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lunes, 7 de diciembre de 2009

Curruca, tarabilla, alcaudón y hojarasca.


Estas fotografías que, de vez en cuando, me regala M.A. Gallego de Prada son para mí como una porción de su edénica estancia en la sierra. Aire nuevo, acrisolado. Siempre que las veo, se me viene a la cabeza ese retiro voluntario al que está sometiendo sus días, un retiro que más bien lo está inflando de vida, de conocimiento y de arte. Lo que le sucede es que la naturaleza lo está invadiendo con sus tentáculos de eternidad y sus escenarios desgarrados. Su mirada se está volviendo pedestre. Frente a la anchura natural, logra ver los ángulos muertos en que se asienta la vida; frente a la dispersión, el manierismo de la naturaleza; el hueco, la fisura por la que penetra el ciclo vital de los pájaros. Hay en sus fotos una reminiscencia que cautiva y que otorga, una concentrada mudez que socorre de estos tiempos de livianas geometrías urbanas.
Estas fotos me han alegrado el otoño, si es que el otoño atiende a la alegría, y me han ayudado a ver de otra forma la transformación de la naturaleza. Vean si no, la cara de poeta desquiciado que tiene la curruca, los enrojecidos ojos que fermentan al albur de las ramas en que se sostiene. Es el bohemio alcoholizado que levanta el pico con su estela de versos a pesar de su lábil plumaje. El alcaudón, sin embargo, es un verso suelto en los ocres y amarillos del entorno. Sus grises son como la luna cuando asoma a las aguas y las revuelve plateadas para siempre, a pesar del movimiento.
La tarabilla hace de trapecista, sus patas se ejercitan en el estarse quieto, como una aurora rotunda y paramera. Es la séptima hoja caduca; de su cuello brota la blancura del abismo. Y la hojarasca. Ella resume los días y los remeda, se amontona sin concierto, y desarolla su espacio a golpe de las hojas que caen y caen como una lluvia de mañanas muertas. En ese cementerio otoñal de hojas que alimentarán la tierra, se asoma una bellota. Acaso el hombre es esa bellota perdida, que apenas es símbolo y mudez en la sucesión imparable del mundo.
Observo estas estampas toda la tarde con la tranquilidad ceremoniosa del crepúsculo. Luz, gris que sucumbe a la oscuridad, nube perdida, manchado cielo de tibios pájaros, cumbres habitadas por la melancolía. A todas ellas el hombre es ajeno y sin embargo ellas conforman el mundo. De todas el hombre, asfáltico temblor, se aleja de la acompasada interpretación que surge sin batuta. Ocurre como con las ruinas que sustancian una ciudad. Allí quedan aliviadas de los ciudadanos, pero siempre presentes como instantáneas de una circularidad remota que alberga algo de lo que fuimos. La naturaleza, en estos tiempos, es un símbolo de los que fuimos. Agua fugitiva, mortal pétalo de picudos pensamientos.

jueves, 1 de octubre de 2009

Sueño de martín.

Envidio sus caminatas por el campo, su exploración de la tierra como quien busca una imagen desprendida de los sueños. Con la luz bañando los accidentes de la serranía de Cádiz, Manuel Ángel Gallego de Prada acude a la naturaleza en busca de una secuencia que lo traspase. Esa lámina es la fotografía de un pajarillo, acaso de un acontecer de la naturaleza en acción. En muchas ocasiones he querido dotar mis palabras con el halo de humedad y servidumbre que otorga la naturaleza. Vicente Huidobro se levantó en su contra, Nom serviam, escribió el chileno. No te serviré más, me limitaré a crearte. Con la naturaleza no cabe otra cosa más que la creación, ella es dadora de verdad.
Con las fotos que me envía este querido compañero me sucede lo mismo que con el sendero de Rilke. Allí estoy, aún, esperando una palabra muda, un silencio sonoro. Todavía recorro sus derroteros intrincados, repletos de ramajes y piedras. Igual que una imagen, el recuerdo es un instante. Y en este martín se condensan las horas, la tácita cuadratura de la luz hilvanada en sus manos.

***
La escritura semeja una lucha constante en que los combatientes terminan vencidos y mermados. En esa progresión del espíritu, la palabra establece los ritmos de la contienda. Hay quien no puede más que levantar las banderas y proclamarse a pesar de la insuficiencia. Otros abandonan al poco del trabajo. Ahora bien, los que jamás comenzaron la lucha en la tierra batida por el sufrimiento de escribir, no saben de la fuerza de la palabra. Cioran dotó su vida de algunas cualidades que me resultan indispensables. Sobre todas ellas, la de negar la existencia. El enemigo está en casa, somos nosotros mismos. En otras palabras, las de Cioran: “Así he empezado la lucha: o la existencia o yo. Y ambos hemos salido vencidos y mermados".

viernes, 26 de junio de 2009

El ranúnculo de la totovía.

Esta tarde, este cuaderno se ve invadido por el reino de la imagen. Realmente, es como si las palabras hubieran decidido emplumarse entre tanta comitiva de la escritura. Un vuelo a ras de líneas que perfilan el sucedáneo mundo de un eremita que sale todas las tardes al campo en busca de un movimiento. Porque creo que mi compañero, Manuel Ángel, sale preparado para hacer del movimiento la anatomía del instante. Aquí os dejo las aves con sus nombres significativos y sonoros: cojugada, collalba, ranúnculo, tarabilla y totovía. ¡Qué deliciosos sonidos entre naturalezas vivas, qué soniquete taciturno!
Al observarlas, me pregunto qué obturador verbal es el idóneo para describir esa quietud que duró un canto. ¿Qué palabra sostiene en lo sucesivo la pose de una realidad envolada?















miércoles, 8 de abril de 2009

Cuando te quedas solo.


Un antiguo amigo, M. A. Gallego de Prada, me envía unas fotografías que acaban de salir de su retina. Yo las admiro con emoción, porque he sido testigo de cómo sus pinceles han ido evolucionando y cómo, en estos momentos, se entrega al trabajo de la fotografía.
Es el río Guadalquivir, adquirido por su obturador como un cieno fantasmagórico, solitario, prendido por el sol moribundo de la tarde como un amor nostálgico y desvirtuado. Las puestas de sol en Sanlúcar no dejan espacio a las especulaciones: son únicas, verdaderas, inigualables, como debieran ser la poesía y la música. Dijo Juan Ramón Jiménez, Sevilla (1912-1918): “Guadalquivir…La G está escrita en la sierra, entre adelfares, y la R se abre y se cierra en Sanlúcar y se prende en la M del mar Atlántico”.
En la quietud de esas olas que desaparecen para nosotros, en esa prestidigitación oceánica que nos muestra el autor, el verbo contemplar se hace nada, porque ya se ha disuelto en el neptúnico silencio del agua. Rumor de agua, oculta limpidez de la nada, laguna estigia de los sentidos.

***
Sólo, el mar está sólo. Se deja arrumar por el silbo de las plantas y de la serena arena que lo cubre y lo empapa. Un canto sólo es un decir de las piedras. Una luz lejana se posa en nuestras manos. El vuelo de una gaviota nos traza el firmamento. Las branquias del mar nos respiran. Y parece que estamos solos… aun estando en el infinito.

***
El poeta Ángel Crespo traduciendo a Pessoa: la imagen es mortífera. ¿Cómo pudo aguantar tanta literatura entre sus brazos? Un testigo de excepción de los cambios que Pessoa efectuaba en ese camerino íntimo y desligado que fue su literatura. En ese receptáculo en que se reunían los heterónimos bajo el hechizo del desasosiego y en que brindaban todos ellos ebrios y extasiados por la metamorfosis, estaba Crespo ojeando desde un ángulo oscuro del salón con un arpa entre las manos. Y nos lo contó traduciendo. Pero en ocasiones, dejaba que su voz brotara, nítida.
Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como una luz en tus venas;
una viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.

Ángel Crespo, (Donde no corre el aire, 1974-1979)

***
Paul Valéry, Cuadernos: “El conocimiento tiene como límite el cuerpo humano”. Sin negar que el conocimiento pueda existir, en potencia, fuera del cuerpo humano, más allá de él; y sin caer en las tesis de Berkley, lo cual no sería nada liviano, ¿cuánto ser no nos perdemos por nuestra incapacidad humana, nuestra condición?
A veces pienso que sólo nos acercarnos a una sensación y que las sensaciones sólo registran la huella tardía de lo que aconteció. Por eso la risa y la lágrima operan en márgenes tan estrechos: son sirenas de un peligro que no sabemos si satisfactorio o acechante.

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>, pez de teclado.

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%, estrabismo informático.
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º, mirador oceánico.

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¿, un gancho de la sílabas, de ella cuelgan.

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=, estación del imaginario.
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Hoy he escrito a mano la entrada que ahora lees. Quería saber cuál es su aspecto sobre una página en blanco e ir viendo como desvirgaba, sílaba a sílaba, el vertical mundo de la escritura. Me he dado cuenta de que el mecanismo de escribir es la conjugación de la horizontalidad frente a la verticalidad, esto es, una dimensión matemática que, además, está sujeta al número limitado de palabras que ocupan un folio. Hemingway se proponía quinientas palabras al día. Haciendo cálculos, un folio por las dos caras.
Al igual que la música, que se escribe en un papel pautado y bajo el signo de una armadura, pretendo escribir cada día. ¿Tono mayor o tono menor, un sostenido o varios bemoles, ritmo binario o ternario; anacrusa o golpe de incio; acompañamiento o sólo?
***
Definitivamente, la escritura siempre es un solo, una melodía perdida que aspira al encuentro de la armonía que le precede.

jueves, 15 de mayo de 2008

UN DIBUJO, UNA FOTOGRAFÍA, UN AMIGO.

"Una vez sobre un tejado
vi a un gato con cuatro patas,
una vez sobre un tejado,
un gato con una gata".

Me envía Manuel Ángel Gallego de Prada, hermano y pintor, unas fotografías y un dibujo. En alguna ocasión me he referido a su obra en este trópico. Sé que su empeño se acrecienta con los días, que su trabajo se consolida con los años. Compruebo con satisfacción que sobre un tejado me ha lanzado sus verdades, sobre un tejado, donde el viento arrecia por las tardes con la fuerza de la amistad. Compruebo que en sus trazos está la incorregible manía del dibujo por recuperar las ilusiones humanas. Estos tejados decubiertos al socaire de un lapiz confirman que los hombres buscan incesantes las verdades a pesar de las apariencias, que increpan al orden de la naturaleza para ofrecerles su secreto. Gracias, compañero.



* A
veces me entristezco demasiado sin motivos, me apeno sin argumentos. En esos casos, sólo me falta que algún amigo me envíe una fotografía para evidenciar que no puedo con la levedad, con la insoportable levedad del ser. Y entonces gesticulo con la memoria y tramito para mis ilusiones lo perdido de lo futuro. En todo caso, cuando aparece París, se agudiza la semblanza de ingravidez y me atoro en los pensamientos. Contemplo. Los colores, la luz, las calles, la literatura en ellas.
PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamas como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

César Vallejo