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sábado, 17 de octubre de 2009

Urdir una presencia.

Nadie debe tener la menor duda de que todos los días me invento a mí mismo. Es la única manera que alguien tiene para convertirse en escritor o para comenzar a pensar en ser escritor. Toda vez que uno se desvincula del desasosiego de su yo, del que ríe, dice y ama por él, el escritor deberá suicidarse con el cedazo de la ficción. En cualquier caso, este acto posee un aliento religioso o espiritual, ya que se produce una resurección: surge alguien que habitaba en nosotros. Ese ser de papel, que escupe en negro y que sólo se convoca con la escritura, es el que realmente ordena nuestra memoria y articula nuestros recuerdos. Incluso hay quien dice que ordena escribir las cosas más bellas.

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Hay un párrafo en El mundo de ayer, de Stefan Zweig, que sintetiza las posturas de dos escritores que han narrado la ciudad de París: Hemingway y Vila-Matas. Hemingway sentenció en París era una fiesta que quien había vivido en París quedaba incapacitado para poder vivir en otra ciudad. Vila-Matas construyó un excelente libro en que enunció los motivos por los que París no se acaba nunca. Zweig había comprimido estas dos ideas en "parís, la ciudad e la eterna juventud".
El episodio que dedica Stefan Zweig a París en El mundo de ayer tiene su vertiente más lírica y personal en el relato de sus días junto a Rilke. Después de leer cargado de emoción sus páginas, decidí acercarme de nuevo a los poemas que Rilke escribió a principios del siglo pasado en la ciudad parisina. Puedo afirmar que una nueva luz los ha convocado en esta tarde de indecidida memoria.
Urdir una presencia, esa es la tesis que Zweig uiliza para completar su prosa acerca de Rilke. Una presencia evanescente, sinuosa, que acariciaba el silencio. Su pulcritud, la exacta meditación de sus actos, no eran más que acordes cadencias con el mundo. Su palabra, evidencia Zweig, era una exaltada constatción de la poesía. Nunca la poesía encontró un acomodo más exacto.
Leo el poema de Rilke en el que lanza la disyuntiva manía de creer que somos en las palabras: “Pues decimos que somos…”. Y su poesía se instala en mi memoria y la trastoca como si un comisario espiritual hubiera revuelto en ella. De repente, un silencio invade este salón con perfil de celulosa. La poesía es un vástago del silencio.

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El arte es una vacilación que se prolonga desde su forma hasta su significado; que oscila entre las dos vertientes que lo sustenta y que lo convierte en una manifestación personal, en cualquier caso, inagotable. Esa mesura debe concebirse con la conciencia de que el ser humano está incapacitado para comprender el mundo en el que vive. De esa incapacidad, surgen las creencias, los territorios marcados por los fanáticos. Pero también es cierto que, de esa incapacidad han surgido los más nobles conocimientos y las más bellas manifestaciones artísticas.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Poemas a la noche, vértigos del verbo.

Entre los años de 1911 y 1912 se fecha la escritura de este poema de Rilke que tengo sobre la mesa. Está escrito en Duino. Ese nombre dispara toda una panoplia de recuerdos protéicos. El poema está recogido en esa excelente edición de Poemas a la noche y otra poesía postuma y dispersa de la editorial DVD con la traducción de Juan Andrés García Román.
Después de escribir este párrafo iniciático, detengo la escritura. Quisiera hacer algo parecido a aquel capítulo en que Cervantes dejó el relato cuando don Quijote y el Vizcaíno se daban unos palos ante el atónito mirar de los acompañantes.
Para poder ejecutar una distorisón de ese calibre hace falta más talento y más inteligencia. Me conformo con dilatar estas letras a medida que mascullo un verso que equivale al universo poético de Duino. Cada vez pienso con más ahínco que, en Duino, Rilke creó un reino, un reino de lo bello, en el que la poesía tiene ya instalada una zona vedada. Acercarse a ella, a su territorio, es como haber visitado a Hölderlin en la cada de Tubinga o haber mantenido una charla con Beethoven a espensas de su carácter. No basta recordarlo para convertirlo en literatura, ni siquiera escribirlo, como hago yo ahora. Hay que hacerlo literatura.
El poema sigue ahí, transparente, indecible. Cada vez que vuelvo a leerlo, sé de sus dimensiones inabarcables, pero aun así me atrevo a escudriñar entre sus posibles significados. Un poema, un solo poema, detiene el curso del día de un hombre que se encuentra con unas palabras ordenadas y las relee como quien repite un salmo o recuerda una melodía, sin asideros, sin soportes que aten o atenacen.
Pero ahora no basta recordar, todo debe alzarse desde cada existencia. Y leer se ha convertido en un ejercicio de la rareza. Ayer escribí que la extraña manía de leer es una generalidad del hombre, no una anécdota. Hoy, después de Rilke, escribir es la extrañeza, escribir es la rareza y la difícil tarea de narrar o describir o acaso seleccionar las palabras que nos dirán más allá de nosotros mismos.
Este poema es más que Rilke, indudablemente. Como más que Juan Ramón Jiménez (el único comparable al talento genial de los europeos) son sus versos. Más y en otro ser podríamos añadir. Y, pensñandolo bien, ¿no es la poesía la palabra del ser total y, por lo tanto, la que dice de nosotros una mísera parte, acaso nada?

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Escribió Pavese, el 12 de septiembre de 1940: “La vida práctica se desarrolla en el presente, la contemplativa, en el pasado. Acción y memoria”. Esta afirmación me parece una adecuada manifestación de qué es la literatura y qué es la vida. La vida se pierde en la acción inmediata sin contemplaciones; la literatura, al contemplar la vida se hace presente, acción.

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En el prólogo de un libro de poesía, de un poeta tomado por antiguo o según los posmodernos por poeta ortodoxo, leo unas palabras liminares escritas al alimón entre Alberto Blecua y Francisco Rico. Las palabras que me trastocan, a pesar de parecer una perugrollada, dicen lo siguiente: “quien desconoce la tradición desconoce la originalidad”.
Tomando esta perspectiva me atrevo a decir que este diagnóstico, a pesar de ser general y difuso, puede aplicarse al estado actual de la literatura. Octavio Paz lo expresó en otros términos, abogaba el mejicano por la tradición de la ruptura. Y esa tendencia cíclica y constante es un observatorio, el único balcón al mundo literario, que permite apreciar la fisonomía de las obras originales. Una obra original no es una obra ininteligible para el lector de su época, más bien es una obra incognoscible para el lector de su tiempo. Faltan escritores que hayan leído para poder propalar, por el magma de la escritura, el candor de la escritura cuyos fines broten de la literatura misma.

lunes, 4 de mayo de 2009

Cartas de amor de la monja portuguesa y Rilke.

Es una suerte y una peculiaridad contar con el consejo de un buen librero. Juan Carlos Palma no sólo es escritor, avenido a las bitácoras, free lance, crítico de cine o de literatura -entre otros secretos inconfesables-, sino que además es un maravilloso librero. Esta mañana quise darme una vuelta por las librerías, iba pensando en comprar Las máscaras del héore, de Juan Manuel de Prada en la nueva edición de Seix Barral; también llevaba en la mollera a Atxaga, Marzal, Zweig, Nietzsche, Julián Ríos o Gilson. Al final, las elogiosas palabras de Juan Carlos me convencieron para que comprara Anatomía de un instante, de Javier Cercas, el libro que toma el golpe de Estado del 23-F como cuerpo en cuarentena que necesita la penetración del bisturí.¡ Claro, con un librero así, qué fácil...!

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A finales de 1984, diezmado por los males que lo achacan, Márai determina seleccionar sus lecturas. Cree que se ha establecido ese tiempo apocalíptico en que la mortalidad se hace definitiva y todo adquiere ese lastimoso verdor que la muerte transmuta. Lee y escribe como un muerto, pero aún mantiene con dignidad su vida. A pesar de ello, se siente distraído de todo, excepto de sus libros.
Corrige, en esos días de diciembre, las galeradas de su Diario 1976-1983. Al llevarlas a la oficina de correos y mientras el funcionario le coloca el sello de marras, Márai asiste a un rito funerario de su obra. Ese sello, ese envío, lo percibe como la última acción de su vida como escritor, como un arañazo al hades que lo posee. Uno, que lee los diarios de años siguientes, no puede más que tragar saliva y dejarse llevar con ese nudo en la garganta y escribir, escribir precisamente lo que lee. El testamento de Márai en su Dario es una de las mayores lecciones que estoy recibiendo de escritura y de moral, de compromiso y de sabiduría.
Decía al inicio de este texto que Márai selecciona en esos meses las lecturascon ahínco; se sabe muerto a pesar de que después vivirá algunos años más. ¿Qué libros lee? Lee La Odisea, de Homero y la obra, espigada, de Aristóteles. Después de estas lecturas, de otros poemas e historias de la literatura húngara, Márai cierra el año con una reflexión sobre el cuerpo y el alma. Y al concluir este párrafo noto un efervescente levantamiento de espíritu que no sé si identificarlo con el alma, pero, desde luego, es lo mas parecido a la physis.


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Hoy he descubierto que Rilke tradujo Cartas de amor de la monja portuguesa, de Mariana Alcoforado (1640-1723). La obra es citada por Márai y, en cuanto leí la referencia, salí al encuentro de ese misterioso personaje que llamó la atención de Rilke. Mariana Alcoforado fue una monja portuguesa que nació en Beja, en pleno siglo XVII. Las cartas de amor están dirigidas a Noel Buton, Marqués de Chamilly y Conde St. Leger. Las cartas fueron publicadas como anónimas en Francia por Claude Barbin y, a su vez, adaptadas al francés por Gabriel de Lavergne, Conde Guilleragues. Estas cartas son el testimonio del amor vehemente de esta monja por el militar francés que mantuvo relaciones esporádicas con ella.
Algunos investigadores creen que fue el Conde Guilleragues quien escribió realmente las cartas y que tomó el nombre de la monja como pseudónimo. De cualquier forma, la obra, escrita por una o por otro, no deja de ser sorprendente. Si fueron escritas por la monja, qué delicia observar el pecado en la letra de una religiosa; si fue el Conde, debemos tomarlo como una genialidad de desdoblamiento, de otredad y empatía.
Rilke tradujo las cartas y Márai leyó la traducción de Rilke. ¿Qué vio el duino escritor en ellas, la violencia de un amor truncado por la religiosidad o la pérfida obsesión de la monja por un amor imposible? ¿Un ángel endemoniado que vive entre la pasión incólume hacia el militar o divinizado por la palabra amatoria?

domingo, 15 de febrero de 2009

Kind of Blue at 50, de Miles Davis. El sonido.

M. lleva todo el fin de semana escuchando Kind of Blue (at 50) o, lo que es lo mismo, el disco que revolucionó el jazz en el año 59. En ese año, Miles Davis, John Coltrane, Cannonball Adderley, Bill Evans, Wynton Keily, Paul Chambers y Jimmy Cobb (qué pléyade, qué nómina de cítaros geniales) se reunieron para explorar hasta dónde el jazz podía extender los límites del pentagrama. El resultado es una obra maestra, un azul mudo que representa el sonido de un rey que trompetea y establece el abismo de la música.
Los temas: So What, Freddie Freeloader, Blue in green, All Blue junto a dos cedés, uno deuvedé, que incluyen documentales, ensayos y comentarios de otros músicos. Esta grabación remasterizada conmemora estos cincuenta años de jazz porque sí, de jazz en estado visceral.
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M. lleva todo el fin de semana escuchando la melodía de la eternidad. Una nota sostenida entre el alambique de la trompeta. Un alquimista, Miles,el sonido, Miles, en busca del sonido que da cuerda al mundo. Miles, y se repite su nombre, y So what, como un centinela que percute incandescente sobre los tímpanos de dios. Un demiurgo que arranca de un instrumento el fuego de los hombres; que prende, con la melodía, el rayo órfico que nos posee en estos días largos de música. Porque los días en la música son infinitos, carecen de cronología.

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En la trompeta de Miles suena una música de agua. Como en los Sonetos a Orfeo, de Rilke, “tú les levantaste un templo en el oído”. Lo demás es silencio. Y callo, mudo el entendimiento. Todo comienza a vibrar como un árbol que se levanta, como la trascendencia, que se levanta; música, en Rilke fue verbo, respiración de las estatuas, silencio de los cuadros. Tú, música, lenguaje donde todo termina. Sólo la poesía es capaz de hablarte. Jaime Siles,
“[…] Sólo el nombre
que tu lenguaje escribe
en tu silencio:
un idioma de agua
más allá de los signos”.