jueves, 13 de noviembre de 2008

UNA TARDE DE CIRCO EN EL HOTEL DE GÓMEZ DE LA SERNA.

Llegué a casa feliz por las dos presas que llevaba en las manos. Sendos libros pertenecen a la singular y virtuosa pluma de Ramón Gómez de la Serna, pero hasta que no las leí no supe de la extrañeza y de la genialidad que se cobijaba entre el oxido de estas viejas ediciones que ahora miro con una sonrisa.
Escribir sobre El Circo, de Gómez de la Serna, es como escribir cruzando la cuerda floja, una cuerda destensada, interminable, maltrecha, enjuta y necesariamente curvilínea. Las ilustraciones que acompañan el libro son del propio don Ramón y de Apa. Es una edición de 1943 y publicada en El monigote de papel.
¿Qué tipo de libro tengo entre las manos? En el apéndice escribe el autor de las greguerías: “Muchas veces han llamado a mi prosa funambulesca y me han aludido con los venerables títulos que representan las más altas categorías en el circo. Por eso, nada me ha parecido mejor que hacer bueno lo que me decían”.
La otra obra se titula El gran hotel. Es otra edición, de 1942 y publicada, igualmente, en El monigote de papel. Según Nora, es un folletín aliñado con la prosa magistral y desconcertante de Gómez de la Serna, pero “un folletín inconsistente”. Una galería de personajes sin par tamizada al calor de una prosa que fermenta en el ingenio y en la hechura de la ironía. Manuel Quevedo, gracias al azar, tiene la oportunidad de hospedarse en un hotel de Ginebra rodeado de todo tipo de lujos. Al final, cuando se queda sin dinero se vuelve a Madrid. Es la trayectoria del hastío de un personaje carnavalesco y bravucón que encuentra en este desengaño erótico un argumento idóneo para reordenar su vida.
Ambas obras me han dicho más de literatura que muchos libros que llevo leídos y que presumiblemente hablan de literatura. Los encontré arrumbados, debajo de una colección dirigida por Borges en Siruela hace ya algunas décadas.

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Siempre he defendido que un lector es alguien que va a las librerías, hojea el libro que tenía pensado comprar, lee el primer párrafo, termina la primera página. Continúa enredado en otros volúmenes que han llegado a él, no se sabe cómo, una referencia, por caso, y que terminan en las baldas de su biblioteca. Un lector es aquel que va a una librería con una brújula y termina perdido pero regocijante; en la pérdida del rumbo anidaba el hallazgo. Este lector reconoce el rostro irreconocible de la literatura, ha aprendido que las previsiones en las letras son falsas indicaciones, la voz de los libros un reclamo inexcusable.

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El silencio de una habitación de hotel es parecido a un abismo, a un lugar de tránsito de fantasmas. Porque en un hotel se hospedan los fantasmas que vuelven al lugar de sus apariciones. Esas apariciones somos nosotros leyendo. El tiempo, el óxido que se trasluce en los libros antiguos.

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La literatura es un cálculo escondido en las profundidades del ingenio.

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La línea de sombra de Conrad es una cuerda floja que une varios límites. Primero, el de lector. La categoría de máxima aspiración para su libro. La segunda, la de adulto. El adulto que inocula la prosa de Conrad queda poseído por el hechizo de la literatura. Todo lo demás es juego de hotel, tarde de circo sin Ramón.