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domingo, 20 de julio de 2008

PARA TI, CREYENTE, LA RELIGIÓN.

Después de leer que la familia de Servet lo atrajo a sus tierras para entregarlo a la Inquisicón con la intención de limpiar la mancha de herejía que se propalaba por ella, considero con firmeza que hay asuntos que se complican a la hora de analizarlos con la adecuada objetividad y la necesaria inteligencia, máxime cuando invaden el espacio de la alcoba. Aplicarles los mecanismos de la razón a estos temas sólo está reservado para un puñado de mentes privilegiadas que encuentran el tono que en todo momento les conviene. Eso ocurre con el tema de la gens hispanica en manos de Jiménez Lozano, es decir, la condición aquella que provoca que en España “la Iglesia aniquile la realidad del Estado y se sacralice como con Carlomagno, no es que el Derecho natural y civil quede subsumido en categorías canónicas y desaparezca en ellas; es que es el Estado el que se constituye en esencia en religioso y sacral. Es la Iglesia la que se ha hecho Estado como la fe se hace carne y sangre, biología casta, españolidad”. Evidentemente, estas palabras de Jiménez Lozano son como un guante que se arrima a la realidad en todos sus ángulos hasta evidenciarlos. Esa españolidad referida en el libro ha sido un elemento divergente para la formación de este país a pesar de que los católicos hayan intentado siempre utilizarlo al contrario, como la sustancia que aglutinó a todos en la ansiada unidad. Claro, lo tienen realmente fácil, “la españolidad o condición de español supone y presupone la fe. No se precisa ninguna adhesión intelectual personal y específica a los dogmas, ni ninguna atención a la ética derivada de ellos”. Desde luego que no se necesita adhesión alguna, o por lo menos, los que profesan o dicen profesar la relgión católica no lo demuestran ni defienden, más bien se sienten pertenecientes a una casta de privilegio que les viene dada por la tradición de un país sumido aún en las mixturas de la Religión y el Estado que de forma tan distinta han solucionado otros países como Francia. Esa creencia llega a ser “no asunto o aventura personal, sino presupuesto político, social y castizo que empapa el universo entero de lo español, lo define y constituye”.
Invito a la refrescante lectura de este libro ya señalado en entradas anteriores, por la frialdad de sus argumentos y por la impecable forma en que está escrito. Un discurso que pretende extenderse por temas que han pertenecido a bandos y concepciones distintas. Desde luego, comparto el capítulo inicial, “Un catolicismo político”, palabra por palabra: “Y es más: el español que abandona su fe católica, no parece que se convierta, como ha venido diciéndose tradicionalmente, en un ateo, sino, más bien, en un anticatólico o ateo militante de talante religioso […] El ateísmo o el agnosticismo han sido posibles en otros universos mentales, mas no han sido tan fáciles en el nuestro”.
Todavía los rescoldos están recientes y avivan, en gran medida, las actitudes de generaciones absorbidas por las estridencias franquistas que siempre fueron bienvenidas por la Iglesia. Estas tribulaciones de orden ideológico están muy cercanas a lo que ocurre en otras sociedades que profesan religiones distintas y que desde aquí tildamos de fundamentalistas y belicosas, pero también es cierto que “ el pensar y actuar al margen de lo religioso ha sido una actitud europea reciente, pero no una actitud hispánica; y cuando aquí aparece, por fin, en torno o después de la Ilustración, no ha sabido o ha sido incapaz de hacerlo de modo pacífico o con expresiones relativamente beligerantes, sino siempre de manera mucho más violenta que en otras partes". Esa situación de inaceptabilidad ( perdón por el polisílabo) de otras formas religiosas o laicas con que se ha vivido y se vive durante siglos en este país ha provocado que se mantenga una lucha abierta contra todo lo que no pertenezca a esa cosmovisión, a saber, islámicos, hebreos, herejes luteranos, ilustrados y ateístas, afrancesados, liberales, masones, etc.
Con estas referencias intento señalar un tema que siempre expongo cuando me encuentro en una conversación con amigos: para que este país comience a funcionar debe separar inmediatamente el Estado de la cuestión religiosa; ya sé que hubo intentos en otras épocas, pero los intentos han quedado remilgados hasta lo que tenemos hoy: ministros que juran su cargo con la mano puesta en la Biblia, asignaturas de religión católica en las escuelas públicas, subvenciones públicas a la Iglesia, invasiones de procesiones por las calles sin ningún derecho durante toda una semana, en definitiva, minucias que pertenecen al grave problema de la conciencia religiosa que anuda los días de este suelo hispánico.
*Ilustración, San Vicente Ferrer curando a un endemoniado. Fragmento de un retablo que se halla en el Museo San Pío V.

miércoles, 16 de julio de 2008

LOS CEMENTERIOS CIVILES

Hacía tiempo que no visitaba a mi amigo Ignacio, el librero de viejo de Los Terceros en Sevilla. Siempre que acudo a sus baldas me encuentro con algún retruécano en forma de rareza o singularidad o desconocimiento. El caso es que andaba en busca de un libro de José Jiménez Lozano, Los cementerios civiles y la heterodoxia española, desde hace bastante tiempo. Estaba publicado en Taurus y en más de una ocasión lo utilicé cuando en la Facultad de Filología los profesores se alejaban de los escritores y las circunstancias que van más allá de 1936 por no sé qué miedo inconfesable o ignorancia acuciante. Siempre me pareció que el libro estaba muy bien escrito y que era un ensayo forjado desde el conocimiento.
Ignacio tenía el libro, pero en una edición novísima de Seix-Barral, que acaba de publicarlo en su colección de ensayos “Los tres mundos”. Durante ese proceso que consiste en espigar por aquí y acullá por las páginas de la nueva presa, me detuve en una anécdota de Larra. Resulta que se cita un artículo de Larra del Día de Ánimas de 1836 en que Mariano José escribe lo siguiente: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. A continuación explica Jiménez Lozano por qué no fue a parar el propio Larra a esa ingente cantidad de cementerios civiles que acogían los cuerpos de los que vivieron al margen de la cuestión religiosa. El cuerpo del suicida, Larra, fue despreciado por sus familiares. El párroco de Santiago, indeciso con el bendito que tenía delante de él, no tuvo más remedio que pedir consejo al vicario general; el vicario le preguntó: “¿Los locos se entierran en sagrado? ¿Sí? Pues los que se suicidan están locos y debe éste ser enterrado también en sagrado”. Esta interpretación sui generis del vicario hizo que por vez primera entrara en territorio santo el cuerpo de un suicida.
He querido subrayar este relato porque el libro se desarrolla precisamente a través de historias, pequeñas historias, que hilvanan toda la mentalidad de una época de confusiones e interpretaciones que por una u otra razón siguen marcando el curso de nuestros días.
Cuando terminé de leerle al librero la anécdota y quizás movido por la calorina que soportábamos allí de pie entre montañas de libros, me lo regaló junto a una sonrisa..."llévatelo","llévatelo". Me lo llevé y aquí lo traigo.