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viernes, 25 de diciembre de 2015

DE J.R.J sigo aprendiendo, en cada lectura, la constante permanencia en la fidelidad a la palabra poética. Decía el de Moguer que los poetas no son filósofos sino clarividentes y existe, en esta afirmación espigada de entre sus páginas, una teoría profunda y esencial.
La poesía debe proponer en su discurso una revelación, lo que los griegos llamaban "aletheia". Al tiempo reside en su seno un razonamiento numinoso, que concierta los contrarios, que conduce a la combinación sintáctica tan mezquina a nuevas posibilidades significativas, que vuelve a decir, explorar, describir la naturaleza del mortal pero en el rescoldo de un discurso nuevo. Esa es la literatura en la que, como lector, me transformo; esa es la literatura con la que, como aprendiz, revuelvo cada vez y siempre cada palabra que desea conformar un poema.
Que todo ha sido nombrado ya, que la naturaleza del hombre ha sido tocada por el magma silencioso y rotundo de la poesía es una pieza del origen de la palabra. Y en ella sigo indagando con las lecturas de los poetas que, en cada silabeó, traen a nuestros ojos del espíritu una verdad y una belleza de las aguas originarias.
Somos nosotros parte de esa unidad natural del cosmos y la música, la poesía propia del centro indudable y concéntrico y el resto es canto raquítico e inservible, pues confunde y desordena la clarividencia que nombraba J.R.J.

viernes, 11 de diciembre de 2015

DEL LIBRO siempre me fascinó el arranque, la melodía que parece impreganr todas las palabras que van encadenando y conformando el texto. Esa virtud de Joseph Conrad de convertir un fraseo en la propia sustancia significativa del texto; la habilidad de lo que antaño se conocía por narrar, el arte de narrar. Las narraciones de Conrad son magras, hechos literarios que conciernen solo al acto de escribir. Y eso mismo sucede al comienzo de La línea de sombra. Logra el autor confrontar la narración de sucesos con la reflexión de la categoría; consigue arropar lo eventual en la reflexión general sobre la condición humana. 

Otra fascinación: un poema de Quevedo que vuelvo a releer como si nunca lo hubiera hecho. "Nací desnudo, y solo mis dos ojos [...]", así  comienza la composición. Los versos iniciales encierran, en sí mismos, una teoría poética del estoicismo más preclaros. "Volver como nací quiero a la tierra" continúa el poeta en un ejercicio de estilo y creación de excelencia. En una suerte de hipérbaton asombroso el poeta coloca la acción en la medianía del verso y, al mismo tiempo, el efecto de la acción, sustantivado el infinitivo, al comienzo, focalizando el regreso a la vez que el nacimiento. Nacer para regresar o, en mejor decir, nacer es regresar. El regreso más puro es el original: la tierra misma, naturaleza toda y todo en ella. 
La cuna y la mortaja lo convertirá Quevedo en un axioma semántico de todas sus composiciones de orden moral, dos epítomes rotundos que, igualmente, incluyen la muerte, el tiempo y el individuo como temas que derivan de ese afán de ilustrar la circularidad de la vida, el trayecto zigzagueante de los días de los individuos. 
Y qué decir le queda a uno cuando lee un poema que empieza: "Músico llanto en lágrimas sonoras", nada más que gozo, nada más que noche música de volcanes encendidos en su piedras.