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sábado, 11 de abril de 2009

Con Garcilaso, de las Anotaciones a Autoridades.

Tarde detectivesca, filológica. Arranqué con el ritmo de la Epístola a Boscán (1534), de Garcilaso de la Vega, con ánimos de discurrir por el sonsonete melódico de esos endecasílabos sueltos que, en principio, enaltecen la figura de su entrañable compañero Boscán. Después de la captatio benevolentiae implícita en los versos del comienzo y de la excusatio que profiere, Garcilaso se permite dar rienda suelta al pensamiento como en pocos poemas lo hizo: “el amistad perfeta nos concede/ es aqueste descuido suelto i puro,”.
Manejo, estos meses de explicaciones renacentistas, Anotaciones a la poesía de Garcilaso(1580) , de Fernando de Herrera, publicadas en Cátedra, en 2001 y editadas, notablemente, por Inoria Pepe y José María Reyes. El espectáculo de erudición, el conocimiento filológico y los resortes de Herrera en Poética y Retórica, así como en Filosofía e Historia, son interminables y dignos de mención. Tal vez materia de otro comentario.
En esas andaba cuando me tropecé con unos versos, casi al final de la Epístola, que avivan el poema con otros ritmos y otra musicalidad que lo desvía a un contexto muy alejado del locus amoenus de sus Églogas:
“vinos azedos, camareras feas,/ varletes codiciosos, malas postas,/ gran paga, poco argén, largo camino.[…]”.

"Argén", "feas", "vinos",… Me encontré con un Garcilaso despreocupado y ciertamente ligero en el cuidado del léxico y de otras cuestiones que lo caracterizan. Esa circunstancia me agradaba y quise saber cuanto antes qué pensaba Herrera y que anotó; y ahí me encontré con la primera sorpresa: “argén.[v.76] Lícito es a los escritores de una lengua valerse de las vozes de otra; concédeseles usar las forasteras i admitir las que no se an escrito antes, i las nuevas, i las nuevamente fingidas, i las figuras del decir, passándolas de una lengua en otra. I quiere Aristóteles que se admitan en la poesía vozes estrangeras, i que se mescle de lenguas para dar gracia a lo compuesto i hazello más agradable i más apartado del hablar común”.

Una vez que Herrera anota con esta perspectiva tan moderna y con, por supuesto, el argumento de autoridad pertinente, termina poniendo ejemplos de Virgilio (quien usó términos de origen púnico y persa). Dejé reposar el entusiasmo de esta rareza que me produjo la Epístola. Para entonces ya tenía el libro de Claudio Guillén entre las manos.
En El primer siglo de oro, de Claudio Guillén (Barcelona, Crítica, 1988), aparece un artículo titulado “Sátira y poética en Garcilaso” que se introduce así: “No sé si el asunto de estas páginas sorprenderá a algún lector”.
¡Y tanto!, pensé de inmediato. La lectura me fue muy agradable, era como descifrar un enigma, obtener la solución de una intrincada aventura filológica.
En resumidas cuentas, Guillén establece un vínculo estrecho con la poesía satírica, desde la que se cultivó en los epigramas clásicos, hasta las características de la sátira posterior, entre las que se encuentran el uso de vocablos raros, las malas comidas, los viajes incómodos o los hospedajes detestables. ¡Y cita “argén” y “varlete” como galicismo y occitanismo respectivamente!
Busqué en el Diccionario de Autoridades (1726) el término "argén" y, efectivamente, significa: “s. m. Moneda, dinero. Es voz jocosa tomada del Latín argentum”.
Una de las autoridades que cita el Diccionario es la de Garcilaso, justamente el pasaje mencionado. Voz jocosa, vituperio del caminante que se dirige a Francia, ecos postrimeros de las serranas medievales, de esos andurriales que, de vez en cuando, sirven para soltar el lastre de la armonía renacentista.

domingo, 24 de febrero de 2008

DEL ARTE DE LA EDICIÓN: CLÁSICOS NUEVOS

El año 2007 no quiso despedirse de nosotros (digo los lectores) sin regalarnos una última golosina: una magnífica edición de La Lozana Andaluza.
El Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, dirigido por Fransico Rico, junto a la editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y con la ayuda de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, está desarrollando un trabajo filológico de dimensiones ciclópeas. Con él, muchos de los textos de la Editorial Crítica -ya inmejorables para la filología- están siendo revisados y actualizados. De esta forma, podemos disfrutar de una edición renovada del Cantar de Mio Cid (Alberto Montaner) que establece novedades en la lectura del texto gracias a los últimos avances tecnológicos y que pone, además, en su lugar las posturas de Ian Michael, Menéndez Pidal o Colin Smith; una exquisita antología de la poesía de fray Luis de León, Poesía, (Antonio Ramajo Caño); lo propio ocurre con Fernández de Andrada y su Epístola Moral a Fabio y otros escritos, que tiene la suerte de ser editado por Dámaso Alonso y de contar con una elogiosa introducción al alimón de Juan F. Alcina y Francisco Rico; El Conde Lucanor, editado por Guillermo Serés, también se ve actualizado en un exquisito trabajo de erudición y mimo textual; incluso un texto como La Dama Duende, de Pedro Calderón de la Barca se nos antoja apetitoso y dulcificado gracias al trabajo de Fausta Antonucci; José María de Pereda, con todos los prejuicios críticos que ha sufrido, se muestra fresco y serrano (hasta donde puede ser fresco Pereda) en Peñas arriba, bajo la tutela filológica de Laureano Bonet; y, por último, una edición de las Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, editadas por Joan Estruch, y que posee un elocuente estudio preliminar (por cierto, de los últimos que hizo) de Russel P. Sebold.
La Lozana Andaluza se ha editado siguiendo los cánones actuales de la filología moderna y del propio Centro: variantes, recensio, aparatos de notas, lectio difficilior, collatio, grafías, etc. Los encargados de tal tarea han sido Jacques Joset y Folke Gernert. En la introducción puede uno deleitarse con estudios acerca de la vida de Delicado, del recorrido que hace el impreso desde la imprenta hasta su publicación, el espacio literario que adquirió el libro, la disputa sobre los aspectos realistas de la obra, los elementos metaficcionales de la misma y el olvido, injusto, que sufrió hasta el siglo XIX. Un lujo para navegantes en estos tiempos de descrédito de los clásicos y un ejemplo de trabajo filológico que se suma a la biblioteca que todo filólogo debiera poseer por su rigor y seriedad en el establecimiento de los textos.
Debo decir que uno de los escritores que han defendido siempre la modernidad y el logro literario de sus páginas ha sido Juan Goytisolo. Gracias a sus indicaciones pude leer la Lozana Andaluza, y releer El Libro de buen amor y La Celestina con ojos nuevos, tal y como se hace en las ediciones reseñadas.