteriza. El teclado parecía rememorar el llanto de la lluvia dublinesa. Al interpretarla, todos sentimos parte de ese réquiem como un himno griego que exalta la existencia de una realidad.
Rafael, por otro lado, realizó unas ilustraciones después de su lectura. Retrató a Riba, a Nietzky, a Ricardo y a Celia. Incluso dejó un boceto de Walter. Otro de Joyce y de Beckett. Y sobre todo, dejó la humedad de la lluvia en sus láminas.
M.C. reía y advertía de los actos desaforados que estábamos realizando. Propuso, incluso, que tendríamos que haber ido a Dublín a celebrar la celebración del funeral de la era de la imprenta. Y leer allí el capítulo seis de Joyce, pero también las páginas de Dublinesca.
Acción: Lectura colectiva y un debate al final de la misma. Lectura en voz alta. Lectura dramatizada. Lectura silenciosa, individual. Lectura del silencio.
A mí se me ocurrió memorizar unas líneas del libro: “Si todo el mundo supiera ver el mundo así, piensa, si todo el mundo comprendiera que de repente todo puede ser nuevo a nuestro alrededor, no necesitaríamos ni siquiera perder el tiempo pensando en la muerte”. Después de pronunciar estas palabras, me dediqué a convencerlos de que cuando algunos ilustrados salen al paso de la evolución de la literatura y teorizan sin demasiados fundamentos, no hay más que volver a leer las obras que han jalonado la literatura y pensar: “Porque la realidad sabe escabullirse perfectamente detrás de una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de falsos sondeos. Se puede saber más y más sobre ella, pero nunca todo”.

Temas: La literatura de estos tiempos, es decir, la literatura. Los lectores nuevos de esta literatura. La de siempre, claro, la literatura.

jueves, 1 de abril de 2010

La obsesión desaforada en Dublinesca, -VII-.

Lo he decidido, terminaré Dublinesca cuando vuelva la lluvia. ¿Qué haré mientras tanto? Probalemnete, imagianr el entierro de la literatura que me gusta leer. Porque no creo que se acabe, más bien ha cesado la aspiración espiritual de los escritores.
Para ello me colocaré un impermeable verde y saldré al patio de casa. Allí mismo realizaré el rito funerario de la era Gutenberg e inauguraré, con toda la solemnidad del individualismo, la era google, una era que detesto de antemano, que me sugiere el latrocinio del individualismo, el que ha dado los mejores frutos de las mentes más ilustres. Todo ello lo realizaré mientras miro a mi biblioteca con la profundidad del mar irlandés. Intentaré llevar un volumen de Ulysses, de Joyce, abierto por el capítulo seis. Mientras tanto, la lluvia golpeará los cristales y marcarán los pasos del réquiem. Es lo menos que puedo hacer por este personaje, Riba, que sueña con la nueva etapa de la literatura.
Y, por cierto, ¿cómo conseguiré una rata para que pasee por el fondo del ataúd imaginario?

Este libro me ha llevado a leer a Joyce. Algunos capítulos de Ulysses. Algunos sólo. Quietud. Sin embargo, la enseñanza mayor de la literatura de Vila-Matas se concentra en una frase que resume su obra y que lo conecta con, por ejemplo, Shopenhauer, a pesar de que el autor jamás haya pensado en Shopenahuer para escribirla, concebirla, soñarla: “Pero le parece que en el arte muchas veces lo que importa es precisamente eso, la obsesión desaforada, la presencia del maniático detrás de la obra”.

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Hoy he leído un artículo en el diario El País escrito por Vicente Verdú titualdo Refritos de la narración. Es un artículo que aborda la narrativa española reciente frente a la hispanoamericana. Viene a decirnos Verdú que los hispanoamericanos, debido a su subdesarrollo material, aún tienen cosas que contar, frente a los occidentales, que ya no necesitan contar nada.
No creo en absoluto en este argumento. Ni los hispanoamericanos tienen todo que contar, ni los occidentales tienen nada que narrar. La diferencia radica, en todo caso, en que a lo mejor ellos saben cómo narrar y los españoles no conocen cómo narrar. En literatura el resultado en la esencia, la forma es la propuesta, la sustancia, por mucho que queramos imbuirnos en conceptos posmodernos. La obra literaria debe mantenerse ella misma, igual que la pintura o la música, ella misma debe sentenciar con su cuerpo. Sin más delirios.
Lo que sucede es que falta la obsesión desaforada, la presencia del maniático detrás de la obra, del escritor que entrega su voluntad a su obra, para que esta se vaya configurando con lecturas, países, experiencias, conocimiento.
Sí estoy de acuerdo en que ahora los libros se promocionan en book clip y en otras zarandajas tan ajenas a lo literario.
Esa falta de obsesión desaforada está presente tanto en España como en Hispanoamérica, porque si los hispanoamericanos han ganado, como dice Verdú, los últimos premios de narrativa importante de este país, eso no los hace literariamente superiores. Creo, más bien, que los escritores con vocación europea, como Javier Marías, Vila-Matas o Wiesenthal, por ejemplo, son los que han sabido zacudirse ese atontamiento general de los literatos, tan acostumbrados a la hipnosis de la tecnología, a la entrega de premios o los cantos de sirena de las editoriales.

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Literatura contemporánea y Dublinesca. Dos dimensiones que coinciden en mi lectura. Porque Dublinesca es una obra que reflexiona de continuo sobre el quehacer del novelista en su tiempo. Extraigo la siguiente sentencia: “Después de todo, la vida es un ameno y grave recorrido por los más diversos funerales”. He querido leer esta afirmación como una opinión cifrada de lo que ocurre con la literatura misma de un tiempo a esta parte. La literatura es un continuo funeral de estilos, modas, autores y corrientes. Un ameno y grave recorrido debe ser el análisis de la literatura actual. Sobre todo de los autores que publicaron un libro y alcanzaron la gloria, la vanagloria, para ser más exactos. Bien, ¿qué sucederá con ellos; no saben los literatos que un libro es un león muerto? y qué más, debemos decir después de leer un maravilloso libro? Si los autores se plantearan su tarea como una desaforada manía verían que, en el fondo, ante la escritura, el autor tiene dos opciones: o calla o muere escribiendo. Y por último, no pueden jamás olvidarse de que el señor con el impermable en Ulysses es el autor del Ulysses, ese mismo que sale al patio de su casa y proclama su muerte para revivirse.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Dublinesca VI. El escritor. La cinta blanca.

Cuando Riba piensa, simplemente se dedica a comentar el mundo, algo que hace siempre situado mentalmente fuera de casa y en busca de su centro. Cuando leo estas palabras del narrador, me acuerdo del libro de Perec, Un hombre que duerme. Ese hombre que duerme se levanta un día y hace de ese día el confín de los días. Los detiene y los vuelve a convocar. Los deshace y los vuelve a construir desde su cuarto, con el magma de la memoria y los deseos. Tras desafiar los amarres sociales (exámenes, cafés, lectura de prensa, paseos por los jardines) convoca en su habitación, en su pequeña buhardilla, la voluntad como individuo. A partir de ahí comienza a sancionar al mundo, como si este fuera un campo de pruebas que alguien dirige y contra el que hay que levantarse.
A Riba le sucede algo parecido. Su estado de salud pasado, de hace dos años, lo condujo a una cercanía a la muerte de la que todavía sigue recuperándose. Porque la muerte le enseñó el rostro de la vida. De la literatura. Del mar. De casi todo lo terreno. Quizás también que en la vida debe estar cayendo continuamente del otro lado o, con Juan Ramón Jiménez, en el otro costado.; que nada es tan importante como para olvidar el resto. Y, en todo caso, que en el mar puede uno encontrar las maravillas visuales de la vida.
Ahora entiendo porque llueve en Dublinesca. Son las lágrimas del propio Riba sonriendo a carcajadas.

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Hay situaciones que le molestan al personaje, a Riba, por literarias, por novelescas. Así ocurre cuando Celia llega a casa: “Pero la situación que acaba de vivir al llegar a casa le ha molestado, porque le ha parecido salida de una novela, y si hay algo que hoy en día pueda incomodarle de verdad es que a su vida le sucedan cosas que puedan resultarle apropiadas a un novelista para contarlas en una novela”. El personaje se muestra rabioso ante los trazos de la realidad porque son muy literarios y por mostrarse demasiado dóciles ante la ficción.
Una de las cuestiones sobre la que tendría que escribir es sobre la forma elegida por Vila-Matas para escribir. Una elección que mezcla los giros coloquiales, la forma sintáctica cercana a la frase hecha y manida al tiempo que escribe profundos pensamientos: “algo”, “hoy en día”, frecuentes oraciones de relativo como “la situación que acaba…”, “cosas”, “contarlas”…términos vagos, cercanos al mundo de la administración, de registros coloquiales. Sin embargos, potentes palabras cargadas de inteligencia. Llevo unos días pensando en esta relación. ¿Radica ahí la virtud de esta obra?


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Junto a M.C. estoy realizando un ciclo de cine. Hemos decidido ver todas esas películas que todavía están en las carteleras y que no habíamos visto por diversos motivos. Entre esas películas se encontraban El escritor, de Roman Polanski y La cinta Blanca, de Michael Haneker.
La película de Polanski hace aguas por muchas vertientes, incluido el guión y la dirección. Algunos personajes fueron elegidos más por sus nombres que por sus virtudes. A pesar de que la crítica la considere como una de las mejores obras de este director, no queda más allá que de ese horizonte, una película digna de un director irregular. De ella pocos elementos podemos destacar; no queda en la memoria más que una buena trama dispuesta para que el espectador se mantenga atento e impaciente.
Sin embargo, la dimensión cinematográfica de La cinta blanca es colosal. Mientras la veíamos, en versión original, rápidamente nos dimos cuenta de que estábamos ante una película a la que no podíamos someter el juicio momentáneo. Así es, todavía sus fotogramas siguen apareciéndose incesantes, misteriosos, oscuros, con el blanco y negor de la pantalla.
Quedamos colapsados: era la dimensión más ruín y miserable la que se mostraba ante nosotros. Una dimensión sobre la que no teníamos nada que decir, porque la película progresaba con una fotografía que, junto al narrador, iban hilando una secuencia horrible pero verdadera. La película hace que vayas inoculando la semilla del mundo de un campesinado víctima de la brutalidad, de la desazón ante la vida. Personajes, guión, dirección, montaje...la fotografía. Qué maravilla asistir al cine y dejar allí a alguien que fuimos. Porque esta película transforma e hiere y nos reconcentra allí donde no nos habíamos visto nunca antes.

lunes, 29 de marzo de 2010

Dublinesca -V-.

He decidido inaugurar una página en la que iré copiando las citas o las líneas de aquellas obras que me lleven a escribir. No es otra cosa que un diario de citas, sin más hilación ni lógica que la que ofrezcan los turnos de lectura. Es lo que hace el protagonista de Dublinesca, un documento world en que vierte las palabras que cree pueden serle de ayuda para la creación y la supervivencia. Un telar de palabras que se superponen y que ejercen un magnetismo ficcional sobre los aspectos más nimios y cotidianos de su vida.
Exactamente eso. Exactamente lo que dejó para la posteridad Flaubert en Bouvard y Pécuchet. Una lista del conocimiento, pero sin la invasión del individuo, la confirmación de que el mundo es inasible para el entendimiento.
Por ejemplo, leo en Dublinesca lo siguiente: “Cuando el espíritu se eleva, el cuerpo se arrodilla”. Tras leerlo, lo anoto en mi nuevo documento. Es una cita de Lichtenberg que utiliza el personaje de Vila-Matas y por lo tanto el propio autor. Al anotarla en mi documento, la cita se abre y se expande. Y ya no le pertenece más que a aquel que la mencione cuando su vida esté totalmente de hinojos ante la literatura. Como es el caso.

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Creo que terminaré la lectura de Dublinesca solo, sin la compañía de Rafael y Salvador. Será lo mejor para mi aprendizaje; será lo mejor para que obtenga el resultado que mis cualidades de lector me posibilitan. Aunque, de vez en cuando, estos personajes me visitan al anochecer, sin avisar, y se sientan en mi sofá, con mis libros, y me hagan preguntas sobre los subrayados y sobre algunos autores que no merecen su consideración. Esa es la lucha del escritor sin cualidades.
Hay épocas que parecen ensanchar el mundo. Como dice el narrador de Dublinesca: “El mundo es siempre más amplio en primavera”. No lo creo así. Más bien, el mundo es más amplio en la grisura del invierno, porque se confunde el mar y el cielo, porque se confunden los versos de Rilke con la prosa de Joyce. Quizás porque todo el libro de Vila-Matas sucede casi siempre bajo la lluvia. ¿Por qué? De la lluvia en Barcelona al mar de Irlanda.

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El colmo de la genialidad es esta frase de Blanchot: “¿Y si escribir es, en el libro, hacerse legible para todos, e indescifrable para sí mismo?”. Escribo para hacerme legible para los demás. Escribo para que, algún día, pueda reconocerme en la escritura. Ese día dejaré de hacerlo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Dublinesca -IV-.

JUNIO

Después de varias horas leyendo en grupo, decidimos que llegaba el momento de aislarse en la lectura. Observé cómo Rafael y Salvador se iban de casa aunque aún quedaran en mi cabeza sus sabias palabras, sus consejos, sus comentarios. Para mí son como dos cazadores expertos que avisan y aconsejan de las artimañas de las aves que saben que van a ser cazadas. Pero quedan sus avisos, sus guiños, sus gestos en silencio, la complicidad. Estos lectores tan finos, ya en extinción, lectores omnívoros y omnímodos, se han hecho indispensables para que mis lecturas logren convertirse en ejercicios de estilo literario. A veces pienso que son fantasmagorías de la memeoria y el deseo que me visitan y que la tomo por reales, tan reales.
Pienso que hay un estilo en la lectura y que el lector debe ir procurando, como un buen escritor, elevar el estilo hasta hacerlo personal. Cuando eso sucede, cuando se acoplan el estilo de la escritura con el de la lectura, se produce el milagro de la armonía verbal, aquella en la que se confunden, entre las letras, la presencia humana.
Estos dos individuos, decía, tienden a desaparecer cuando están leyendo, lo hacen por el arte del estilo en la lectura. Nada de ellos se dice, ni se vanaglorian de haber hallado tal o cual referencia, esta o aquella palabra que deja ver qué obra ha influido. Estos descubrimientos velados en la lectura los ven como un trabajo necesario, como un deber inexcusable. Nada de eso se produce con estos lectores. Nada de eso. Sólo la fundición del lector en la palabra. Y el baile de la lectura, el baile armónico de los estilos.
Cuando pienso en todas estas disquisiciones, recuerdo unas palabras de Dublinesca:
“¿Cuál es la lógica entre las cosas? Realmente ninguna. Somos nosotros los que buscamos una entre un segmento y otro de vida.”

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En Italia, atravesar un puente es una travesía del horizonte. Porque se adhiere uno a la piedra que nos aguarda al otro lado en forma de palacio o de plaza renacentista. En Italia, los puentes no nos hacen reflexionar, ni sentir las ciudades al completo, aunque sí soñar con el tiempo agolpado en sus calles. Son arterias que nos conducen a los órganos vitales de las ciudades, pero no a su contemplación exterior.
En París los puentes son el rumor del agua, y ayudan a que la ciudad se pueda atravesar de un barrio a otro y se pueda leer, con Cortázar, y se pueda demediar, justo en la medianera postura del río. En un café de París puede uno proyectar un puente, un puente metálico enorme que haga posible escuchar a Camus o Sartre susurrando no se sabe qué idea.
Por el contrario, el puente de Brooklyn permite contemplar la ciudad y sentirla. Y eso le sucede a Riba, Samuel Riba. Y su paseo fue nuestro durante la lectura. Y por eso lo escribo, para unirme a sus pasos.
***
La aspiración del lector debe ser siempre desaparecer.

martes, 23 de marzo de 2010

Dublinesca III. Recuerdo nocturno.

Spider, un personaje de una película de Cronenberg, citado en Dublinesca, se convierte en un alter ego de Samuel Riba, claro, el cine se ha convertido en otro paradigma de referencias en este libro de Vila-Matas, -medito, pienso en silencio.
Hemos decidido que habrá pasajes que serán leídos en silencio. Cada cual elegirá el tiempo, el ritmo, las anotaciones idóneas para el comentario en alto.
Le digo a Rafael, -que me escucha atento-, en algunas páginas, el narrador recuerda un comentario de otra película, Il deserto rosso, de Antonioni, y comienza una reflexión que no tiene desperdicio: “Spider, que anda tan perdido por la vida, no sabe que podría imitarle y reconstruir su personalidad adaptando los recuerdos de otras personas, podría convertirse en John Vincent Moon, un héroe de Borges, por ejemplo, o en un conglomerado de citas literarias; podría pasar a ser un enclave mental donde pudieran cobijarse y convivir varias personalidades, y lograr así, quizá sin tan siquiera demasiado esfuerzo, configurar una voz estrictamente individual, soporte ambiguo de un perfil heterónimo y nómada…”. Eso es, -dice Rafael-, alguien que nos esté escuchando pensará que estamos perpetrando una película o una novela o incluso un asesinato.
¡Sí! -exclamé-, ¡el asesinato de la vida en manos de la ficción!

Cuando termino de leer me encuentro con el absurdo. ¿Todo esto para qué? ¿Qué buscamos con esta lectura, con estas glosas orales? Justo cuando termino de entonar estas palabras, Salvador comienza con su lectura de Ulysses, de Joyce. Lo hace salmódicamente. Nos lee un pasaje del capítulo seis del libro. Lo vuelve a leer ante nuestra reacción. ¿No os dáis cuenta, amigos?, -dice Salvador. No se puede leer Dublinesca sin haber leído a Joyce, como no se puede leer París no se acaba nunca, sin antes haber pasado por Hemingway, ni se puede haber leído a El Doctor Pasavento sin haber leído a Walser o a Kafka…

Sí, -me explico en voz alta-, ya lo sabíamos. Por eso nos fascina esta literatura, porque si hay algo que no acaba con Vila-Matas es la literatura misma y el acto de leer.

***
M.C. lleva varios días en Roma. Al comienzo de su viaje, comencé a escribir una serie de melancólicas notas. Las abandoné de inmediato cuando me di cuenta que la literatura no puede ser en todo, no podemos consentir que lo habite todo. Así que busqué el silencio y guardé los rescoldos de la ausencia.
Hoy escribo motivado por una reflexión aledaña. Ella tendrá el recuerdo de Roma con mi ausencia y creo que esa circunstancia es aún más humana. Porque el hombre en el recuerdo es mera fantasmagoría, mera insinuación a pesar de las fotos que sustraigan algún atisbo del recuerdo. Las fotos son trampantojos, a fin de cuentas, que sólo muestran unos colores y unas formas que quieren representarnos.
Al hablar con ella, me ha contado sus paseos por las plazas, los recorridos por los que ha transitado y, de inmediato, la he recordado como si estuviese oculta en aquella ciudad en que la luz se baña en piedra de siglos. La he traído a la memoria sola, observando, como suele hacer, con toda la inquietud posible. Al final de la escalera, en la plaza de España, hay un sueño. Tiene la forma de unas manos que escriben. Cuando ella se acerca, me vuelvo. Allí estamos, contemplando el capitel de la noche.

lunes, 22 de marzo de 2010

Dublinesca -II-

Seguímos leyendo en voz alta el libro de Vila-Matas. Lo hacíamos por turnos, para que cada cual tuviera la oportunidad de ofrecer su tono, su modulación, el aspecto oblícuo de su voz. Salvador, sin duda, era el que mejor leía aquella prosa que había ganado en estilo inglés, con logros en el contraste, en la intensidad.
Salvador subrayó el pasaje en que el narrador se refiere a la opinión de Claudio Magris, en El Infinito viajar y que vertió en una entrevista que le realizaron en la prensa. Al calor de las declaraciones, Riba piensa: “ese viaje circular de un pletórico Ulises que regresa a casa –el viaje tradicional, clásico, edípico y conservador de Joyce- ha sido sustituido a mediados del XX por el viaje rectilíneo: una especie de peregrinaje, de viaje que procede siempre adelante, hacia un punto imposible del infinito, como una recta que avanza titubeando en la nada”.

Salvador quiso apostillar el pasaje y dijo que un viaje es rectilíneo cuando es realizado por una sola persona. ¿Qué ocurre, por ejemplo, ahora que estamos tres individuos leyendo a compás un libro e interpretándolo según nuestros criterios? ¿Qué hay del viaje compartido? ¿No es cierto que uno es la suma de todos los individuos que son cambiantes dentro de uno? Ese viaje nunca puede ser rectilíneo, solo el viaje vertical, hacia uno mismo, hacia sus adentros, lo puede lograr,- sentenció mientras se levantaba hacia los estantes en que tengo ordenada la literatura en lengua extranjera.
Rafael, con el ceño fruncido, parecía que estaba meditando una respuesta para desmontar las argumentaciones de Salvador, que todavía resonaban en el salón sin ser matizadas. rafael tenía entonces la figura de un buda pensante, con los brazos cruzados como aspas y agarrados a las altura del antebrazo, el uno en el otro. Es posible, comenzó Rafael, que el viaje compartido, como éste, sea rectilíneo y circular a la vez; puede que las líneas verticales terminen desembocando en el mismo ángulo y que ese cruce las devuelva a su origen. Por lo tanto, al inicio del círculo,- terminó Rafael con la voz agarrotada.

Estaba observando a los dos y el silencio que se produjo invitaba a que fuera yo quien interviniese de continuo. Realmente, no sabía qué decir ante aquellos lectores tan agudos y finos. ¿El tiempo, el círculo y la línea? ¿Debía nombrar a Leonardo da Vinci, para que todo terminara en un lector que extendiera los brazos al modo del hombre de Vitruvio? Quizás era esa la solución, pero no estaba en absoluto seguro de ello. No sabía si continuar por ese camino o si hacer como hace Riba, el protagonista de Dublinesca, es decir, guardarme la información más importante y dejar al viento sólo lo anecdótico. Abrí el libro y leí de nuevo la afirmación de San Agustín: “Si no me lo preguntan, lo sé, pero si me lo preguntan, no sé explicarlo”. Lo repetí de nuevo, con cierta solemnidad. Y concluí con las siguientes palabras: “lo mejor será que caigamos del otro lado. Además, como dice Riba, nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado,- concluí. Así que, sólo os diré que los tres somos viajeros sentimentales, viajeros de sillón que comprendemos la rectilínea sentencia del tiempo que dibuja el círculo de la ficción.
De repente, ante estas palabras, Salvador saltó recitando en voz alta un pasaje del Ulysses, de Joyce, que había agarrado desde hace un rato como un chamán que sostiene un talismán o una piedra mágica.

domingo, 21 de marzo de 2010

Dublinesca en grupo y en mayo.

Había terminado de leer "Mayo", la primera parte de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Se me ocurrió que, aparte de escribir la lectura de aquellos pasajes más significativos y que había subrayado con esmero, podía imitar al personaje de ficción, Riba. Llamé, para ello, a dos compañeros con la intención de que vinieran a mi casa para leer en voz alta la novela y para comentar aquellos pasajes que nos despertaran alguna inquietud. En definitiva, para que mi viaje, es decir, mi lectura fuera como el viaje de Riba a Dublín: un encerrona, una huida, una necesidad, un acercamiento a Nueva York.
El editor, Riba, había requerido a Ricardo y a Javier para que lo acompañaran a un viaje a Dublín para celebrar el Bloomsday. Así que agarré el teléfono y llamé a Rafael y a Salvador. Sabía que no iban a desestimar mi invitación, ya que ellos eran dos lectores empedernidos de Vila-Matas y además de Joyce. Conspiradores de la lectura.
Quise preparar la visita para que hubiera una especie de guión y las conversaciones estuviesen sometidas a unas pautas determinadas. Unas directrices engañosas, en puridad.
Me interesaban algunos de los temas que habían ido apareciendo en el libro. Sin duda, el primero fue la teoría de la novela que piensa Riba en Lyon. Me parecía una exploración adecuada la de plantear una reflexión sobre una teoría de la novela al leer una novela en la que un personaje, un editor, muestra su teoría.
***
En cuanto llegaron a casa, a las cinco de la tarde, les informé de mis propósitos. Quería experimentar con la lectura colectiva de una obra literaria.
Les dejé claro que no me interesaba tanto la vertiente filológica que siempre desarrollamos en referencia a las obras que leemos y que nos apasiona a los tres, sino la conceptual, es decir, la propuesta teórica que sustenta el libro. Situarnos como escritores, situarnos como si nosotros fuésemos los escritores de la obra. Suplantar a Riba; a Vila-Matas. Dublinescos totales.
Después de invitarlos a un té –ya les expliqué por qué debíamos ser ingleses, caer en el otro lado-, les leí el pasaje en que Riba, durante su estancia en Lyon, había pensado una teoría de la novela: “Esos elementos que consideraba esenciales eran: intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza”.
Todos llevábamos un cuaderno de notas y propuse que cada cual apuntara los puntos de esa teoría y que escribiese la primera sugerencia que les pasara por la cabeza. Yo anoté en mi moleskine:
1. Intertextualidad.
2. Conexiones con la (alta) poesía).
3. Conciencia de un paisaje moral en ruinas.
4. Ligera superioridad del estilo sobre la trama.
5. La escritura, un reloj que avanza”. Esa escritura nos llevó unos minutos.
Al cabo de un tiempo, nos miramos y nos hicimos cómplices de la ficción dublinesca. ¿Qué habrán escrito? -me pregunté al mirarlos de reojo.

domingo, 14 de febrero de 2010

L´inifinito viaggiare.

Después de varios días hipnotizado por la prosa de Bernhard, conviene alejarse de ella o, al menos, no escribir su lectura. Más que alejarse, lo que hay que llevar a cabo es un reposo tras la lectura de cualquiera de sus libros, porque su prosa y su estilo resuenan como pocos. Sucede con Cortázar, Proust, Faulkner o Javier Marías; con Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Quevedo o Miguel Hernández. Son autores de una propuesta literaria que, a poco que uno extraiga alguna virtud y la trasvase a sus obras, su influencia se deja notar con demasiada transparencia. Esa imantación irradiada conviertie lo que podía ser una virtud en una chabacana glosa, en una machacona reducción de giros, vocablos, oraciones subordinadas.
Escribo todo esto porque creo que el aprendizaje en literatura (en cualquier disciplina artística) ha dejado de tener la importancia y la supremacía que le son necesarias, que tenía no hace poco tiempo. Es decir, el aprendizaje de los mecanismos de la poesía, de la música o de la pintura ya no forman parte de los nuevos creadores. Se han alejado de él como si los recursos, la imitación o la incorporación de los logros de otros (los grandes, los virtuosos) no fueran necesarios desde el principio. Se han saltado, en su afán como innovadores, los primeros pasos, los principales pasos para discernir, al menos, las capacidades individuales.
En el aprendizaje es cuando uno debe comprender hasta dónde llegan sus palabras, hasta donde su discurso termina incapaz de seguir nombrando. Ante esa exploración, apoyado en los versos o la prosa de otros que han conseguido escribir sobre una realidad, el escritor debe reaccionar o abandonar. Si reacciona, es el momento de ir encontrando su palabra, que no su voz, la palabra dadora, personal, infranqueable. La misma que puede llegar a impregnarse de aquellos sones inimitables que, en la escritura de otro suenen a triquitraque. Si ha decidido abandonar, esto es, a tomar conciencia de su limitación como autor, deberá rendir la misma generosidad a esos escritores que le enseñaron a no garabetear en público sus miserias.


***


Qué irremediable dejar de leer a Bernhard, sin embargo. No puedo abandonar El sótano y esta lectura en dirección opuesta, en la dirección opuesta a la sociedad. A pesar de mis propias advertencias, leo, leo, leo a Bernahrd, aunque trato de asimilar esa escritura que parece trazar un dédalo de ficción. Me conformo con leer. En ese verbo se guarda una de las grandes y universales costumbres del hombre: sentirse, por momentos, invisible al tiempo mientras avanza, linealmente, a un fin irrevocable. La muerte no es el final de la novela, sino una prolepsis de lo que fuimos.



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Vivere, viaggiare, scrivere. M.C. está leyendo a Claudio Magris en italiano, L´infinito viaggiare. Sus lecturas se han convertido en un acontecimiento para mí. De las páginas iniciales, de la Prefazione, me lee algunos fragmentos que saben serán de mi agrado: “Fin dall´Odissea, viaggio e letteratura appaiono strettamente legati; un´analoga esplorazione, decostruzione e ricognizione del mondo e dell´io”. Tiene estas palabras palabras subrayadas en el libro. Cuando termina leerlas le digo que Magris no ha advertido una cuestión. ¿Qué sucede cuando la exploración, la deconstrucción y el reconocimiento del mundo y del yo se realizan junto a una persona, la misma persona? ¿No puede hablarse, entonces, de la forma más armónica y tremenda del amor?


A continuación, comenzamos a recordar nuestros paseos por Trieste, aquellas caminatas que parecían estar ofreciendo un resto arqueológico que debiéramos explorar. También nuestros paseos por las calles de París, por los bulevares, por los cafés, mientras leíamos algunas páginas que servían de análoga realidad al momento. Cuando se va, M. C. me deja marcada una página, en ella puede leerse: "Il viaggio-scrittura è un´archelogia del paesaggio; il viaggiatore -lo scritore- secende come un archeologo nei vari strati della realtà, per leggere anche i segni nascosti sotto altri segni...". Y me quedo auscultando los símbolos y las señales que deviene de la realidad y que llevan a otros signos, a otra sucesión análoga e imperecedera, infinita, leer, viajar.

jueves, 11 de febrero de 2010

La música hueca.

Por la mañana, esta mañana, he sentido una náusea terrible, un atolondramiento que me ha dejado inservible y ágrafo. Una larva. Un vacío que nunca antes me ha había habitado, una vacuidad insostenible, que terminó por atravesarme como un látigo, que terminó por demediarme como una partícula invisible, que terminó por desangelar la luz de la mañana que, hasta entonces, brotaba serena y plácida.
Todo se vino a concentrar en un sótano dentro de mí, en un habitáculo que surgió de mí mismo, un espacio hasta ahora innombrado, que sigue innombrado. Un hastío quimérico. Quizás un síncope. Una muerte meditada y consciente.

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Por la tarde, esta tarde, ha vuelto a sucederme. El hastío. He considerado que, en realidad, es una tentativa fáustica ante tanto absurdo alrededor, ante tanta palabra sucedánea, huera, fugitiva.
He recordado algunos pasajes del Doktor Faustus, de Thomas Mann. En esa prodigiosa novela, Adrian Leverkühn asiste a una conferencia de Kretzschmar. En ella el especialista diserta sobre la música. Después de una larga argumentación, dice: “Quién sabe si el deseo profundo de la música es el de no ser oída, ni siquiera vista o tocada, sino percibida y contemplada, de ser ello posible, en un más allá de los sentidos y del alma misma”. Así me contemplé, en un más allá de los sentidos, como si la vida no quisiera que yo siguiera escuchándola, como si quisiera ser sólo contemplada, como de otro. Aacaso interpretada por otro.

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Por la noche, esta noche, las páginas iniciales de El sótano , de Thomas Bernhard,han conseguido explicármelo todo, con la claridad de Bernhard, con la recurrencia de Bernhard, con la irónica visión de Bernhard: “Tenía la sensación de haber escapado a uno de los amyores absurdos humanos, el instituto”. A todo esto suma el autor una reflexión sobre la utilidad del ser humano en la sociedad, la utilidad individual, quiero decir, la que justifica y argumenta los absurdos, como está claro. Así, después de todo este bucle melancólico, he decidido que debo ser útil, al menos por un tiempo, útil. Un tiempo. Al menos.
Por este motivo, mañana diré las palabras que todos desean escuchar, aquellas que no dicen nada porque nada esencian. Y me comportaré pensando en la utilidad, en esa conducta que desciende del más nefasto de los comportamiento. Sí, de la más soberbia de las mentiras e hipocresía.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Desde el origen, una indicación al comienzo del sótano.

Los días en el origen. No quiero adentrarme en el sótano sin antes escribir algunas notas sobre la lectura que terminé hace poco, pero que sigue resonando, con toda sus variantes, con todo el esfuerzo sintáctico, como un bucle poliédrico. Como un arché, que genera el todo desde el uno, la prosa de Bernhard ha empañado la lectura como empaña la lluvia, esta tarde, los cristales. Quiero decir que, al final de El origen, al final de una indicación sobre el recuerdo que se somete al pensamiento de su ahora, sucede la dispersión magistral de su origen. Quiero decir, el punto de fuga que retorna, el origen de todos los fines, el origen de toda su vida que brota ininterrumpidamente. Al fin y al cabo, el origen no es más, ni es menos, que ese recuerdo instalado en la memoria de una ciudad, un instituto, unos bombardeos, una educación a la sombra del nacionalsocialismo y del posterior catolicismo, las primeras notas que brotaron de un violín, la sombra alargada de su abuelo, de su maestro, de su Montaigne personal, del maestro antiguo, del trastorno provocado por la sociedad, por el malogrado compañero tullido que amaba la soledad, por Pittioni, aquel profesor de geografía cuya fealdad despertaba las punzantes y socarronas risas de la comunidad, por la tara de los días en que su violín mudo esperaba las manos que lo despertara. Su abuelo, a quien amaba y veneraba, con quien paseaba y conoció la Naturaleza, la mejor de las educaciones, su abuelo fue, sin duda, la figura capital de este origen. Su familia, lastrada por el tutor, que ni siquiera padrastro, decidió seguir siendo austríaca a alemana. Cuestión indiferente al propio Thomas, al joven Thomas, que decide abandonar el instituto que un día fue nacionalsocialista y otro católico, es decir, la misma necedad y antinaturalidad volcada sobre los jóvenes que son al fin antinaturales y necios, al joven Thomas que decide abandonar el instituto y comenzar a trabajar, durante tres años, justo cuando cumple los quince, en un comercio de comestible.
La literatura de ese comercio está en las páginas de El sótano (1976), escrita treinta años después de su vivencia. Allí me adentro. Sólo quería asegurarme de que dejaba por escrito estas notas, en el diario, en el único lugar en que puedo entender, sólo con una sintaxis ternaria, esta literatura aplastante, pero tan bella, tan bella…

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Hay, desde luego, una enfermedad del espíritu y esa enfermedad es la más incurable de las torturas a las que nos sometemos como humanos. Durante algunos pasajes de El Origen, me he acordado de algunas páginas de Robert Walser, de Jakob von Gunten, y su concepción de la escuela en la que somete sus días, en la que el tedio lo hilvana todo con la absoluta convicción de su ser. Y también, de cómo los dos autores tienen que ejercer la individualidad para deshacerse de los impuestos sociales, de la comunidad adocenada. Me estudio a mí mismo más que a ninguno otro ser, esa es mi metafísica, dice Montaigne; así lo repite Bernhard en su obra, para entender su infancia y su escritura como conocimiento.

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(No debo olvidarme de de escribir sobre Walser en el diario…. Mirar los subrayados. Libro junto Microgramas.) Escribió Walser: “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada”. El instituto Benjamenta, al igual que la iniciática Andräschule y el instituo católico, el Johänneum, en que se estuvo estudiando el joven Bernhard.
Los dos autores escriben sobre la influencia como individuos de estas instituciones en sus vidas y los dos llegan a la misma conclusión y a la misma acción: deben liberarse a través de su propia autoafirmación. Los dos escriben sus primeras obras sobre estos cercos de la indolencia en la primera juventud y los dos dejan por escrito el ejercicio de superación que deben realizar.
Ahora que lo pienso, yo me encuentro un proceso de retorno, en una circularidad de la que no participo conscientemente. Fui alumno de una institución, cuando niño, cuando joven, recibí la enseñanza de algunos hombres de provecho, poco más. Ahora, todos los días, abro las puertas de un aula, en una institución idéntica, en unos pasillos idénticos, en los pasillos de Benjamenta, por ejemeplo, para que sea mi voz la que vierta sobre unos jóvenes toda la antinaturalidad de la enseñanza. Mañana, cuando llegue a las clases, me sentaré junto a un alumno. Y dejaré que se pregunten, ellos mismos, qué hago, qué falta, qué ha ocurrido para que yo me siente junto a ellos, entre ellos. Es así como me siento, con toda firmeza, así, un descubridor de mí mismo, del proceso y la metamorfosis que me atraviesa.

martes, 9 de febrero de 2010

Thomas &Tomás.

Notas de lectura. Hay obras que necesito escribirlas a medida que voy leyéndolas. Escribirlas para entenderlas y pensarlas. Escribir la lectura, sístole y diástole.
Es un ejercicio que me ha enseñado a leer y a escribir,-torpemente, todo sea dicho-, con una capacidad distinta. Nunca hubiera leído a Márai sin haberlo escrito, ni a Kertész, ni a Renard, ni a Pessoa, sin haberlos escrito, nunca.
Así ocurre, por ejemplo, con Bernhard, así ocurre cuando termina la primera parte de El origen, titulada Grünkranz. Hay unas frases demoledoras, tanto como las bombas que destruyen el internado y los edificios colindantes. Las palabras, envueltas en una cadencia sintáctica musical, terminan por adherirse a la realidad que está nombrando.
Existe en esta autobiografía del autor de marras una evocación a las relaciones que establecen las palabras y la realidad, el recuerdo y el pensamiento que está siendo.
Dice Bernhard: “De la suerte de Grünkranz y de su mujer no he podido saber nada más, y tampoco he oído hablar nada nunca de mis compañeros de colegio”. Estas palabras de Bernhrad me han conducido a los razonamientos de Platón acerca de la relación entre lenguaje y realidad. “Nada nunca de mis compañeros de colegio…”, quiere decir que toda la realidad referente a sus compañeros de colegio reside en la memoria y, es más, sólo es posible indicarla como sólo le es posible indicar al lenguaje la realidad que nombra. De ahí el subtítulo del volumen: Una indicación
Lo mismo sucede en un pasaje posterior que pertenece a la segunda parte, Tío Franz. En un momento en que el narrador recopila los recuerdos como un ramillete de sensaciones contrarias: zumbas, retumbos, llantos, detonaciones, bombas…, dice: “Y hasta hoy tengo esos sueños”. De nuevo, evidencia el trasiego que conduce por sus palabras a través del recuerdo actual. Todo se hace más evidente cuando Bernahrd escribe: “En este lugar tengo que decir otra vez que anoto o incluso sólo esbozo o indico sólo cómo sentía entonces, no como pienso hoy […] y la dificultad es, en estas notas e indicaciones, convertir el sentimiento de entonces y el pensamiento de ahora en notas e indicaciones que correspondan a los hechos de entonces”. Estas últimas palabras, estas sentencias, dejan en claro la aspiración literaria de este monumento autobiográfico. Esas cursivas no son nuestras, las utiliza el propio autor: sentía y pienso, así conjugados, el pasado, recuperado a través del sentimiento; el presente, sugerido a través del pensamiento, acción que ordena los sentimientos de entonces con las palabras de ahora. Porque, evidentemente, en aquel entonces Bernhard no contaba con las palabras y el uso de la sintaxis necesarios. Ha sido el artificio literario, la indagación lingüística la que ha hecho posible que hoy yo, Tomás, lea, con estas palabras y no otras, con esta sintaxis, y no otra, la autobiografía de Thomas.
Con estas indicaciones de segunda mano, con estas indicaciones de una indicación, me doy cuenta de la profundidad de la obra que tengo por delante. Eso me frena y me rehace. Me conmociona y, al mismo tiempo, me reduce a la incapacidad más absoluta, la de no poder seguir escribiendo.

lunes, 8 de febrero de 2010

18.30. p.m. Cuando algo adquiere una objetividad total, como las ciencias, deja de tener trascendencia definitiva. Quiero decir que, una obra literaria aspira a revolucionar el concepto de humanidad para todos aquellos que intenten aprehenderlo. Para ello, la obra literaria se nutre de los temas que trazan al hombre: los hacina, los desordena para darle nuevos bríos, quizás algunos nunca avisados. Una obra literaria es una lasca que salta, brota y afila la humanidad. Pero, ¿se mejora con ello el espíritu humano?
Cuando hace poco leía que algunos de los hombres que administraron Auswitz estaban preparados para interpretar a Shakespeare con profundidad y a Goethe y que no dejaron nunca de leerlos me quedé pensativo, con una atención alarmante. No es tampoco el único ejemplo de hombres cuya ética no está en consonancia con la formación o las lecturas que realizaba. También es cierto que se trata de excepciones. Ya sabemos de la influencia de las mismas. Entonces, ¿qué hay realmente en la interpretación que un hombre hace de una obra de arte; por qué dos personas con la misma formación viven de forma tan dispar el mismo fenómeno?
Ante estas disyuntivas lanzo una pregunta a la intimidad de este diario. Es la siguiente, ¿hasta qué punto la obra de arte, en este caso la literaria, posee en sí misma tales cualidades; hasta qué punto no es el lector el que embadurna de virtudes una obra literaria; hasta que punto no sucede un fenómeno extraño, de difícil concepción, en que la obra en sí y el lector que desvela participan del mismo fenómeno de conocimiento?

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18.31.p.m.Una vez que terminé de leer El Origen, de Bernhard, entiendo la presencia de la música en toda su obra. El autor no pudo salir jamás de aquella sala de los zapatos en que estudiaba violín bajo la supervisión del maestro que destruía sus esperanzas con la repetición de ejercicios. Si tuviera que escoger una imagen para este relato autobiográfico, sería la de una sombra tras una puerta de cristal interpretando, con un violín, las notas de la ininterrumpida secuencia de la muerte. Al fondo, los cristales rotos por el cimbreo de las bombas. A sus pies las cuerdas rotas, el arco cejado hasta la extenuación. Su cuerpo, silueta del suicidio, apocopada. Todo gris y tierra. Una indicación.

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18.32.p.m. Aún sin comenzar Bouvard y Pécuchet, sólo el primer párrafo, el fragmento en que los dos personajes llegan al bar y conocen sus nombres porque ambos lo llevan marcados en el sombrero. Me sorprende la fascinación que, de inmediato, se siente el uno por el otro. Pero yo también he sentido alguna vez esa fascinación.
Mañana haré que borden mi nombre en un sombrero. Lo dejaré encima de la mesa y alguien dirá mi nombre en voz alta, como si estuviera atestiguando una presencia. Entonces yo diré, tal vez sea una suerte para usted, pero a la larga, la soledad es muy triste.

viernes, 5 de febrero de 2010

De un texto en otro. Después de leer el artículo de Borges sobre Flaubert -texto que ensalza la maestría de Bouvard y Pécuchet- decide comenzar a leer algunas referencias filosóficas de la novela de marras ya que, en no pocos lugares, incluida la presentación de Jordi Llovet, comprueba que se hace referencia al gusto de Gustav por la novela filosófica del XVIII y por la obsesiva manía de documentarse para escribir sus ficciones (para este caso, hay testimonios de que Flaubert manejó alrededor de mil quinientas obras de referencia).
Lee páginas, artículos, referencias. Relee los elogios de Borges. Quiere convertirse, en poco tiempo, en un lector preparado para enfrentarse a la novela que ha decidido leer. Sin saber por qué, teme que la obra termine por aplicar sobre su entendimiento el efecto contrario: un mundo repelente, por incomprendido. Ante la temeridad de sus impulsos, arma de lecturas y sustentos los amarres con que va deleitarse.
¿Sería excepcional que comprendiera el libro de Flaubert?, se pregunta con el impulso de un nonato lector. Y añade, ¿sería excepcional llegar a comprender cualquier libro, en su totalidad, con la realidad objetiva que nombra y que conceptualiza, uno solo, en su totalidad?
Se pregunta, a todo esto, para qué necesita de esas referencias si la lectura es un acto libre. Y termina por darse cuenta de que todo acto de conocimiento necesita del adentramiento en unos conceptos, unos significantes que son únicos y propios, ajenos a la subjetividad más poderosa y más poderoso que cualquier subjetividad.

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Esta mañana. Esta mañana comencé a leer Origen. Una indicación, de Thomas Bernhrad. Lo hice mientras los alumnos respondían a las preguntas de un examen.
En cuanto avancé unos párrafos, sentí que estaba ante una de esas obras formidables, ante una de esas creaciones literarias que se presentan con las palabras más ajustadas, con la sintaxis más idónea para el pensamiento que la atraviesa. En cualquier caso, después de haber leído algunas obras de Bernhard, como Maestros antiguos, El malogrado, La calera o Trastorno, no me extraña que la sensación de maestría literaria que se aposenta en las obras de este autor apareciese por el primer tomo de su autobiografía.
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El suicidio. El suicidio. La ininterrumpida presencia del suicidio en el cuarto de los zapatos, en el cuarto de los zapatos en que ensayaba las lecciones de violín, mientras la ininterrumpida presencia, en ideas, en sueños, en amigos que se habían arrojado desde la colina, del suicidio aparecía detrás de cada acorde, en la colina, de los amigos. El suicidio.

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Gracias a Flaubert he descubierto las teorías de Popper sobre el conocimiento. Aún no he comenzado a leer las obras de Flaubert. Estoy leyendo a Popper, Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Toda la tarde pintiparado por una frase de Popper: “La persona que lee un libro comprendiéndolo es una criatura excepcional”.

martes, 2 de febrero de 2010

Como las manillas de un reloj (tic,tac) escribo para otro círculo que me incluye, para otra realidad habitada por otro, más amplia, infinita, intraducible. Como las manillas que percuten en el hueco de una mano que apenas percibe la vibración y su presencia, vibración del movimiento (tic). Escribo, como un minutero, sobre los mismos timbres de la conciencia (tac), sobre los mismos tramos que me subyugan. Así, en esa circularidad, la idea es la expresión máxima de la realidad.
Ser el mismo y otro, permanecer en el movimiento especular que nos enturbia el recuerdo, paraje donde todo termina y donde todo nace, esa es la conciencia de la ficción.


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El futuro penetra en nosotros y acontece en nosotros mucho antes de que tenga lugar. Con unas palabras parecidas, Rilke aleccionaba al destinatario de sus cartas.
He pensado durante algún tiempo en esas palabras. Y también en otras de Julien Gracq: “Escritor. Alguien que cree sentir que algo, por momentos, pide adquirir por mediación suya, la clase de existencia que da el lenguaje”.
El proceso es una mixtura: futuro percibido. Percepción a través del lenguaje, de la lengua, que se conduce a través del escritor. Desdes este punto de vista, el escritor es un médium que anticipa a los hombres una realidad, un conocimiento, una revelación verbal que tiene la medida posible de la lengua, pero que puede tornarse tan grande y tan imprevisible como cualquier espíritu que venga a convocarla a través de la lectura.

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¿Es tan grande un lector de Flaubert o de Cervantes como Flaubert o Cervantes o sólo puede el lector intuir la cifra del escritor? ¿Hasta qué punto un lector no participa de esa mediación? ¿No es, acaso, el que completa o el discurso literario es sin recepción?
Este es el grave problema del escritor. Enquistarse en esta bifurcación de la escritura es una incógnita sin respuesta. Porque escribir es el acto de soledad más humano, pero ¿no empieza justo cuando alguien comienza a leer lo escrito? ¿Es el escritor el primer lector de su obra?
El escritor se transforma en el viaje y en el viaje se transforma en otro.

lunes, 1 de febrero de 2010

Llevo unos días leyendo a Husserl. Me atrae el concepto de la espiritualidad europea. A pesar de que pueda sugerir todo lo contrario, es en esta época cuando lo considero más necesario. Todas estas explicaciones psicológicas, trascendenteales y espirituales... No he dejado de recordar cómo Platón explicaba la configuración de los hombres a través de intervalos musicales y cómo, las últimas líneas de República no son más que una concesión al poder órfico de la música como acción salvífica y dadora de conocimiento y verdad.
Obviamente, la acción de la música sobre los escuchantes, tan bien relatado en el mito de Er, es una demostración de Platón sobre los límites de la filosofía y, en sentido lato, del conocimiento. Sólo el dotado de la virtud sabrá discernir en las esferas la concesión armónica. Esto, llevado a otros planos de la vida, puede hacernos afirmar que sólo los que levantan el velo de lo cíclico, apuran los límites de su propia vida.
No en vano, todas estas disquisiciones de la música, el conocimiento y el hombre me han ido construyendo una idea, más o menos clara, de la poesía. Es a través de estos tres elementos cómo la leo y la escribo.
La dificultad que entraña estas actividades para la mente sobrepasa la capacidad del hombre, incluida su materia. Por eso la música, esta música que suena imparable, que a nada se ata y de nada deviene, contempla en su seno aquello a lo que aspiro, a pesar de no saber ni intuir qué es.
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He comenzado a leer Bouvard y Pécuchet, de Flaubert. Lo he hecho motivado por las palabras que le dedica Borges en “Vindicación de Bouvard et Pécuchet”. En esa disquisición, ofrece el escritor argentino una interpretación muy atractiva de la obra de Flaubert. Viene a decirnos que la obra está emparentada con la búsqueda misma de la verdad. Esa búsqueda bien puede ejemplificarse de la siguiente manera: el universo es incognoscible. Cuando explicamos un hecho nos referimos a otro más general. Así hasta el infinito. Por ejemplo, la ciencia, según Spencer, es una esfera finita que crece en un espacio infinito. Conoce y explica esa sección, pero lo infinito existe más allá de ella.
Algo parecido le suceden a estos personajes. Bouvard y Pécuchet se han trazado la tarea de explicar el mundo para conocerlo. Ante la imposibilidad, la manía de llegar a una conclusión es una tarea estéril.
Cuando Borges dice, además, que la mayor esfera es sólo un punto en el infinito, está convirtiendo las dos figuras, los dos copistas setentones, en cualesquiera de los filósofos más sesudos. ¿Qué si no un punto en el infinito es la obra de Shopenhauer, qué si no la de Platón?
Esa analogía que plantea Borges desde el texto de Flaubert la tengo para mí como una relación secreta con El Quijote. Flaubert fue un lector atento de la obra de Cervantes y no es de extrañar que las coincidencias surjan de aquí en adelante.

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No debería haber empezado estas notas con las reflexiones del mito de Er. Tendría que haber anotado, sin más ni más, cómo aconteció esta tarde o qué tal han ido las pruebas del libro. Tendría que haber dejado escrito que la literatura moderna tiene el grave problema de querer ser moderna. Y que, de esa ecuación categórica de la modernidad, devienen todas las faltas e inoportunas obras de ocasión.
Copiar, copiar, como hicieron Gouvard y Pécuchet, dejar al menos la lista de los fragmentos que uno ha leído o las tontunas y desmanes que acontecieron en sus días. Quizás alguien llegue, las lea y sea capaz de descifrar el mensaje que nosotros jamás supimos leer ni escribir.

lunes, 25 de enero de 2010

Si todas estas notas no fueran más que la evidencia de una grafomanía acuciante, entonces dejarías de escribir en estos momentos. No consisten estos ejercicios definitivos en una patología escrituraria, sino más bien en, nada más y nada menos, una cuestión de conocimiento. Escribir es comprender y comprender, un ejercicio de conocimiento.
Así lo entendió Paul Valéry al iniciar sus Chaiers y así lo fue demostrando a cada paso del mismo. Lo aprendió de la disciplina y el afán de Leonardo da Vinci con la vida y el mundo.
Cuando el escritor Óscar Wilde decía: “Esto no es un ensayo, es la vida”, encerraba en sus palabras un alegato al conocimiento. Eso, crees, es lo que falta en la literatura de los últimos años. Creaciones tan rotundas como la fisura de una nueva forma de contemplar el mundo.
Cada día, sin la preocupación de terminar la obra, escribes. Tienes que darle comienzo al discurso en que eres y tu escritura es esa sucesión. No sé lo que te restará de todas estas notas, si la figura de un hombre, el reflejo de un narrador atiborrado de sí mismo o dos o tres frases felices. De cualquier forma, será tu póstuma vindicación de un sueño, la rebeldía por el conocimiento a pesar de saberte finitos.

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Hay algo paradójico en esa conciencia griega de la mortalidad. Es ella, la plena conciencia de ese estado, lo que lleva a los hombres a adoptar las posturas más templadas ante la vida. Pero también es el argumento con que nos vemos incapaces para todo.
Hay que aceptar y comprender que jamás veremos la vida completa de un hijo, jamás seremos testigos de la vida de todos nuestros amigos, nuestros objetos, jamás llegaremos a atestiguar cómo y dónde son leídos los poemas o las páginas que escribimos. Serán más allá de nosotros, serán en el futuro en que nunca habitemos, en que seremos olvido. Sin embargo, el impulso, mientras estemos vivos y conscientes, es amarlos como si se nos fuera la vida en ellos. Tal que así con la escritura o con cualquier disciplina artística.

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Pronunció: la mortalidad es el estado natural de la vigilia. Y con él callaron los silencios.

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Tengo por seguro que los títulos de estas notas han ido desapareciendo por la fuerza de la abstracción. Con una palabra basta; sin palabras es imposible pensar el mundo, sin el silencio, escribirlas.

domingo, 24 de enero de 2010

Lo que fui aun siendo un será.

El dolor persiste. Tiene voz de sochantre. Punzantes son sus pasos sobre mi espalda. Y parece enquistado en este cuerpo sufriente y maltrecho. Pero pocas son sus verdades sobre mis carnes, porque la miseria humana es lástima y dolor acumulados y conciencia de ellas. Sobre todo en España, en la antigua tierra de neguijones y santurrones que perpetraban por las calles las formas complejas de la vida en sociedad. A ellos me entrego, a su memoria y a su poderío, a sus hechizos y retahílas, a sus ungüentos y predicas que clamaban a no sé qué cielo. Porque el dolor nos ha invadido la vida y pretende acabar con ella en estos tiempos modernos, de traca y berrinches, de lábiles cuerpos sometidos a la usura del dinero y los fármacos.
Pienso en Cervantes, en Quevedo y en la vida dolorosa de aquellos tiempos de gañanes y pícaros. ¿A qué viene este dolor? No conseguirá distraerme de este diario, porque el bálsamo que produce de su blancura es único, incierto e imperecedero. ¿Dónde queda el dolor que no es del alma en la literatura? Quedan en las páginas que no se pudieron escribir. Pero contra eso lucho, contra eso, contra la virginidad que el dolor traslada al cuaderno.

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Escribió Diego de Torres Villarroel, en su Vida, que "mi vida, ni en su vida ni en su muerte, merece más honras ni más epitafios que el olvido y el silencio”. Qué fabulosa manera de sacudirse este acompañante que siente nuestros dolores y que piensa, la mayor de las veces, con el ánimo cansado y torpe. En muchas ocasiones he imaginado la narración de mi vida desde la muerte. Sinceramente, no encuentro otro punto de vista que ofrezca mejores posibilidades. Cuando he tratado de hacerlo he llegado a la conclusión de que habría que inventar un nuevo género literario basado en las memorias. Unas memorias de un señor que ha muerto, pero que ha venido al mundo sólo para contarnos su vida. Esas memorias serían, toda ella, una prolepsis formidable y los críticos jamás tendrían que dilucidar si tal o cual dato es real. Ya que si inventamos los recuerdos, ¿por qué no inventar la memoria futura?
En una ocasión le dije a un escritor con más edad que yo que tenía intención de escribir un libro de memorias sobre una vida que jamás había ocurrido, pero que sería la mía. El señor se quedó mirándome con la cara perpelja y me reprochó que para escribir hay que haber tenido una vida. Claro, le dije, lo que ocurre es que el que no tiene una vida, como, el que vivie en una vida que no es la suya, necesita inventársela y escribirla. Mutis en el foro.
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A continuación, nos convence Diego de Torres Villarroel de que se siente ánima del purgatorio y que por eso escribe su vida. Esto es exactamente lo que hay que declararse para poder escribir, además, con las vanaglorias celestiales. Un vida inventada es lo que quiero escribir cada día; inventar sus recuerdos, pero también sus actuaciones futuras, dejar dicho antes de que suceda qué libro, qué imagen, qué amor será el suyo. Cuando eso haya sucedido, a pesar de que sea un trabajo inmemorial y rotundo, podré regresar de las catacumbas y aposentarme en las letras que dijeron lo que fui aun siendo un será.

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Cuando uno despierta ocurre el prodigio que consiste en una aglutinación del tiempo. Lo que fue, lo que dejó de ser siguió siendo y, además, es ahora. Esta evidencia se precipita del sueño, del estado en que somos más nosotros, la pluralidad que nos engulle. Por eso, esta mañana, cuando desperté, comencé a mirar a mi alrededor como un recién nacido, como lo que soy todas las mañanas, un recién llegado al mundo en el que estuve. Por eso la vida es sueño y la muerte verdad, porque con la muerte no volveremos a tener esa sensación estancada y cíclica de que vivimos a pesar de nosotros mismos.