jueves, 27 de agosto de 2009

Canto y desilusión.

Nombrar lo que no existe
es tarea de los mortales.

Quebradizo sendero,
¿qué azul es tu locura?
¿Conducen tus relámpagos
a las estancias del olvido,
a las mareas de la muerte;
qué meditar propones,
un canto de amanecida en la noche?

Canto girado, danza de la piedra,
este cuerpo que reposa como un claustro
cruzado por el llanto
de un millón de ángeles muertos.

Estática viudez, rama desnuda
y verdadera,
desnuda por la gracia de los astros.
Un son de capiteles se pronuncia.

El tiempo te atraviesa:
Bérgamo, Nápoles,
Milán, Venecia, Roma,
aquel atardecer en Trieste.
¿Cómo nombrar al ser que ya es vigilia?

La poesía, donde nombrar lo que no existe
es naturaleza de lo uno en lo diverso;
encarnadura del mortal entre las aguas
estancas por el tiempo, por los dones
de la palabra
que son los de la vida.


***

Cuando uno termina la lectura y escritura de un libro como el de Kertész, siente que un hueco se precipita sobre los días para ocupar, por un tiempo, el lugar de la lectura. Sucedió lo mismo con Márai, con Pessoa o con Jules Renard. Ahora es Kertész quien se me ha muerto en las retinas.
Es cierto que el recuerdo nos procura para las letras una realidad, pero el desflore, la frescura diaria de la genialidad, quedan vituperadas por la ausencia de ese libro. Ya no habrá más galeras, ni diarios encubiertos para ser recitados con el susurro del viento. Habrá que esperar a que el tiempo borre y difumine las huellas de la lectura para que, al comenzar, todo huela a tierra húmeda, tierra transitada por el otro que somos.

***
Escritores. Veo la literatura actual cada vez más obsoleta, menos encendida, más entregada a los sones del mercado, a los halagos de los amigos, a las cuadrillas de políticastros metidos a poeta, de tontos apoderándose de las tertulias, de zotes lameideas que poseen sus tribunas sociales, editoriales y premios. Con ella, los escritores se interesan por los regocijos de sus publicaciones, por escribir el libro por encargo, por inventarse un membrete y lanzarlo al aire para que haga fortuna.
Algunos tienen la posibilidad de escribir en los suplementos literarios de más difusión y por ese hecho, se sienten portadores de la razón y el juicio necesarios para opinar sobre la literatura. Realmente, algunos escritores que dejan sus cuentos en los periódicos nacionales son pésimos, aun así publican en las editoriales del ramo. Ni siquiera los articulistas se esmeran en dejar perlas en miniatura con la que poder paladear alguna reminiscencia literaria; igualmente los grandes del momento, se entregan a las siglas de los partidos políticos como rehenes bajo una coartada o terminan en el observatorio vaticano con la mano diestra lanzando azotes como si fuera un vate de la moralidad. ¿Será la publicación la esclavitud del escritor del siglo XXI?

Merodeadores del fenómeno. Los críticos y el mundo universitario van a la deriva. La escasez de lucidez, de profesionalidad, de verdadera vocación por el fenómeno literario hacen que la Universidad sea un ente que no produce nada ante la sociedad, un círculo cerrado y endogámico. No puede suceder que la Universidad española deje a la deriva y en el olvido la literatura europea simplemente por el descomunal desconocimiento de los profesores. ¿A qué viene enseñar la producción de un escritor de medio pelo que correrá el sueño de los justos, cuando no se dice nada de Thomas Mann, Kafka o Joyce?¿Hasta cuándo los papeles de hace décadas seguirán siendo el guión de las clases de aquellos profesores enamorados de los congresos, los simposios y las estancias, las becas y los jolgorios extraliterarios? ¿Cómo puede enseñarse qué es la literatura mediante una novela en la que es difícil encontrar alguna muestra literaria y dejar a un lado a Homero o a Proust?

Libro electrónico. Nunca leer más ha sido signo de mejora para el acercamiento a la literatura, por ese motivo cuando hablan del libro electrónico siempre argumento que a la literatura no le viene ni mal ni bien. El libro electrónico es una cuestión del mercado editorial, un cuento chino de los editores, un reflejo del afán de almacenamiento masivo del hombre actual que suma y sigue sin la más mínima conciencia ni reparo.