Mostrando entradas con la etiqueta J. BERGER. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta J. BERGER. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de enero de 2010

Anónimo estar.

Dice Berger que en el anonimato se encierra buena parte de la materia de la humanidad y que es en ella, a través de ella, como podemos llegar a conocer al hombre de una manera más fiable y universal. Creo en el anonimato, porque el anonimato es la materia de la ficción: un ente dicho, que dice, que surge sin método y que además desvincula cualquier consideración biográfica o determinista a sus hechos. El anonimato es la creencia en el ser sin espíritu, en el logro sin rastro. Todos los personajes, todas las voces líricas, son anónimas, desconocidas e insurgentes.
Detrás de un hombre quedan, dice Emilio Lledó, o hechos o palabras. Hace poco tiempo, utilicé esta referencia de La memoria del logos para proclamar la fuerza fáctica de la palabra, de los hechos que acontecen en su seno.
Esta mañana me detuve, por un tiempo nimio, a contemplar las actuaciones de los compañeros. Observé que ninguno de los actos que una persona realiza durante su vida queda en la memoria de sus allegados y de los otros; que las miles de palabras que enunciamos no son más que las gotas de lluvia que acamparon temprano por la tierra: olvidadiza actividad esta de estar vivos.
Tan solo los hechos y las palabras son recordadas, pero los hechos que ahuecan, que desfiguran el tránsito manido con que nos arrojamos a la vida.

***

ALGUIEN DEBE ROBARME LA CONCIENCIA

Probablemente pertenezco
a otra vida que nunca ha sucedido;
y tengo la certeza
de que escribo los versos al dictado
de otro hombre que imagina estas palabras.
Este poema quiere, por lo tanto,
decir las obviedades de lo ajeno.

Decir
alguien debe robarme la conciencia
todas las tardes
con sus sueños, su vida, sus palabras.
Decir
alguien, acaso un hombre,
viene a tañer por esta boca,
por el sonido lento que la invade:

que sean en mí tus sueños,
que el porvenir fecunde, memoria inconcebible,
la escritura que finge tu existencia
de estancia fugitiva.

lunes, 11 de enero de 2010

Un pintor de hoy. Ayer somos.

Esta mañana me han visitado unos amigos del pueblo. Entre ellos estaba un antiguo compañero con el que compartí vida durante un lustro y pico. D. se tituló en Historia del Arte al tiempo que fantaseábamos con diálogos que desafiaban la noche cubierta de ilusiones. La amistad llegó a fraguar una relación que aún mantiene la misma claridad de entonces y que renueva cada vez que nos vemos, porque sabemos que nuestra educación sentimental brotó de las mismas aguas. Decía que vinieron unos amigos y con ellos los años antiguos; con ellos los tiempos en que uno aspiraba a escribir como quien marca en el agua una línea invisible. Demasiada verdad había en aquellas palabras exaltadas. Estábamos imbuidos por lo que la cultura iba ofreciendo en racimos: un psicólogo, un pintor, un estudiante de Historia del Arte y un filólogo con vagas aspiraciones literarias.
No deben caer en el olvido todas las interpretaciones que perpetrábamos del mundo; no deben convertirse en pasto del olvido. Por eso, con la visita de este amigo, he querido escribir los recuerdos que le acompañan y que me pertenecen tanto como a él. Sin embargo, aquellas vidas que compartimos durante tantas horas ya no nos pertenecen a ninguno de los cuatro. Son recuerdos, imágenes que encrespan la memoria y que ofrecen el dictado rumoroso de otros tiempos. Aquellas vidas han quedado relegadas a lo que recordamos de ellas y es posible que David ni siquiera se haya dado cuenta de que mientras hablaba de su trabajo, de sus últimos logros y de sus manías modernas, yo no le quitaba la mirada de encima, porque pretendía ver a través de sus ojos la luz, la certeza de que fuimos nosotros.

***

Un pintor de hoy, de John Berger está cargada de páginas hermosas que reflexionan sobre la creación artística y sobre la figura de un pintor que trabaja incansable y decididamente en su obra. Son varias las virtudes de Janos Lavin, el pintor húngaro que desparace, el escritor del diario que se encuentra un amigo y que vertebra la novela.
Comparto muchas de las sentencias que atraviesan el diario, más allá de proclamas m´´as o menos a favor de tendencias políticas que han quedado resueltas en otros finales.
“El día libre que me tomé ayer terminó fatal. El pintor no debe dejar la pintura nunca”. Hago extensivas esas palabras para los escritores y esa es la sensación que me persigue después de esos llamados días libres, horas sueltas, tiempo libre en que uno se siente cualquier cosa menos eso, libre. A este tipo de declaraciones en referencia al trabajo diario y al compromiso del artista se suman otras de corte más filosófico y teórico, en que se mezclan propiedades del dibujo con el pensamiento en clave metafórica: "Si uno dibuja una serie de líneas paralelas bastante juntas y luego otra serie de líneas en sentido diagonal, cruzando a las primeras, tendrá el ejemplo visual más sencillo del proceso dialéctico. Lo que se suele llamar una retícula. Ahora bien, si observas los diamantes, recordando que cada uno de ellos ha de ser dibujado, te abruma la envergadura y la complejidad de la tarea. Esos diamantes son como el futuro por el que trabajmos. Hay que tener valor. Ya tenemos la primera serie de líneas: sólo nos falta cruzarlas". Este cruce entre la vida y el arte es un tema que me fascina desde antiguo, porque considero que la distancia sobre la vida de uno otorga la virtud del mirar y del escribir, por eso Pesooa ha estado siempre delante de las páginas que he escrito, y Cervantes, y Kafka y Proust.
En algunas páginas se deja ver la maestría y el conocimiento del propio Berger disueltos en boca de Janos Lavin: “El rosa y el ocre, con una pizca de cobalto para envejecerlos, despiden más calor, más temperatura que el cadmio o el cromo puros. El calor es una cuestión de la relación de los azules con el resto. El calor es resonancia, no brillo”. Hay profundidad literaria en pasajes como éste, como de las mismas manos que quedan embadurnadas con pastel u óleo. No deja de sorprenderme otro tipo de advertencias del tipo: “La actividad más profunda de todas es la de dibujar. Y la que más exige”. Detalles concretos, aspectos singulares de la pintura que no frenan en el lector sus ansías de deleite. ¿Cuál sería la actividad literaria más profundad y la que más exige? La poesía es mi respuesta, sin duda.
Sin embargo, las entradas del diario de Janos Lavin que más y mejor he saboreado han sido las que tejen relaciones entre el arte del Renacimiento y el arte moderno. Las relaciones que establece son continuas, del tipo: “¿Cuánta gente cree que en el Renacimiento hubo grandes dibujantes a montones? Pues no hubo tantos. Sólo tres o cuatro artistas renacentistas pueden equipararse con Degas como dibujantes. Lo que tenía el Renacimiento era un método, una forma de dibujar; entonces, una persona podía enseñar a otra a dibujar. Hoy faltos de método y de tradición, una persona sólo puede decirle a otra: observa la naturaleza. Obsérvala y haz lo que puedas con ella sobre el papel”. Me pregunto si es posible trasladar estas reflexiones a la literatura. Considero que en el Renacimiento había un método, un principio, la imitatio, la lectura de Horacio, Petrarca, Virgilio o Dante y que quizás ese era el método con el que un escritor observaba la naturaleza. Ahora..., sí, obsérvala, obsérvala y escribe lo que puedas, a pesar de lo que puedas equivalga a sombra, a humo, a polvo, a nada.

martes, 1 de diciembre de 2009

Troppo vero.

En todo este trasiego he aprendido que la quietud es la manera orgánica de estar de los objetos. Ellos, perpetrados en silencio, mantienen la luz de los que observan; ellos, tan desdichados y huérfanos, sostienen el incienso del vacío.
Esta tarde me he visto coagulado. Como un intervalo musical, el tiempo ha ido saltando las escalonadas vertientes del diario. Estas páginas llegan mudas. Taciturnas. Letras que apaciguan el comportamiento de un hombre. Su brote palideció de otoño.
He vuelto a tantear entre mis manos los libros que pertenecieron a otro tiempo. En ellos se cifra la ausencia de mis recuerdos. He mirado, justamente he volcado con ahínco sobre el espacio, como si todo fuera una ficción de la pintura, mis vuelos imaginarios que amarillean de esperanza. He querido asediar los ángulos de esta casa como un loco que recita sus verdades al viento, como un pájaro que reposa, -tierna carne, pluma pequeña-, sobre los dedos de la nada. En ellos habito, como piedra sustraída de la ficción, como página extraviada de una novela.

***
Son como anzuelos, estos libros de hoy. Troppo vero (Pre-textos), de Andrés Trapiello; Un pintor de hoy (Alfaguara), de Berger; Mi vida (Siruela), de G. Casanova y Ante la pintura (Siruela), de R. Walser. Todos estos volúmenes devienen de mis ansias por retornar al tirmo de entonces, que fue minando mi escritura diaria.
Después de un tiempo sin escribir, el compromiso parece un canto de tierra desnuda, un golpe de hoz en la tibia vida. Ahora que tengo los libros sobre la mesa y que escribo después de mudar la piel, veo que el de Berger y el de Walser comparten la materia que une e hilvana la ficción. Por otro lado, los libros de Casanova y Trapiello pertenecen a ese género ensimismado de la narración de un yo; desvelados por mundo, transubstanciados por la literatura. Sin caer en la cuenta, he comprado libros complementarios, que articulan una secuencia inapelable de la vida. La vida, un pintor, troppo vero.
Durante el viaje de vuelta en autobús, leo algunas páginas de Trapiello. Una señora me observa como si estuviera sosteniendo en las manos un objeto maléfico, que proclamara la maldición del acontecer. La señora se despista, pero me quedo con ganas de explicarle, señora, quí brota la vida, aquí surge lo cierto, lo inaudito, lo que palpita tras de todo acto humano.
Sigo, sin embargo, pensando que esta obra en marcha está siendo infravalorada entre los críticos de turno y las empresas del mundo cultural. La prosa, la cadencia sintáctica, el fervor de algunos pasajes son rarísimas presencias en esta literatura nuestra de nocillas e inventos que no terminan en nada que no se haya escrito antes y mejor. Sin embargo, esta obra de Trapiello es singular en las letras españolas, obra de orfebrería artesanal. Son de otra harina estas páginas. Hay aquí un escritor proteico, que concierta resonancias clásicas con aspiraciones renovadoras; que desgrana por las páginas muestras sobresalientes de todo tipo de decir en literatura.
Como un putno de fuga, todo arranca de un acontecimiento que ha pasado como verídico en la historia del imaginario colectivo: Carlos V se había prosternado ante Tiziano para recoger del suelo el pincel que se le había caído al pintor.

***
Todo inicio es una argucia de la vida. Como un pincel que arranca sobre un lienzo, uno contiene la trayectoria de un recuerdo. Laberinto sediento, estación de bemoles iracundos. He sopesado el peso de la tarde y los verbos han dictado su sentencia. Subordinado, respondo al ternario acontecimiento que nos sucede como un anillo solitario, tan solitario como una vicaria sensación de eternidad.

domingo, 22 de noviembre de 2009


Ver de modo que las palabras lleguen antes que la visión. Escribir como mira un niño: desnudando las palabras, trenzando el desierto con un martillo. Dejar en claro que, el desajuste entre la visión y el conocimiento es una incapacidad del hombre y, al mismo tiempo, una caracter´sitcas connatural. El arte, cuando es malentendido, es desconocimiento, palabra muda. Cuando el receptor se posiciona desde su limitación, es especular semblanza de la ignorancia a la que estamos sometidos de continuo.

***
M. me trae de la librería Modos de ver, de John Berger. En la portada del libro, -colmado de erratas, por otro lado-, aparece un cuadro de Magritte, La clave de los sueños. Después de todo, lo que sabemos, el conocimiento, afecta a la visión. Y, evidentemente, lo visible puede permanecer oculto o bien puede terminar por formar parte de nuestro medio entendimiento. En este último caso, cuando la pintura es aprehendida, surge la flexible mirada sobre la realidad.
En todo esta circunstancia, la poesía es el rumor oculto, es el curso pausado y transparente de las aguas que sostienen la visión, los modos de ver. La poesía es ese discurso que permanece a la luz ,pero que es difícil esclarecer conjuntamente. Juan Ramón Jiménez supo escribirlo desde Diario de poeta recién casado. Hay en la transparencia un deseo de inocuidad. Así como mi carne, mi presencia toda, aspira a convertirse en adagio de la invisibilidad.

***
De regalo, me dijo. M. me presentó el volumen de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos. Los dos, M. y yo, nos quedamos sorprendido por la edición pegada del libro. Un mamotreto de mil páginas pegado es indicio de que la edición española está en declive absoluto.
Hojeo el libro y leo sus primeras palabras. La prosa de Muñoz Molina siempre me resultó agrícola, de un trabajo artesanal encomiable. Cuando veo que el libro tiene demasiadas páginas como para leerlo en un fin de semana, lo dejo sobre la mesa. Ya M. estaba sonriendo. Le dije: Una noche de los tiempos es lo que necesito para leer lo que deseo.
***
Las mudanzas llevan a otros modos de ver. Hoy, por ejemplo, he tenido un libro de Kafka entre las manos. Es una edición barata, con páginas amarillentas por las caries del tiempo. Luego, agarré un monográfico de Tiziano que, indudablemente, está editado con la exquisitez adecuada. Pero, de pronto, me paré a pensar en la relación que hay entre el aspecto de un libro, su peso, su cambio de color con el tiempo, y su estancia en la memoria. Hay lecturas que persisten incluyendo la edición. Otras, sin embargo, perduran en la memoria desentendidas de su forma libresca. ¿Qué sucede entre un libro y su edición?
Las mudanzas, como la que estoy realizando desde hace dos semanas, son disonancias del microcosmos que nos rodea a diario. El amontonamiento y el desorden indican que nuestra vida está arraigada a una armonía que habita en nosotros. Cuando se trastoca, como esta mañana, surge la extrañeza. Pero también la extrañeza es un modo de ver el mundo.