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jueves, 29 de octubre de 2009


M. lleva un buen rato ojeando las páginas de Triunfos, de Petrarca. M. lleva unos meses aprendiendo italiano. Desde que llegamos de nuestra peregrinación itálica, ella no ha dejado de permanecer imaginariamente en cada una de las tardes en que veíamos rendirse el sol sobre la piedra ritual de aquel país. Cuando lo deja sobre la mesa, no puedo contener mi curiosidad y lo abro apresuradamente. Jamás leí tal emoción.
Trimphus mortis. Avanzado en el libro, en el triunfo de la muerte leo lo siguiente:
“vuestros nombres apenas serán nada”. Esa conciencia definitiva sobre la fama medieval, -que tan bien estudió María Rosa Lida-, como el eco perenne de nuestra presencia, de nuestra posteridad me aflige, me hieratiza.
Por unos momentos, me deshago como apenas un nombre entre los nombres. De pronto, recuerdo algunos pasajes de Historia de la muerte en Occidente, de Phileppe Ariès. El autor francés nos avisó sobre el falso entendimiento que sobre la muerte hemos lanzado desde la urbanización del mundo. La muerte domesticada. De todas las referencias que aporta el estudioso, me quedo con aquella que advierte de la noción de muerte que tenían en la Edad Media y, acaso, en el Barroco. Había una señal de la llegada de la muerte, una inequívoca presencia evanescente que llevaba a afirmar a personajes de novela o de cantares de gesta que sabían que iban a morir en breve.
Pienso en todo esto, mientras prosigo con el Triunfo de la Muerte. La muerte convertida en una guerrera, en un espíritu desnudo, en tierra apenas.

***
Dice Petrarca que la muerte es fin de una prisión sombría. La prisión de Sócrates fue un aleph de todas las controversias del ser humano; Alcibíades el testigo ocular equivalente a un tratado de ética. La templanza estoica frente a la daga fría de la muerte.
Jean Delumeau narra, en El miedo en Occidente, cómo Montaigne, en 1580, al entrar de noche en Augsburgo, se quedó maravillado al advertir cómo existía una falsa puerta que filtraba a los viajeros que llegaban tras la puesta de sol. Este símbolico mecanismo de defensa que surgió a finales del mil quinientos, dejó fascinado a Montaigne. Así lo recogió en su libro de viajes. Aquellos pasadizos, aquellas cadenas, los guardianes cómplices para un solo individuo que procedía de la noche, era una actividad absurdamente instituida para que el miedo quedara en las garras de la seguridad.
Me pregunto qué puertas falsas hemos creado para sobreponernos a la falta de ética en los tiempos modernos. Cuando uno sabe retirarse a tiempo de una improcedente actividad, debería pensar siempre en este pasadizo que Montaigne recorrió, solo, a oscuras, por la noche, hasta el otro lado de la muralla, tras haber sido atendido por los guardianes cómplices. Tengo para mí que esos guardianes deben ser la ética y la moral, los candelabros que, a pesar de ser ininteligibles para el resto, marcan nuestras vidas hasta colarlas por los pasadizos de la dignidad.

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A todo esto leo a Muñoz Rojas. Un libro preclaro, Al dulce son de Dios (1936-1945). Me encuentro con un verso: “¡Qué hermoso nacer para morir!”, que bien pudiera haber firmado el propio Montaigne. Antorcha, llama encendida aun en la inconsciencia, denostado son de capiteles derruidos, caminata de trugio, hacienda de la fe.
Entre la vida y la muerte, la literatura es el trasiego idóneo en el que despojar la hermosura a que se refiere el poeta. Nada más enjundioso que la belleza para decir la vida, para mencionar la muerte. Porque lo bello brota de la fértil pasión por la vida, lo bello surge como un desgarro anticipado de la muerte. Como ese aviso, esa presunta manera de acercarse que poseen los días bellos y oliváceos del finito cantar.

martes, 6 de enero de 2009

PUERTAS FALSAS.

Estaba tan fuera de mí que lo que más aborrecía era volver a mi propio ser. Aunque en esa aspiración, en ese deseo indeseable de volver a ser yo mismo –ser, yo, mismo- se escondía la paradoja que sostiene buena parte de la historia de la literatura. Con esa teoría me consolé por momentos y sólo quise encresparme en alguna prosa para disolver con ella estas afectaciones de lobo estepario, de caída al abismo.
H.P. Lovecraft escribió en El horror en la literatura: “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”. Evidentemente, había fagocitado el miedo y todo él residía en mis adentros, por lo que fuera de mí era imposible que pudiera sentirme extraño, repleto de sensaciones contrarias. Plácidamente, contemplando la tarde a sabiendas de que había sido capaz de recoger dentro de mí todas las manifestaciones del horror. En cuanto terminé con Lovecraft, agarré el tomo de Carlos Castilla Del Pino, Teoría de los sentimientos, para comprobar si era posible encontrar una receta que terminara, incluso dentro de mí, con todos estos males recogidos. Tenía el libro con bastantes subrayados, escogí uno referido a Wittgenstein: “Wittgenstein dice en cierta ocasión que se puede exhibir un diente que se nos ha roto, pero no el dolor que por ello sentimos. Porque el dolor es ya privado. Para la exhibición privada no es necesario el dolor, basta con que te lo imagines. Por lo tanto, es una ilusión”. Pensaba, hasta entonces, que mi dolor era privado y no fui más incauto en la vida. No exhibía el diente roto, ni mucho menos, sólo quería mantenerme al margen de ese diente roto, hacer como que nunca he tenido el diente roto. Pero para la exhibición privada, para lo que el filósofo llamaba privada, sólo es necesario la imaginación y, a la postre, la ilusión.
La literatura es una cuestión privada de dolor. Se exhibe, se ilusiona con ella y en ella. Nada más, creemos ver el diente roto cuando la ingerimos. El problema es convertirse en literatura… si tienes un diente roto es que has leído siendo tú mismo la ilusión imaginada.

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“El que está fuera de sí nada aborrece tanto como volver a su propio ser”, Thomas Mann. Desde esta perspectiva he querido leer buena parte de El miedo en occidente, de Jean Delumeau. Para mi sorpresa, el libro se inicia con una referencia literaria a mi admirado Montaigne: “Durante el siglo XVI no se entra en Augsburgo fácilmente de noche. Montaigne, que visitó la ciudad en 1580, queda maravillado ante la falsa puerta que filtra a los viajeros que llegaban tras la puesta de sol”. No dudo en recorrer los Ensayos de Montaigne en busca de una cita, una referencia perdida, que devuelva a esta anécdota su versión ensayística. Capítulo XVIII, Del Miedo: “No soy en absoluto naturalista (como se dice ahora) e ignoro por completo mediante qué resortes actúa el miedo en nosotros; mas desde luego es extraña impresión; y dicen los médicos que no hay otra que saque tanto de sus casillas a nuestro juicio”.
Montaigne entrando por una puerta falsa que sólo se abría para los ciudadanos escogidos es una metáfora del alcance de la inteligencia y del pensamiento. Sólo algunos llegan a contemplar la puerta falsa, imprevista, invisible al resto, que conduce hasta las profundidades del yo. En esa mazmorra mezquina e infinita, se esconden los secretos de nuestra individualidad, esto es, de la humanidad.

* Augsburgo en 1572.