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jueves, 25 de junio de 2009

La lentitud de una retina.


Hay descubrimientos que valen una retina. Ojos que nos abren el espíritu, a pesar de no ser nuestros.

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Philosophia facta est quae philologia fuit. En el prólogo a Aurora (1881), dejó Nietzsche unas notas acerca de las virtudes de la Filología. No en vano, fue profesor en la Universidad de Basilea de lengua y literatura griegas. En ese prólogo ensalza, sobre todo, la lentitud que aplica el filólogo en la lectura. Una lentitud de orfebrería, que contiene la paciencia de un pintor flamenco en todos los recovecos de la palabra. Recuerdo ahora otras palabras del polígrafo mejicano, Alfonso Reyes, en su libro La experiencia literaria. Venía a decir Reyes que la filología es el arte de leer despacio.
Anoto estas impresiones. Me quedo amparado por el disfrute de la Filología como ese terreno que abonó la escritura. Pero también pienso en la distancia que hay entre leer con lentitud y escribir con lentitud. Falta en la literatura la lentitud de la lectura.

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En Lisboa. Sentado en un café
de la Rúa dos Douradores,
soporto la mirada
de Fernando Pessoa.
Acaba de salir de su oficina.
Arranca su zancada de centauro
con el negro macizo de su traje.
En sus páginas ciegas
la claridad es de otro tiempo,
de un estado cercano a las bondades
de lo que quiso ser
entre los hombres que no fueron.
Como una orquesta oculta
sus pasos le conducen
al margen de su vida,
como una orquesta sorda y paramera.
Entre su vida un silbo se proclama:
era el son de los sueños
que lo habitaban
un son que predicó a un solo hombre.

viernes, 12 de junio de 2009

Un quietismo estético.

Un libro chispeante es Cuadernos (1894-1945), de Paul Valéry: “El placer literario no consiste tanto en expresar tu pensamiento como en encontrar lo que no te esperabas de ti mismo”. La creación, tomada así, work in progess, es una meditación dilatada de la originalidad. La obra concluida es al mismo tiempo una discontinuidad. En algún instante, cesa en su ahondamiento. Y al detenerse, se vuelve ensimismada y abierta. Una suerte de recinto amurallado que posee todas las puertas al mundo en que todo es realidad y en el que nada es realidad

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Así pensado,
cuando todo termina
se abre el infinito.
Si somos sucesión
en lo perecedero,
si la luz nos habita
donde todo vuelve a ser cierto
por pura palabra.
Y como las ciudades
que contienen
el mundo;
como unas efigies
que percuten la piedra,
el amor no es amor
sino sinopsis.
No somos más que otro
desierto, ladera inhabitada,
que busca sus pisadas en el llano
finito de sus días.

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Deberíamos arriesgarnos a desarrollar lo que Pessoa llama un “quietismo estético” de la vida. Con esta enseñanza conseguiríamos una selección de la realidad que aprehendemos. Porque gran parte de la realidad que nos llega es de forma involuntaria y, en esa tubería en que penetran los insidiosos, deberíamos tener un filtro. Desde hoy coloco el filtro de la quietud estética, de Pessoa, que se puede definir de la siguiente manera, a la manera del Libro del desasosiego, 184: “Un quietismo estético de la vida mediante el cual consigamos que los insultos y las humillaciones que la vida es y los vivientes nos inflingen , no llegue más que a una periferia despreciable de la sensibilidad, al remoto exterior del alma consciente”.
Con estas hilachas desprendidas del libro del portugués, encomiendo a mi vida la irónica y tremebunda actuación de filtrar lo innecesario y, por el contrario, de levantar una defensa acérrima de lo fundamental. Sin beligerancias, sólo con inteligencia y emoción.

martes, 5 de mayo de 2009

Un insecto enclaustrado en ámbar.

1 de enero de 1985. A principios de 1985, aún persiste en la sesera de Márai la idea de su finitud. Esa sensación que percute su sensibilidad, lo lleva a meditar con unas palabras kafkianas que sorprenden por la lejanía con la que se disecciona él mismo su alma. Estas palabras no se refieren al Márai vivo y pensante, sino al postergado y difunto escritor que solo será, -es-, los libros que dejó escritos: “Soy un espantapájaros, un cachivache destinado a los estantes de un museo, un insecto enclaustrado en ámbar”.
Precisamente, busca en las lecturas de Aristóteles un encuentro con la definición de alma, ¿quizás estuviera acariciándola? Lee a un filósofo coetáneo, llamado Dewey que escribió sobre los griegos. ¿Por qué será que en los griegos y gracias a ellos se han producido todas las revoluciones filosóficas y personales? Ese filósofo americano, que murió en los años ochenta, dejó una sentencia de la que se apropia Márai para calmar las ansias de infinito que lo presionan: “el alma es verbo”. Y al igual que el verbo, que se acaba con la muerte, el alma, según Aristóteles, muere. Lo que queda es el espíritu. El espíritu entintado de un diario.

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Un diario es el secreto de una vida a voces, las voces del alma.

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Estoy en la mitad de la fáustica novela, El Doktor Faustus, de Thomas Mann, y ya puedo decir sin miedo a equivocarme que jamás había leído una cosa parecida. Si escribir una novela, si la cumbre de la narrativa consiste en alcanzar esas alturas, debo renunciar a todo intento. La escritura de Mann es tan poderosa, son tan perfectos los personajes, su psicología y el contenido que las convoca… Una obra consagrada a la reflexión de la genialidad a través de la música y del pacto cainita hacia el ser humano era lo que necesitaba leer. Y en esta obra está todo: el hombre, el arte, la filosofía, la narración. Leer esta obra de Mann es asistir a un concierto de Corelli, a las sonatas de Beethoven o a la nocturnidad de Chopin. Silencio, belleza, contemplación, irracionalismo, lenguaje indescifrable para los hombres.

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A lo mejor Márai se estaba aproximando a lo que Pessoa llama en el Libro del desasosiego (154): “El sentimiento apocalíptico de la vida”. Y en ese apocalipsis, las trompetas son los latigazos de la escritura. Una escritura abigarrada a la miseria que se dignifica bajo el telón de una armonía que se propone muerta. Perplejidad, inocencia consumida, hacinamiento de las formas, perenne discurrir de los días, igualación a la muerte, danza ternaria sobre el cieno fúnebre de la noche, taxidérmica vinculación de los opuestos.

lunes, 30 de marzo de 2009

Canto y delirio.

Cuando vio el horizonte trémulo, con las agallas dibujando a sus pies la miseria de sus días, recordó el canto limpio y sempiterno de las aves, el merodeo instantáneo de los cielos, la críptica música de las esferas. Recordó, igualmente, un canto de Leopardi: “En esta inmensidad se anega el pensamiento”. Al desplomarse desperté de mi sueño: mis manos estaban mojadas y olían a naftalina.

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v, gaviota hierática.


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w, el bigote de Nietzsche.

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d, caracol vertical.

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D, arpa con cuerdas transparentes

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Nadie puede comprender ni admitir la existencia real de otras personas, antes al contrario, son estampas cotidianas como una calle que transitamos a diario, como un paisaje fijado por la conciencia o como un trago de agua que nos recorre la garganta con el sentir insípido de su sesgo acuático. La vida, decía Pessoa, perjudica la expresión de la vida. De la misma manera, la gente dificulta la expresión de la gente: en ellas termina la potencia de su idea, en ellas se figura la interminable mirada de la ficción. Al final de la vida no hemos hecho más que soñar, prefigurar el infinito, atisbar la cercanía de nuestra muerte, escribir arañando las sombras, hablar con la deletérea lengua del pensamiento.
Yo no soy yo, pero no preveo quién dejo de ser. En el otro me fundo, y me precipito en la escritura, y pienso: la escritura es el rescate de un yo que se muere en nuestros dedos. Acaso su rostro.

lunes, 7 de julio de 2008

HOY SÓLO QUIERO SER YO

Me traigo de la playa -junto a la brisa, las pisadas de las gaviotas y los cueros al descubierto- un par de libros. Seguí la costumbre de siempre, leer el primer párrafo o, en su caso, la primera secuencia. Pessoa nunca defrauda las expectativas que se proyectan cuando abrigo cualesquiera de sus libros, en todo caso las supera, las revuelve y enloquece.
Por su parte, he descubierto que Robert Walser ya practicaba un ejercicio muy similar a este de las bitácoras; así lo demuestra la publicación de un tercer volumen de escritos en prosa que evidencian que la genialidad no entiende de extensión, que la brillantez sólo es una sombra encubierta que hay que alumbrar no importa con cuántas palabras. Una bitácora desordenada, pero con la fuerza de las grandes obras.

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Dejé para el verano la lectura de dos o tres obras de filosofía porque pensaba que el apaciguamiento de los días sin clase, que las tribulaciones estivales me otorgarían muchas posibilidades en el tiempo. Nada más lejos. Cuando la cuestión es leer hay que hacerlo como si el mundo se fuera a terminar mañana, no se puede esperar el momento ni el espacio oportunos.
Antes al contrario, principié la lectura de la Metafísica de Aristóteles con la mirada puesta en el segundo volumen de Carlos Morla Lynch publicado en Renacimiento, España sufre, Madrid en guerra, con prólogo de Andrés Trapiello. Aristóteles desvencijando todos los andamiajes que socavan mi cabeza; Morla dejando al descubierto, con la franqueza de los testigos, la realidad de unos años decisivos.

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Una sorpresa mayúscula fue el libro de Robert Walser, Escrito a lápiz, Microgramos III (1925-1932), publicado en Siruela. Contiene este volumen giros extrañísimos, pero no por ellos menos hermosos y desconcertantes: “Mi pasado refulge en conjunto como un impoluto cubierto de plata. Su intangiblidad es casi inconcebible”. Qué espectáculo más grandioso son los libros de Walser, todavía recuerdo Jakob von Gunten sermoneando a los profesores o recriminando a sus compañeros todo tipo de comportamiento, qué ángulo inhabitado por escritores el que ofrece Walser.
Si uno observa la caligrafía con la que Walser escribió estas prosas en tantos folios, puede llegar a pensar que se trata de un escritor con paciencia flamenca; su prosa entonces sería como ese pincel finísimo que en Flandes penetraba hasta las costillas de los cristos.

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Gadir ha publicado un nuevo libro de Pessoa, Diarios: “El artista debe ser hermoso y elegante, porque quien admira la belleza no debe carecer de ella. Y, sin duda, causa un dolor terrible al artista no encontrar en sí mismo nada de lo que busca tan trabajosamente”. Con estas palabras de inicio, siente uno la tentación de abandonar la belleza de su prosa y de su pensamiento ya que debilita al máximo mis capacidades. Él crea belleza hablando de la belleza y con belleza; me conformo con contemplarla, en prospección etimológica.
Aunque hay un dato que me ofrece cierta esperanza, cierta sensación que solivianta mis paseos por estas páginas tan bien editadas. Resulta que el día dieciséis de marzo de 1906 Pessoa leía el Organon, de Aristóteles, y entre ese corpus cita expresamente la Lógica y la Metafísica, los libros que me acompañan en estos días junto al suyo. Cierta euforia repentina se apoderó de mí, incluso me llevó a sentimientos altivos. Una vez más él tenía mejores palabras para describir toda esta república de vanidades, escribió el veintiuno de noviembre de 1914: “Hoy, al tomar de una vez por todas la decisión de ser Yo y vivir a la altura de mí mismo, y, por esto, despreciar la idea de la llamada, de la plebeya socialización, del Interseccionismo, alcancé otra vez, súbitamente, al volver de mi viaje de impresiones por los otros, la posesión plena de mi Genio y mi Misión. Hoy sólo me quiero tal y como mi carácter innato quiere que sea.”