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lunes, 16 de noviembre de 2009

Hölderlin murió con el paisaje en los ojos. Los testimonios lo recuerdan sentado junto a la ventana. Todo esto ocurrió en junio de 1843. Hölderlin pasó algunas horas sentado junto a la ventana de su buhardilla que, abierta de par en par, asomaba al escaso mundo que lo consolaba. Desde esa ventana Hölderlin volvió a contemplar el paisaje que siempre observó con el interés de una gacela. Antes de que comenzara la pertinente tos, el poeta, ya anciano, sonrió por momentos e, incluso, sintió cómo se elevava su palabra más allá de los hombres. En esa transformación del poeta en paisaje, en naturaleza, hay una enseñanza velada. Un poeta no debe dejar de contemplar jamás, incluso en lo más cercano se guarda el misterio del decir poético; en lo más quieto sucede el dinamismo.
A la mañana siguiente, Hölderlin murió de una afección pulmonar. Para la sociedad era un viejo loco, el loco de Tübingen. En las retinas de ese loco estaba el mundo cifrado, el que leemos ahora como los versos de un oráculo, como las palabras que desprenden la savia de la eterna palabra en el tiempo.
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Cuando Henry James cambia de narrador, lo hace con la cadencia de un ilustre pianista. Cargado de sutileza, pasa de una narración a otra a través de la adecuación perfecta de la sintaxis y de la trama de la historia. De los pasajes puramente narrativos a un lirismo que equilibra el relato. En esos pasajes en que el joven crítico y editor remonta sus pensamientos y sus conclusiones tras las actuaciones de Juliana, la vieja amante de Aspern, afloran los mejores párrafos de Los papeles de Aspern. Cierro el volumen y recuerdo esa exactitud pictórica de James, ningún verbo sobrante, ninguna frase dispuesta más allá de la realidad, pero todo tamizado por el misterio y el suspense.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Estación los tránfugas.

Es la vida, sucede como el cantar ciego de las libélulas. Ella dispone la aritmética del bostezo lento de la muerte. Ella arroja y desconcierta, participa de tu fe, pero conviene en desposeerte de las cadencias del verbo, de las certezas del mar. De ella partes y a ella llegas, de ella emanan tus versos aun siendo desconocida. La soledad es politeísta.

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Estoy terminando de leer a Henry James, Los papeles de Aspern. En el transcurso de esta lectura me sorprenden varias cuestiones. La primera es que Venecia aparece velada. En ningún caso la ciudad, la serenísima, se erige como protagonista con sus calles de agua y sus balcones a la eternidad. La ciudad es, más bien, el reflejo del estado de ánimo de la anciana y de la sobrina, Tina. Un espacio candente, que espera a ser invadido por la melancolía y el encierro de los personajes. Las dos mujeres son dos reductos de la antigua Venecia, sobre todo la señora de ciento cincuenta años: ella contiene en la memoria la Venecia de hace cien años. Por este motivo no quiere modificar la memoria: sería modificar la realidad.
Borges escribió en alguna página que la realidad de la memoria coincide con la imagen última que tenemos de la realidad. De esa manera, la memoria va destruyendo las imágenes hasta alzarse con la última. Con ella consigue todas las coordenadas, todos los perfiles. Pero, ¿qué sucede cuando la realidad es una ficción? ¿Qué imagen tengo como última de la Cueva de Montesinos, en El Quijote; ¿qué imagen de esta propia Venecia de Henry James? ¿Y si la memoria coincide con una pintura, qué transformación de la vida se produce?

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El que contempló la belleza de las aguas quietas, el que consintió, sin artificios, las proporciones de tu cuerpo, puede morir en paz, puede hacerse tierra. Si a otro mundo fuese, sus ojos entregarían, rotundos y melancólicos, las ascuas tránsfugas de la vida.