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jueves, 26 de noviembre de 2009

Mudo por danza.

Hoy he visto nuestros libros empaquetados y el mundo ha sido otro. La mudanza propone una situación de liminaridad: ahora mi casa, en la que he vivido y he escrito los últimos meses, no contiene ni un solo libro. Por otro lado, mi casa, la futura estancia de los días, está colmada de paquetes que encierran una biblioteca. Aquí, sentado, sin poder hojear ninguno de los volúmenes que a menudo subrayo y releo para poder escribir con acierto; aquí, donde la ausencia es un grado de la embriaguez; aquí, donde la literatura ya he desaparecido totalmente, donde sólo soy una proyección inadecuada en un espacio que ya no me pertenece más allá de la memoria.
Quizás estas sean las pocas palabras que me queden por escribir en este habitáculo. Amor, encantamiento, mágico desgarro del amanecer. Un día decidimos no pertenecer a nada, para que nada luego nos rindiera cuentas. Nos sobraba con la vida y nos bastaba con la literatura. En esta mudanza he pensado en todas esas horas que hemos dedicado a leer, escribir, buscar libros de viejo por aquellas librerías en Sevilla, Madrid o Salamanca. De todo aquello, sólo nos vale un recuerdo que, como una naturaleza muerta de Morandi, recupera el infinito con la sustancia de una línea sobre otra, de una línea sobre otra.

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Después de tantas horas devolviendo en otro espacio el orden perdido de los objetos que nos rodean, después de entregar mis fuerzas y terminar exhaustos, pienso en Paul Valéry. El escritor francés se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana. Lo primero que hacía era escribir, edificar sus Cahiers. En ellos escribía sobre los más diversos temas. Aunque no sólo ejercitaba la literatura, solía dibujar con mucha frecuencia. Sus dibujos, en muchos casos, son excelentes. Valéry no tenía conciencia de estar escribiendo un libro. Afirmaba que “hacía su mente”. Cuánto me agrada esa afirmación, porque la escritura es un ejercicio con el que, en cualquier caso, uno ejercita la mente, desarrolla la musculatura de la ficción.
Decía el poeta Chileno Vicente Huidobro, -a quien leí enfervorizado cuando me hacía homo ludens del verso-, que la poesía es un desafío a la razón. Hoy pienso que la razón produce a la poesía, porque la razón, sometida al juicio del verso, siempre es un desafío.

martes, 24 de noviembre de 2009

Aciago canto.

Un día aciago. Como otras jornadas de esta semana, el día amanece con la boca repleta de cieno. Niebla, malestar de los pájaros que prestan su vuelo al color del otoño.
Esta ausencia de escritura y de lecturas acentúa aún más mi ajenidad sobre el mundo.
Ego scriptor. Esta esterilidad literaria es terrible. Casi no siento el óleo en la faringe. Como Cernuda, carta de naipe perdida; como Bécquer, la nota de un laúd.
Dice Paul Valéry: “La vida es lo ajeno en el pensamiento”. Como lugar de privilegio, las palabras no suenan en el pensamiento. Fueron mudas las genialidades en la cabeza de Cervantes. Acaso una nota musical sostenida contenga todas las posibles sucesiones de difuntos que es el hombre.
Hay que buscar, buscar incesamente, prender de la madera húmeda los ciclos sintácticos del pensamiento. Piensa. Murmura bajo el velo de la vigilia. Eres mortal, no lo olvides, sucesión, incandescencia derramada, fortuita estancia encarnada. Mas tu palabra es eterna, entrégala limpia y desnuda. Ella sabrá decir lo que tú no dijiste, ella sabrá colmar tu existencia más allá de ti y de cualquiera.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Nocturno en azul y plata.


Hay días recorridos por la muerte, como si la ausencia de vida lo alborotara todo con sus hierbas y plantas marchitas, con ramajes que dificultan el discurrir de la contemplación, la lectura y la creación. Contra esos días edifico mi palabra. Como Octavio Paz, contra el bullicio del discurrir de la nada, levanto mi palabra. Palabra que me hace y estimula, que transforma y otorga permanencia.
Hay días en que uno no pertenece a ningún ciclo vital, en que sólo queda justificada la vida en los percucientes latidos, en la resurrección momentánea que anuncia nuestra sangre. Sangre somos que surge de la tierra. En ella proferimos nuestro canto mineral; tierra somos, sangre contenemos, de roja melancolía. Los que no necesitan más que ver el paso del tiempo embutido en acciones sin vocación de plenitud, los que estiman oportuno dejar de lado la vida y darle espacio a la vacuidad, jamás verán la claridad de la noche. La vida produce servidumbre.

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Así me observo esta madrugada, como esas presencias en Nocturno en azul y plata. La Laguna, Venecia, de James Abbott McNeill, como esos trazos negros que imaginamos como gondoleros atravesando la laguna. Un gondolero atravesando por la noche la laguna es una mteáfora de la fecundación. La noche en Venecia es una tragedia de sal. Unos puntos de luz parece que se reflejan en las aguas serenas y quietas de la piedra. La luz en la piedra es un rosario de la esperanza.
La torre de la plaza se alza como la erupción de una nube negra que acumula la belleza de las tardes muertas. Un remo perdido flota por un canal. Hubo alguien que contempló la belleza.

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En ocasiones, la sintaxis es un envirotado aspecto de la realidad y se hace rígida y tremebunda. En esas ocasiones, desligo la sintaxis del orden en que se establece la secuencia de los objetos. Algo parecido hicieron los pintores hace siglos: dejar que la sintaxis, el orden natural de la realidad, se someta al orden subjetivo de la visión subjetiva.
Cuando uno logra engarzar el orden mental en que piensa la realidad y la forma más adecuada para expresarla, se produce un acontecimiento de estancias eternas: comienza a brotar el arte. Cuando esto sucede, todo lo demás queda minusvalorado para el creador, todo lo demás se relega a cuestiones secundarias, que no merecen siquiera ser mencionadas.
La genialidad consiste en que alguien, en algún momento, contenga, a través de la inteligencia y la sensibilidad, al menos, una sensación parecida a la del creador. Cuando eso sucede, la obra se hace independiente y ya no pertenece a ningún hombre concreto. La muerte es dadora del tiempo de la ficción: todos los muertos pertenecen a la dimensión del no-tiempo. Y el artista debe aspirar a trabajar en esa perspectiva del no-tiempo.
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Ante lo más preclaro, ante las formas más cristalinas de la poesía, sólo somos capaces de atisbar una sugerencia, de interpretar un símbolo de entre otros tantos. La poesía ha ido ocupandoel espacio de las utopías, porque para nombrar la experiencia del diario existen demasiadas palabras imprecisas. Ese ocultamiento es el decir de la poesía.
En ese espacio del imaginario del poeta, las relaciones pertenecen a otro orden y concierto de la objetividad. Es allí, donde el ser es palabra, no donde persigue la palabra exacta, donde persigue el verbo más ajustado a la realidad nombrada. Allí, digo, donde la triada (realidad, palabra, poeta) es uno y un todo. Por este motivo o motivado por algo parecido a esta reflexión, Paul Valéry sintetizó, con mucha más fortuna, esta irracional disposición de la literatura: “Hay certidumbres inexplicables”.

sábado, 31 de octubre de 2009

Un viaje a la ficción.

El libro de Vargas Llosa es un dechado de lucidez por cualquiera de sus páginas. El libro otorga, en ocasiones, concesiones a reflexiones sobre la narrativa hispanoamericana del siglo XX y, de forma menos constante, a la literatura en general, al proceso de creación de una obra literaria. Con este método, Vargas Llosa ha conseguido redactar un libro que analiza la obra de Onetti desde una perspectiva amplia, más allá de ópticas críticas enredadas en una terminología indescifrable o una escuerla categórica. La lectura de El viaje a la ficción es una tremenda aventura a través de los ojos de un lector privilegiado que escribe sobre un contemporáneo con la misma facilidad y entereza que cuando lo hace sobre Victor Hugo o Flaubert.
En uno de esos pasajes en los que desnuda su propia concepción de la literatura, el autor peruano dice: “Los grandes creadores lo son porque metabolizan aquellas influencias de una manera creativa, incorporándolas a su propia voz, aprovechándolas de tal modo que su presencia llega a ser invisible o poco menos que parte constitutiva e inseparable de ella”. Estas palabras las escribe cuando analiza la influencia de Faulkner en la obra de Onetti. Es indudable que la lectura de Absalón, Absalón, sobre todo, marcó la manera de escribir del uruguayo. Pero Vargas Llosa logra esclarecer esa influencia, tan mal interpretada en otros volúmenes, desde la perspectiva del creador.
Cuando leía el libro, me acordaba, a cada párrafo, de las palabras de George Steiner en que considera la creación literaria la mejor crítica literaria. En este caso, podríamos añadir a esa propuesta de Steiner las obras críticas escritas por creadores. Sin duda, Vargas Llosa estaría situado en un lugar destacado, ya que su faceta de crítico literario o de lector que escribe sus lecturas, como dije hace poco, se realiza como ensayista y como novelista. Termino festejando que, si el encuentro entre Faulkner y los narradores del Boom hispanoamericano ha dado los mejores frutos de la narrativa escrita en español en el siglo XX, el encuentro entre Onetti y Vargas Llosa ha hecho posible que el ensayo literario siga manifestando la salud que se merece en manos de un maestro.


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Hacía tiempo que no paseaba junto a Nooteboom por algunas de las tumbas que escribió hace unos años. Por ese motivo, leo de nuevo el índice de tumbas de escritores en Tumbas de poetas y pensadores. Elijo a Italo Calvino por dos motivos. El primero es que M. está leyendo en italiano Il visconte dimezzato. Como introducción a ese libro, aparece una síntesis de la vida de Calvino estructurada por años. Agarro el libro y leo las anotaciones a lápiz de una lectora iniciática en esa lengua. Me sorprenden algunas palabras, por su sonoridad o por la relación formal con el léxico español. El segundo motivo es que me encuentro en el Castiglione della Pescaia, en Toscana, en Italia, junto a la tumba de Calvino. Su tumba está resguardada del mundo por un árbol que ha crecido desmesuradamente. Mientras tanto, después de nuestro viaje en tren, un señor mayor utiliza un rastrillo para limpiar, supongo, la tumba de sus familiares. Nos mira, comienza a sonreír. El anciano nos dice en italiano algo así: “Seguramente vosotros sois personajes imaginados por Calvino”.

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La memoria es la identidad del hombre. Gracias a sus tentáculos, extendemos nuestra existencia más allá del discurrir insonoro y vacuo de los días. La memoria es la materia inasible que nos convierte en lo que fuimos. Igualmente, despreciarla es elevar la inconsciencia y la vanidad allí donde sólo debemos poner mesura y entendimiento. Como dice Valèry: “Memoria, a la vez condición y materia del trabajo mental”.
La condición y la materia del trabajo mental es la persecución del sueño que aún nos sobrecoge. La sensación inequívoca de nuestra mortalidad. La condición de estar en vigilia es el trabajo mental de nuestra materia.

viernes, 12 de junio de 2009

Un quietismo estético.

Un libro chispeante es Cuadernos (1894-1945), de Paul Valéry: “El placer literario no consiste tanto en expresar tu pensamiento como en encontrar lo que no te esperabas de ti mismo”. La creación, tomada así, work in progess, es una meditación dilatada de la originalidad. La obra concluida es al mismo tiempo una discontinuidad. En algún instante, cesa en su ahondamiento. Y al detenerse, se vuelve ensimismada y abierta. Una suerte de recinto amurallado que posee todas las puertas al mundo en que todo es realidad y en el que nada es realidad

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Así pensado,
cuando todo termina
se abre el infinito.
Si somos sucesión
en lo perecedero,
si la luz nos habita
donde todo vuelve a ser cierto
por pura palabra.
Y como las ciudades
que contienen
el mundo;
como unas efigies
que percuten la piedra,
el amor no es amor
sino sinopsis.
No somos más que otro
desierto, ladera inhabitada,
que busca sus pisadas en el llano
finito de sus días.

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Deberíamos arriesgarnos a desarrollar lo que Pessoa llama un “quietismo estético” de la vida. Con esta enseñanza conseguiríamos una selección de la realidad que aprehendemos. Porque gran parte de la realidad que nos llega es de forma involuntaria y, en esa tubería en que penetran los insidiosos, deberíamos tener un filtro. Desde hoy coloco el filtro de la quietud estética, de Pessoa, que se puede definir de la siguiente manera, a la manera del Libro del desasosiego, 184: “Un quietismo estético de la vida mediante el cual consigamos que los insultos y las humillaciones que la vida es y los vivientes nos inflingen , no llegue más que a una periferia despreciable de la sensibilidad, al remoto exterior del alma consciente”.
Con estas hilachas desprendidas del libro del portugués, encomiendo a mi vida la irónica y tremebunda actuación de filtrar lo innecesario y, por el contrario, de levantar una defensa acérrima de lo fundamental. Sin beligerancias, sólo con inteligencia y emoción.

miércoles, 8 de abril de 2009

Cuando te quedas solo.


Un antiguo amigo, M. A. Gallego de Prada, me envía unas fotografías que acaban de salir de su retina. Yo las admiro con emoción, porque he sido testigo de cómo sus pinceles han ido evolucionando y cómo, en estos momentos, se entrega al trabajo de la fotografía.
Es el río Guadalquivir, adquirido por su obturador como un cieno fantasmagórico, solitario, prendido por el sol moribundo de la tarde como un amor nostálgico y desvirtuado. Las puestas de sol en Sanlúcar no dejan espacio a las especulaciones: son únicas, verdaderas, inigualables, como debieran ser la poesía y la música. Dijo Juan Ramón Jiménez, Sevilla (1912-1918): “Guadalquivir…La G está escrita en la sierra, entre adelfares, y la R se abre y se cierra en Sanlúcar y se prende en la M del mar Atlántico”.
En la quietud de esas olas que desaparecen para nosotros, en esa prestidigitación oceánica que nos muestra el autor, el verbo contemplar se hace nada, porque ya se ha disuelto en el neptúnico silencio del agua. Rumor de agua, oculta limpidez de la nada, laguna estigia de los sentidos.

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Sólo, el mar está sólo. Se deja arrumar por el silbo de las plantas y de la serena arena que lo cubre y lo empapa. Un canto sólo es un decir de las piedras. Una luz lejana se posa en nuestras manos. El vuelo de una gaviota nos traza el firmamento. Las branquias del mar nos respiran. Y parece que estamos solos… aun estando en el infinito.

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El poeta Ángel Crespo traduciendo a Pessoa: la imagen es mortífera. ¿Cómo pudo aguantar tanta literatura entre sus brazos? Un testigo de excepción de los cambios que Pessoa efectuaba en ese camerino íntimo y desligado que fue su literatura. En ese receptáculo en que se reunían los heterónimos bajo el hechizo del desasosiego y en que brindaban todos ellos ebrios y extasiados por la metamorfosis, estaba Crespo ojeando desde un ángulo oscuro del salón con un arpa entre las manos. Y nos lo contó traduciendo. Pero en ocasiones, dejaba que su voz brotara, nítida.
Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como una luz en tus venas;
una viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.

Ángel Crespo, (Donde no corre el aire, 1974-1979)

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Paul Valéry, Cuadernos: “El conocimiento tiene como límite el cuerpo humano”. Sin negar que el conocimiento pueda existir, en potencia, fuera del cuerpo humano, más allá de él; y sin caer en las tesis de Berkley, lo cual no sería nada liviano, ¿cuánto ser no nos perdemos por nuestra incapacidad humana, nuestra condición?
A veces pienso que sólo nos acercarnos a una sensación y que las sensaciones sólo registran la huella tardía de lo que aconteció. Por eso la risa y la lágrima operan en márgenes tan estrechos: son sirenas de un peligro que no sabemos si satisfactorio o acechante.

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>, pez de teclado.

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%, estrabismo informático.
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º, mirador oceánico.

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¿, un gancho de la sílabas, de ella cuelgan.

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=, estación del imaginario.
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Hoy he escrito a mano la entrada que ahora lees. Quería saber cuál es su aspecto sobre una página en blanco e ir viendo como desvirgaba, sílaba a sílaba, el vertical mundo de la escritura. Me he dado cuenta de que el mecanismo de escribir es la conjugación de la horizontalidad frente a la verticalidad, esto es, una dimensión matemática que, además, está sujeta al número limitado de palabras que ocupan un folio. Hemingway se proponía quinientas palabras al día. Haciendo cálculos, un folio por las dos caras.
Al igual que la música, que se escribe en un papel pautado y bajo el signo de una armadura, pretendo escribir cada día. ¿Tono mayor o tono menor, un sostenido o varios bemoles, ritmo binario o ternario; anacrusa o golpe de incio; acompañamiento o sólo?
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Definitivamente, la escritura siempre es un solo, una melodía perdida que aspira al encuentro de la armonía que le precede.

viernes, 6 de marzo de 2009

La baraja mojada en La mer.

La nociones con las que nos manejamos son tan toscas como un peñasco encima de una nuez. Esa fuerza que ejercita la gravedad sobre las rocas y las piedras, es la misma que la neblina que se cierne sobre nuestro entendimiento. ¡Qué necios fuimos desde el comienzo! Dovstoievsky dijo en una ocasión, “entre Cristo y la verdad, yo elegiría a Cristo”. En puridad, estaba eligiendo a los hombres por encima de la verdad, a cualquier hombre. Seríamos fanáticos si quisiéramos elevar a verdad las virtudes de la literatura.
Recuerdo otras afirmaciones de Fiodor cuando se refería a los hombres. "Vivir entre los hombres y no desfallecer, ése es el sentido de la vida”.
Mientras, suena La mer, de Claude Debussy. Llevaba años sin escuchar a Debussy con detenimiento. Y ahora me he encontrado, de la mano de un hombre, gracias Claude, con los efectos de la consumación de la verdad y de su muerte.

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Paul Valéry predica de la siguiente manera su noción del Tiempo: “Lo que llamamos Tiempo es una noción tan tosca y confusa como lo era la de fuerza antes de la dinámica”. Cuándo llegará la dinámica a la verdad es tarea imposible. Sólo a medio camino, en el desvelamiento de las intuiciones, se encuentra lo indecible. A todo esto debemos sumar, por lo tanto, que nos encontramos en ese estado en que confundimos la sensibilidad, la emoción y los deseos como un trinitaria conjunción de ungüentos para el alma. Mientras, suena La Mer, de Debussy, y ya el horizonte es acuático y pleno, oh mar, parece que luchas entre mis manos.

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Oh, qué intensa y gozosa emoción debió embargar a Robert Walser en sus paseos o escribiendo: “oh, qué intensa y hermosa emoción debió de embargar a Mozart mientras improvisaba al piano durante su visita a la corte de París".
Escribo estas líneas, las repito con variaciones y caigo en la cuenta de que mi caligrafía se hace cada vez más pequeña; que la palabra escribiendo casi es ilegible, un punto esa o, la aspiración a ser un micrograma.
Mencionaré un jardín y un juego de cartas. Un jardín en que los bancos están dispuestos de forma simétrica, dibujando en la arena que los sostiene pequeños círculos que parecen invitar a una conversación milenaria. Encima de la mesa, una baraja de cartas. Y se viene a mi mollera un verso de Cernuda, en que se identifica con una carta que ha perdido su baraja. Y en esas estoy yo, en ese sitio que no sé dónde se encuentra. Sólo atisbo un jardín concéntrico, repleto de sillas y de flores, jardines bien moldeados. Y una baraja de cartas que me incita a comenzar la partida. Quizás la partida comenzó y la perdí hace tiempo. Será mejor que baraje de nuevo y escoja otro palo. O simplemente nunca levante la que se acaba de caer de la baraja al suelo. La dejaré bocabajo, como un enigma, como un paseo que no conduce a ningún sitio.
Mientras, La Mer, de Debussy, ya ha trazado el infinito, ya cesa la lucha entre mis manos.

viernes, 4 de julio de 2008

CONCIERTO ARMÓNICO

¿No estaremos enredados entre las garras de nuestras acciones? ¿No delimitan ellas gran parte de los que somos? Ahora, cuando el tiempo se dilata entre granos de calorina, sentimos que nuestras vidas se expanden con ellas, en sus entresijos. Dice Paul Valéry: “Lo que llamamos Tiempo es una noción tan tosca y confusa como lo era la de Fuerza antes de la dinámica. Llamábamos Fuerza, en general, a lo que se analizó finalmente como esfuerzo, fuerza, trabajo, intensidad, fuerza viva, potencia, aceleración, etc.
Una discriminación de este tipo debe ser preliminar a toda filosofía o metafísica del tiempo
” (Cuadernos 1894-1945, Galaxia/Gutenberg).

*

En el Alcázar, todos los veranos, el tiempo se detiene y se diluye entre muecas ajardinadas. Cuando los conciertos comienzan a templar la noche, los instrumentos de otros tiempos mueven al espíritu a latitudes desconocidas para la naturaleza humana. Tomo la costumbre de que me aten a la silla, como un pasajero junto a Ulises, para refrenar mi entusiasmo. Los armónicos tomaron la noche; la noche se preñó de belleza; acaso la belleza irradió la eternidad por unos momentos.
*


Siempre que vuelvo al Alcázar recuerdo la figura del palaciego Joaquín Romero Murube. Hay una escena, sobre la que volveré muy pronto, que une a Romero Murube y a Miguel Hernández cuando éste estaba en camino de la desesperación antes de ser encarcelado y de que la muerte levantara en él su vuelo. El caso es que Hernández fue a visitar a Romero Murube al Alcázar en busca de refugio cuando, con toda la mala suerte del mundo, por la otra puerta entraba Franco.
Rescato ahora un romance de Romero Murube, Romance del Jardín. Pertenece al libro titulado Siete Romances, publicado en 1937, una fecha harto significativa no sólo por las circunstancias que corroía el devenir de nuestra historia, sino porque Romero Murube dedicó el libro a Federico García Lorca, ya muerto meses antes. La cita reza así: " ¡A ti , en Vizna, cerca de la fuente grande, hecho ya de tierra y rumor de agua eterna y oculta!" Qué dedicatoria tan emotiva de un poeta a otro.

No es la fuente cuando corre
con cielos de musgo y plata,
ni la brisa entre las hojas
ni las aves cuando cantan.

No es la luz quebrada en oros
por el encaje de ramas
sobre la siesta profunda
del arrayán y la malva.

Es algo que está en la frente
o que por los labios pasa
otorgándonos la dulce
presencia de la esperanza.

Son oros desvanecidos
sobre yedras de murallas
con un tibio olor difuso
de soledades y savias.

...Es el jardín hecho tacto
sobre los pulsos del alma
cuando la luz de la tarde
brilla, ya muerta, en el agua.

domingo, 8 de junio de 2008

CUADERNOS, ANOTACIONES.

Si en la actuación práctica hay dos grados de compromiso, según Aristóteles en su Ética a Nicómaco, en su Política y con Quintiliano, puedo entender ahora muchas cosas a las que no sabía otorgarles un ángulo de interpretación. Por un lado, está el juego (ludus, otium, schola) y por otro, la ocupación seria (negotium). Confundirlas es lo habitual, a no ser que el escritor conciba, desde el principio, el asunto como negotium.
Esto casa perfectamente con lo que vengo defendiendo de un tiempo a esta parte: el poeta (el escritor) comienza jugando con la nueva manera de entender el mundo, ya que reconocer en uno mismo que aprehende la realidad, en un sentido lato, bajo otros parámetros, en este caso, lingüísticos, supone un enturbamiento inicial. Luego viene la calma, el temple, la meditación, y se hace uno poeta. No es que al principio no surjan buenos tanteos, buenos acercamientos, lo que ocurre es que luego se produce el acercamiento en sí y la cosa se pone tan difícil que queremos que la palabra sea la cosa misma.

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El verdadero escritor es un hombre que no encuentra sus palabras. Así que las busca. Y buscándolas, encuentra las mejores”. (1902. Sin título, II, 669).P. Valéry, Cuadernos.

Esa disciplina hercúlea de Valéry es un trabajo imposible. Escribir a lo largo de cincuenta años, como apunta Sánchez Robayna, diariamente, desde las cuatro o las cinco de la mañana y durante tres o cuatro horas es una tarea de dilución absoluta en la letra que se convierte en el síntoma de la grafomanía más transparente que pocas veces podemos constatar. Estos Cuadernos (1894-1945), de Paul Valéry (Barcelona, 2007, Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores) son una compilación en quinientas cincuenta páginas de las más de veintiséis mil seiscientas que componen los Cahiers. En ellas caben de todo. Una vida. Tanto es así que la Pléiade francesa intentó una especie de tabulación por temas, trabajo quimérico. ¿Cuál es el tema de una vida?
Luego el libro se escribió bajo el influjo indeterminado de los días, no había plan trazado por el escritor. El resultado es una verdadera miscelánea, una fragmentación absoluta, per natura, de la escritura en libertad. “Escribir -para conocerse- y eso es todo”. (1907-1908. Sin título). Todavía algunos se sienten novísimos porque fragmentan sus novelas con un puñado de mensajes de móviles, correos electrónicos y recetas del médico. “Pero no hay que creer que esto sea una novedad. Esto es sólo hacer de manera consciente lo que está necesariamente hecho de manera inconsciente en todos los casos en que interviene el lenguaje. Etc. (1933. Sin título, XVI, 645).

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Tan sólo hay que espigar un poco por las Anotaciones a la poesía de Garcilaso (Madrid, Cátedra, 2001), de Fernando de Herrera, para caer en la cuenta de que si bien es verdad que la tradición antiquísima de los comentaristas y glosadores ha ido en declive, en la actualidad es de espanto. Una cosa es tomar conciencia de que desaparece un modo de acercamiento a la obra literaria, por motivos diversos, y otra creerse en la capacidad para enjuiciar obras literarias. Creo que los modernos se creen en la poltrona juiciosa de los elegidos, cuando no son más que erratas en el devenir de la literatura que, como tales, serán corregidas, por infecciosas.