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jueves, 15 de abril de 2010


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Después de dialogar durante un buen rato con el cura, los que merodeaban por el lugar intentando hacerse con la conversación, comenzaron a mirarme de forma esquiva. Con esa forma propia de la intolerancia que tanto repudio, con esa indecencia ante lo que no forma parte de sus supuestos principios éticos. A partir de ese momento, proyecté una reconstrucción de lo que podían pensar esos malévolos auscultadores de lo ajeno:
1. Piensan que soy un creyente camuflado, que no manifiesta su fe en vivo, pero que lo hace a escondidas con el cura.
2. Piensan que soy un hombre cambiante, que dependiendo de la compañía digo una u otra cosa.
3. Piensan que soy una mente débil, maleable, que se deja atraer por la palabrería beata y religiosa.
4. No piensan más que con una pregunta, ¿a qué viene éste individuo a hablar con el cura?

La conversación ha sido de las más fructíferas que he mantenido con un compañero. Incluso llegué a temer que el cura había leído el texto de este diario y que sabía mis ilusas metamorfosis en duques y dandis decadentistas. Porque hablamos del ser, del hombre, de las palabras y la realidad, de Unamuno, de Aristóteles, de mayo del 68, de Albert Camus y de otras tantas ideas necesarias en este mundo de encierro y provincianismo, de asqueo ante lo contrario, al otro y al diferente.



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Cuando Des Esseintes decide reordenar su biblioteca, lo hace utilizando un color para la literatura latina y otro para la literatura en lengua francesa. El detalle del color para las baldas es significativo y esnob, pero lo que más me sugiere esta lectura es una indagación en el aspecto central: sólo posee libros de literatura y francesa.
Cuando termina de ordenar sus libros, cuestión capital junto a la decoración para el duque, ofrece todo un repertorio de los colores vinculados con la sensibilidad: “Prescindiendo de la mayoría de los hombres cuyas vulgares retinas no llegan a percibir ni la cadencia particular de cada color, ni el encanto misterioso de sus gradaciones y de sus matices, me quedo con las personas de pupila refinada, acostumbradas a la belleza de la literatura y el arte”.

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Siempre se hace tarde para los que aman la vida.

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Si esta vida llega a sustituir en el futuro los días y las noches del hombre que la vivió comencemos entonces a vivirla en literatura.

miércoles, 14 de abril de 2010

¿…Y si Dios es la nada? Hoy he estado todo el día pensando en este aserto. Por la mañana, en Lebrija, llegué a una conclusión. Más tarde, después del almuerzo, en Sanlúcar, a otra. Ahora, en la noche, en jerez, no sé dónde comenzó todo. Quizás en la nada.

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Cuando Marcel Duchamp colocó el urinario en medio de un museo, estaba revolucionando el concepto de arte. En ese urinario iba implícita la tremenda pregunta ¿qué es el arte? El urinario, en ese lugar, no servía para conducir los fluidos a las alcantarillas. Entonces, ¿para qué? A expensas de su utilidad cotidiana, ¿qué hace allí, es decir, qué es?
La descontextualización es el primer argumento que los teóricos utilizan para salir adelante en su defensa, pero creo que es insuficiente y que no termina de aportar ninguna conclusión definitiva. Cuando trato de llevar esta problemática del arte moderno a la literatura, se hace difícil encontrar respuestas clarividentes. De momento, la literatura no puede negarse como objeto verbal. Tampoco podemos desentendernos de su dimensión social, cultural y antropológica, así como de la estética.
Si bien es cierto que el arte moderno comenzó en el límite del arte, lo que ha venido después ha sido una extremaunción de los abrazos de los artistas a la incapacidad por transgredir esos límites ya desvirgados. Es decir, una innovación en la espacialidad, en la perspectiva, pongamos por caso, en el Renacimiento y que ahora nos puede parecer nimia, era una verdadera innovación. Ahora la innovación ha cambiado de circunstancia. Habría que buscar incesantemente en lo escrito aquello que se dejó sin decir o que se dijo sin las palabras adecuadas.

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Me he identificado tanto con el personaje de Huysmans que esta mañana quise repetir una acción que se desarrolla en uno de los salones en que discurre lacción. Des esseintes solía esquivar a los contertulios que no tenían nada que aportar con una pregunta demoledora: “Espérese, ¿lo que me va a decir me ayudará a creer en Dios, me valdrá para entender al hombre? Si no es el caso, le rugeo no me dirija la palabra”. Estuve a punto de enunciar estas mismas palabras, con el garbo merecido. ¿Lo hice?
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Si antes de abrir la boca, de pronunciar una palabra, de habiatr el silencio con un cliché pensásemos en la importancia de las palabras, en su fuerza proteica, el mundo avanzaría más lentamente, es cierto, pero avanzaría. No seguiría embarrado en las mismas ideas y circunstancias, como comprubeo cada mañana en el lugar del crimen.

martes, 13 de abril de 2010


Quizás la metamorfosis más horrenda sea la de convertirse en ser humano.

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No sé si la misantropía posee síntomas evidentes, pero yo me siento instalado, cada vez más, en el surco de los hombres que reniegan de ser hombres. He pensado duro sobre el asunto y hay en él varias paradojas que no dejan que la misantropía se desarrolle galopante sobre mi vida.
La primera paradoja es la enunciada: el misántropo reniega del hombre. Eso supone que reniega de sí mismo, ya que, según el diccionario, su gravedad es tan tétrica y profunda que no puede soportar la relación social y vacua. Ese hundimiento absoluto en uno mismo hace que no desee relaciones con otra persona. Pero en él florece la individualidad extrema, el terreno justo para que el pensamiento se desarolle con todo su potencial. Como recuerda Montaigne (él mismo, instalado en una torre, aislado) las grandes ideas pertenecen a hombres en solitario.
Sin embargo, creo en todo lo contrario. El misántropo puede que por momentos observe con nitidez la desgracia humana y huya, se separe de ella. Porque no consiente que esa figura biológica sea él mismo.
Caigo en la cuenta de que he perdido el hilván de este texto y que he ahondado en cuestiones que competen a la segunda o a la tercera paradoja. En cualquier caso solo quería manifestar, y que así lo recogiera el diario, que la mayoría de los hombres no someten su vida a otros juicios no porque no quieran o no les apetezca, sino porque son incapaces. Hoy he visto la rutinaria manía de analizarse una y otra vez sin ningún fin, sólo el de la circular vanagloria.

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Más que nunca anhelo la transparencia. Me conformo con creerme el duque de des Esseintes, quien no rendías cuentas a nadie, sólo a su propio juicio. No es esto una apología del egocentrismo, porque el egocentrismo es una atrofia del ser, una atrofia cultural, diría yo. Quiero hablar de la fuerza del espíritu y de las ideas que no es más que la fortaleza de las palabras aunadas en torno a un individuo.

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Sigo leyendo A contrapelo, de Huysmans. En unos días escribiré algunas notas, ya que necesito tranquilidad y tiempo. Esta tarde sobrevino el absurdo y como ese personaje de Kafka, K., no sé cómo ocurrió la llamada a la puerta. ¿Ha sido esta tarde una pantomima o soy yo quien la ha visto así?
*Huysmans, por Chahine.

lunes, 12 de abril de 2010

Soy el duque Jean Floressas des Esseintes.

Reposa Mallarmé con la mano izquierda embolsada. La derecha, sostiene un cigarro que humea parte de la escena. Está abrigado y su espalda se muestra reclinada sobre un cojín. La mano que sostiene el tabaco, aguanta las páginas ,que quieren cerrarse, de un volumen que se muestra abierto. Sin embargo, toda esta acción queda sublevada a la fuerza ciclópea de su mirada alejada del plano. Su mirada revolviendo en el absoluto a través de la sugerencia, su mirada que esparce el símbolo, la búsqueda por toda la realidad contemplada, y la que queda más allá, más allá limpiando el vaho que impide observar la claridad.
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Leyendo algunas páginas de À Rebours (A contrapelo), de Joris Karl Huysmans, me quedo sorprendido por lo que tienen de proféticas. En muchos pasajes, termino por identificarme con el protagonista, Des Esseintes, por convertirme en uno de esos decadentes de 1880, de la rive gauche, que profesara el malditismo y la aversión al materialismo y el positivismo. Decía que en muchas páginas encuentro la lucidez que la Europa de estas décadas ha ido perdiendo a favor de lo que llamamos la tecnocracia, entendida esta como la fórmula que hace de los usuarios de la tecnología los mayores estafadores del momento. Así lo creo después de comprobar cómo los que someten el conocimiento y la literatura a las estructuras informáticas y tecnológicas alcanzan el prestigio que los hace ejemplares. Ahí los escritores que se envuelven en majaderías de la estructura narrativa remedando el lenguaje informático; ahí los profesores que explican un escritor y su obra sin haber leído, jamás, una sola línea del mismo; ahí los poetas de la realidad y sus consecuencias, que denuncian los desagravios sociales de los que no participan, que escriben para que todos los entiendan. Ahí, en fin, los pintores, los escultores y los músicos que se olvidaron de los libros.
De un tiempo a esta parte, creo en la decadencia de Europa y por eso realizo lecturas cada vez más olvidadas, a autores cada vez más soslayados. Es esta una enseñanza de Stefan Zweig. Es inconcebible que el conocimiento haya sido infravalorado en beneficio de la ignorancia y la mediocridad. Sin duda, los preceptos políticos han ido tejiendo esta suerte de ignorancia supina que provoca que el que lee, escribe o visita un museo parece un ser sacado de una novela de Huysmans. Por este motivo, cuando mañana alguien me diga por qué leo o escribo o hablo de pintores, les diré que soy Des Essientes, el duque Jean Floressas des Esseintes.

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Cuando Mallarmé habla de la música de la idea, procuro pensarlo todo con templanza, con la cordura necesaria para no caerme en redondo. La idea y la música, ¿qué diferencia las separa? ¿no es la música la idea pura? O, mejor, ¿no es la idea la música?

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Juan Ramón Jiménez demostró, entre otras tantas lecciones, que es posible una ética estética. Tomadas estas palabras, me temo que la literatura actual ha olvidado uno de los conceptos: la ética. La ética ha sido olvidada porque ella presupone la reflexión, la pausa, el viaje vertical hacia uno mismo. Eso es precismanete lo que echo en falta en las letras actuales, sobre todo en la poesía. Por eso, cuando concluyo con un libro como el de Barnes o el de Bernahrd o el de cualquier otro escritor no veo paralelo en la literatura española.
No me refiero con ello a poetas que estimulen su egotismo postrero y pseudodecadente, sino un ego que interprete, desde la individualidad, desde la voluntad, el mundo que vive.
En este sentido, en la intimidad de este diario, me declaro a contrapelo de todo el estamento literario del momento. Porque en esta escalada personal, en este descendimiento y búsqueda de la identidad personal a través de la escritura, en esta edificación de la unidad interior que ayude a vislumbrar el común de los hombre, al Hombre que llevo dentro, llega un momento de desfonde.
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El arte es revelación y me veo en la necesidad de defenderlo aunque sea incapaz de advertir qué revelación es la que se produce. Aún soy melodía sin pentagrama.

*Ilustración, Mallarmé, por Manet.