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lunes, 8 de junio de 2009

Yo soy Legión.

In solis sis tibi turba locis, Tibulo IV , XIII, 12. [Sé tú mismo, multitud en soledad].
Son las primeras palabras que leo en el texto que le dedica Montaigne en sus Ensayos a "La Soledad". Precisamente, Montaigne se apartó de la muchedumbre aislándose en su castillo ya cercano a la vejez. Allí se dedicó a leer, escribir y pensar. Los techos de madera estaban cargados de citas clásicas, cincuenta y seis, creo recordar. Poseía una biblioteca envidiable para la época, nada común. Quiso retirarse para encontrar en un hombre los misterios del hombre. Y lo primero que hizo fue decir me busco a mí, yo soy el que busca. Y nació el sujeto moderno en la más absoluta soledad. Sé tú mismo, multitud en soledad… y pienso soñoliento en Márai, en la inmensa muchedumbre que lo habitaba en soledad.

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La última página de los Diarios de Márai, 15 de enero de 1989: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.”.
Márai había escrito todo su Diario a máquina, pero esta última nota la escribe a mano. En la edición de Salamandra, se añade una carta que el propio Márai le envió a su editor, István Vörösvàry, en la que le dice lo siguiente: “Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor. Sándor Márai”.
El amigo húngaro dejó de escribir en su diario el 15 de enero, pero se suicidó de un disparo en la cabeza el 21 de febrero. Más de un mes más tarde de que escribiera su última nota, de que su cerebro arrojase el último pensamiento en negro sobre blanco.
¿Qué hizo Márai en esos días, qué pensó, adónde acudió, que recordó?
En cualquier caso, sus cenizas fondean sobre el mar junto a las de su mujer, L.. Eso me alegra y solivianta. Su cuerpo ya es agua, como el viento, ya tierra, como el fuego; ya es aire, tierra, fuego y agua.

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Busco en los Ensayos, de Michel de Montaigne (1533-1592) algún resquicio filosófico por el que embarcar esta profunda soledad. Quien deja un libro deja a un hombre, podríamos decir parodiando a Whitman. Y tras la lectura de Márai he tenido la misma sensación que cuando concluí los diarios de Jules Renard: un vació inmenso, una plenitud literaria.
Últimamente he disfrutado con más ahínco con estos libros preclaros y sinceros que con algunas malas novelas del momento. Como ya dije, he llegado al punto de valorar por libros, nada de novelas, poemas, autores o cualesquiera clasificación al uso. Un libro, este libro, me hizo disfrutar como ninguno, por ejemplo: Diarios, de Renard, El Doctor Pasavento, de Vila-Matas, Las elegías del Duino, de Rilke, El libro del desasosiego, de Pessoa, Metafísica, de Aristóteles, Ser y Tiempo, de Heidegger, Cantos, de Leopardi, El Doctor Faustus, de Thomas Mann, etc. Y, por último, a quienes hablan de la modernidad como el paradigma de los posible, les recomiendo que lean a Montaigne. En sus Ensayos todo es posible y todo cabe. Las citas no son un invento moderno, Montaigne las usó como nadie.

domingo, 7 de junio de 2009

La transparencia de los cementerios.

Al acabar de leer el nombre de Père Lachaise, donde están enterrados Apollinaire, Proust, Balzac, Hugo o Wilde, recordé la última vez que estuve en París. Era diciembre de 2008 y alquilamos un apartamento en la Rue Mouffetard. Íbamos en compañía de dos magníficos amigos, M.José e Iván. El viaje fue el fruto de una tarde etílica en la que nos vimos, antes de tiempo, paseando por los bulevares, tomando cafés en Saint-Germain y contemplando la luz derretida y tamizada por el Jardín de Luxemburgo. Era una cita que teníamos pendiente, una coincidiencia forzada que debíamos alimentar con nuestra voluntad. Así ocurrió y ocurrió bien y en la memoria está con toda su melancolía.
En ese viaje teníamos claro que debíamos hacer nuestra peregrinación a dos cementerios, Montparnasse y Père Lachaise. En la tumba de Don Julio, Iván y yo decidimos que la mejor manera -o al menos una de las mejores formas- de brindar con aquel cronopio enfamado o fama encrocnopiado era beber un vaso de vino a su salud y fumar un cigarrillo al tiempo.
Pensábamos que el humo de nuestros gauloises penetraría hasta sus huesos y que en un fuero interno irracional, Cortázar se hubiera sentido a gusto con aquel gesto.
La tarde fue enracimando los recuerdos, las lecturas, con un frío atroz y desmedido que, ahora que lo pienso, es el frío que produce la razón de los sueños.

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Nos trasladamos a Père Lachaise y allí vimos el infinito. En ese cementerio, la luz es oblicua por la gracia de la piedra. Y recorrimos sus callejuelas entre tumbas y restos. Estuvimos con Proust e Iván le juró terminar de leer su obra para que en el futuro encuentro, la conversación sobrepasara los límites de Swam. Noteboom dice que al estar frente a la tumba de Proust “es algo en verdad desconcertante. Una tumba, al tiempo que es un simulacro de presencia, señala, desde luego, la ausencia de una persona: Proust ya no está en ninguna parte, tampoco aquí. Y sin embargo, al vernos frente la concreta tumba negra y marmórea, albergamos la ilusión de que está presente, de que somos junto a él”.

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Las últimas palabras del año de 1988 están dedicadas a L. A su cuerpo, a la nobleza de su piel, a la presencia y compañía que Márai sintió junto a él como una necesidad metafísica. Ya sólo queda una línea en el diario de Márai. Es curioso, pero la transparencia de la página deja notar la presencia de esa línea que es lo único que escribió en 1989. Y ahora sí está aquí el final, aunque no me atreva a pasar la página dedicada a L. Prefiero seguir pensando en la enseñanza de Márai sobre el amor, la soledad, el comportamiento humano. He aprendido mucho sobre el amor en las parejas con Márai, me digo con reticencias. He aprendido que la presencia inhabitada de la mujer que amamos es la encarnadura de la mujer que queremos. Y ella se apoltrona en nuestra existencia como una nube que esconde una luz, como una loma que resguarda los montículos de un campo. Márai muere cuando muere L. y lo hace aturdido por sus palabras, por la lentitud de su muerte. Recuerdo que al tenor Alfredo Kraus le sucedió algo parecido, perdió la voz para siempre cuando su mujer se la llevó a la tumba.
Vuelvo de nuevo a la transparencia de la página que sólo tiene escrita una fecha, 1989. Detrás de ella se reproducen unas líneas manuscritas, advierto. Y, a continuación, las últimas palabras de Márai. Aprieto las páginas y leo: 15 de enero. La trasnparenia, dios, la transparencia…
*La primera foto la tomé en Père Lachaise. La segunda muestra las cabezas de Iván Pérez Caro y el susodicho en la tumba de don Julio.

jueves, 4 de junio de 2009

Lux aeterna


Alguien sacó en la conversación el nombre de Ligeti y no pude más que acordarme de las solitarias noches de Márai. Esa música próxima a la disposición de un color puro sobre un soporte virgen me parece una exacta definición de las soterradas manías de la vida en la muerte del escritor húngaro.
¿Quién podría dibujar, mediante la imaginación, las cincuenta balas descansando sobre la mesa de noche de Márai, mientras éste las mira como se mira la belleza o se contempla el infinito?
Hojeo las páginas que me quedan por leer de su Diario y noto que hay muchísimas menos páginas en 1988 que en el resto. Suena una coda final. En 1989 sólo escribe una línea a principios de enero.
Mañana, este paseo de la mano de Márai, llegará a su fin. Llegará la muerte de este diario con el húngaro que lentamente supuró de la vida, que lentamente definió los abismos del absurdo.
Dice Márai: “No echo de menos nada ni a nadie”. Quizás la muerte es esa anulación en vida de la conciencia.

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La muerte no constituye un problema, el hecho de morir, sí”, 28 de marzo de 1988, Sándor Márai. Un hombre muerto.

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Lo dijo Pessoa y lo escribo sin recelo: no sé escribir por que no sé ser. Cuando llegan los días atolondrados de tareas inútiles y de trabajos inconfesos, uno deja de ser y, por lo tanto, deja de escribir. Y cuando vislumbro que vivo la vida de otro, una vida indeseable, se me viene a la cabeza aquellas páginas de Shopenhauer. Y me siento de repente en un cuadro de Magritte, ¿cómo sería la vida allí, en ese topos de lo indefinido?

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Diga yo y siéntese.

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Cada vez soy más observador, quiero decir, que escucho más a la gente. Y de la realidad que observo extraigo la literatura. Y de la literatura que escribo arrojo a mi mollera algún pensamiento deslavazado y triste, como un bostezo de la vida. No quiero que ninguna palabra interesante se me escape sin haberla pensado, sin haberla sometido al juicio impúdico de la razón, sin haberla acribillado hasta sus límites con todo tipo de interrogantes y desmanes. Hoy dijeron "estado, música, padres, réquiem, grabado, soledad, sorteo...". Y de ninguna pude librarme hasta haberlas calibrado. Luego resopla el olvido y el mundo comienza en ese bucle que lo protege. Sólo de palabras alimentamos lo cotidiano. En ellas vivimos.

martes, 2 de junio de 2009

Vida postpoética o del declive de la concepción literaria.

La literatura no produce más que asco en la vida de Márai. Estamos en los últimos meses de 1987, atravesando el otoño y el invierno en San Diego. Vive en soledad absoluta, sólo habla con su editor una vez a la semana. De vez en cuando, viene una señora a limpiar la casa. Tiene setenta años y su asombro es el símbolo de lo que le espera. Parece que ve la muerte en vida, le dice Márai.
Yo escribo todo esto en presente, porque ya soy un huésped en las habitaciones de Márai, en esas habitaciones amplias y repletas de verdad que son los diarios. Soy un insecto que recorre la celulosa de sus diarios en busca de una verdad, con la intención de robarle una de esas cincuenta balas que cuenta cada noche. La última nota hace refrencia al Iris, de Van Gogh; su subasta le parece excesiva. “La vida imita al arte", recupera en su memoria Márai, para concluir a continuación: “... a eso se le llama revolver la mierda”.

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Ayer compré Postpoesía -Hacia un nuevo paradigma-, de Agustín Fernández Mallo por dos razones. La primera, para leer la poética que predican estos posmodernos. La segunda, para confirmar mis sospechas o para desmontarlas.
Creo que este libro encierra todos los libros de Fernández Mallo. Su poética es su mejor obra, porque si la literatura siempre debe estar en experimentación, como afirma el autor, este libro es una suerte de retal que aúna todas las pretensiones de estos porsmodernos. Que su resultado sea satisfactorio es otro cantar.
Por otra parte, mi segunda sospecha todavía no tiene una respuesta, ya que no he terminado de leer el libro, pero a medida que avanzo confirmo la falta de solidez teórica que sustenta estas páginas. Porque las teorías literarias son precisamente teorías. Y una teoría sin obras es una entelequia. No me basta las citas recurrentes a Deleuze, Vattimo, Derrida, Lyotard, entre otros. Autores, todos, que se citan como un rosario salvífico o como talismanes que nos aseguran la validez fisolosofal del saunto.
En ninguna de las páginas que he lído hasta el momento he quedado prendado, conmovido por alguna idea, alguna sugerencia, algún conato de originalidad. Y es eso precisamente lo que me está produciendo esta postpoesía, un sonido hueco, de ingenio que queda en nada, en vacuo mensaje de salvación al mundo de la poesía.
La tesis principal del libro se asienta en la idea de que en todas las artes se ha producido un cambio, llamado posmodernidad, excepto en la poesía. Este libro trata de reemplazar el paradigma inexistente, aunque falle en su cometido.
Son muhcos los matices con los que se puede matizar y afinar las afirmaciones vertidas en la obra de Fernández Mallo: la relación entre tradición y vanguardia, relación de las artes, influencia de las ciencias en la literatura, cánones estéticos, percepción del fenómeno (artefacto para él) literario. Una diversidad de asuntos que se despachan a la ligera, sin análisis exhaustivo de los vectores que los han atravesado desde la antigüedad. Porque Fernández Mallo soluciona con dos etiquetas lo que llama la poesía ortodoxa (clásica, aceptada en sociedad, deudora de tópicos antiguos, habitual en la métrica regular, etc.) y el sistema postpoético. Lo primero que hizo Nietzsche, al que cita de vez en cuando, fue releer a los griegos.
Me ha sorprendido un cuadro comparativo entre la poesía postpoética y la poesía ortodoxa (nota en línea: no entiendo el término poesía postpoética). Mientras que la poesía postpoética admite simbolismo explícito, símbolos y formas espaciales, imagen y forma, inclusión de la publicidad, el cosmos digital implícito o explícito, sigue el modelo de red o rizoma y defiende el pastiche, la ortodoxa es de tono heorica, rechaza el simbolismo explícito, defiende una lírica de la forma, sólo añora el poema puro... y para de anotar demasiados disparates.
No me gusta hacer este tipo de lecturas deslavazadas, pero el libro se me ha caído de las manos, como suele decirse: su intento de establecer un paradigma posmoderno falla estrepitosamente y lo peor de todo es que parece, a mi juicio, que ha leído poca poesía y menos teorías poéticas. Lo mejor del libro es la portada, sale un jugador del Cádiz C.F, eso sí que es posmoderno.

lunes, 1 de junio de 2009

El poeta es un herrero y un alquimista.

Me doy cuenta de que el texto anterior giró en torno a la materia y a sus consecuencias formales. Eso me conduce a un libro de Mircea Eliade que siempre me ha causado un agrado muy especial. Herreros y alquimistas es un libro que abro de vez en cuando, cada vez que merodeo por las baldas en los que descansa, quién sabe si fabricando esa materia desustanciada del tiempo, rayana en la transmutación de la materia y, por lo tanto, en el encuentro de el elixir de la vida. Esos forjadores, alquimistas, herreros me parecen personajes que encierran símbolos fascinantes y muy vinculados con la creación a través de la palabra, porque la palabra es forma y materia y aúna las dos ambiciones descritas.
En unas líneas de la introducción dice el maestro Eliade que la pasión primordial que movía a estos metalúrgicos era la capacidad para sustituir al tiempo, “su trabajo va remplazando la obra del tiempo”.
Al terminar de releer el prólogo he proyectado la imagen del poeta que busca con su trabajo sustituir la obra del Tiempo; palabra en el tiempo, según sentencia del tiempo, somos el tiempo que nos queda. Y la obra literaria que está por encima de posmodernidades y pospoéticas no es aquella que da respuestas en su tiempo, sino en el Tiempo. No es aquella que incorpora las nuevas tecnologías y que se configura de retales y otros lenguajes u otras disciplinas, sino aquella que hace uso adecuado de ellas para intentar, al menos, sustituir al tiempo.
A lo posmodernos se les fue la evidencia que tenían ante sus ojos, porque lo evidente es lo más claro y lo que más nos cuesta entender.

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Los mineros y alquimistas trabajaban con una materia que consideraban a la vez sagrada y profana. Reivindicaban una especie de experiencia religiosa para conseguir la transmutación de la materia, para alcanzar la perfección de la materia. Y proyecto entonces la imagen del poeta alquimista que transforma la materia, la lengua, e intenta perfeccionarla. ¿No fue Juan Ramón Jiménez un alquimista, un herrero, un forjador antiguo de la poesía?

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Incluida la experiencia mágico-religiosa, la alquimia se realizaba en laboratorios y los fines científicos eran igualmente exigidos. ¿Desde cuándo, entonces, la unión de la materia y el espíritu? ¿Por qué desvincularlos?

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La muerte acaba de apoderarse de las entrañas de Márai, que lento muere, se me ocurre decirle, que lento mueres, Márai, le digo. Todas las mañanas, al levantarse dice que siente el regusto de la muerte en la boca y que eso le parece un aperitivo en crudo. Cree, con todo, a finales de abril, que irse en paz sería lo mejor. Y me detengo en una entrada a principios de mayo: “Hace año y medio que no escribo nada”. Meses más tarde, compara la escritura del diario como la espera de un preso de la pena de muerte, pero con una diferencia: la escritura son los arañazos en la pared de ese preso.
Después de este derrumbe físico y psíquico, seguir leyendo estos diarios demoledores y repletos de hastío son como una materia transmutada, como una sustancia alquímica que me recorre por los siglos y los años anulando el tiempo.

domingo, 31 de mayo de 2009

Las formas quedan, la materia pasa.

El problema de la cita literaria no es la cita en sí, sino el uso que se haga de ella en la obra literaria. Si la cita, como en la Edad Media, por ejemplo, es un recurso de autoridad, entonces la literatura flojea, disminuye sus latidos hasta desustanciarse.
Sin embargo, la cita es sangre nueva que brota en la creación de otro. Es una transfusión y como tal debe ser bien asimilada por el organismo nuevo, tanto que, al final de los días, parezca sangre natural. Todo lo demás, la superficialidad, es ignota y termina por ser un cuerpo extraño en uno mismo. Citar, por lo tanto, es un ejercicio de consanguinidad.

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Al final de Los días contados deja Juan Gil-Albert una reflexión con la que llevo toda la mañana arrancándole a las neuronas su descanso de fin de semana. Ocurre a menudo que uno lee unas palabras o escucha alguna entrevista en la radio o lee un artículo en el periódico o en un suplemento cultural y ya no puede desasirse de esas palabras que lo tienen atrapado por completo. Ayer, cuando leí el artículo de Andrés Ibáñez sobre la literatura y los signos del zodíaco me quedé con cara de bobo y en medio de una tontuna que ahora ya ha desaparecido. ¿Cómo es eso de que los Acuario están predispuestos a una literatura distinta a la que se inclinan los Tauro? La teoría, que yo pensaba irónica, se ha convertido en una propuesta tan seria como la estilística, el formalismo o cualesquiera de las teorías literarias de la antigua centuria, porque, al fin y al cabo, nadie puede decirle a otra persona que está leyendo, por ejemplo, Paradiso, que Réquiem por un campesino español es una obra maestra. Hay tantas literaturas como personas, afirma Ibáñez. Y eso que me parecía un chiste y una provocación humorística, ya no lo es.
Sin embargo, recupero, para terminar, las palabras de Gil-Albert: “Las formas quedan, la materia pasa”. Y si las formas quedan y la materia pasa, la literatura, la pintura, la escultura o el pensamiento quedan y los hombres, la materia, pasa. No hay por tanto una literatura en referencia a los hombres, hay unos hombres en referencia a la literatura. Así que, amigo Andrés, no hay tipo de lectores y una literatura para ellos. Hay una literatura a la que se acercan, a la que acceden los lectores. Cada cual que coja lo que pueda del fuego primigenio de la razón. La litertura está hí y son los lectores los que van en busca de ella.

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Se confirman mis sospechas. Márai ha entrado en esa dimensión esférica de la vida en que todo se ve desde la muerte. La vida es esférica, entonces, y la virtud consiste en seguir sintiendo la viveza de los sentidos a pesar de la vacuidad. Dice Márai que la idea de la literatura lo hastía. Eso lo dice mientras coge tres libros para leerlos antes de quedarse dormido: Sófocles, Cervantes y Arany. A partir de este momento, de estas coordenadas que establecen la sístole y diástole de su vida, sólo le queda la reflexión: las palabras no sirven para nada más que para esconder la realidad.
La realidad queda escondida para Márai detrás de las palabras porque ya no le hacen falta para vivir. Esa realidad a la que se refiere, la escondida realidad, es la que está sintiendo en su alma. Y ahí, en ese tramo que Bolaño, Cervantes, Dovstoievsky o Mann conocieron, la virtud se sirve en forma de conocimiento. “La realidad es otra cosa. A veces vislumbró el nihil”, termina el 24 de enero sin saber que él era el nihil encarnado.

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Hoy debo escribir unas palabras de mi admirado Márai que las he tomado con la paciencia de un entomólogo que arroja con las pinzas los restos de un prodigio. En el mes de febrero, Márai sigue atento a las novedades de los suplementos culturales. En uno de ellos, lee una afirmación de un autor joven que no deja de sorprenderle. El húngaro creyó conveniente contestarle en sus diarios a sabiendas de que el joven escritor –quién sabe si no- nunca leyó sus consejos.
El escritor joven venía a afirmar que ya había encontrado el gran tema de su literatura y que sabía ya sobre qué escribiría. Márai no amaga en ningún momento y dice literalmente: “Lo realmente arduo no es saber sobre qué escribir, sino saber, de una vez y para siempre, cómo escribir”.

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¿Cómo escribir? Grave problema cuya solución es definitiva.

viernes, 29 de mayo de 2009

Ráfagas.

Pasar sin ser notado, escindirle una lasca al silencio, construir con ella la casa del ser. Contemplar la engolada caída de los días a raudales, de los días que son uno, únicamente. Eso es la vida entre zarzas, entre pérfidos aullidos de un final que se acerca irremediablemente, avenido de no sabemos qué paraíso inhabitado.


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Márai comienza el año de 1989 afirmando que está sólo en el mundo. Lleva algunos meses recluido en su casa, sin ser notado, sin mantener relación alguna con nadie. Su vida es en sí y eso le basta. Sólo se arrima a la muerte con la cadencia de un torero que danza él solo, en medio de la plaza, con la potencia de su palabra. Dice que sólo escribe de vez en cuando en su Diario, por lo que leemos nosotros ahora es el único latido conocido de Márai. “Espero poder irme en silencio”, sentencia el húngaro. Me levanto de la silla en la que escribo diariamente y dejo escrito esto en un folio. Sólo quiero que la nada lo contemple.

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Estarse es quedarse, pura falacia.

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Ser es querer ser. Y mientras escribo esto, no logro querer escribir más.

jueves, 28 de mayo de 2009

¿El arte del movimiento ordenado?

Cuando termines de leer estas líneas, mírate el dedo índice, verás una i encarnada con tres lomos.


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Jean-Pierre Vernant cuenta en el prólogo de El universo, los dioses, los hombresEl relato de los mitos griegos-, (Anagrama), cómo y por qué lo escribió. Recuerda el erudito francés cómo su nieto Julien, antes de acostarse, lo llamaba: “¡Jipé, el cuento, el cuento!". Y cómo él le leía un cuento todas las noches. Vernant trabajaba por entonces en el sesudo estudio de algunos mitos y tiraba de ahí, de su conocimiento próximo para contarle al niño un cuento. Dice que desnudaba las historias y las despojaba de las dificultades añadidas. Le contaba un cuento, érase una vez…sobre el universo, los dioses y los griegos. Quería sumarse con ello a la tradición oral que viene de antiguo, de las fábulas de nodriza ,entre otras vertientes.
Hoy, en el trabajo, he leído en voz alta una parte de esos relatos, "El astuto Prometeo", y en la cara embobada de algún alumno he querido ver, en un juego cíclico, al niño Vernant sentado en la escuela bajo el hechizo de la palabra.

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Ayer compré uno de esos libros de los que me agrada todo: el título, la edición, el autor y el contenido. En una bella edición, El Acantilado publicó el año pasado un ensasyo de esos que escasean por la monumentalidad del proyecto. Es un ensayo sobre la música como fenómeno cultural vinculado a muchísimas ramas modernas como la psicología o la antropología, pero al mismo tiempo, unida al nacimiento de la cultura como tal. Especiales son los casos de su relación con la literatura, la pintura o la filosofía.
El mundo en el oídoEl nacimiento de la música en la cultura-, de Ramón Andrés, es un libro de profundidades, pero escrito con una amenidad deleitante. Sigue al pie de la letra aquello de docere et delectare de Horacio. Al mismo tiempo, el libro es un repaso por las culturas antiguas más destacadas. Luego de los dos capítulos que sirven de introducción, se va el autor a Mesopotamia, pasa por Israel, Egipto, Grecia y termina, de nuevo, con dos capítulos más libres y generales dedicados a Orfeo, Pitágoras o Lesbos y disertando sobre el amor de los filósofos por la música.
El primer capítulo, "El origen del sonido", comienza, cómo no, haciendo una mención a San Agustín. El santo se preocupó por la música y dedicó varias obras a esta disciplina. Sin embargo, no llegó más que a definirla como "el encuentro del alma con la igualdad y la semejanza", que no es poca cosa. Es decir, en palabras de San Agustín, la música es la identificación plena del alma, la anagnórisis perfecta, el desvelo de lo que somos. De ahí su fuerza e incomprensión, su inasible medida en esencia.

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Rápidamente pongo encima de la mesa el libro de Eugenio Trías, El canto de las sirenas, (Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores) del que ya hablé en este cuaderno. En unos de sus argumentos musicales leo: “Los números matemático-musiclaes con que fue creada toda alma en el Timeo, y que pueden descubrirse por la vía de la reminiscencia, permiten la sintonía del alma y cosmos".

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Rápidamente, abro las páginas de La República, Libro VII, de Platón, y veo que hace unos años subrayé: “Parece que los oídos están hechos para los movimientos armóniosa, y los ojos para los astronómicos; y los pitagóricos dicen que estas doscientas son hermanas”. Y traer aquí el subrayado de hace ya algunos años me ha producido una suerte de satisfacción armónica, de lección última con el orden de mi vida. De mirada especular.

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El 28 de noviembre de 1986 murió el hermano menor de Márai, Géza. Y esta muerte suena a vacio, como el verso de Neruda, a lamentón de la muerte buscando la muerte por el suelo.
Yo, con él ,estoy en el derrumbe, ya sólo quiero que su relato cumpla las expectativas creadas, las ilusiones perdidas dejaron de ser ilusiones. Está aislado del mundo y me vienen las ganas de llamar a su casa y hablar con él, intentar convencerlo de la continuación. Pero esa imagen me sabe inútil. Ya Márai es un sueño en mi lectura, estoy viendo las encias de la muerte a cada página. Y no me inmuto.
Por si acaso, dejo cincuenta palabras encima de la mesa. Nunca se sabe.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Antes de que acabe el día.

Hay días que pasan como una línea, pero con la perennidad de un siglo.

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Tengo miedo a decirte las cosas con palabras, a hablarte con este verbo insostenido de un diario, a contemplarte aun sin conjunciones que aseguren nuestra adversidad; pero debo decirte que vistes de girasoles los campos de la mañana y que con ese amanecer enracimado en pétalos amarillos otorgas los dones de la claridad. Y eso me basta, como me basta el olor de un cuerpo desnudo que amo.

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Un decir es una báscula de la emoción.

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Búscate y hablarás.
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Me quedan cinco minutos para escribir, antes de que acabe este 27 de mayo de 2009, las palabras diarias que le dedico a Márai. Sólo se me ocurre repetir en voz alta aquella sentencia que repetía, una y otra vez, la mujer de Márai durante su enfermedad: "Que lento muero". Y sólo se me ocurre, de nuevo y de momento, decirle al vacío que Márai escribió su diario cuando su vida era el punto final de un texto rebosante de humanidad.
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Un diario es un punto y aparte con aspiraciones de punto final.

martes, 26 de mayo de 2009

Los trazos del hogar en el firmamento. Los girasoles.


En poesía, la sílaba es una afirmación esdrújula.

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¿Se puede leer una casa? Según Gaston Bachelard la casa posee una poética que ofrece un diagrama sentimental del escritor. Asimilando estas palabras, me he tomado unos minutos para observar el orden de mi casa, que es el orden de mis libros. Y me he acordado de la casa de Lezama Lima, en Cuba, cuya disposición influyó sobremanera en la escritura de Paradiso.
Observo mi casa y contemplo la tarde. Hoy he visto cómo estallan los girasoles en si heliofilia de primavera, cómo los campos son fecundados por el verde, asfixiados por el calor sofocante del sur. Y en mi casa el orden es intacto. Levantar un libro de su estante es detonar la fuerza del universo.

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El año pasado, por estas fechas, ya teníamos preparado el viaje a Italia. Por supuesto, compramos libros relacionados con el viaje y uno de los que M. leyó fue Venecia, Tintoretto, de Jean-Paul Sastre (Madrid, Gadir, 2007). Urgo en las líneas del libro en busca de un subrayado, de una pista que ella haya querido dejarme a sabiendas de mis manías. El libro contiene dos ensayos, uno dedicado a Tintoretto, titulado "El secuestro de Venecia" y el segundo, dedicado a la ciudad, "Venecia desde mi ventana". Completan el libro unas ilustraciones con cuadros de Tiziano, Tintoretto y Veronese.
Me he quedado leyendo el libro un buen rato. Lo he leído como un rapto en el serallo, como una novela policíaca repleta de psicología: el secuestro que perpetró Tintoretto sobre Venecia. Ella es su museo, ella le pertenece, todo el que quiera conocer su pintura no puede más que desplazarse hasta la ciudad italiana.
El libro, al abrirse, remoza un aroma de salitre, de mar antiguo: el fiero aliento de las sentencias de Sartre.

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¿Posee la muerte un momento exacto de aparición? Pongamos por caso que asistimos a unas clases de suicidio, que participamos en unas sesiones teóricas y prácticas de lo que sería el buen morir o el morir efectivo. Pongamos el caso de que participamos en unos cursos que nos enseñan cómo disparar nuestra pistola para que no falle a la hora de ejecutar la última voluntad, como si la voluntad hubiera estado alguna vez enumerada o como si tuviésemos al morir conciencia de esa voluntad. El 18 de junio, Márai se dirije a las afueras de la ciudad, a un campo de entrenamiento. Está aprendiendo a disparar para no fallar en el intento.
Obviamente, me quedo perplejo ante esa paciente actuación del escritor Húngaro. A estas alturas, se sabe de antemano que va a disparar su pistola, ¿cómo Van Gogh, saldrá al aire limpio del campo americano a pegarse un tiro en el pecho?
A pesar de su senilidad razonada, Márai siugue leyendo El Quijote. Y, a veces, pienso sobre qué fragmentos pudo haber leído en esos últimos meses de su vida. ¿La cueva de Montesinos, el galope imaginario sobre Clavileño, el espisodio de los galeotes, acaso releyendo la muerte de Don Quijote mientras Sancho le impreca para salir al campo disfrazado de pastores?
De cualquier manera, días más atrde, el 4 de julio llega a afirmar: “Creo que no existe un momento exacto en que uno deja de existir. La muerte es un proceso acompasado que cuando ya parece haberse producido, sigue ocurriendo”. Y ahí cierro el libro, como el que se ha tomado un vaso de absenta y comienza a tener alucinaciones.
*Ilustración, Tintoretto, 1545, Venus, Vulcano y Marte.

lunes, 25 de mayo de 2009

Los días azules, el trigo de la soledad, el sol de la infancia.

Hay artistas que crean por parto natural, otros por cesárea. Sendas categorías anidan en la genialidad. Velázquez y Goya son artistas del parto natural. Picasso, Van Gogh, de cesárea. Las ideas engendradas no encuentran el trayecto adecuado en las formas naturales. De ahí, el parto alternativo, la pincelada alternativa, paródica, deformadamente bella como una tripa rajada.
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Un compañero del trabajo recordó hace unos días la pintura de Van Gogh. En su vehemente defensa, destacó la aportación conceptual de su pintura, muy por encima de su capacidad técnica. Lo dijo en varias ocasiones, con una insistencia que me dejó en aviso.
Desde entonces no he dejado de mirar cuadros de Van Gogh en busca de los conceptos visuales que perpetró en sus lienzos. En este sentido, la genialidad es mayúscula y sorprendente, porque a falta de una capacitación técnica, amoldó y adecuó sus trazos a las ideas. Sus ideas eran más potentes, sus conceptos más rotundos y perfectos y Van Gogh no dudó en sublevarse ante tamaña evidencia creativa.
Pienso que, si algunos escritores reflexionaran más y desde esta enseñanza, de seguro que nos ahorraríamos la mayoría de las publicaciones. Porque, en el fondo, el escritor no solo piensa su obra, sino que debe crearla y para ello necesita elegir el mejor formato y el que mejor se avenga a su concepto. ¿O es en el ejercicio cuando la idea toma su forma ineluctable?
De un tiempo a esta parte, digo que algunos escritores se equivocan de género. Leo a escritores que se aventuran en la poesía, cuando sus ideas no están preparadas para encarnarse en el lenguaje poético. Escucho a novelistas explicando sus obras de ficción como si fueran una película, cuando, en realidad, lo que deberían haber escrito era un ensayo o un cómic o un guión de cine. Y leo diaristas o ensayistas que se dejan llevar por el torbellino de un diario y allí las formas son como un campo de trigo extenso, inabarcable, tremendamente adecuado para la soledad.



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El 27 de julio de 1890 escribió Van Gogh la última carta a su hermano Théo. No llegó a terminarla, estaba poseído por una crisis de las que lo frecuentaban en los últimos días de su vida. Se la metió en el bolsillo. Salió corriendo a los campos de trigos que rodeaban Auvers y que tantos conceptos le había otorgado a su sesera. Toda vez que pasó por ellos como un niño desesperado, sacó el revólver que llevaba en el bolsillo y se disparó en el pecho. Irremediablemente han acudido a mi memoria dos secuencias. La primera, el verso que se le encontró a Antonio Machado en el bolsillo de su gabán. La segunda, Sándor Márai recontando las cincuenta balas que tenía sobre la mesilla de noche.


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En el gabán de Antonio Machado se encontró un papel arrugado y humedecido. En él había tres anotaciones: “Ser o no ser…”, “Estos días azules y este sol de la infancia” y cuatro versos de Otras canciones a Guiomar:
Y te daré mi canción:
Se canta lo que se pierde
Con un papagayo verde
Que la diga en tu balcón.


En la carta que llevaba Van Gogh y que nunca entregó a su hermano, escribió: “ la verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros lo que hablen”. Y creo que es la totalidad del ser humano lo que invade la mente de estos creadores. Un estado de anestesia creativa, de resignación involuntaria a su natural condición de creadores. Son demiurgos caídos que rememoran sus temas al fin de sus vidas. Como una música que va acallando sus notas para dejarlas resumidas en un eco, que es la posteridad.

No me extraña que Márai, en el mes de junio de 1986, esté escribiendo cosas parecidas a estas reflexiones. En esos días, el 15 de julio, se entera de la muerte de Borges en Ginebra, a quien dedica elogiosas líneas (“un talento original de este siglo”). Por suerte, estos papeles nos han llegado como un boceto del otro costado. Dice Márai: “Un hombre es la totalidad. Cien mil hombres es meramente una cifra”.


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La vida, en ocasiones, posee la trayectoria de una bala.


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La claridad de la muerte es tan breve como una vida.

domingo, 24 de mayo de 2009

Ante la orilla, con los pies desnudos.

Es difícil y obsceno dejar en los diarios la constatación de lo sucedido. Se parece a esa aspiración que tienen nuestras pisadas en la arena. Ellas solas no bastan, necesitaríamos de otros utensilios para conseguirlo. Y algo parecido le ocurre a la vida, ella sola, ella misma, no es suficiente para escribir un diario. Por lo que un diario es la escritura de una vida que no es tal vida en puridad. Ante esa imposibilidad, pienso que la escritura sólo tiene la alternativa de la mixtura entre realidad y ficción, entre recuerdo verificable y verosímil. En las páginas de un diario todo puede ser un invento del diarista, absolutamente todo y aún algunos lo darán por cierto. Sólo basta utilizar la verosimilitud en las dosis adecuadas para conseguir tal logro, porque la vida se le presupone a todos y, lo que se cuenta en un diario, posee el pacto tácito con el lector: consiste en la relatadura de la vida de alguien.
En estas circunstancias, creo que una novela se vuelve incapaz de explorar los límites del diario y por ello la incluye en su seno y por ello la engulle en su mecánica. Creo, sinceramente, que al contrario hay más posibilidades y que aún nadie las ha terminado de visitar y devolver a los hombres como un fuego robado, como una luz de la evidencia. Es decir, la escritura solipsista del diario es la fuerza proteica mayor. En ella no hay prejuicios genéricos ni estéticos, se configura al hilo de su creación.
No estoy apuntando a la disolución de la ficción, antes al contrario, defiendo la ficción sin ambages, sin la necesidad de demostrarle al lector que está leyendo una novela y que, como tal, todo puede suceder. No, más bien estoy defendiendo la encarnadura de la ficción como el envés de la vida, porque toda vida recontada a través de la memoria es materia de la ficción.
Hace poco alguien me pregunto por lo que escribía de ficción, "algún cuento tendrás por ahí... le contesté que la bitácora es pura ficción. Y si no lo cree, entonces estoy ante la mayor victoria del escritor.


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Ayer paseé por la Feria del Libro de Sevilla bajo la sombra de Jaime Galbarro. Digo bien bajo la sombra, porque una conversación con él es un eclipse: todo se enmudece y ahuma cuando me lleva al siglo XVI ó XVII, a los intríngulis de sus labores editoriales o a sus tareas de investigador de las retóricas antiguas: “Ni uno sólo nombra a Cervantes…”, exhala excitado.
En las ferias de libros no me gusta comprar libros, porque los que se exponen son los que más se venden y ese no es mi mercado. Por ello, nuestro circuito estuvo vertebrado por las librerías. Y eso era una paradoja, indagar en los fondos de las librerías mientras en la Plaza Nueva todo el mundo se amontona en la Feria.
Mi compañero de cata compró una edición de Baltasar de Alcázar, Obra poética. Edición de Valentín Núñez Rivera. Madrid, Cátedra, 2001. Nos sorprendimos con la existencia de una Enciclopedia Cervantina publicada en Castalia desde 2005 y dirigida por Carlos Alvar, nos detuvimos ante algunos libros recentísimos minados de erratas, igualmente nos alimentamos de las referencias de la Biblioteca Castro, leímos un poema de Umbral y nos morimos en sus luces de bengala como dos párvulos.
Por mi parte, cansado de novedades y ahogado en el ansia renacentista de mis últimas tentativas, compré De los nombre de Cristo, de fray Luis de León, en una inmejorable edición de Javier San José Lera y con estudio preliminar de Lázaro Carreter, Bacelona, Galaxia/Gutenberg, 2008 y Los huérfanos de Petrarca (Poesía y Teoría en la España renacentiosta), de Ignacio Navarrete, Madrid, Gredos, 1997. Desde ayer por la tarde no dejo de leer las vicisitudes de esos huérfanos petrarquistas, pero me sobrepasa la obra de fray Luis: un monumento de erudición de la europa renacentista. Creo, ahora que la agarro con templanza, que esta obra contiene la potencia de la obra poética de fray Luis.




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La mayor de la veces leo con reticencias la obra de Márai. Me da miedo continuar la lectura y acabarla con un la muerte del escritor. Las páginas, toda vez que avanzo, se van convirtiendo en un monódico resumen de un final. Una vida abstraída de la vida que aspira a la muerte. Y la muerte se cuela por las rendijas de su nihilismo y lo abarca todo y los trasciende todo; todo excepto el recuerdo de su mujer, L.
Esta tarde he estado varias horas frente al mar y me he acordado de Márai, de sus interminables horas hechizado por el aroma marino de su mujer hecha cenizas. Llevaba los Diarios de Márai en la mano y los agarraba como un amuleto salvífico. Entonces se acercó un conocido que frecuenta ese mismo paseo. ¿Qué es eso?, me preguntó. Y yo, que acababa leer la entrada de su Diario del 29 de mayo le respondí: “Nunca preguntes qué es… sólo qué significa”.
Al decir de estas palabras, en mi mollera se levantó una imagen como un eco interno que me ató al mástil de la literatura. Y ya sólo, me dije en un susurro: “la ficción es el puente entre lo que es y lo que pretende ser”.

sábado, 23 de mayo de 2009

La indiferencia de la existencia desesperada.

Volví a leer el artículo que le dedicó Javier Marías al mundo de las bitácoras (que no blog; tú vendrás a llamarte bitácora, nombre alto, sonoro y significativo…). Su descontento con el fenómeno estriba en la costumbre mayoritaria de contar cosas o escribir acerca de o relatar sucesos realmente nimios y cotidianos, sin mayor preocupación que la de salir a la luz pública a exponer nuestra vida, como si ella fuera singular o digna de exposición. Se suma a este argumento, que tal circunstancia puede darse en un bar, en el parque o en la cola de un supermercado con tanta trascendencia como en la bitácora. Reprocha, por último, la natualeza de algunos comentarios enmascarados en el anonimato o bien que desprecian sin medida la creación por diversos motivos.
Cuando leí el artículo hace unos meses, me distancié de las observaciones de Marías. Sin embargo, cada día me siento más cercano a sus impresiones y eso se debe a varios motivos. Hay bitácoras que uno iba a leerlas exaltados de emoción en busca de la ingeniosidad o la recomendación literaria o el poema o la sentencia o las lecturas posibles, pero muchas de ellas se han convertido en puntos de encuentro para contar las batallitas de la noche anterior o la legaña que ha invadido su ojo por la noche. En este sentido, algunos han dejado de escribir lo que realmente siempre han necesitado escribir, para presentar en su bitácora entradas que saben que van a tener mayor número de comentarios. Y los comentarios, poco a poco, van devorando la bitácora hasta convertirla en un rengue medio rociero de aplausos a la más necia de las palabras. Vamos, que algunos escriben pensando en los comentarios que les van a dejar.
Igualmente, algunas bitácoras han derivado a un sucedáneo de cuaderno literario en que lo que menos importa es la escritura y en que las referencias a otras bitácoras o a sus propios libros o a sus propias publicaciones ocupan mayor espacio, por lo que la bitácora se convierte en un pequeño escaparate personal, en un mercado de creaciones.
No hay nada ilícito ni reprochable para estas acciones, ahí está el formato para lo que uno quiera, pero me temo que con estos agravios los enemigos de las bitácoras están ganando puntos en sus argumentos.
¿O no?

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En el libro de Louis-Jean Calvet, Historia de la escritura, se dice que la palabra fue antes que la escritura. Y eso me llama mucho la atención y lo subrayo y lo releo. En poesía pocas veces se habla de la escritura poética, antes al contrario, es común afirmar: “la palabra poética…”. Incluso, si hacemos un pequeño repaso de las sentencias o versos de algunos poetas, podemos observar cómo siempre se refieren a la palabra como la unidad fundamental y fundacional de la poesía. No cabe otras latitudes léxicas ni sintácticas para disertar sobre la piedra de toque de la poesía. Sin embargo, la novela o los géneros narrativos siempre están más apegados a la escritura: el novelista escribe todos los días como un condenado y en eso verbo parece adosado el sustantivo escritura. ¿Origen mágico de la poesía, apego a la palabra divina, surgimiento de la poesía como oración, lamento o rito iniciático? El misterio poético es inherente a la palabra y la palabra es anterior a la escritura. Por tanto, la poesía es anterior a la escritura, originaria acaso de la belleza literaria.

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Márai, como un Quijote, se dedica a leer los Diarios que su esposa escribió, por lo que uno lee los Diarios de Márai al mismo tiempo que los de su mujer. Se unen los pensamientos del húngaro a cada línea y los lee, tengo la sensación, como quien reza en silencio, como el hombre solo que espera hablar a Dios un día. Y se asoma a observar el mar en que fueron depositados los restos de L., a contemplar el mar y su fusión en el horizonte con el sol, la noche y la luna. En ese ciclo, quiere inmiscuirse Márai y plantarse como un héroe derrotado en busca de su esposa. Todo lo demás es viento hueco, llamada al vacío, desesperada estancia en la vida: “La indiferencia de la existencia desesperada”.

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Me sitúo enfrente de la parroquia mayor del pueblo y me da por escribir…eres un llanto erecto, tanto como un puñal lanzado al vacío. Tu puerta neomudéjar, el reloj de sol que mide las estancias de lo eterno entre tus grietas. Y callo porque un pájaro cruza en volandas y en su vuelo nace tu rostro y tu rostro es bello.

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Es (esencia primigenia, sustancia del mortal)
cri (grillo enrabietado, canto hueco, lengua vuelta)
tu (el otro, la vida plural, el nacimiento del olvido, la proyección de nuestros deseos).
ra (racimo postrado de la nada, canto sin dientes).

jueves, 21 de mayo de 2009

Recolección y cuajada.

Este blanco es una nieve; estas letras, unas pisadas.

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Al decir de los días, todo pasa de largo excepto la muerte.

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En la noche ahogo mis comas.

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Hay días en los que bostezo y escupo sílabas.

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En ocasiones, cuando leo el pasaje del Quijote a lomos de Clavileño noto un balanceo que proviene del sillón, aunque todo lo produzca la lectura.

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La u es una calle sin salida que provoca susto.

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Déjate decir y acabarás siendo un libro.

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Márai recurre a Cervantes en esos días de trasiego trágico. Llega a afirmar: “Cervantes, Don Quijote, la novela más hermosa de la literatura mundial”. Siento un regocizo inesperado y preñado de condolencias. Incluso me entran ganas de decirle a Márai que la mayor locura es morir sin más ni más, pero me doy cuenta de que él no se dejó morir así, que él se enfrentó a la locura escribiendo.
El Diario de Márai es un registro patológico del pensamiento. Leerlo es interpretar un lenguaje cifrado en las postrimerías de una vida. Es incapaz de desmemorizar las palabras de su esposa, “Muero lentamente”, las únicas palabras que considera más unidas que ninguna a un pensamiento. Quizás, interpreto, en esas cuitas el pensamiento cuaja en las palabras definitivamente.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Ese yo que nos acompaña.


Hoy la clase se muestra alborotada e inquieta, demasiado inquieta como para explicar nada, como para exigir de un joven extrahormonado que acuda a mis explicaciones con la tranquilidad necesaria. Toca J.R.Jiménez. Eso me tiene intranquilo, porque J.R.R siempre me pareció el autor más alejado de las aulas por mucho que se quiera pasear a lomos de Platero.
Comienzo la clase llevando a mi boca unos versos. Lo hago suavemente, piano. Recitar en voz alta y de memoria un poema es un ejercicio que les sorprende. Al realizar este ejercicio de asedio al ruido siempre tengo que volver a repetirlo para afianzar más la atención. He recitado ese poema que comienza: “Yo no soy yo, soy este que está a mi lado sin yo saberlo…”. Algunos han gastado bromas -sí, míralo, allí va-pero la sensación es otra. Como un poema mágico y doliente me he visto a mí mismo recitando, como otro, unos versos, alguien que habla por mi boca y que dice cosas que yo diría, alguien a mi lado sin saberlo. Agarro el moleskine y escribo este episodio, en presente, como si esta extirpación a lo cotidiano me atreviera a colocarlo en lo sucesivo.

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Después de todo, un alumno me pregunta cómo es eso de la cosa misma. Y mí a se me ocurre otra cosa que leerle unas palabras de un libro de Castilla del Pino que llevo en maleta. Lo saco, con parsimonia, y voy pensando la explicación posterior a esa dureza conceptual de Teoría de los sentimientos. Lo primero que hago es preguntarle si cree que es posible establecer una teoría, un sistema o un orden de los sentimientos. Lo segundo, leerle lo siguiente extraído de un apasionante capítulo que se titula “El discurso verbal en el universo sentimental”: “Los sentimientos no se dicen: se muestran. Esta afirmación representa una idea generalizada acerca de la incapacidad o de las limitaciones del lenguaje verbal para transmitir los sentimientos. El lenguaje emocional –se afirma- es sobre todo extraverbal”. El joven queda anonadado (yo también) y algo traspuesto, pero ante la situación actúa a la defensiva y vuelve a preguntar: “¿ Y qué enfermedad es esa de la incapacidad de expresar los sentimientos?”. A lo que le respondo que (a)lexitimia. Le vuelvo a leer otro subrayado del libro: “Se denomina lexitimia la capacidad del sujeto para traducir en palabras sus experiencias sentimentales”. Luego, -aserto- esa deficiencia es alexitimia. Claro, no me había dado cuenta de la grieta que había en el discurso y cuando creía tener la batalla controlada, afirma concluyente el joven: “…al fin y al cabo, los sentimientos se traducen en palabras…es decir, se traducen, pero no son la cosa misma como quería Juan Ramón”.

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En otra entrada insistí en el parentesco entre la escritura de Márai y la pintura de Goya y cuantro más avanzo en sus Diarios, más conforme estoy con lo que dije. Su visión de la vida es visión, es decir, toma la realidad desde un asidero visual. Y en tanto que visualidad, la vida es desmerecedora de halagos y poseedora de sombras y luces multiformes que dependen del vigoroso modo de establecer el volumen de la realidad. Los sueños, entonces, proceden de un territorio irreconocible y se produce esa mixtura, esos monstruos de Valle-Inclán cuyo origen está en el los sueños de la razón.
Ese estadio del pensamiento ante la muerte es desconcertante, porque creo que nunca antes el ser humano lo conoce e interpreta. Alguien que va a morir es alguien que convive consigo mismo, no que intuye, desea o sueña o tracuce como el poema de Juan Ramón Jiménez. Márai, 28 de marzo de 1986: “El rostro del moribundo lo ilumina todo: es la gravedad que surge del ser todavía vivo en el que se está apagando la energía vital. No hay nada que se parezca a esta expresión, que ha eludido la capacidad de los mayores pintores o escultores”.

martes, 19 de mayo de 2009

Ráfagas glaciales.

A los que están siguiendo este anejo festín creativo podrán entender que el declive llegó hace unos días a la vida de Márai. Su Diario solo atestigua tal acontecimiento en la vida de un escritor húngaro que vive, desde hace cuarenta años, en San Diego. El hermano y la esposa del escritor, únicos habitantes a los que amó, se han muerto. Él acaba de comprar una pistola y cincuenta balas. También murió, según una declaración el 17 de marzo, su hijo Kristófka. Y así lo afirma el mismo día: “Agotamiento total. Ganas de morir”. Su sintaxis se va recogiendo como un susurro mortecino, como una noche que va desplegando sus velas al viento. Sus palabras trazan una música que recuerda una danza macabra.

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El 25 de marzo siente un miedo atroz. Está perdiendo la visión del ojo izquierdo, el ojo que veía con perfección. Su único temor, el que desprende el prendimiento de su obsesión, es no encontrar la pistola en el cajón de la mesa: “¿seré capaz de encontrar la pistola en la mesa?”. Para entonces, sus lecturas son Voltaire y Boswell. Debido a su escasa visión, lee deletreando, como un niño que aprende las vocales. ¿Qué azar impulsa estos ciclos, qué halo, que moira terrible nos interpreta esta tragedia griega que es la vida?

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Parece que los escritores, al final de sus vidas, tienen el compromiso de escribir o dejar al mundo una obra total o summa de su creación. Algo parecido estaba haciendo Benedetti, ahora que lo recuerdo. Márai piensa sobre esta cuestión y escribe unas palabras que me vienen al pelo para entender los debates políticos que se están desarrollando en nuestro país. Aviso para navegantes: “Yo no sé nada sobre summa vitae y mi filosofía se resume en lo siguiente: es mucho menos peligroso un malvado que un imbécil. Y los imbéciles abundan sobremanera. Ellos sí que son peligrosos”.

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Cuando escribo en este cuaderno me escribo, pero como Valéry, no termino de escribirme nunca. Cada palabra es una arteria de un cuerpo indescifrable que se transmuta en el otro, en el lector. Y toda palabra es una anestesia a los sentidos y toda palabra una invisible llama que nos ciega del resto.

lunes, 18 de mayo de 2009

Nunca nada es definitivo.

Benedetti no podía morir sino en la esquina rota de una primavera.


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Cuando Márai mira el rostro de su esposa ya moribunda, acierta a descifrar un enigma: “Parece saber algo que hubiera callado toda la vida”. Y sus sueños son macabros y desfilan por la noche caricaturizando su muerte: ¿un tiro en la sien o en la boca?, se pregunta, ¿tumbado o con la boca abierta? Sus palabras, hoy que escribo en el útero de la noche, son demoledoras porque ya las estrellas se apagaron y sólo me queda un verso, el que arrastra al poeta sin tregua al abismo. Nunca antes había pensado con tanta vehemencia en Goya como al leer la entrada de Márai.

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Todo lo que escribo en estos cuadernos tiene el carácter de no querer ser nunca definitivo, de creerse desprovisto de verdad alguna. Todo lo que escribo, como decía Valéry, no intenta agradar a nadie, oh, marine, oh, boy. Distinguir el ser del estar, instalarse en la duda perpetua de las inquisiciones, mantenerse en vilo a pesar de las victorias sentidas es el sustento del cuaderno. La escritura de estos cuadernos es un dibujo en la noche, un invisible suicidio de las estrellas que caen como tinta sobre un folio; que gimen como perros lobos en el precipicio de un bosque inhabitado. Porque este cuaderno nace inhabitado y sólo consiente la convivencia de quienes lo leen con la extrañeza de un encuentro fortuito.
Como la vida, nunca un cuaderno puede aspirar a ser definitivo, a concluir en el último renglón de sus folios. De lector en lector, como la abeja que liba en el jugo de las flores, el texto se esparce y desordena. Y entonces la finitud ya es imposible a no ser que se acabe la especie.

domingo, 17 de mayo de 2009

Todo es siempre de otra manera.

Esta mañana de domingo, en que el sol de bajura anuncia el incipiente verano, se muestra como un camino de perfección. En ese sendero nunca nadie dejó escrito una palabra. Un camino en blanco y tremebundo que sólo permite la observación y el análisis. Hay mañanas en las que escribir no es más que traducir un vacío, un extraño e inabarcable vacío que se ahueca a pesar de las insinuaciones.
En muchas ocasiones, tengo en la cabeza dos o tres ideas que se conjuran con la necedad de mi prosa y brotan. Entonces entiendo que la voz es de otro y de mí mismo y que escribir sin tener nada que escribir es una desvelación del conocimiento.
Leo al mismo tiempo que tú, no intuyo lo que terminará hacinando este texto y estas palabras. Sólo asisto a una vigilia en silencio y a solas. Un diario es un confesionario en que los pecados no nos pertenecen.

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Acabo de enterarme de que Sartre leyó, con no poca ofuscación, el Diario de mi admirado Jules Renard. Según José Antonio Marina, en Elogio y refutación del ingenio, Sartre se escandalizó al leer que Renard proclamaba que todos los caminos están cerrados y que escribir es una opción cerrada; cuando el filósofo francés proclamaba justo lo contrario, esto es, para escribir y para pensar hay que comenzar cada vez de nuevo.Uno y otro, están defendiendo la misma idea. Sartre mutila el resto de opciones al elegir una. Renard ironiza sobre las posibilidades de la literatura reduciéndolas a cero.
Porque al final, la escritura es una y es muchas, es un libro y son muchos libros, es una opción que puede llevarnos a otras opciones, una melodía que encaja en una composicón polifónica, una letra extraviada de un alfabeto que reproducimos, una elipsis del alma que deviene en materia, una evidencia de la forma que aspira a su contenido, un contenido que asimilamos de una forma.

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Al leer hoy a Márai, se me ha venido a la cabeza unas palabras de Fernando Osorio, el protagnista de Camino de perfección, de Pío Baroja. "¡Qué barbaridad la lucha por la vida! ¿Pero para qué pensar en ella? Si la muerte es depósito, fuente, manantial de vida, ¿a qué lamentar la existencia de la muerte? No, no hay que lamentar nada. Vivir y vivir… esa es la cuestión”. Al transcribir estas palabras las he ido leyendo en voz alta. M., al oír tal algarabía desde el salón, me pregunta qué diantre estoy haciendo. Le digo que consolando el espíritu. Y ella sonríe y asiente con la paciencia de una enfermera veterana que conoce estas batallas de la razón. Sin embargo, coge el libro de Márai y lo mira sin discrección alguna, como culpándolo del vocerío que acabo de proferir. Lo mira, lo abre, lee algunas líneas y me dice. ¿Se le murió la mujer, no, lo escribiste ayer? Y de pronto se marcha. Yo me quedo moribundo y afónico.
Márai, el 18 de febrero se compró una pistola con cincuenta balas. Un poco más tarde, el 20 de febrero, escribe: “No quiero morir todavía. Pero he dejado el revólver en el cajón de la mesita de noche para tenerlo a mano si llega el momento en que desee morir. Aunque cabe la posibilidad que al final ocurra de otra manera”. Y yo me asusto y cierro el libro con violencia, como si hubiera escuchado un disparo tras mi nuca. El disparo del suicidio próximo que no quiero leer y escribir.
*Ilustración, J.P. Sartre en la Plaza de San Marcos (Venecia).

sábado, 16 de mayo de 2009

En la cara la vida es un delirio.

Esta tarea diaria que termina en una forma breve. Este arte de la fuga, esta sazonada trabazón del pensamiento en palabras, en terribles palabras como odio, muerte, amor o virtud. Esta sucesión sintáctica de emociones.
La vida es un cuarto de hotel al que nada ni nadie le pertenece. Unos entran y salen, otros jamás nos visitan. Ni siquiera los objetos que nos acompañan son perennes, ni siquiera la costumbre es la misma. Somos un factor de la vida, ésa es nuestra posición. ¿A qué se pertenece, entonces, si no se posee nada, si no se posee más que un amor, unos libros y algunos hábitos?
Y siempre la oralidad. Escribir es dotar de sintaxis a la oralidad, pero no destruirla. Un buen texto consiente la lectura en voz alta al igual que una buena historia contada es apta para ser escrita.

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Hay rasgos en la cara de un muerto que sólo le pertenecen a la muerte: la palidez, la verdad, el recogimiento. También hay rasgos, como un maquillaje, que sólo le pertenecen a los vivos. Pero los vivos dejamos, hace tiempo, de hacer honor a nuestro estado. Con el tiempo, los rasgos han ido equiparándose y ya poco se puede decir de poca gente. Sólo hay un puñado de virtuosos y, cuando hablamos con ellos, notamos que su rostro encierra una secuencia extraña de la condición humana, que sus gestos, sus palabras y su templanza ante la vida, parecen que nos hablan con una claridad meridiana: la claridad de saberse vivos. Esa pertenencia a la vida es fruto de la conciencia y la conciencia deviene del pensamiento.
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Sólo una mente pensante adquiere el color de los vivos, que es el color de los muertos en vida.
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Durante el mes de febrero de 1986, después de la muerte de su mujer, Márai sólo reflexiona sobre estas veleidades de la vejez. Está triste, deprimido, profundamente apenado. Asiste a la incineración de su mujer con la carga moral de un vencedor. Tal la inhumación, tal el arrojamiento de las cenizas al océano. Un acto de recogimiento oceánico es la muerte para Márai, un ir y venir entre las aguas. Márai: “Como si todo el maquillaje de la vida –ira, dolor, alegría, tristeza-, todo lo que reviste el rostro humano, se hubiera borrado. Sólo capté en ella la serenidad y la nobleza, dos rasgos que siempre quedan ocultos en la cara de los vivos”.

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La muerte de una persona amada supone la muerte de la pluralidad que nos configura. Porque somos en el otro y no llegamos a ser sin el otro. Como escribió Octavio Paz en Piedra de sol, voy por tu cuerpo como por el mundo, el mundo nace cuando dos se besan… y en ese nacimiento también hay una separación, en ese deambular por el mundo hay un extravío. El mundo se vuelve singular, se percibe desde la primera persona, cuando uno muere. Y la viudez es el estado del alma del solitario, del que sólo vierte en la realidad la mirada de uno.
El Diario de Márai está escrito ahora por una persona rabiosa, desquiciada, que busca la muerte con el tatuaje de su ira. Y entonces habla y escribe, se aísla del mundo como un astronauta que ha perdido la gravedad. “El dolor, como un perro rabioso, me asalta inesperadamente en la oscuridad, me pega un mordisco que me arranca un grito. Después desaparece y otra vez se instala la indiferencia ante el mundo”. Es el nihilismo figurado en el rostro de Márai el que le otorga un color, el color de un estado inhumano.

viernes, 15 de mayo de 2009

El viento en la mano. La terrenal morada.


Hoy ha muerto Carlos Castilla del Pino (San Roque, 1922- Madrid, 2009). No puedo más que dejar aquí constancia de su nombre y de mi recuerdo. Es lo mínimo para un autor que era una referencia ética e intelectual en esta provincia gaditana. Jamás olvidaré las deslumbrantes páginas de Teoría de los sentimiento, en ese libro encontré un acercamiento a la sensibilidad rayana en la poesía. Pretérito Imperfecto (1997) y Casa del Olivo (2004) son dos excelentes libros autobiográficos, configurados con la fuerza del recuerdo. Autobiografías válidas para el retrato del hombre español de los últimos cincuenta años.
Su muerte me provoca tristeza y nostalgia, un halo de melancolía cercano a la última estancia de un ser digno de esta especie. Un metasentimiento que, en estas circunstancia, se ha más claro: "Si todos los objetos provocan un sentimiento, y el sentimiento puede ser un objeto cognoscible, entonces un sentimiento puede provocar otro. A este sentimiento segundo le llamo metasentimiento: 'Me molesta la repulsión que M me inspira' . El envidioso odia al envidiado, pero odia sentir envidia y no quisiera envidiar.

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¿A qué existencia apagada se referirá Márai? A veces tengo la sensación de que la proximidad a la muerte provoca la aparición de una nueva voz narrativa para la vida o, en mejor decir, un nuevo enfoque heterodiégetico, acaso. Es más, en esa existencia todo se vuelve grotesco y absurdo, deforme. ¿No consiguió Valle-Inclán ese mismo enfoque privilegiado?
Márai: “A ella le quedan tal vez unas semanas, pero no serán ya de vida, sino de esta existencia apagada, inconsciente. Para mí este año significa el final, por más que logre sobrevivir a él”.
Estas palabras las escribe Márai el 1 de enero de 1986. Su Diario no vuelve a tener vida hasta el día 4 del mismo mes. Me quedo pensando en eso de la negación de la vida. Si no son años de vida, entonces, ¿a qué responden esos precipicios últimos del derrumbe físico?

4 de enero de 1986. Márai: “L. ha muerto”. 14 de enero: “Ha sido incinerada”. En ese silencio que presupongo entre una fecha y otra, arrojo mi responso. Un réquiem templado, como un paréntesis en el alma.

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Tengo una costumbre que algunos tachan de ociosa. Consiste en comprar libros para dejarlos en las baldas aun ni hojearlos ni leerlos. Dejarlos ahí para un encuentro futuro. Convivir con él sin conocer su mensaje, sólo acusando la benevolencia de su presencia. Me ha pasado, por ejemplo, con libros como la poesía de Rilke, la obra de Aristóteles, las novelas de Marías, las ediciones de fray Luis o los libros de historia de Braudel. Me ha ocurrido ahora con Robaiyyat, de Omar Jayyam (Hiperión, 1993). Estos cuartetos, escritos en los siglos XI y XII, me dejan estupefacto, deslumbrado. Transcribo dos poemas. El primero pertenece al ciclo titulado “El misterio de la creación”:

1.
Aunque es mi rostro hermoso igual que el tulipán
y soy alto y esbelto lo mismo que el ciprés,
no se sabe, en la alegre y terrenal morada
para qué me formó el pintor primigenio.

El segundo pertenece al ciclo titulado “Que nada es”:

106.

Ya que no es cuanto existe sino el viento en la mano,
Ya que hay en cuanto existe defectos y fracasos,
supón que cuanto no existe en el mundo, existe,
cree que cuanto existe en el mundo, no existe.