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lunes, 1 de febrero de 2010

Llevo unos días leyendo a Husserl. Me atrae el concepto de la espiritualidad europea. A pesar de que pueda sugerir todo lo contrario, es en esta época cuando lo considero más necesario. Todas estas explicaciones psicológicas, trascendenteales y espirituales... No he dejado de recordar cómo Platón explicaba la configuración de los hombres a través de intervalos musicales y cómo, las últimas líneas de República no son más que una concesión al poder órfico de la música como acción salvífica y dadora de conocimiento y verdad.
Obviamente, la acción de la música sobre los escuchantes, tan bien relatado en el mito de Er, es una demostración de Platón sobre los límites de la filosofía y, en sentido lato, del conocimiento. Sólo el dotado de la virtud sabrá discernir en las esferas la concesión armónica. Esto, llevado a otros planos de la vida, puede hacernos afirmar que sólo los que levantan el velo de lo cíclico, apuran los límites de su propia vida.
No en vano, todas estas disquisiciones de la música, el conocimiento y el hombre me han ido construyendo una idea, más o menos clara, de la poesía. Es a través de estos tres elementos cómo la leo y la escribo.
La dificultad que entraña estas actividades para la mente sobrepasa la capacidad del hombre, incluida su materia. Por eso la música, esta música que suena imparable, que a nada se ata y de nada deviene, contempla en su seno aquello a lo que aspiro, a pesar de no saber ni intuir qué es.
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He comenzado a leer Bouvard y Pécuchet, de Flaubert. Lo he hecho motivado por las palabras que le dedica Borges en “Vindicación de Bouvard et Pécuchet”. En esa disquisición, ofrece el escritor argentino una interpretación muy atractiva de la obra de Flaubert. Viene a decirnos que la obra está emparentada con la búsqueda misma de la verdad. Esa búsqueda bien puede ejemplificarse de la siguiente manera: el universo es incognoscible. Cuando explicamos un hecho nos referimos a otro más general. Así hasta el infinito. Por ejemplo, la ciencia, según Spencer, es una esfera finita que crece en un espacio infinito. Conoce y explica esa sección, pero lo infinito existe más allá de ella.
Algo parecido le suceden a estos personajes. Bouvard y Pécuchet se han trazado la tarea de explicar el mundo para conocerlo. Ante la imposibilidad, la manía de llegar a una conclusión es una tarea estéril.
Cuando Borges dice, además, que la mayor esfera es sólo un punto en el infinito, está convirtiendo las dos figuras, los dos copistas setentones, en cualesquiera de los filósofos más sesudos. ¿Qué si no un punto en el infinito es la obra de Shopenhauer, qué si no la de Platón?
Esa analogía que plantea Borges desde el texto de Flaubert la tengo para mí como una relación secreta con El Quijote. Flaubert fue un lector atento de la obra de Cervantes y no es de extrañar que las coincidencias surjan de aquí en adelante.

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No debería haber empezado estas notas con las reflexiones del mito de Er. Tendría que haber anotado, sin más ni más, cómo aconteció esta tarde o qué tal han ido las pruebas del libro. Tendría que haber dejado escrito que la literatura moderna tiene el grave problema de querer ser moderna. Y que, de esa ecuación categórica de la modernidad, devienen todas las faltas e inoportunas obras de ocasión.
Copiar, copiar, como hicieron Gouvard y Pécuchet, dejar al menos la lista de los fragmentos que uno ha leído o las tontunas y desmanes que acontecieron en sus días. Quizás alguien llegue, las lea y sea capaz de descifrar el mensaje que nosotros jamás supimos leer ni escribir.

domingo, 12 de abril de 2009

Cuyas sombras revuelan.


M. lee con entusiasmo El esnobismo de las golondrinas (2007), de Mauricio Wiesenthal y, de vez en cuando, con la modulación que la caracteriza, sobrepone su voz al silencio que nos abriga. Asalta la convivencia leyendo en voz alta un pasaje, glosando una afirmación, apuntando el lugar al que debemos ir de viaje en nuestras próximas salidas. Hace todo esto embargada por la emoción y yo no puedo más que dejarme arrastrar satisfecho. Ella me enseñó a dotar a los viajes de una dimensión desconocida para mí: el terreno en que la huida es la naturaleza del visitante. Aquello que Baudelire reclamaba como identidad del viajero moderno, el derecho a la huida.

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¿Qué piel de estos recuerdos, qué sustancia…? La vida que discurre en estos libros, el látigo manido del pasado, el viejo monumento del recuerdo, el campo amanecido, la luz atravesando nuestras manos, ¿qué hiel de esta mañana moribunda, qué acento? ¿Que intrincado pasadizo guardamos con palabras, hacia dónde?

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Antonio Colinas dice en su último poemario, Desiertos de la Luz (2008), que la música del mundo y la nuestra es sólo una… ¿de qué armonía? ¿Podemos variarla con nuestra voluntad?
Sólo una música somos -escribo- y con el verbo plural no sé que quiero recoger. ¿Somos pluralidad, pertenecemos al todo? ¿El todo es uno?
De cualquier forma, mis pensamientos son marros que balbucean, acaso, la certeza de que para ser hombre hay que aprender a ser mortal. Y creo que la literatura grecolatina (sobre todas) y, en buena medida, -de otros tiempos en Europa: Shakespeare, Cervantes...-, entendieron bien el ejercicio literario: un método de encuentro con la vigilia del mortal.
Escribir cada vez se me asemeja más a la descripción de una enseñanza que se vuelve aprendizaje: aprender a ser mortal. La mortalidad como un estado de gracia asumible y certero, que oscila entre la objetividad y la finitud.Una emoción objetiva es la aspiración de esta escritura.
*Ilustración, Venus y las gracias sorpendidas por un mortal. Jacques Blanchard (1660-1638).

martes, 7 de abril de 2009

I. A vueltas con la Literatura. II. Una breve historia de la cultura en España.

La literatura se cobija allí donde estén las palabras, con ellas se vislumbra su hocico, en ellas comienza y en ellas termina, con ellas se anuncia al mundo. Sin ellas, no tiene lugar de aparición. Escribo estas líneas porque en algunos libros de ensayos o de pensamiento me he encontrado con más literatura –a pesar de nuestros intentos vanos de definición- que en las novelas o en las poesías que se vienen publicando.
Es cierto que la definición de literatura está sujeta a la naturaleza de la literatura y si algo caracteriza a la literatura es su transformabilidad y su desfigurabilidad. Estos polisílabos, que tan bien definen ese estado continuo y pendular de la palabra, son los que utiliza Manuel Asensi en Literatura y Filosofía (Síntesis) para diseñar una definición de Literatura que se separe y delimite a la de Filosofía. El autor, de principio, es consciente de la dificultad y, por este motivo, llega a tal conclusión. ¿No hay acaso filosofía en una obra literaria o pictórica o musical?
El segundo punto, que se suma a la tesis anterior, es la reflexión sobre qué entendieron los autores, de distintas épocas, por literatura. ¿Sófocles, Manrique, Cervantes, Joyce, Borges… cuando hablaban de literatura, entendían lo mismo?
Sin embargo, todas estas obras, de distintos periodos, nos llegan como un totum revolutum en que sólo distinguimos al creador que está detrás de ellas; son tomadas como obras literarias, sin dudas, y pertenecientes, por tanto, a la misma naturaleza a pesar de que sus autores creyeran en concepciones distintas del hecho literario. Es decir, la metamorfosis de la literatura es connatural a su desarrollo.
La definición de literatura lleva implícita una enumeración, una yuxtaposición de propiedades en que ninguna sobrepasa a otra en valor e importancia. Sólo se me ocurre escribr que definir la literatura es lo que está por definir.

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Son páginas jugosas, por la erudición, la síntesis y la prosa con que están escritas. Un breve recorrido por la Historia de la cultura en España a ritmo de catedrales, esculturas, escritores y elementos culturales que han tejido la compleja, pero apasionante, historia de España. Fernando García de Cortázar lleva unos años escribiendo libros que se alejan del quehacer académico y que aspiran a un público más amplio, que no por ello menos entendido. Saliendo de esas fórmulas académicas, consigue García de Cortázar una prosa adecuada al relato que tiene entre manos, en ella alterna el dato curioso de la ciudad o el personaje con el conocimiento de los legajos y manuscritos, las sentencias inolvidables de los personajes capitales, con los versos de los poetas que adularon el rincón peninsular. En ocasiones, como es el caso de Salamanca o de Toledo, de Santiago o Ávila, el autor persigue el aliento lírico y es entonces cuando el libro se vuelve más inolvidable y menos erudito, pero con ello transmite con más fuerza y ahínco la idea que persigue, la variedad de culturas que han atravesado la tierra y que han dejado su huella en ella: “Salamanca es una multiforme yuxtaposición de pupilas”.
Esta definición, cercana a la greguería, es sólo un ejemplo de los muchos que nos podemos encontrar en este magnífico libro que refresca los conocimientos que anidan oxidados en nuestra mollera. Una lectura grata, repleta de anécdotas y útil para entender mejor dónde vivimos.
Como decía Juan Benet, la memoria también es la venganza de lo que no fue. Y por esos caminos parece transitar el autor: propone interpretaciones, las analiza con brevedad, otras veces se esconde de capítulos revisados, en otras se deja llevar por la tradición. Incluso se atreve con la autoría del Lazarillo valiéndose de las tesis de Rosa Navarro Durán: “Porque hoy sabemos que Valdés escribió la novela precursora del género picaresco, que fue él quien narró en primer apersona las andanzas del pregonero de Toledo […] (pág.141)”. Ninguna osadía, por otra parte.
En definitiva, un ramillete de episodios que se articulan en torno a ciudades y autores, un repaso ameno –en el sentido primitivo del término- por nuestra historia, nestra cultura y una lectura que, a pesar de ser una breve historia, valdría por muchos años de estudio.

domingo, 5 de abril de 2009

¿Leer es un problema?

Esta reflexión es un eterno retorno, un transitar por los mismos fangos:
¿Para qué comprar tantos libros, si no tenemos tiempo de leerlos?
Cuando esta pregunta proviene de alguien que no es lector, le recorre a uno la sensación de olímpico senador de su biblioteca y, con esta sensación, la respuesta queda en nada, casi en la pregunta. Sin embargo, cuando la pregunta la plantea un lector avisado, considerado compañero parnasiano de viaje, queda uno trastocado y ebrio de inseguridades.
La respuesta no la sé, pero la falta de respuesta me está llevando a plantear unas hipótesis que arrancan de la propia negación. A lo mejor no es necesario tanta relfexión y habría que dejar el tema como un lastre que nos sobra, que no merece nuestra más minima preocupación. A pesar de todo, si hubiera que entrar en faena, creo que habría que aclarar varios conceptos para hacer frente a la disyuntiva, a saber:
¿Qué es leer?
¿Qué implica leer?
¿Qué es el tiempo?
¿Qué implica el tiempo?
Con estas -y otras tantas- preguntas podemos acercarnos al problema. ¿Leer un libro es pasar por todas sus páginas? ¿El tiempo para leerlos es el tiempo de los mortales? ¿Basta leer un libro para leerlos todos? ¿En ese tiempo de la lectura, qué hay de nuestra vida? ¿Es tiempo inmortal porque escapa de la cronología?
Casi sin darme cuenta, estoy imbricando el problema del tiempo para leer en una cuestión ontológica y eso, en definitiva, nos lleva al ser. Por tanto, leer es ser, leer implica tiempo.
Con estas aporías he desvirtuado quizás el problema, pero al menos intento luchar contra el sofoco que me invade, a veces, no siempre, el estar delante de tantos libros, inalcanzables aquí, ahora, ¿son, quizás, para otra vida?

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La mañana se va entregando con su bajamar y con una panoplia de desconciertos. No termino de configurar mi respuesta a la lectura cuando otras palabras me distraen y extravían. No es para menos.
“El arte tiene más valor que la verdad”, sentencia Nietzsche en Voluntad de poder.
“La obra de arte es un modo de acontecer de la verdad”, dice Heidegger en Arte y Poesía.
Uno, Nietzsche, sobrepone el arte a la verdad en términos de valor, aunque en definitiva establece cierta filiación entre ambas, porque para superarla debe pertenecer a ella, se origina con y en ella.
Heidegger, por su parte, admite que hay más formas de revelación de la verdad aun sin nombrarlas. Está proponiendo la aletheía griega, el acontecer como manera de encontrar la verdad, a través del arte.
Ambos admiten el principio de verdad y ambos consideran el arte como una disciplina capaz de revelarla e incluso de superarla.
¿No será la verdad la que revela el arte, no mueve la verdad al artista a su configuración?

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Tiempo de lectura, un modo de acontecer de la verdad, en su transcurso no hay cronología, sólo desvelo de los límites.
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Leer, verdad absoluta, posee más valor que ella y a la vez es un modo de acontecerla.

domingo, 8 de marzo de 2009

De la sed al pozo.

A lo mejor, la persona religiosa siente que su vida sólo recorre el itinerario que se le ha trazado. Así no hay cabida para la aventura, la excitación, lo imprevisto, la búsqueda de las fronteras sentimentales, los equívocos, las contradicciones, las usurpaciones a las lágrimas, la sonrisa maléfica y la conciencia inestable que, por otra parte, conforman la vida.
Si las hay, quedan restringidas a un terreno concertado: fuera de ahí, de ese espacio, todo queda invalidado o es materia de aflicción. Por lo tanto, la vida religiosa, entendida en sentido amplio, es una restricción del espíritu.
Saint-Exupéry dejó escrito: “Si libero a un hombre que no siente nada, ¿qué significa su libertad? Sólo se siente libre quien va a alguna parte. Liberar a un hombre será enseñarle la sed y trazar un camino hacia un pozo”. Se le olvidaba a Saint-Exupéry que en el camino al pozo, a pesar de estar indicado con detalle su lugar, el hombre puede equivocarse y que, en ese equívoco, en ese extravío, en ese desvío del itinerario puede que se encuentre con alguien distinto a él pero que es él mismo.
Los sabios de la antigüedad basaban sus enseñanzas no en circuitos de conocimientos cerrados, sino en la indicación del comienzo del circuito. El tránsito por ese camino, que es la vida, debe hacerse en libertad, sin reprimendas ni artificios vacuos con procesiones del espíritu que se le aparecen a los transeúntes como trampantojos que asustan y atemorizan intencionadamente.
Para Heráclito la vida es una vigilia continua, un estarse despierto: “…para los que están despiertos, el orden del mundo es uno y común, mientras que cada uno de los que duermen se vuelve hacia uno propio…”. Los que duermen son los que creen confirmado su camino, el recorrido que les ha venido dado. Estar en vigilia es el principio de conocimiento del mundo, que es ancho y ajeno, que no conoce trucos ni escarceos, que no posee atajos a la eternidad que sólo viene jalonado por su voluntad y deseo. El verbo querer es la rutina de la ética.

domingo, 1 de marzo de 2009

La contemplación activa. Discursos de tinta y sal.

Hay una anécdota en la vida de Tales de Mileto que siempre la utilizo para explicarles a los alumnos qué es pensar, qué es la filosofía, como si yo tuviera la clarividencia en mis palabras. Iluso profesorzuelo.
Se ha narrado de muchas maneras, dependiendo de la fuente en la que se lea. En este caso, no he encontrado todavía un libro más literario, maravilloso y chascarillero que Vidas de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio. Diógenes Laercio cuenta la anécdota de Tales, entre otras muchas, de la siguiente manera: “Se dice que salía de su casa acompañado por una vieja para contemplar las estrellas y cayó en un pozo. Cuando se lamentaba, la vieja le dijo: “Y tú, Tales, que no puedes ver lo que tienes ante tus pies, ¿crees que vas a conocer las cosas del cielo?”. A partir de este hecho voy trenzando los argumentos pertinentes y las situaciones que mejor vengan al caso. Cuando el diálogo comienza a tomar forma (cosa que casi nunca ocurre) introduzco la otra anécdota que acordona muy bien mis pretensiones. Resulta que a Tales, según Diógenes Laercio -y eso hay que tomarlo con reticencias-, se le atribuye la compra de talleres de aceite, con lo ganó mucho dinero. Evidentemente, Tales observó el comportamiento del sol, de los solsticios, de las estrellas, de las tierras, del agua. Quiso establecer leyes para ese mundo que venía del mito y que aspiraba al logos. Algo parcedio con el horizonte mitológico que me encuentro cada mañana: un universo de entelequias con nombres y apellidos. Es mi tarea construir un abismo desde donde se asomen.

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El libro de Unamuno, Cómo se hace una novela, está concentrado en las páginas finales. Al final del mismo, en una nota del jueves 30 de junio de 1927, escribe desde Hendaya: “Contar la vida, ¿no es acaso un modo, y tal vez el más profundo, de vivirla? […] ¿Cuándo se acabará esa contraposición entre acción y contemplación? ¿Cuándo se acabará de comprender que la acción es contemplativa y la contemplación es activa?”. ¡Qué palabras más sabias estas de Unamuno!
La vida en acción, aquí, en estas letras. La tremebunda sencillez de lo vivido a ras de la ficción. Decidme del alma, ¿quiénes han transitado por la ultratumba del ser más que los filósofos, escritores y artistas varios? ¿Quiénes si no? No hay mayor envergadura moral que discernir entre quienes han levantado lo que somos y quienes se obcecan en diluir en nada lo que somos. El sujeto moderno nació en la soledad. Los escritores escriben los libros en soledad y solos quedan hasta siempre. Es indecible el abismo que recorre la creación de un artista y el momento en que un receptor llega a ella.

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Mi compañero Iván dejó hace poco en su bitácora unas hermosas palabras sobre unos gorriones. Estuvimos comentando de pasada la conexión con algún poeta que nos entusiasma a los dos. Le estuve refiriendo los versos que vinculaban su reflexión con el magno poema de marras. Incluso ahora se me ocurre que su estampa podría pertenecer al libro de Jules Renard, Historias naturales. Sin embargo, hoy he leído un poema de Jorge Guillén, perteneciente al ciclo de Homenaje, que me gustaría dejarlo aquí para que la escritura converse por sí misma.

AL MARGEN DEL GÉNESIS
ANTES DEL ALBA
Y multiplíquense las aves sobre la tierra. I, 22.
Conozco una avecilla que enmudece
Por su fatal costumbre antes del alba.

No se ha insinuado un rayo todavía.
Jamás se encontrarán cantar y luz.

Aquel sonido límpido anuncia
La claridad que irrumpe con júbilo,

Y aislado entre las hojas se mantiene
Sin presentir el acontecimiento.

Pájaros, ignorantes de sus dioses,
Cantan junto a nosotros, ignorantes.

martes, 10 de febrero de 2009

TEORÍAS DE LA RELATIVIDAD (POÉTICA).


¿Pertenece el silencio a la poesía, o es palabra pura, sin más ni más?

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Para un escritor, ser escritor consiste en cederle el espacio al silencio en el momento oportuno. Visto de esta manera, no es el poeta el que escoge la palabra que nombre la cosa misma, sino que elige el silencio mismo, resguarda a la cosa misma de ser tocada por un nombre que no le corresponde.
En este sentido, cabe preguntarse ¿deja un poeta de serlo por dejar de escribir o la condición de poeta sobreviene a la época silente? Si no es así, entonces el poeta sólo es poeta cuando escribe, por momentos.

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¿No es el poeta el que lucha constantemente entre el silencio y la palabra?
"Contra el silencio
Y el bullicio
Invento la Plabra,
Libertad que se inventa
Y me inventa
Cada día".
Escribe Octavio Paz estos versos para esclarecer tal relación. Pero propongo una nueva lectura de los mismos: “Desde el silencio…”, no contra el silencio. ¿Qué ocurriría si la palabra se edificara desde el silencio, como la vida se empeña en la muerte o la poesía en cantar lo eterno? “En el silencio…invento la palabra”; silencio y palabra entendidas como complementarios cuyo compuesto se expresa en la forma Libertad.

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Hay una parábola entre el sol de la nada y la oscuridad de la palabra. Un arco que une el mundo de ultratumba en que nada puede ser nombrado. Unos pasos atraviesan el páramo, huellas sonoras que han sobrevivido. Un poeta no puede volver la vista atrás y regocijarse en la escritura: su encuentro está en lo no dicho. Lo demás es piedra en las retinas, lágrimas de Orfeo.

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Dice Heidegger que el ser es un don que otorga la palabra. Así lo dice el poeta, Hölderlin: “Ninguna cosa sea donde falta la palabra”. Por lo tanto, es un arqueólogo en la mina del silencio en busca de la sílaba escondida. Nadie como un poeta debiera conocer el silencio, sus límites, sus pasadizos, sus vértebras.

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Las vértebras de la nada tienen que oler a naftalina.

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Para el poeta, todo decir del silencio es poesía.


*Il poeta, de Gian Paolo Dulbecco (La Spezia, 1941).

jueves, 17 de julio de 2008

MONTÍCULOS EN LA LLANURA

Una cita es como un encuentro con la belleza indescifrable. Necesitas detenerte con más calma, aplicar la contemplación, enfoscarte en la reflexión detenida de sus elementos lingüísticos. Una parada en un universo que nunca atisbaste, en definitiva. Incluso hay novelistas que basan su quehacer apoyándose en las citas, pongo por caso a Vila-Matas, a quien venero desde antiguo.
Una cita es como un montículo inesperado en una llanura, una atalaya que surge de repente entre el boscaje de palabras y sintagmas que desciframos en una novela, un poema o cualquier otro libro. En muchas ocasiones, la justificación de un poemario, el epicentro de toda una novela que cuenta cientos de páginas, la síntesis de un tratado de filosofía se sitúa en un puñado de palabras que nunca fuimos capaces de pensar y escribir hasta ese momento en que las leemos.
Dicho esto cito lo siguiente pensando en mi entrañable compañero Iván: “Aquí se fundará la fenomenología pura o trascendental no como una ciencia de hechos, sino como una ciencia de esencias (como ciencia “eidética”); como una ciencia que quiere llegar exclusivamente a conocimientos esenciales y no fijar, en absoluto, hechos; el pensamiento que se encarna en juicios que van desde la universalidad fáctica (empírica) hasta la universalidad esencial, ésa es la reducción eidética.Edmun Husserl, Ideas (Relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica), FCE, 1993, Méjico.
*Ilustración, Martin Heidegger hablando con E. Husserl.

viernes, 27 de junio de 2008

¡VEN A MÍ, OH, LENTA MANERA!

Más allá de apreciaciones académicas y de juicios personales, hay citas que parecen surgidas para el grueso de los humanos. Llevo algún tiempo leyendo de forma aséptica, sin dejarme llevar por efusiones estilísticas. Cada vez creo más, con Kafka, en la obra literaria escrita con la sencillez de las ramas, pero con la profundidad del universo. Me empachan igualmente las tendencias grupales y contemporáneas, tan empecinadas en ofrecer lo moderno y lo nuevo, pero tan pelonas de lecturas. Al poco que uno lee cualquier obra clásica -la que nunca terminar de decir lo que tiene que decir- se da cuenta de que la novedad, en ocasiones, se asemeja a un chubasco pasajero; ni es agua ni nube, ni paisaje ni esencia, sino una encrucijada involuntaria de los elementos. La diferencia está en que los elementos en literatura han dejado de ser la palabra y el ingenio para convertirse en editoriales y mercado.

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A más de un poeta nonato y prosista pubertino, le conviene repensar estas palabras de Nietzsche en el prólogo de Aurora: “No en vano se es o se ha sido filólogo. Filólogo quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba por escribir también lentamente… Ese arte enseña a leer bien, es decir, despacio, con profundidad, con cuidado, con atención, y con intención, a puertas abiertas y con ojos y dedos delicados”.
Mis dedos son toscos aún; mis ojos, demasiado miopes. Si en la lentitud anida la lectura profunda, dejaré de leer por unos días para ver si calmo y sosiego esta necesidad fieramente cotidiana.

lunes, 23 de junio de 2008

UNA MANERA DE ENTENDER.

La bitácora me ha traído nuevas costumbres que me invaden a diario: la necesidad de escribir en unas dimensiones más o menos establecidas, los temas con los que puedo abordar una entrada, las imágenes que selecciono para cada una de ellas, las referencias a compañeros, amigos o comentaristas virtuales, etc., todo ello, además de los elementos que ni siquiera detecto, me reconforta cada vez más.
Una de las manías que se ha enquistado con más profundidad es abrir un libro al azar, por una página cualquiera, con la intención de glosarla y pensarla. Prefiero este mecanismo hermenéutico a la reseña de un volumen completo, porque con ello me demuestra la literatura (o la filosofía, la historia…) que cada página, cada línea, puede volver a pensarse, volver a escribirse de manera distinta. Por este motivo, ya no sólo recurro al comentario con el lápiz en los márgenes de la página o al subrayado con el bicolor de aquellos párrafos de arquitectura versallesca, sino que recojo en la memoria, precipito sobre el moleskine o resguardo con el separador de páginas las letras que van a sufrir una metamorfosis bajo mi atención, la de quien espera el milagro de encontrar el ritmo oculto de la literatura.

*

Hay poetas que encierran el misterio en sí de la poesía, filósofos que auguraron la esencia de las ideas, escritores que dibujaron el mercado de las entrañas, como Cervantes. Hólderlin es, sin duda, uno de esos vates que al ser leídos insuflan una sobredosis de extrañeza que personalmente equiparo con la poesía como axioma liminar de los elementos. No en vano, podemos leer los Ensayos, de Hölderlin, (Hiperión, Madrid, 2008), traducidos, presentados y anotados por uno de los grandes filósofos de esta península, Felipe Martínez Marzoa. Lo recomiendo por entero para los que hayan catado sus versos previamente. En la página 171 dice Hölderlin: “Temor ante la verdad, a partir de ahí el placer en ella. En efecto, la primera captación viviente de ella en el sentido viviente está, expuesta a confusiones; de modo que uno no yerra por culpa propia, ni por una perturbación, sino por causa del objeto superior, para el cual, relativamente, el sentido es demasiado débil.” ¿Será esa verdad la de la poesía, ese turbamiento la excitación de escribir versos? ¿No es por ello el mezquino idioma, el círculo de hierro de la palabra esa debilidad del sentido?
*
¿No se nos escapa en la mirada demasiada verdad?

viernes, 20 de junio de 2008

DIME LO TUYO, SERÉ YO.

Tenía preparadas unas líneas sobre Camino de perfección, de Pío Baroja. Sin embargo, a pesar de que me está alegrando la lectura de esta "pasión mística", -así se subtitula con ironía barojiana en efervescencia-, tras algunos pasajes, me he detenido en dos preguntas que me traen distraído: "¿Qué es un hombre sin el concepto de humanidad? ¿Qué es un libro (novela, poesía, teatro...) sin el concepto de literatura? ¿Existiría la literatura si solo hubiera un libro literario, uno solo; o ni siquiera haría falta éste para crear el concepto? Me ocurre lo mismo con los hombres, ¿haría un solo hombre a la humanidad o necesitan esos arquetipos de la experiencia para convertirse en eternos?
Mientras tanto sigo con Baroja, con Fernando Ossorio y con Schultze, que conduce a Ossorio por los caminos nietzschenianos de la perfección.

*
En muchas ocasiones he pensado en ese Libro de la risa que supuestamente escribió Aristóteles, según Umberto Eco en El nombre de la rosa; ahora bien, ¿puede llevar la invención puramente ficcional ha crearnos realidades que pasen por reales? Creo, sinceramente, que ése es el camino único de la literatura que mejor frutos ha dado y que, al menos, se mezcla con la experiencia empírica. ¿No tiene en los sueños lo que pasó, lo que nunca pasó y lo que inventamos la misma naturaleza para la memoria? ¿Qué somos sin ella?

jueves, 19 de junio de 2008

ESTA NOCHE, LA NOCHE.

No siempre está conforme uno con lo que escribe o reflexiona. La mayoría de las veces, cuando vuelvo sobre un tema ya recorrido o apenas tanteado, se me vienen a la cabeza miles de enmiendas, retoques, cambios. Es el caso de unas anotaciones que había escrito el 17 de junio de 2008. Creo que iba en el tren leyendo a Hölderlin y de repente escribí: “Si escribo `noche´, ¿recojo con esa palabra las cualidades de la`noche´ o sólo las de la noche concreta que miro aterido? Pero, ¿no posee, en efecto, la noche, esta noche, la misma que la noche? ¿Qué registro entonces con esa palabra?”. Al leerlo ahora, me digo que la verdad puede decirse de formas distintas y que por eso la noche es siempre la misma noche, al igual que nosotros somos los mismos y otros al tiempo de un yo. ¿Quién era Pessoa y quién Bernardo Soares o quién Ricardo Reis, etc.?

lunes, 16 de junio de 2008

TRES NOTAS EN LA NOCHE

Al final del día conviene un repaso, parada y fonda. Por eso hace unos momentos me he decidido por los Diarios, de Kafka. En ellos leo lo siguiente: “Una de las ventajas de llevar un diario consiste en que uno cobra consciencia, con una claridad tranquilizadora, de las transformaciones a que está sometido incisamente, en la que uno, en general, cree, por supuesto, y que intuye y admite, pero que niega de forma inconsciente cada vez que lo que importa es obtener, al admitirlas esperanza o tranquilidad. […] Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido, de haber mirado a su alrededor y de haber anotado observaciones […]”. Esto lo escribe Kafka el sábado 23 de diciembre de 1911. ¡Qué enseñanza!, el diario como constatación de haber vivido, como registro perenne de la filtración de la realidad en los sentidos y el alma. Entonces, Franz, ¿es tu diario el único testimonio de tu vida?¿Se cifra en él lo que elegiste de lo que circundaba tu realidad? Si es así, cuando te leo siento que soy otro, un tal Franz Kafka que escribe en su diario para escoger, entre el movimiento perpetuo, las palabras quietas como soles disecados, con luz, pero muertas; con brillo, a pesar de su suicidio.

*

Tal es la tarea, interminable. Por eso Heidegger aviva a pensar: “El hombre puede pensar en tanto en cuanto tiene la posibilidad de ello. Ahora bien, esta posibilidad aún no nos garantiza que seamos capaces de tal cosa". Qué prudencia poseen estas palabras, qué clemencia para con el hombre. Aun esperanzado, Heidegger tiene una fe enorme puesta en el hombre. Llega a decir: “Porque el hombre es el ser viviente racional. Pero la razón, la ratio, se despliega en el pensar. Como ser viviente racional, el hombre tiene que poder pensar cuando quiera. Pero tal vez el hombre quiere pensar y no puede. En última instancia, con este quieres pensar el hombre quiere demasiado y por ello puede demasiado poco”.
Está en lo cierto Heidegger si apuesta por la insuficiencia del pensar del hombre como el único instrumento capaz de escudriñar la realidad, pero también es cierto que para el hombre es lo único posible. Así que si queremos demasiado, si sólo poseemos la capacidad de intuir que somos incapaces, gocemos de esa incapacidad, de esa imposibilidad. En ella reside la naturaleza racional del hombre, con ella debemos morirnos después de haberla usado hasta límites nunca imaginados. ¿No es un diario una impresión cuarteada de todo lo que nos determinó por entonces?¿No lo gozamos acaso? En la consciencia de la insuficiencia está la virtud de los hombres. Por eso la literatura debe perseguir siempre la tangente de los entes infinitos, precisamente los que nos configura como hombres y nos acerca a esa sensación de insensatos. Hermosura no usada es el pensamiento.
*
Entonces la escritura es una huella en el tiempo que traza el espacio de una verdad personal, el encuentro fortuito con lo indecible.

jueves, 12 de junio de 2008

UNA CONVERSACIÓN PENDIENTE CON FOUCAULT

Es difícil deshacerse de las reflexiones cuando estas son importantes para uno. Persisten por unos días, traban conexiones insospechadas, por nuevas, y al final lo renueva a uno, dotándonos de cierta euforia pasajera y endeble.
Algunas veces aparecen por la memoria algunas frases cristalinas, de autores recurrentes para uno. Es el caso de Foucault y su Las palabras y las cosas. En el inicio de ese libro hay dos cosas que de antiguo percuten, de vez en cuando, mis divagaciones más inmediatas. La primera es que el libro nació, según Foucault, tras la lectura de un cuento de Borges que le provocó una risa fecunda, tanto que creó un libro. La segunda se deposita en la siguiente interrogación: “¿Qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata?”. En muchas ocasiones he querido formar una respuesta sólida, de la que no me arrepienta de inmediato. Hoy me atrevo a decir que esta pregunta es clave para entender el fenómeno literario, porque quizás la literatura es esa forma de la imposibilidad.

*

El mismo autor dice unas páginas más allá: “Los códigos fundamentales de una cultura fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y dentro de los que se reconocerá”. Y digo al calor de esta aseveración, ¿no son los géneros literarios ese lugar, ese topos que de antemano les viene dado a los escritores, el mecanismo que le reconoce como tal a él y para nosotros, los lectores?

*

El mundo o, mejor, la Realidad, seguiría a pesar de la inexistencia de los hombres, no los necesitaría. El orden del universo sería el mismo, sus factores idénticos, su devenir quedaría intacto. Entonces, ¿qué aporta nuestra presencia sobre la realidad: mera palabrería poética, insustanciales acercamientos razonados, mediocres y caducas pretensiones de infinitud en qué?

martes, 10 de junio de 2008

DETERMINACIÓN Y LENGUAJE

El tema es demasiado amplio, pero no me resisto a esbozarlo al menos. Hace poco me entregaba un compañero unos folios que versaban sobre el Determinismo. En la introducción ya planteaba una de las cuestiones capitales que atraviesa la problemática tal y como él la expone: el lenguaje en referencia a los conceptos, los objetos, la realidad. Es cierto que la Filosofía se ha encontrado desde sus inicios con este problema y no lo ha solucionado nunca. Hermosas son las palabras de Platón en el Crátilo sobre el lenguaje en relación a las ideas o, en mejor decir, a la posibilidad de la orthótês (“exactitud”, “corrección”…). No despliega Platón una reflexión sobre el lenguaje en sí, como han querido ver algunos filólogos de refrito bibliográfico, sino la relación de éste con la realidad, esto es, si mediante del lenguaje se puede llegar al conocimiento filosófico. Ya dedicaremos una entrada que aborde estas tribulaciones que se traen las palabras y las cosas. Sólo quería comentar en voz alta y compartir con vosotros estas ideas, deslavazadas y mal planteadas, a lo sumo.
Precisamente, esa es la tesis de Deleuze y Guatari en ¿Qué es filosofía? (Barcelona, Anagrama): “La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos”. En este sentido, vienen al pelo las palabras de Nietzsche en “Sobre el arte de la desconfianza” y que viene a cerrar las conclusiones que el compañero de marras desgajó de sus argumentaciones: “Los filósofos ya no deben darse por satisfechos con aceptar los conceptos que se les dan para limitarse a limpiarlos y a darles muestre, sino que tienen que empezar por fabricarlos, crearlos, plantearlos y convencer a los hombres de que recurran a ellos”. Sigamos pues estas recomendaciones y no nos sintamos satisfechos cuando nos presentan las cosas envueltas en esa perfección de tabula que tanto nos gusta a los pobres de entendederas y a los sofistas de cátedra.

sábado, 1 de marzo de 2008

LAS EDADES Y LA MUERTE

Es la primera vez que escribo sobre la muerte de un familiar en esta bitácora. En otras ocasiones me he referido a la de un escritor o un personaje que merecía mi atención. Sin embargo, hoy la muerte la he visto frente a frente, con sus fríos y desvelos, su noche y su infinito. Hoy me he acordado, por azar, de una pintura de Brueghel, "el viejo", que expongo junto a estas letras. También de varias elegías poéticas: Miguel Hernández, Alberti, Lorca,... Por encima de todos, unos versos de Antonio Machado me han percutido en mi duelo nocturno con el sueño. Al igual que estos, Quevedo se me ha vuelto hoy más transparente que ayer y que mañana. Cuando he estado junto a la difunta atestigué que en un amanecer "junto/ pañales y mortaja" y vi que la presencia de Encarnación no será más que "presentes sucesiones de difunto".
La muerte nunca viene a tiempo, aunque cuando alguien escala hasta la condición de nonagenaria, la muerte, el tiempo y la vida se hacen un todo. Este fin de semana la he visto encarnarse con sus patas de caña y trastocar la apariencia de lo real. En un golpe tierno se nos ha ido, como del rayo, la “chacha”, Encarnación, porque, con Antonio Machado:
“un golpe de ataúd en tierra es algo
completamente serio”

Seguirán el silbo de sus ocurrencias y el timbre de su piel diluidas en la memoria de su familia. La imagen fija de una letanía que ya será inherente a su silueta de tacto apergaminado; la que ahora sostengo en este tiempo que ya corre, vuela y desaparece.

lunes, 18 de febrero de 2008

PENSAMIENTO SALVAJE

Voy a utilizar las palabras que a continuación transcribo como bálsamo ante tanta desmesura dialogal en estos “prototiempos” electorales en que cada uno muestra sus inclinaciones ideológicas sin tomar en cuenta la posición del otro y su validez. Como mi asombro ante tanta inverosimilitud es continuo, no puedo más que decir con Lèvis-Strauss: “La actitud más antigua, y que descansa sin duda sobre fundamentos psicológicos sólidos en vista de que tiende a reaparecer en cada uno de nosotros cuando nos hallamos en una situación inesperada, consiste en repudiar pura y simplemente las formas culturales –morales, religiosas, sociales, estéticas- que están más alejadas de aquellas con las que nos identificamos. ‘Costumbres de salvajes’, ‘eso no es cosa nuestra’, ‘no debiera permitirse eso…’, etc., y otras tantas reacciones groseras que traducen este mismo estremecimiento, esta misma repulsión en presencia de maneras de vivir, de creer o de pensar que nos son ajenas. Así la Antigüedad confundía todo lo que no participaba de la cultura griega bajo el mismo nombre de ‘bárbaro’; la civilización occidental utilizó después el término ‘salvaje’. […] En los casos evoca un género de vida animal, por oposición a la cultura humana. En los dos casos no se quiere admitir el hecho de la diversidad cultural; se prefiere arrojar fuera de la cultura, a la naturaleza, todo aquello que no se conforma a la norma bajo la cual se vive”.

Claude Lèvi-Stauss, “Raza e historia”, Antropología estructural dos, Méjico, Siglo XXI, 1979.

domingo, 3 de febrero de 2008

OJO QUE TOCA, MANO QUE HUELE

VENGO PENSANDO en la relación de las artes con los sentidos, con la capacidad sensorial de los hombres. No en la estimulación que deviene una vez que apresamos la obra con los ojos, la boca, las orejas o las manos; sino en la creación misma, en la vinculación que existe entre el medio material y el resultado artístico.
Comprendo que las artes están supeditadas a un solo sentido, lo intensifica y desmesura, aunque recurran a factores secundarios. La música al oído (el genio, Beethoven, desmonta mis palabras), la pintura a la vista, la escultura a las manos (y a la vista, en gran medida), ¿y la literatura? Se puede escribir pese a la ceguera (el argentino, toca ahora), a pesar de la mudez, de la falta de audición, de extremidades, etc. ¿Cuál es la relación entre la literatura y los sentidos, la realidad sensorial para macerarla y crearla? ¿La música y la literatura poseen la misma sustancia que las vertebra? ¿Necesitan asideros la escritura y la música, más la palabra que el sonido? ¿En qué ámbito crearon Beethoven y Borges?¿Se encuentra la genialidad adyacente al trazo que sugirieron Ludwig y Jorge Luis, es decir, allí por donde no hay salvación alguna, respuesta posible, vuelta atrás existente, donde la profundidad del yo lo abriga todo y nada es ya necesario?

jueves, 13 de diciembre de 2007

DESTINOS

Hay trabajos en los que se modifica el destino en función del pueblo o la ciudad en la que trabajes. No quiero decir con esto que tienes mejor destino si terminas trabajando en una gran ciudad, no es el caso, ni siquiera hay una relación directa entre los dos parámetros. Sin embargo, cuenta la sociedad su felicidad en relación al número de posesiones y al destino laboral que poseas. En este sentido, si tu carrera como trabajador tiene visos de concluir en la esquina de tu casa, (ojo, realmente la casa de tus padres, aunque la terminología lleve a equívoco) o eres un fabuloso domador de las situaciones más complicadas o bien has vendido tu alma al bueno de Satán, que tantos y tan buenos regalos deja desperdigados por doquier. Así que después de pensar -no lo suficiente, nunca es suficiente el pensamiento, no se agota, no tiene principio y fin- en lo que parece que me va a deparar el destino, creía necesario dejarle clara a mi conciencia qué es el destino.
Todo parece indicar que “el destino”, esa entelequia, no es uno. Desde la infancia, el discurrir del tiempo se va encargando de provocar “un deshacer” el destino, es decir, que lo que parecía un todo, unitario y cerrado, termina en un “absoluto hacerse continuamente”. Esto lo constato ahora que esta palabra se cruza en mi vida como una aparición nocturna. “El destino, ¿has pedido el destino?, expelen algunos. En este juego al que me han sometido, lo primero es un cambalache de palabras que encuentran significados singulares y, en todo caso, unívocos. Así la confusión no es posible, ya que “el destino” está asociado al código de un centro de trabajo que nunca quisiste escribir y que no sabes siquiera si escribiste; solicitas tu propio destino a instancias de que un grupo de elegidos seleccionen los papeles que forman tu currículum a fin de que le otorguen una puntuación. Sobre ella, sobre su cumbre, recaen todos los agüeros. ¡Terrible destino éste, en manos de demiurgos!
Así las cosas, no paro de reflexionar y de darle vueltas a esta situación. El destino entendido como la adquisición imaginaria de un espacio geográfico en donde vas a desarrollar tu trabajo junto a unos compañeros que existen bajo la tutela de la negrura del tiempo, esto es, de lo que ocurre sin que ocurra en tu vida sensible. Un hospedaje que se supone pasajero, pero que puede convertirse en la morada constante de tus alegatos más remotos a favor o en contra de la vida. Aunque, es cierto y emocionante que el abismo y lo imprevisible terminen por convertirse en visión cotidiana, que lo nunca ocurrido y existente para tus días, rellenen el total de tu fugaz tránsito por el mundo, o por lo que creíste que fue el mundo.

martes, 4 de diciembre de 2007

LECCIÓN ÉTICA

A CONTINUACIÓN, me limito a transcribir algunos de los fragmentos que nos han llegado de Demócrito en referencia a la ética y que me han provocado mayor gozo en su reflexión. Así los dejo, desnudos, sin glosa.
B 189. Lo mejor para el hombre es conducir hasta el final su vida lo más con buen ánimo y lo menos afigido. Y esto ocurre si uno no hace consistir el placer en lo perecedero.
B 247. Para el hombre sabio toda la tierra es accesible; pues del alma buena es patria todo el cosmos.