Mostrando entradas con la etiqueta CUENTEO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CUENTEO. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de julio de 2009

La musculatura de las ideas.

La creación es un ejercicio del pensamiento, una consecuencia, acaso una morada de sus tentáculos. La creación lleva a la comprensión, aunque ésta desborde cualquier perspectiva posible. En el vacuo panorama de estos tiempos, el afán de conocer es lo que mueve a los escritores.
La vida es la novela que contemplamos, desde luego. Una novela en marcha, work in progess, que sucede con todas las aromáticas sustancias del absurdo a ritmo narrativo. La vida es una narración inmensa, cuyo inicio nadie recuerda, cuyo final nadie percibe. Esa es la grandeza de la narratividad de la vida. Por eso, creo en la literatura que surge sin saber qué quiere nombrar, sin establecer un cauce de antemano para discurrir por él. Creo, sobre todo, en que el escritor debe deambular por esos parajes limítrofes entre la realidad y la ficción; páramos en que nadie establece relaciones rutinarias, sino en que cada vez que se acude a su llamada, la ficción convoca las más insospechadas maneras de escribir. Por este motivo leo a Cervantes como un autor kafkiano y a Kafka como si fuera Cervantes. El rigor imaginativo es similar en Proust y en Joyce: el tiempo es el atajo a la eternidad.

***
Un señor francés llamado Ambroise-Paul-Toussaint-Jules nació en 1871. Ante todo fue poeta, pero mantuvo un ataque de grafomanía desde 1894 hasta los últimos días de su muerte. Eso le llevó a escribir 26.600 páginas que recogen desde un teorema a una disculpa pública, desde un aforismo hasta una anotación inconclusa.
El señor tenía veintitrés años cuando comenzó a escribir estos cuadernos y se llevó más de cincuenta años escribiéndolos a diario; desde las cuatro o las cinco de la mañana, durante tres o cuatro horas al día
. Con estas potentes palabras comenzó el profesor de Estética la lección. Era costumbre en él arrancar las lecciones con datos crípticos. Nos quedamos arremolinados y confundidos. Una vida escribiendo a diario. Un diario escrito durante una vida.
Después de un largo silencio, el avejentado profesor hubo de concluir la clase. Antes de lanzar sus últimas palabras, vimos que sostenía entre las manos uno de los tomos de la edición de la Pléiade. Lo acariciaba como si fuera un gato manso.
¿El registro de una mente o el registro de una vida?, espetó por último al público después de un silencio anestesiado. A partir de ese momento, todo el mundo debía escribir un pequeño ensayo sobre la cuestión.
Cuando acabé de contar esta anécdota a los escritores que tenía enfrente de mí, con el efecto de la ginebra quebrantando la razón, uno de ellos me miró buscando la parte de la estampa que no había relatado. Pensaba que el profesor había dejado el enigma resuelto, que había dado a sus alumnos la lección cerrada, que había culminado, el rotundo y calvo catedrático, con la solución a la pregunta o simplemente que yo sabía la respuesta pero prefería no hacerlo público, para agrandar las expectativas. Alguien miró al cielo, otro tomó un trago, alguno se encendió un cigarrillo, algún atrevido quiso fumar opio.
El café era el lugar idóneo para relatar batallas como estas, sucesos en los que nada se sabe al final, en los que la simple manía de relatarlos, de recontarlos, de cambiarlos a fuerza de memoria y recuerdo supone una satisfacción necesaria.
Después de todo estos años con esa pregunta en la cabeza, sólo atisbo a pensar que al igual que aquel escritor francés, hablar es decirme. La diferencia es rotunda, es cierto. Sus palabras quedarán en el gozoso aroma de los libros. Eterna secuencia. Mis palabras, en la resaca maltrecha de una tarde de café cualquiera. Olvidadiza. Ya desaparecida.

***
Olvidadiza y desaparecida era la vida para Pessoa. Un trémulo sucedáneo de acontecimientos que poco valían para confirmar su existencia.
***
Kertész sufre porque intenta abordar el problema del estilo en la literatura. Menciona, cómo no, a Flaubert. También a Thomas Mann. Después de rezagarse en las cuestiones más teóricas, nos dice que el estilo es la adaptación del individuo al objeto.
También es cierto que el escritor debe escribir para que lo entienda dios, por ejemplo. O para que no lo entienda nadie. Y en ese intento de escribrle a un demiurgo o a la nada en persona, quizás, a la larga, le estemos hablando a los hombres sobre lo que nunca atisbaron con toda la claridad de las visiones.

martes, 31 de marzo de 2009

Una visita al médico.

Este miércoles fue el colmo, pero no debería de extrañarme por lo acaecido. A fin de cuentas, como un oráculo sin dioses, preveo lo que me va a ocurrir. Por eso me llevé el libro de Pessoa a la consulta.
A don Agapito lo visito cada año, como alergólogo, cuando llega la primavera. Es una cita inexcusable, como el estallido de las estaciones o la llegada de la vejez. En su consulta me han ocurrido cosas muy curiosas. Todavía recuerdo aquella vez en que en el servicio me encontré a un hombre mayor desesperado, con las lágrimas recorriendo la anuezada tez de su rostro, “me ha dicho el médico que no puedo comer fresas,ay,…”. Tanto lloró aquel hombre que no pude más que abrazarlo y asistirlo en sus penas. En ese momento, entró la esposa con toda la sorpresa recogida en su grito: “¡Manolo!”.
Tampoco olvido lo que sucedió en la sala de espera toda vez que la consulta parecía terminada para el doctor. Se olvidaron de mí –al menos eso creí al principio- y cerraron la puerta del salón de aquella casa palacio. Pegué un grito motivado por el miedo y la asfixia repentina. El médico entró poco después, sonriendo a boca llena, “no se preocupe, sólo es un experimento de la liberación de histamina ante situaciones adversas como la claustrofobia, ja, ja , ja…”
Pero este miércoles debía ser distinto, yo quería delimitar mi divertimento y por eso me llevé el libro de Pessoa.
Don Agapito, al verme entrar remangado, pero leyendo el libro, exclamó desde su sillón, “¿qué lees?”, olvidándose de comprobar la reacción al polen de mi organismo. Desde ese momento lo supe atrapado en las redes de la ficción. “Leo un libro de Pessoa, Libro del desasosiego”, dije sonriendo (aún me acordaba de su sonrisa profiláctica). Fíjese lo que dice (y en esos momentos me senté en el recibidor, dejé caer los brazos sobre la mesa sujetando el libro, mientras me preparaba para leer en voz alta. El médico me miraba embobado): “Envidio a todo el mundo no ser yo”.
Los dos nos mantuvimos en silencio un rato hasta que el doctor Agapito pareció tomar conciencia verdadera de la sentencia que inciaba la entrada 203. “Escoja usted otro pasaje y léamelo, pero mientras, entre en el cuarto y desabróchese la camisa, debo auscultarlo...”, me imprecó el doctor que ya batallaba en su mollera con la frase de marras. “¿No cree usted que ya está bien de atender a tantos enfermos?, ¿ha sido usted enfermo alguna vez, lo han auscultado, lo ha auscultado un paciente?”, dije sin remiendos. Don Agapito me miró tremebundo, como un abismo del que manan los sueños.
Cuando sonaron los golpes en la puerta, ya estábamos sentados los dos en la camilla, comentando varios pasajes de Pessoa. El doctor reía, glosaba, intercalaba metáforas con léxico científico; se le escuchaba desde la sala de espera, por eso la esposa entró de repente con actitud bravucona, “¿Agapito?”, le preguntó en la inmensidad de su bisoñez. “Déjame, por un momento, que me habiten los otros”, contestó.
”Acabo de experimentar sobre la liberación de la histamina cuando la ficción actúa a pesar de la razón y la ciencia”, le dije a aquel docotor alocado y tierno, histamínico y puro.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Un encuentro en el camino.

La clase en silencio. Un joven levanta la mano. Cargado de timidez, la mirada gacha lo delata. Prefiere acercarse a mi mesa (eso lo percibo en su lentitud y en la mirada que lanza a su alrededor para sacudir su conciencia). Se acerca y me dice con tono preocupado, “¿Por qué el Mochuelo, al final del libro, dice –y empieza a leer en voz alta el subrayado-: “cuando la vida le agarra a uno sobra todo poder de decisión”?

Sé que está ansioso de que le pregunte algo. Por eso no deja de mirarme y casi de incitarme a que levante la mano y realice una pregunta. Esta vez no. La clase lee en silencio y siempre soy yo el que salta con sus interrogantes. Así que esta vez no me parece apropiado que sea yo el que comience el debate, esta vez no. Esperaré a que otro lo haga. Sin embargo, ahora que he terminado de leer el libro, tengo una pregunta de verdad, es decir, no una pregunta para mostrar mi interés en público, sino una pregunta de la que necesito una respuesta.

Hoy piensa demasiado a pesar de que se ha terminado el libro. Lleva un buen rato mascullando unas palabras con mucha lentitud, así lo demuestra el movimiento de sus labios, ¿estará ensayando su pregunta? De todas maneras, todavía queda más de la mitad de la clase y en ese tiempo estoy seguro de que lo volverá a hacer.

Acabo de preguntarle al profesor qué le parecen unas palabras del Mochuelo al final del libro de lectura que estamos trabajando, El Camino, de un tal Miguel Delibes. Esas palabras me han preocupado, ya que la vida jamás me había parecido un lugar de restricciones, más bien siempre quise entenderla como el lugar de la manifestación de la libertad. ¿Por qué el Mochuelo termina concediéndole a la vida su vida? ¿No prefería quedarse en el pueblo, junto a la Uca-uca, su padre, don José, el boñiga, cerca del cuerpo muerto y del tordo que guarda el tiñoso etc.? ¿Por qué debe irse de donde estaba a gusto? No entiendo esa obsesión del padre por querer que su hijo estudie. Yo, al final de la novela, cosa rara, la verdad, he llegado a llorar alguna lagrimilla, sobre todo en la despedida. Pero esto no se lo puedo decir al profesor, pensaría que soy muy blando y que sólo se trata de literatura.

Seguro que lloró que al final, su pregunta lo ha delatado. Ha vuelto con la misma virtud de siempre, de ser un lector virguero, que sabe situar la obra con pocas palabras. Puede usted sentarse, le digo con voz queda. Tiene usted la máxima calificación.

Acaba de decirme que tengo la máxima calificación, pero no me ha dado una respuesta a mi pregunta. Su actitud es insobornable, como el vuelo de un milano. En realidad es un sentimental, seguro que lloró cuando leyó el libro de joven. Pero, ¿qué opina usted sobre esas líneas?

Al recordar el final de El camino, no he querido delatar mi debilidad. Me he guardado la lágrima del Mochuelo en lo más profundo y se la he regalado a este joven para siempre. Ese joven soy yo mismo, ese joven soy yo mismo.

viernes, 16 de enero de 2009

SUEÑO DE AGUA.

Gustavo solía dibujarme una imagen que se le repetía cada fin de año. Sin embargo, ahora que estoy en su funeral, después de lo que nos ocurrió en aquel barco, todo comenzó a suceder como si la realidad hubiera desplazado a los sueños. La preocupación por encontrarnos -a Ricardo, a Manuel e, incluso, a Eusebio-, transitaba aquella tarde entre la tristeza de nuestros mayores. Yo me sentía tan muerto como Gustavo, con el mismo frío que él me describía por las noches, cuando se acercaba a los pies de mi cama. Porque para mí no había muerto, yo seguía jugando con él, con la efigie entre mis manos. Todo cambió desde que lo acompañé un día.
Horror, lo aborrecí. Estaba tirado en el suelo. Entre sus manos había un libro escrito en latín, subrayado en exceso, maltratado por la humedad, con el sarampión de los humedales marítimos. Me miró, con la boca colmada de sangre, sonrió.
Al llegar a casa, quise abrir los libros que acababa de comprar: chorreaban agua a borbotones, pero se mantenían impolutos. Al encender la luz del salón, me esperaba allí, esbozando en su cara el enigma de ese sueño que me persigue todos los años cuando intento abrir mi tumba.

viernes, 9 de enero de 2009

LAS TARIFAS DE LA LECTURA.

Con un libro de Gutiérrez Solana entre las manos, bien resguardado del frío y de la amenaza glacial de estos días, continué la caminata desde la librería hasta la Plaza de las Angustias, en Jerez de la Frontera. Algo no terminaba de convencerme en ese paseo: los pasos, las esquinas, el ritmo, las páginas que leía por momentos.
Al pasar por una esquina, en la que hay un hotel reformado, pero que aún conserva la austeridad busguesa de la ciudad, pude ver de reojo que había una biblioteca en un pequeño salón, una estantería con libros que sirve de sala de espera, no creo que de entretenimiento, para los viajeros despistados o fabuladores, nunca se sabe.El efecto fue el mismo que me sucedió en la Rue Mouffetard, en París, cuando atisbé con el rabillo del ojo una cerveza mítica para los que estábamos en el viaje.
Tanto me sorprendió la cantidad de libros que se refugiaban de la calle en esas baldas que quise entrar para tocarlos, dotarlos de vida, leer alguna página. Cuando quise darme cuenta, ya estaba en la recepción sin saber qué justificación podría darle a mi presencia en aquel mostrador, ni era un extranjero, ni llevaba maletas ni mi acento me ayudaba en nada. "Mire, tengo unos familiares que pretenden estar por aquí unos días... (al momento pensé que el joven recepcionista con cara de políglota se quedó meditabundo, intentando explicarse el porqué de aquella insistencia, por qué no en mi casa) y quiero saber el precio de las habitaciones y... (aquí no supe defenderme más que en el silencio) echar un vistazo por las instalaciones". "De acuerdo -repuso- le saco por la impresora las tarifas mientras usted mira lo que quiera." Para entonces ya estaba delante de la pequeña biblioteca.
Miré los libros, los olfateé, los volví a revisar, leí alguna página de Baudelaire, de Galdós. Me senté, sin conciencia alguna, me apoltroné en un sillón vetusto y desfondado. Quise descifrar la presencia de aquella selecta biblioteca en aquel sitio. Los libros llevaban años sin ser abiertos, desflorados del polvo que los recubría. Rilke, Bécquer, Antonio Machado...
Al salir del hotel ni siquiera recogí el folio con las tarifas. Creo que el joven, al verme por allí, con esa actitud pensó que se trataba de una especie de demente, de loco que acababa de completar una acción sin sentido. Ahora que lo pienso, que leo París, de Gutiérrez Solana, y sigo mi garbeo por las calles por las que estuve hace unos días, me imprimo las tarifas para terminar en la cumbre de esta perversidad de las letras.

miércoles, 29 de octubre de 2008

CARTA A PAUL PAGE.

Querido Paul:

He de decirte que te escribo tarde porque nunca pensé que fuera a escribirte. He leído con entusiasmo tus notas, tus reflexiones diarias, tus comentarios en los bares y, de la misma manera, he ido de tu mano hasta los confines de la vida. Paul, allí me he sentido bien, he llegado a comprender territorios de la vida humana que jamás vislumbré; gracias a tu Diario he podido escribir como un animalillo revolcándose en los lodos de la inocencia, trazar las vidas imaginarias de los personajes que supuse vírgenes de trato.
Ahora que los estoy terminando, que apuro las últimas páginas de tu escritura, me siento al final de un trayecto que culmina en la nada, si entendemos la palabra como “la más exacta, la más llena de sentido”.
No he dejado ni un solo día de escalar tu árbol. Se me han afilado las garras, Paul, de tanto leerte, de tanto imitarte, de querer escribirte una carta, por ejemplo, a sabiendas de que tu pelo de zanahoria no lo conoceré jamás. Una vez leí en tus Diarios, Paul, “la punta de la rama acompaña un poco al pájaro que se va”, y es así como quiero que me acompañen estas páginas en el vuelo de la literatura, a mi lado, sin que me abandonen las ramas de tus ojos.
Porque hablo de la felicidad emboscada, lo hago como un susurro, con la discreción que proviene de la evidencia en la batalla de construir una oración, una historia, un conjunto de signos negros que garbean por el tramo escocido de la vida. Me permito terminar con una cita tuya, Paul, “cuando uno habla de su felicidad debe ser discreto, y confesarla como si confesase un robo”. Te he robado palabras e ideas y te las devuelvo en forma de homenaje y de carta a tus entrañas.

Un saludo afectuoso,

Marcel Schwob
París, 1900.


Post Scriptum. Te dejo un retrato reciente, Paul, me lo regaló Marguerite Moreno.

martes, 28 de octubre de 2008

UN ÁNGEL CAÍDO.

El joven lector comenzó a imaginar su muerte. La muerte sin fin. “La muerte tiene forma de vaso, de transparencia mantenida en la ecuación de la forma. La muerte así vista, paseando por estas calles repletas de seres humanos, es sorda y taciturna, débilmente imaginable”.
El joven lector asomó sus brazos por la baranda del puente que atravesaba todas las tardes y que lo llevaba al pequeño cafetín, al otro lado de la ciudad, donde la literatura era una página mojada y lítica, terriblemente libre, como ocurre en París con los sueños. Llevaba en las manos un libro del escritor del silencio, Jules Renard. Leyó unas páginas y lo cerró.
Imagino que leyó lo que Renard dejó escrito días después de la muerte de Marcel Schwob, un 27 de febrero de 1905, “¿Por qué los hombres de letras no escriben sus propios discursos fúnebres cuando aún están vivos?”. Algo así debió leer porque la nota que dejó sobre el puente justo antes de tirarse al río, arrumbada y maltrecha, contenía un verso de José Gorostiza, “un desplome de ángeles caídos/ a la delicia intacta de su peso”. El discurso sobre la muerte tenía forma de vaso; era redonda y transparente, tallado con el sol de la inocencia.

domingo, 10 de agosto de 2008

HAY SITIOS Y HORAS

Un joven contempla la tarde y el mar. Está solo, aparentemente solo, y medita sobre los granos del tiempo. Coge un puñado en la mano y lo desplaza suavemente, con la melancólica cadencia de los vientos marinos. Entonces comienzan a trenzarse en su cabeza los recuerdos y las fantasías. Imagina el paisaje repleto de escenas que desafían los límites de su imaginación. Para ese momento ha encendido otro cigarro.
Una de las escenas que se solapan a su imaginación viene motivada por unas palabras que había leído hace poco en un diario, el diario del francés Jules Renard: “Hay sitios y horas en que uno está tan solo que ve el mundo entero”. El mundo entero ante él: todas las palabras, todos los gestos, los números, acaso una suerte de museo del hombre de la eterna. Cuando apagó el cigarro llegó la noche. El joven siguió en la arena, sonriente: había encontrado la soledad rodeado del mundo entero.
Los que lo encontraron muerto, tendido y mojado sobre la arena, lo describieron como un antiguo marino venido de tierras remotas, con la piel labrada por la continuidad de la luz. Llevaba un papel en el bolsillo. Había escrito la cita de Renard seguida de unas palabras: “…entonces el mundo no merece la pena”.

jueves, 7 de agosto de 2008

ACRÓBATA DE MÍ MISMO.

En un antiguo cafetín veo de lejos a un señor que abre un cuaderno. Acto seguido, saca de su chaqueta una estilográfica que presenta la vetusta actividad de los años. Se nota que no es la primera vez que este señor realiza este acto. De cualquier forma, sus movimientos son lentos, cadenciosamente lentos. Anota en su cuaderno negro una oración. Yo ya estoy sentado a su lado, justamente en la mesa de enfrente. Anoto en mi cuaderno, con disimulo, todo lo que estoy atestiguando. Llaman al señor desde la barra del bar; parece que es conocido en el lugar y que mantiene buena relación con los camareros. “Monsieur Renard, s´il vous plait”. Entonces el hombre se levanta decidido y acude a la llamada entre sonrisas y aspavientos.
Desde este lugar se ve la terraza de otra manera, ahora que ocupo el mismo asiento que ocupaba el señor Renard –lo he hecho cuando estaba de espaldas. La mesa está llena de inscripciones, una de ellas reza: “Tengo gustos de acróbata solitario. Me gusta darme la espalda a mí mismo”. Cuando me doy cuenta, a lo lejos, desde la esquina en la que observé al señor, allí mismo, está Renard mirándome fijamente con sus ojos de acróbata. Lleva en la mano la misma libreta. Comenzó a escribir en ella. Es 1898. Aún no he nacido.

martes, 15 de julio de 2008

MEMORABILIA

"Si la memoria es un trémulo de piano que se desliza incorpóreo por los recuerdos; si los recuerdos son los hilos que sostienen nuestra imagen en el mundo; si el mundo se configura a través de las escurridizas tramas que sustancian al hombre, ¿qué cabe esperar de uno después de tantos años? ¿Qué socavón del olvido es el que nos dejó sin ego?"- moribundo, con la boca ensalivada y colmada de magdalena, pronunció Marcel su última sentencia.

jueves, 22 de noviembre de 2007

MURMULLOS

RECIÉN terminados los párrafos de Notas sobre Macedonio en un Diario, de Ricardo Piglia en Formas Breves, comencé a escribir debajo del título de la siguiente brevedad que me disponía a leer: Un cadáver sobre la ciudad. Pensé, por unos momentos, sobre qué tipo de relato se extendía en aquellas páginas, qué estilo, qué ideas, qué literatura. Un cadáver. Sobre la ciudad.
La tarde anterior, había experimentado algo parecido a lo que Bretón denominó “azar selectivo”. Un encuentro, en definitiva, con situaciones que jamás formaron parte de mis más remotas previsiones. Orillé por las librerías revisando aquellos títulos y autores con que pretendía colmar mi biblioteca. Hojeé a Rimbaud, Benet, Piglia, T. W. Adorno, T. Mann, M. Schwob. Me arriesgué a leer, como de costumbre, los primeros párrafos de cada uno de los libros. Concluí sin comprar ninguno, excepto Doctor Faustus, de T. Mann.
Cuando finalicé aquella inspección literaria, subí por las escaleras que conducen hasta la segunda planta, filosofía. Tuve suerte, eso sí lo recuerdo, por orden alfabético T. W. Adorno se encontraba fácilmente. Imantado por el título, Sobre la música, rescaté el pequeño volumen. Era un libro idóneo para los viajes en tren al trabajo.
Al salir de la librería, caí en la cuenta de que tenía dos libros complementarios, uno de Mann y otro de Adorno; literatura que aspira a la condición inasible de la música, teoría sobre el ejercicio musical y sus relaciones con las demás artes, sonido y silencio.
Al día siguiente, no encontré mejor remedio para la purga de literatura que los Cuartetos de cuerda de Beethoven (modelo insuperable de escritura). Continué, sin embargo, con el libro que había dejado pendiente. Me encontraba más descansado y muy cómodo con Respiración artificial de Ricardo Piglia. Lo más importante en literatura nunca debe ser nombrado, leía yo que le decía Marconi a Tardewski, personajes ficticios. Lo más importante debe ser siempre pensado, propuse para mis adentros cuando cerré el libro al concentrarme en esa oración.
Esta mañana, descansaban los volúmenes sobre la balda maciza del estante. Los dejé aún en espera, como si lo más importante que tuvieran que decirme aún necesitara del silencio de mis retinas. A continuación, en unas páginas más adelante de Formas Breves leí lo que sigue, “cada vez que escucho los Cuartetos de cuerda de Beethoven, repitió Marconi[…] pienso: daría diez años de mi vida por llegar a escribir algo que sonara, al leerse, como los cuartetos de Beethoven. ¿Usted ha leído el Doctor Faustus? Me preguntó Marconi. No, le contesté, no me gusta Mann, prefiero a Kafka, pero he leído los ensayos sobre música de Adorno”.
Cerré el libro y los ojos. Mi estupor era de una especie irreconocible. Encendí el reproductor musical y dejé que la escritura, las citas reunidas y los murmullos de Beethoven me enseñaran a no decir más. Lo importante no debe decirse nunca en literatura. Brotó el silencio como la lección de las palabras. Entendí, sin decirlo, que todo intento de capturar en una idea lo que había ocurrido era un esfuerzo innecesario, un producto de la tonalidad y la respiración artificial a la que la vida me tiene acostumbrado.

jueves, 18 de octubre de 2007

REGIONES

Comenzó como un brote de sarpullidos acompañados de una fuerte picazón por todo el cuerpo y terminó, la experiencia digo, como un carrusel de melancolías aunadas por la debilidad del hombre.
La reacción fue inmediata, supuse por la ligereza con que se propagó. Así que no tuve más remedio que salir del piso, dejar la biblioteca a solas, desacompañar a mis papeles de entonces y, por supuesto, abandonar la lectura que de un tiempo a esta parte vengo digiriendo. Siguieron las erupciones cutáneas propalando por mi epidermis la extraña sensación de una metamorfosis en vivo, de una transmutación de mi cuerpo a algo parecido a la piel de un reptil. Por unos instantes parecía que me estuviera invadiendo una posesión zoológica que no dejaba que mi cuerpo funcionara como es debido, ni que mi cabeza siguiera razonando como era costumbre. Una vez en el hospital, pude apreciar las erupciones que la muerte aguarda para nosotros: gente enferma y pálida como un saludo final. Sin embargo, y en la sala de espera, no paró de resonar en mis adentros las líneas que ratos antes había leído de Juan Benet en Volverás a Región. Recordé con una claridad meridiana las descripciones de esos páramos, veredas o cañadas reales inundados del solipsismo más tozudo y de una frigidez oceánica. Aún no logro recordar por qué aparecieron las líneas de ese libro en esos momentos, pero creo que rápidamente intenté atestiguar su presencia y relacionarlas conmigo dado el cambio de región en mi piel. Obviamente, no pienso que volver a la región que se dibujó en mis cueros sea una idea clarificadora, pero motivado por ello, comencé a contar el número de sarpullidos con la intención de encontrar un paralelismo entre “Región” y mi región efímera.
El esfuerzo fue en vano. Me aburrí pronto en la tarea, sobre todo porque era difícil mantener la concentración en esos estados febriles y, sobre todo, porque tampoco había hecho acopio de los lugares o veredas de la región benetiana. No era posible la comparación.
A pesar de la imposibilidad, del posterior pinchazo de la enfermera en mi trasero, el mareo repentino, la pastilla apaciguadora y la entrevista con el doctor, logré encontrar en esa suerte de analogía un alumbramiento. Supuse que si en un futuro me volviesen a brotar esas malditas erupciones cutáneas no lo harían por los mismos sitios y adquiriendo las mismas formas. A Región tampoco vuelve uno de la misma manera y por los mismos caminos. “Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real – porque el moderno dejó de serlo- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable”. Entendí que Benet nunca estuvo en Región y que ésta es solo producto de la ficción. Mis erupciones desaparecieron, ¿acaso no lo son, ficción digo, ahora en la memoria?
INFORMACIÓN SANLÚCAR (semanario) 20/X/2007
Ilustración, La memoria de Magritte

jueves, 27 de septiembre de 2007

COSA DE OTROS

Para distraer el descontento de su incapacidad para la escritura, el profesor emprende la tarea de la defensa de la lectura como argumento para desarrollar la imaginación y la creatividad. Comenten en varias líneas qué hacen en sus ratos libres –obliga el profesor a los alumnos de ojos desencajados por la tarea. A continuación, Lorena escribe en su cuaderno tres o cuatro oraciones, pero al llegar a punto final, levanta la cabeza y dice con la timidez virgen que se expele ante lo desconocido, “Profesor, ¿usted qué hace en sus ratos libres?” Pues leer, hija, leer – en tono aginebrado. Ah, ahora lo entiendo, quiere saber qué son los ratos libres porque usted lo que tiene son “ratos libros”. Sobrecogido y apenado, comprueba el profesor que el talento y el ingenio es cosa de otros.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

ATRIBUTOS

Entra el profesor cariacontecido por el estupor de la vuelta a las clases. De repente, frente al aglomeramiento de risas, idioteces, sinrazones y despropósitos, abre un libro de cuentos de Vila-Matas y comienza a leer. Seguidamente, anota con su lápiz algunos comentarios en los márgenes de las páginas y cierra el libro porque el cuento era demasiado corto, no lo eligió bien. Cuando levanta la cabeza, los alumnos están en silencio. Han observado un prodigio, pero como no saben lo que significa, el bálsamo dura una milésima de infinito.